El 25 de Enero de 1959, el ya beatificado Juan XXIII, el “Papa Bueno,” anunció su deseo de convocar a un concilio ecuménico. Poco después, comenzarían los preparativos para el Concilio Vaticano II. El 18 de Junio de ese mismo año, se enviaron desde Roma cartas circulares a todos los cardenales, arzobispos, obispos y superiores generales de las congregaciones religiosas, y el 18 de Julio, una carta a todas las universidades católicas y facultades de teología. Las cartas fueron enviadas con el propósito de solicitar las sugerencias de los futuros Padres del Concilio sobre los temas que eventualmente debían tratarse durante el Concilio mismo.

Para la primavera de 1960, tiempo en que terminó el período de preparación, ya se habían recibido los temas sugeridos, y todas las peticiones y propuestas de los obispos y prelados fueron compiladas por el secretario del consejo preparatorio. De entre estas peticiones, hubo aproximadamente cuatrocientas directamente de obispos para que se definiera dogmáticamente la mediación de Nuestra Señora, incluyendo su cooperación en la Redención y particularmente su rol como Mediadora de todas las gracias. Alrededor de cincuenta obispos solicitaron específicamente la definición dogmática de María como “Corredentora.”

Según los reportes, el Mayor número de peticiones recibidas de los Padres que asistirían al Concilio fue sobre un mismo tema, a saber: concordaban en que el asunto de la mediación de Nuestra Señora merecía tratamiento conciliar; en segundo lugar, el Mayor número de peticiones recibidas solicitaba condenar el comunismo; y el tercer tema de Mayor consenso fue la necesidad de una definición dogmática solemne sobre la función de la Madre en la mediación universal “con Jesús.”

La dirección que posteriormente se le daría al Concilio Vaticano II, anunciada por el Beato Juan XXIII el día de su inauguración el 11 de Octubre de 1962 (a la sazón fiesta de la Divina Maternidad de María), fue “de índole predominantemente pastoral” y no dogmática. No obstante, la gran cantidad de “votos” o peticiones por una definición dogmática de la corredención y mediación de la Madre son históricamente significativas, porque ponen de manifiesto el inmenso amor que los Padres del Concilio profesaban por la Madre universal, y por ello, buscaban profesar la verdad completa sobre su rol en la historia de la salvación.

El primer borrador o “esquema” sobre la Santísima Virgen María se presentó a los Padres del Concilio el 23 de Noviembre de 1962, preparado por una subcomisión de teólogos intitulado: “Sobre la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Hombres.” Poco conocido es el hecho de que la documentación contenida en este primer esquema del Concilio Vaticano II contenía una hermosa síntesis sobre la historia de la doctrina de María como “Corredentora,” partiendo de la doctrina de los primeros padres sobre la nueva Eva, las ricas enseñanzas del Magisterio pontificio de los siglos XIX y XX encaminadas al Concilio.

En la sección relativa a los diversos títulos con los que se expone la cooperación con Cristo de la Madre de Dios en la obra de la redención humana, la documentación ofrecía la argumentación que a continuación transcribimos, sobre la legitimidad del título de Corredentora y su doctrina (seguida de una extensa anotación sustentando la tradición de la nueva Eva):

Todas estas cosas fueron desarrolladas por los sumos pontífices y teólogos, creando una terminología por la que María fue rápidamente llamada “Madre espiritual de los hombres, Reina del cielo y la tierra”; en otras modalidades, “nueva Eva, Mediadora, Dispensadora de todas las gracias,” y por supuesto, “Corredentora”… Tocante al título de “Corredentora,” y “Asociada de Cristo el Redentor,” se deben añadir algunos comentarios.

Ya desde el siglo X se utilizaba el título de “Redentora”: “Santa Redentora del mundo, ruega por nosotros.” Cuando en los siglos XV y XVI este título tan familiar fue asimismo aplicado, de inmediato se reconoció la cooperación de la Santísima Virgen en la obra de nuestra Redención, y al nombre de “Redentora” se le añadió el sufijo “co,” por lo que la Madre de Dios fue llamada “Co-redentora,” en tanto que Cristo continuó siendo el “Redentor.” Desde entonces y hasta el siglo XVII, el título Corredentora se utilizó sólo en obras devocionales relacionadas con la piedad y santidad, pero también en un gran número de tratados teológicos, lo que también se puede decir de los romanos pontífices, como es el caso de algunos textos de Sn. Pío X y Pío XI…

Las notas del esquema mencionan además, cómo el Papa Pío XII se valió de fórmulas tales como “Asociada del Redentor,” “noble Asociada del Redentor,” “amada Asociada del Redentor” y “Asociada en la divina obra de la redención” sin que mencionara específicamente el término, pero también la forma en que los supremos pontífices frecuentemente glorificaban el auxilio de María “cum Iesu” en la economía de la salvación. Acto seguido, cita al Papa Pío XI quien, el 1 de Diciembre de 1933 se valió del título de Corredentora, citando luego más referencias en apoyo de la doctrina de la corredención por los Papas León XIII, Pío XI, y Pío XII. La documentación referida incluso mencionaba a Pío VI en el siglo XVIII, quien había condenado la tesis de que, a menos que un título de María no estuviera explícitamente contenido en las Escrituras, no debía tenerse por cierto, aunque hubiese sido aprobado por la Iglesia e incorporado a su oración pública (Auctorem fidei, 1794).

Con tan abundante documentación sobre la Corredentora y su doctrina en la historia de la Iglesia y en la doctrina pontificia, ¿por qué entonces no se usó el título en la versión final del esquema Mariano, que después aparecería como Capítulo VIII de Lumen Gentium?

Una razón cierta para que el título Corredentora no apareciera en la versión final del tratamiento conciliar sobre la Santísima Virgen, fue que se incluyó una “prohibición” para el uso del título, escrita por un subcomité teológico en forma de “Nota Aclaratoria” (Praenotanda), que venía inmediatamente después del texto original del esquema mariano, tal y como se distribuyó a los Padres del Concilio. La prohibición de la subcomisión decía así: “Se han omitido algunas expresiones y palabras utilizadas por los supremos pontífices, mismas que en sí, son absolutamente ciertas, pero que podrían ser entendidos con dificultad por los hermanos separados (en este caso protestantes). De entre estas palabras se puede enumerar la siguiente: ‘Corredentora del género humano’ (Pío X, Pío XI)…”

La prohibición de la comisión teológica de ninguna forma se basó en inquietudes por la legítima doctrina de la Corredentora, pues la nota inequívocamente afirma que títulos tales como “Corredentora del género humano” utilizados por los pontífices, son “en sí mismas absolutamente ciertas.” En cambio, el término fue prohibido en virtud de que hubo ciertas opiniones por parte de los miembros de la subcomisión, en cuanto a que el término Corredentora “podría ser entendido” por cristianos protestantes “con dificultad.”

¿No es justo examinar la prohibición del término Corredentora a la luz del vasto género de la terminología católica? Uno se siente obligado a considerar lo que habría pasado con toda la tradición teológica del catolicismo, si todos nuestros títulos teológicos de fe hubieran tenido que ser medidos bajo esta misma pauta; de cierto es que los términos católicos como “transubstanciación,” “infabilidad pontificia” o incluso “Madre de Dios,” habrían padecido, porque sin duda estos términos también habrían corrido el riesgo de ser “entendidos con dificultad” por nuestros hermanos y hermanas cristianos que no comulgan plenamente con la fe católica.

A pesar de todo, la prohibición de la subcomisión pasó, y tristemente, la cuestión de incluir el título de Corredentora en los temas sobre María en el Vaticano II, a pesar de la vasta documentación de la Tradición y autoridades católicas, y las numerosas peticiones para que se incluyera en la fase preparatoria, no se permite siquiera alcanzar el piso del Concilio para discusión por los propios Padres del Concilio, entre quienes soplan los vientos del Espíritu Santo.

Aún así, el Espíritu le reservaba a su Esposa Corredentora un testimonio verdadero y generoso. Como nunca antes en la historia de la Iglesia, la doctrina de los sufrimientos de María “con Jesús,” recibió su más grandiosa y explícita declaración por parte de la autoridad del Concilio ecuménico.

La Corredención Mariana en Lumen Gentium

Al principio del Capítulo VIII de Lumen Gentium, los Padres del Vaticano II introducen humildemente una aclaración y negativa de que este capítulo sobre la Santísima Virgen de ninguna manera constituye “una doctrina completa sobre María.” Muy por el contrario, los Padres alientan la “investigación de teólogos” para que mejor se aclaren las opiniones que pueden “conservar sus derechos” para que se sigan proponiendo libremente en las escuelas católicas, de aquella que:

Este [sagrado Concilio] no tiene la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos. Así, pues, siguen conservando sus derechos las opiniones que en las escuelas católicas se proponen libremente acerca de aquella que, después de Cristo, ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros (Lumen Gentium, 54).

Resulta evidente para cualquier persona que quisiera examinar más a fondo cualquier publicación mariológica internacional de los años cuarentas, cincuentas y principios de los sesentas, que uno de los dominantes, y probablemente el más dominante de los temas mariológicos que a la sazón era estudiado por teólogos y “propuesto en las escuelas católicas,” era precisamente la doctrina de la corredención Mariana y su mediación. Por eso es que cualquier concepto que se tenga de que el Concilio Vaticano II buscaba poner fin al desarrollo doctrinal de María Corredentora, es simple y sencillamente un error y sería una contradicción de las propias palabras y enseñanzas del Concilio.

Cuatro años antes de que comenzara el Concilio, el Congreso Internacional Mariológico llevado a cabo en Lourdes en 1958, se dedicó al tema de la “Cooperación de la Santísima Virgen María y la Iglesia en la Redención de Cristo.” En este Congreso, los teólogos presentes unánime y moralmente apoyaron la doctrina de la singular cooperación de la Madre en la redención de Cristo. Es un hecho que María Corredentora está siendo difundida en escuelas católicas, congresos mariológicos y seminarios, en donde se ha apreciado vivamente su integridad doctrinal.

El Concilio comienza su tratado teológico sobre la corredención de María en la sección II de Lumen Gentium intitulada “Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación” (L.G. 55-59). Esta parte se refiere a las profecías del Antiguo Testamento sobre la Madre del Redentor, que se cumple con la nueva economía de salvación, cuando el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado, toma de la Hija excelsa de Sión la naturaleza humana:

…Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en pecado (cf. Gén. 3,15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is 7,14; comp. con Mic 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad.

El documento continúa citando a los antiguos Padres que articularon la activa cooperación de la Madre en la economía de salvación, basándose en el modelo de la nueva Eva y el principio de recapitulación:

Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida…

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo Corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, <<obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano>>. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que <<el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe>>; y comparándola con Eva, llaman a María <<Madre de los vivientes>>, afirmando aún con Mayor frecuencia que <<la muerte vino por Eva, la vida por María>>.

Vemos cómo el Concilio enseña que la Madre “se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él”. Inequívoca y llanamente, esta es la Madre que “con Jesús” coopera en la obra de la redención. La enseñanza certera sobre la legitimidad de la corredención Mariana se encuentra en esta doctrina del Vaticano II. Pero éste es apenas el comienzo.

Los Padres del Concilio se refieren a la singular cooperación de la Madre que duró toda su vida sobre la tierra: “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” (LG,57). Luego sintetizan los primeros años de esta cooperación que van desde la visitación al milagroso nacimiento, a la profecía de su corredención en la presentación, al dolor de la Virgen cuando es separada de su hijo en el Templo (cf. LG, 57).

El testimonio más profundo del Concilio a la corredención, se encuentra en el número 58 de Lumen Gentium. Los Padres, basándose en la doctrina pontificia que llevaría al Concilio, sintetizan la previa enseñanza ordinaria del Magisterio en relación con el cosufrimiento de María con Jesús en el calvario:

En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn. 2,1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc. 3,35; Lc. 11,27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc. 2,29 y 51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn. 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo (cf. Jn. 19,26-27).

Manteniéndose con Jesús en su sufrimiento; asociándose a su sacrificio; consintiendo en la inmolación de la víctima. Cosufriendo, cosacrificando, cosatisfaciendo, corredimiendo. ¿Acaso el Concilio no va a la zaga de lo mejor que tiene la Tradición sobre la corredención?

Para ampliar su doctrina sobre la corredención Mariana, el Concilio vuelve a resumir la obra de María al compartir durante toda su vida los sufrimientos del Redentor y enseña que su participación en la restauración de la vida sobrenatural con Cristo, es el fundamento de su rol como madre espiritual de todos los pueblos. Llevada al cielo, María se convierte en maternal Mediadora de los “dones de salvación eterna,” pero sin que Jesús, el único Mediador, pierda su dignidad y eficacia:

La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la Divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.

No cabe duda que el testimonio del Concilio Vaticano II a la historia de la Corredentora es igualmente generoso en su doctrina como profundo en su teología. Sin necesidad de usar el título, enseña ampliamente la doctrina. La verdad sin el nombre.

Y sin embargo, la doctrina de la corredención Mariana y el título de María Corredentora están esencial, ontológica y revelatoriamente conectadas, y no pueden ser artificialmente separadas. Si uno acepta la doctrina, como de hecho lo hace el Concilio Vaticano II, uno debe también aceptar la verdad del título que tiene su fuente, su ser, su historia, en la doctrina. Afirmar, por lo tanto, que el Vaticano II no enseñó la doctrina de María Corredentora, es un error histórico y una violación a la verdad.

El Concilio Vaticano II no usó el título Corredentora “es una verdad absolutamente cierta,” sin embargo, profesó la doctrina que es la verdadera madre del título. La doctrina católica de María “con Jesús, desde la anunciación hasta el calvario” es la suprema doctrina del Concilio (ecuménico) Vaticano II. Su título, por el momento histórico, se descarta, pero este momento de silencio pronto pasará con el pontificado Maríano de Juan Pablo II.

El 4 de Junio del 2002, el teólogo de la Casa Papal, Padre Georges Cottier, O.P., publicó un artículo en el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, intitulado “La Corredención.” En este artículo, el teólogo papal defiende el uso legítimo del título de Corredentora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Asimismo, articula una auténtica interpretación de las enseñanzas doctrinales del Concilio sobre la corredención de María:

Los textos del Concilio que hemos citado enfatizan contundentemente esto:

Ante la cruz, María sufre profundamente con su Unigénito asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado: ¿qué podrían significar estas palabras sino que María juega un rol activo en el misterio de la pasión y en la obra de la redención? El mismo Concilio lo aclara…

¿Se podría añadir al título de Mediadora el de Corredentora? A la luz de lo anterior, la respuesta es afirmativa.

Notas

i Cf. G.M. Besutti, O.S.M., Lo Schema Maríano al Concilio Vaticano II, Edizioni Maríanum, 1966, p. 17.

ii Se recibieron 1998 respuestas que representan el 77% de aquellos a quienes se les pidió sugerencias, cf. Besutti, Ibid.

iii Besutti afirma que el número de obispos pidiendo la definición de la mediación de María eran más de 500, cf. Besutti, Ibid; Cf. también a A. Escudero Cabello, La cuestión de la mediación Mariana en la preparación del Vaticano II, Roma, 1997, pp. 86-92; O’Carroll, Theotokos, p. 352.
Relationes, Prensa Vaticana, 1963, según la cita de O’Carroll, Theotokos, p. 308; cf. también a Calkins, “The Mystery of Mary Coredemptrix in the Papal Magisterium,” p. 36.

iv Cf. O’Carroll, “Vatican II,” Theotokos, p. 352.

v Cf. Capítulo IV, nota 11.

vi Besutti, Lo Schema Maríano, p. 22; cf. también a C. Balić, O.F.M., “La Doctrine sur la Bienheureuse Vierge Marie Mère de l’Eglise, et la Constitution “Lumen Gentium” du Concile Vatican II,” Divinitas, vol. 9, 1965, p. 464.

vii “De Beata María Vergine Matre Dei et Matre Hominum,” Sección 3, nota 16, Acta Synodalia Concilii Oecumenici Vaticani Secundi, Typis Polyglottis Vaticanis, 1971, vol. 1. Pt. 4. Por la importancia que tiene la relevante sección, nota 16, para entender la firmeza del título y la enseñanza de la Corredentora al momento de escribir el primer esquema, transcribimos el original en latín:

Quae omnia evoluta sunt a Theologis et a Summis Pontificibus, et creata est nomenclatura, ubi María vocatur mox Mater spiritualis hominum, mox Regina caeli et terrae, alia vice Nova Heva, Mediatrix, Dispensatrix amnium gratiarum, immo et Corredemptrix. Quod attinet ad titulum “Regina” cf. notam (14); quoad titulum “Mater spiritualis,” “Mater hominum” cf. notam (12); quoad titulum “Correemptrix,” socia Christi Redemptoris” hic quaedam adiungenda sunt:

I am saeculo x ocurrit titulis Redemptrix: “Sancta redemptrix mundi, ora pro nobis.” Quando saeculo xv et xvi hic titulus usitatus evadit, et iam percipitur immediata cooperatio B. Virginis in opere nostrae redemptionis, vocabolo “Redemptrix” additur “con,” et ita Mater Dei nuncupatur “corredemptrix,” dum Christus “Redemptor” appellari pergit. Inde a saeculo xvii, titulus “Corredemptrix” communissime usurpatur non solum in operibus pietati ac devotioni inservientibus, verum etiam in quamplurimis tractatibus theologicis [cf. Carol, J., De corrredemptione Beatae Virginis Maríae, Romae, 1950, p. 482]

Quod vero attinet ad Romanos Pontifices, occurrit in quibusdam textibus S. Pii X et Pii XI, in contextibus minoris ponderis: cf. AAS 41 (1908) p. 409; AAS 6 (1914) pp. 108 s.; L’Osserv. Rom., 29-30 apr. 1935.

Pius XII consulto vitare voluit hanc expressionem adhibendo frequenter formulas “Socia Redemptoris,” “Generosa Redemptirs Socia,” “Alma Redemptoris Socia,” “Socia in Divini Redemptoris opere.”

Consortium Maríae cum Iesu in oeconomia nostrae salutis saepe saepius a Summis Pontificibus extollitur: “ad magnam Dei Matrem eamdemque reparandi humani generis consortem” [Leo XIII, Const. Apost. Ubi primum, 2 febr. 1898; Acta Leonis XIII, XVIII, p. 161];

Pius XI, Alloc peregrinantibus e diocesi Vicent.: L’Osser. Rom. 1 dec. 1933: “Il Redentore non poteva, per necessità di cose, non associare la Madre Sua alla Sua opera, e per questo noi la invochiamo col titolo Corredentrice...”;

Pius XII, Litt. Encycl. Ad caeli Reginam, 11 oct. 1954: AAS 46 (1954) p. 634: “Si María, in spirituali procuranda salute cum Iesu Christo, ipsius salutis principio, ex Dei placito sociata fuit…”

Praeter titulos allatos adsunt quamplurimi alii, quibus a christifidelibus María salutatur.

Leo XIII, Litt. Encycl. Supremi Apostolatus, 1 sept. 1883: Acta Leonis XIII,III, p. 282: “Veteris et recentioris aevi historiae, ac sanctiores Ecclesiae fasti publicas privatasque ad Deiparam obsecrationes vota commemorant, ac vicissum praebita per Ipsam auxilia partamque divinitus tranquillitatem et pacem. Hinc insignes illi tituli, quibus Eam catholicae gentes christianorum, Auxiliatricem, Opiferam, Solatricem, bellorum potentem Victricem, Paciferam consalutarunt.”

Cf. Pius VI, Const. Auctorem fidei, 28 aug. 1794 [Documentos Maríanos, n. 230]: “Item [doctrina] quae vetat, ne imagines, praesertim beatae Virginis, ullis titulis distinguantor, praeter denominationibus, quae sint analogae mysteriis, de quibus in sacra Scriptura expressa fit mentio; quasi nec adscribi possent imaginibus piae aliae denominationers, quas vel in ipsismet publicis precibus Ecclesia probat et commendat: teMaría, piarum aurium offensiva, venerationi beatae praesertim Virgini debitae iniuriosa.

ix La documentación se refiere aquí a “J. B. Carol, De correemptione Beatae Virginis Maríae, Romae, 1950, p. 482.”

x La nota cita luego: “cf. Sn. Pío X y Pío XI, en contexto de menor importancia, cf. ASS 41 (1908), p. 409; AAS 6 (1914) pp. 1098 s.; L’Osservatore Romano, 29-30, Abril, 1935.”

xi “De Beata María Vergine Matre Dei et Matre Hominum,” Sección 3, nota 16, Acta Synodalia, vol. 1. pt. 4.

xii Aunque esta documentación no está incluida en la versión final de Lumen Gentium, Capítulo XVIII, su presencia en el primer esquema mariano dado a los Padres del Concilio, es un fuerte testimonio del indudable fundamento en la Tradición Católica y la doctrina ordinaria del Magisterio pontificio.

xiii Acta Synodalia Concilii, vol. 1. Pt. 4; cf. Besutti, Lo Schema Mariano, p. 41. El original en latín de la Praenotanda dice: “Omissae sunt expressions et vocabula quaedam a Summis Pontificibus adhibita, quae licet in se verissima, possent difficilius intelligi a fratribus separatis (in casu protestantibus). Inter alia vocabula adnmumerari quent sequential: ‘Corredemptrix humani generis’ [S. Pius X, Pius XI]…”

xiv Por ejemplo, cf. a la gran cantidad de libros revisados y artículos publicados sobre la corredención y mediación marianas durante este período de tiempo según cita Editiones Academie Marianae Internationalis; Ephemerides Mariologicae; Études Maríales; Marían Studies; American Ecclesiastical Review, etc…

xv María et Ecclesia, Acta Congressus Mariologici-Maiíani in Civitate Lourdes Anno 1958 Celebrati, Romae, Academia Mariana Internationalis, Via Merulana, 24.

xvi Ibid.

xvii Lumen Gentium, 55.

xviii Ibid., 56.

xix Ibid., 61-62.

xx Cf. a nota explicatoria de la subcomisión teológica en Besutti, Lo Schema Maríano, p. 41.

xxi G. Cottier, O.P., L’Osservatore Romano, edición en italiano, 4 de Junio, 2002.

xxii Ibid. Nota: Durante la Teleconferencia Internacional para la Congregación de los Sacerdotes celebrada el 28 de Mayo, 2003 y presidida por su Prefecto, Cardenal Castrilón Hoyos, teólogo y colaborador de L’Osservatore Romano, el Padre Jean Galot, S.J. ofreció una defensa adicional del título Corredentora y sus fundamentos, en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que fue promulgada por todo el mundo por esta congregación vaticana: “La cooperación de María en la obra salvífica ya se vislumbraba en su aceptación de la encarnación, pero sólo lograría su plenitud cuando la doctrina del sacrificio redentor fuera clarificada. Por mucho tiempo la intervención real de María en este sacrificio no se tomó en consideración: María podía ser llamda Redentora, en el sentido de que como madre del Redentor había dado al mundo al Salvador.

Durante la Edad Media también se desarrolló una meditación doctrinal relativa al sacrificio y significado de la participación de María en el drama del calvario. Para explicar esta participación que enfatiza el sufrimiento experimentado por una madre unida con su Hijo, María ya no se describía como Redentora, sino como Corredentora [original en italiano, Corredentrice], porque al sufrir con el Salvador, se había asociado a su obra redentora. Corredención significa cooperar en la redención. No representa una semejanza entre María y Cristo, porque Cristo no es el co-Salvador sino el único Salvador. María no es la Redentora sino Corredentora [Corredentrice], porque se unió a Cristo en el ofrecimiento de su pasión. De este modo queda salvaguardado el principio de la unicidad del Mediador:

‘Hay un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos’ (1Tm 2,5).

El Concilio niega que la presencia mediadora de María oscurezca o disminuya la única mediación de Cristo. Al atribuir a la Santísima Virgen los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora, afirma que ‘la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente’ (62). Por lo tanto, el título de Corredentora [Corredentrice] no puede ser una amenaza para el poder soberano de Cristo, porque de éste emana y encuentra su energía. Las palabras del Concilio son claras: ‘La misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta.’ (60)…

El Concilio enfatiza especialmente que María participó en el sacrificio de la crucifixión: ‘Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf Jn. 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado…’ En esta tragedia, María reconoce el plan divino: la redención.

El Concilio Vaticano señaló que los orígenes del destino de María como Madre de Dios habían sido predestinados desde la eternidad y que como alma mater del divino Salvador, ella era ‘la compañera singularmente generosa’ y ‘humilde sierva del Señor’, cuya vida estuvo consagrada a la ‘corredencion’: ‘Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas’ (61). Los dones sobrenaturales de María, enteramente comprometidos a esta cooperación, debían ser cualidades transmitidas a la humanidad.”