El Cumplimiento de la Corredentora

Published on July 20, 2012 by in En Espanol

El calvario fue la cumbre donde la historia humana culminó el drama de la salvación de Dios por el hombre. Cada experiencia y expresión humanas, cada acto, cada pensamiento, cada ejercicio del libre albedrío encuentra su significado y cumplimiento sólo a través de la cruz.
El calvario es el lugar en donde la Madre Corredentora ejercita plenamente su función, pero a un nivel de experiencia humana que trasciende la dignidad y eficacia de cualquier otra vocación humana. La Madre, por haber participado del acto mismo de la redención en el calvario, le dio a su vez un significado cristiano, un propósito y un valor a cualquier acto humano a través de la historia. Y finalmente todos los actos han de ser juzgados mediante la dimensión objetiva de la salvación, según el amor y la verdad.

Jn. 19,25-27: “Mujer, ahí tienes a tu hijo! …Ahí tienes a tu madre.”

La profecía de Simeón se cumplió por la dolorosa espada de sufrimiento y que ningún otro corazón humano habría sido capaz de soportar y luego vivir. Sólo al Corazón Inmaculado el Padre Eterno le concedió todas las gracias necesarias para soportar la inmolación de su Hijo como Víctima por el nacimiento espiritual de los demás hijos e hijas. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre…Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Jn.19,25-27).

Jesús, María y el árbol de la cruz. La respuesta del Padre celestial en la primer caída del hombre y la incipiente victoria de Satanás (Gen.3,1-6), es del orden enteramente sobrenatural. En el Edén, el pecado original del hombre se comete por el Primer Adán y la intercesión de la Primera Eva ante el árbol del fruto prohibido. En el calvario, este pecado original fue revertido y redimido por Jesús, el nuevo Adán(1) y la intercesión de María, la nueva Eva, ante el árbol de la cruz. En el calvario, la profecía de Génesis 3:15 se ve cumplida sobrenaturalmente con la “Mujer” y su “simiente de victoria” aplastándole la cabeza a Satanás y su simiente de pecado.

Por ello la Liturgia de la Iglesia entona a Dios Padre las alabanzas de la nueva Eva en la misión de la redención:

En tu omnisciencia planeaste la redención del linaje humano y decretaste que la nueva Eva debía estar al pie de la cruz del nuevo Adán: así como por el poder del Espíritu Santo se convirtió en su madre, también por un nuevo don de tu amor, ella debía participar en su pasión, y aquella que había dado a luz sin los dolores del parto, debía soportar los más grandes dolores al engendrar a una nueva vida a la familia de tu Iglesia.(2)

“Mujer, ahí tienes a tu hijo!” (Jn.19,26). Mujer del Génesis, Mujer de Caná, y ahora, casi a punto de que tu corazón maternal sea crucificado, tu, la Mujer del calvario, ahí tienes a tu hijo. Y ahí tienes también tu oficio universal de Madre Espiritual de todos los que han sido redimidos aquí en el calvario, representados por tu “nuevo hijo,” el discípulo amado. Porque tú, María Corredentora, has sufrido “con Jesús” para rescatarlos, y por ello los alimentarás y protegerás espiritualmente con Jesús, el Redentor de todos los pueblos, como la nueva Madre de todos los pueblos.

Juan Pablo II señala elocuentemente la participación de la Madre en el “amor redentor” de su Hijo y la universal fecundidad espiritual que tuvo para la humanidad:

La Madre de Cristo, parte central de este misterio — misterio que abarca a cada individuo y a toda la humanidad — se nos otorga como madre a cada individuo y a toda la humanidad. El hombre al pie de la cruz es Juan, “el discípulo amado.” Pero no está solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda en llamar a María “Madre de Cristo y madre de la humanidad”: siendo “descendiente de Adán, se hace una con el resto de los seres humanos…Sin duda es ‘manifiestamente madre de todos los miembros de Cristo…ya que por amor cooperó para pudieran nacer los fieles en la Iglesia.'”

Y así, esta “nueva maternidad de María” que se generó por la fe, es fruto del amor “renovado” que maduró definitivamente cuando estuvo al pie de la cruz participando del amor redentor de su Hijo.(3)

¿Pero cuál fue realmente el precio que pagó María Corredentora con su sufrimiento para poder participar “con Jesús” en la redención del género humano y que daría como resultado convertirse en Madre espiritual de todos los pueblos?

Ningún ser humano, con todo su entendimiento y corazón podrá jamás llegar a comprender plenamente lo profundo y pasmoso que fue este sufrimiento. Ya varios pontífices y poetas, músicos y artistas han intentado, en varias y formas creativas, transmitir el dolor de la Madre; desde el Stabat Mater hasta la Pieta. Pero todos estos esfuerzos humanos han fallado de alguna manera y sólo ha quedado a los humildes reconocer sin tardanza su inhabilidad para comprender cabalmente el tipo de sufrimiento que Nuestra Señora de los Dolores experimentó, “con Jesús,” en la readquisición del género humano.

La Madre se mantuvo erguida al pie de la cruz de Jesús, escuchando cómo los espectadores entonaban una letanía de blasfemias, algunas de ellas recitadas por los que han sido entrenados en las cosas de Dios pero que igualmente lo condenaban mediante exégesis racionalistas de las leyes del Padre. Algunas otras blasfemias eran vociferadas por la gente común que en su ignorancia, sólo iban tras las huellas de sus extraviados pastores. Sin embargo, los que más despreciaban a su Hijo eran aquellos que condenaban su propia miseria. Y la Madre escuchó cada uno de los insultos, recibiendo asimismo y por ser la Madre del condenado, su propia tajada de imprecaciones, de la misma manera en que hoy, cuando se quiere causar daño a alguien, se dirige a la persona de la madre. Estas blasfemias forman parte del testimonio, aunque involuntario, de la misma misión que compartían Jesús y la Corredentora.

Jesús se desangraba en la cruz, pero su Madre no podía evitarlo y sanar sus heridas. Crucificado en la cruz, Jesús no encontraba lugar dónde descansar su cabeza por la corona de espinas, pero su Madre tampoco podía acomodar su cabeza. En la cruz, Jesús dijo “tengo sed” (Jn.19,28), y su Madre no pudo saciar su sed. Finalmente, fue en la cruz donde Jesús confesó en franca kénosis humana, “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mt.27,46; Mc.15,34), pero la Madre no pudo consolar a su Hijo.

La Madre permaneció unida al Corazón de su Hijo cuando, desde el nuevo árbol de la cruz, Jesús desveló el principal motivo por el que hemos sido sanados: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc.23,34). Entonces la Madre también perdonó y uniéndose a esta plegaria, pidió perdón al Padre, propósito central de la redención y la corredención. Cuando María escuchó que su Hijo aseguraba al buen ladrón: “Yo te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso” (Lc.23,43), encontró una gota de consuelo en medio de un océano de desolación (y la confirmación de la misión redentora de ambos).

Finalmente y con sentimientos contradictorios de amargura y dulzura en su corazón, la Madre escuchó las palabras del Hijo que se iba, que moría, al que arrebataban de su lado, al que no volvería a ver, pero la misión de redención que a los dos les había llevado la vida, había sido rotundamente exitosa por haber rescatado a la humanidad: “Todo está cumplido” (Jn.19,30). No sólo había llegado a su fin, sino que estaba cumplido.

Juan Pablo II describe la intensidad del sufrimiento de la Madre inmaculada en este momento como algo “inimaginable”:

Los muchos e intensos sufrimientos estuvieron tan interconectados y se amasaron en ella de forma tal, que no sólo fueron una prueba de su fe inquebrantable, sino también una contribución a la redención de todos…Los sufrimientos de María, además de los de Jesús en el calvario fueron tan intensos, que difícilmente se puede llegar a imaginar desde el punto de vista humano, pero de todo ello surgió una misteriosa y sobrenatural fecundidad para la redención del mundo. El haber ascendido y permanecido con Él al pie de la cruz, junto al discípulo amado, fue un tipo de participación especial en la muerte redentora de su Hijo.(4)

Apocalipsis 12: La Mujer Vestida “de Sol”(5) y el Dragón

La última revelación bíblica de la Corredentora la encontramos con el lenguaje místico del Apocalipsis.

La visión de la “mujer vestida de sol” del Apocalipsis 12,1 se introduce por la visión del Arca de la Alianza dentro del Templo (Ap.11,19): “Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario…Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap.12,1)

María es la Nueva Arca que lleva dentro la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, Jesús el Redentor (6). Es sumamente significativo que la imagen mariana de la Nueva Arca anuncie gloriosamente la última y gran revelación de la Mujer de las Escrituras: ella es la Mujer que porta el esplendor solar y celestial, la Mujer vestida “del Sol” rodeada de una luz brillante y de Jesús y “con Jesús,” el verdadero Hijo y Luz del mundo.

Los padres de la Iglesia y posteriormente los escritores escolásticos (7), enseñaron que la Mujer del capítulo 12 del Apocalipsis representa igualmente a María y la Iglesia de varias maneras; pero en primera instancia, la Mujer del Apocalipsis 12 revela a María porque la inmaculada Virgen de Nazaret “dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro” (Ap.12,5). Jesús es ese Hijo que ha de regir y sólo María es su natural y verdadera Madre.

La Mujer, en los extraordinarios textos paralelos del Génesis 3,15 y Apocalipsis 12, puesta en enemistad con la serpiente únicamente puede ser la inmaculada, enemistad que lleva a, y culmina con, la batalla cósmica por las almas que relata el Apocalipsis 12,13-17: “Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón…Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos.” La batalla espiritual de la criatura más extraordinaria de Dios y su más terrible criatura son, figurativamente hablando, los “sujetalibros” de la Sagrada Escritura que narra una batalla por las almas que se extiende no sólo a todo lo ancho de la palabra escrita de Dios, sino a lo largo de toda la historia humana, incluyendo el momento en el que vivimos.

La Corredentora “con Jesús,” combate contra el Dragón que persigue al resto de sus hijos que son la humanidad redimida. Con su simiente de pecado en todas sus formas —incluso las contemporáneas manifestaciones de aborto, comunismo, pornografía, francmasonería, materialismo, secularismo, clonación, guerra nuclear y por el estilo— el Dragón busca tentar a sus hijos y alejarlos para siempre de la Mujer y su Simiente victoriosa.

La Mujer del Apocalipsis 12 es, simultánea y complementariamente, la “Mujer de la gloria” y la “Mujer del sufrimiento.”(8) Es la mujer de gloria en cuanto a que es la mujer vestida de sol y coronada por doce estrellas (v.1) que da a luz al hijo varón que regirá a las naciones (v. 5). Es la mujer del sufrimiento en cuanto a que es la mujer encinta y “grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (v.2) y combate contra el Dragón por salvar “a sus demás hijos” (v.17).

Ambas, la Mujer de gloria y la Mujer del sufrimiento, son en primera instancia una revelación de María Corredentora. La Virgen María es la Mujer de gloria vestida con la plenitud de gracias que vienen del Hijo; coronada con doce estrella como Reina de los Apóstoles y de toda la creación, y quien por sí sola da a luz a Jesús, el hijo varón, Rey de todas las naciones. También es la Mujer del sufrimiento que en el calvario “grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” por dar a luz místicamente a todos los hombres a la manera de “hijos” espirituales (Jn.19,25-27). Al ser glorificada en el cielo, no se le está simplemente rindiendo honor decorativo en reconocimiento de su rol humano como Madre del Salvador, sino el fruto de haber participado con su vida en la misión salvífica de su Hijo, por haber participado en sus sufrimientos, porque la gloria y el sufrimiento están inexorablemente unidos en la misión redentora (Jn.13,3).

Al día de hoy, María continúa luchando contra el Dragón por las almas y esta batalla mística le ocasiona sufrimiento y lágrimas(9), porque en nuestros tiempos muchos hijos suyos se pierden. Ella es la Mujer del Apocalipsis que “grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz,” y la Mujer del calvario llamada a “contemplar a su hijo.” Ambos pasajes son revelaciones paralelas de la misma Madre Corredentora que continúa sufriendo intensamente para poder dar a luz discípulos en Cristo Jesús.(10)

Cuando examinamos a la luz de las Escrituras la participación de la Madre en el cumplimiento de la redención que realizó Jesucristo, la Palabra de Dios nos lleva a una simple y muy obvia conclusión: la Mujer y Madre “con Jesús,” desde la anunciación hasta el calvario, participa de manera singular en la obra de la redención por la que se obtiene la salvación humana y al precio del más grande sufrimiento humano que se pueda imaginar.

La Madre inmaculada participa, como no lo hace ninguna otra criatura, de la “redención cumplida” en su rol de Corredentora, convirtiéndose de esta forma en Mediadora de todas las gracias(11) en el orden de la “redención obtenida.”(12) Por haber adquirido la gracia ella puede distribuir la gracia — desde la “Madre hacia nosotros en el orden de la gracia” (Lumen Gentium, 61)

La Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamentos, se nos revela que un hombre y una mujer “vendieron” a la humanidad a Satanás por medio del pecado; y que un Hombre y una Mujer “volvieron a comprar” a la humanidad mediante el sufrimiento. El precio que pagó la Mujer “con Jesús” por nuestro eterno rescate, quizás se pueda transmitir en la poesía de los clásicos versos del Stabat Mater:

Estaba la Madre dolorosa
junto a la Cruz llorando,
mientras su Hijo pendía.

Su alma llorosa,
triste y dolorida,
traspasada por una espada.

¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!

Estaba triste y dolorosa,
como madre piadosa,
al ver las penas de su Divino Hijo.

¿Qué hombre no lloraría,
si viese a la Madre de Cristo
en tan atroz suplicio?

¿Quién no se contristaría,
al contemplar a la Madre de Cristo
dolerse con su Hijo?

Por los pecados de su pueblo,
vio a Jesús en los tormentos,
y sometido a los azotes.

Vio a su dulce Hijo
morir abandonado,
cuando entregó su espíritu.

¡Oh, Madre, fuente de amor!
Haz que sienta tu dolor
para que contigo llore.

Haz que arda mi corazón
en amor de Cristo mi Dios,
para que así le agrade.

¡Oh santa Madre! Haz esto:
graba las llagas del Crucificado
en mi corazón hondamente.

De tu Hijo lleno de heridas,
que se dignó padecer tanto por mi,
reparte conmigo las penas.

Haz que yo contigo piadosamente llore,
y que me conduela del Crucificado,
mientras yo viva.

Haz que esté contigo junto a la Cruz
pues deseo asociarme en el llanto.
¡Oh Virgen la más ilustre de todas las vírgenes!

No seas ya dura para mí,
haz que contigo llore.
haz que lleve la muerte de Cristo.

Hazme socio de su Pasión y que venere sus llagas.
Haz que, herido con sus heridas,
sea yo embriagado con la Cruz y con la Sangre de tu Hijo.

Para que no me queme y arda en las llamas,
por ti, oh Virgen, sea defendido
en el día del juicio.

¡Oh Cristo! Cuando hubiere de salir de aquí,
dame, por tu Madre,
que llegue a la palma de la victoria.

Cuando el cuerpo feneciere,
haz que al alma se le de la gloria del Paraíso.
Amén. Aleluya.(13)

Notas

(1) Cf. 1 Cor. 15:22, 45.

(2) Colección de Misas de la Santísima Virgen, vol. 1, Sacramentario, Catholic Book Publishing, 1992, p. 117; texto original en latín en Collectio Missarum de Beata Maria Virgine I, Librería Editrice Vaticana, 1987, p. 49.
(3) Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 23.
(4) Juan Pablo II, Salvifici Doloris, 25.
(5) Para ver comentarios adicionales de María como la Mujer del Apocalipsis 12, cf. Matthias J. Scheeben, Mariology, Herders, 1947. Vol. 1, p. 15; Bernard Le Frois, The Woman Clothed With The Sun: Individual or Collective, Orbis Catholicus, Roma, 1954; Papa Paulo VI, Signum Magnum.
(6) Cf. Capitulo II, “La Profecía de la Corredentora.
(7) Cf. Le Frois, The Woman Clothed with the Sun, cap. 1, arts. 1,2,3; de La Potterie, Maria nel mistero dell’Alleanza, p. 258.
(8) Manelli, Mary Coredemptrix in Sacred Scripture, p. 99.
(9) Por ejemplo, durante las apariciones de Nuestra Señora en Akita, Japón aprobadas por la Iglesia, se han documentado hechos de que una estatua de madera labrada con la imagen de Nuestra Señora de Todos los Pueblos en Amsterdam, ha llorado 101 veces, cf. T. Yasuda, “The Message of Mary Coredemptrix at Akita and Its Complementarity with the Dogma Movement,” Contemporary Insights on a Fifth Marian Dogma, Queenship, 2000, pp. 235-249.
(10) Cf. R. Laurentin, La Vergine Maria, Roma, 1984, pp. 51-52.
(11) Para ver referencias sobre el título y función de Nuestra Señora como Mediadora de todas las gracias, cf. Pío VII, Ampliatio privilegiorum ecclesiae B.M. Virginis ab agnelo salutatae in coenobio Fratrum Ordinis Servorum B.M.V., Florentiae, A.D., 1806; en J. Bourasse, Summa aurea…, vol. 7, Paris, 1862, col. 546; Pío IX, Encíclica Ubi Primum, 1849; León XIII, Supremi Apostolatus, 1883 y Octobri Mense, 1891; Sn. Pío X, Ad Diem Illum; Benedicto XV, Carta Apostólica Inter Sodalicia, Marzo 22, 1918; AAS 10, 1918 y Misa y Oficio de Mediadora de todas las Gracias aprobada en 1921; Pío XI, Carta Apostólica Cognitum Sane, AAS 18, p.213 y Encíclica Ingravescentibus Malis, AAS 29,1937, p. 380; Papa Pío XII, Superiore Anno, AAS 32, 1940, p. 145.; Pío XII, cf. AAS 45, 1953 y Mediador Dei, 1947; Juan Pablo II, Redemptoris Mater, cap. 3, “Mediación Materna” y un Discurso Papal, Roma, Octubre 1, 1997, L’Osservatore Romano, edición en inglés, Octubre 8, 1997, p. 11; cf. También A. Robichaud, S.M., “Mary, Dispensatrix of all Graces,” Mariology, vol. 2, pp. 426-460 y Michael O’Carroll, C.S.Sp., “Still Mediatress of All Graces?,” Miles Immaculatae vol. 24, 1988, pp. 121-122. Las siete ocasiones en que Juan Pablo II ha utilizado el título de Mediadora de todas las gracias durante su pontificado se detallan a continuación (cortesía de la investigación de Mons. Arthur B. Calkins):

1. Diciembre 1, 1978, Discurso pronunciado al Concilio General de los Superiores Provinciales y Directores de los Institutos Italianos de la Congregación de Sn. José (Josefinos de Sn. Leonardo Murialdo). N.3:

No podemos concluir sin dirigirnos a la Santísima Virgen, a quien Murialdo amaba y veneraba solicitando su intercesión como Mediadora Universal de todas las gracias. María siempre estaba presente en sus cartas en las que siempre recomendaba recitar el rosario, encomendando a sus hijos difundir la devoción a la Santísima Virgen diciendo: “Si uno desea hacer un poco de bien entre los jóvenes, debemos inculcarles el amor a María.” La obra benéfica que llevó a cabo su Fundador es la mejor confirmación de ello. Por lo que los invito a ustedes a seguir este ejemplo [Inseg I (1978) 250; Pláticas 379].

2. Agosto 30, 1980, Discurso dirigido a los jóvenes en el Santuario de Nuestra Señora en Monte Rojo. n.3:

Concluyo encomendándolos a la Virgen María de quien Sn. Bernardino era sumamente devoto, dedicándose a proclamarla todos los días por todo el país italiano. Habiendo perdido a su propia madre, escogió a Nuestra Señora como su madre prodigándole su afecto y confiándose plenamente en ella. Se puede afirmar que se convirtió en el cantante de las bellezas de María, y predicando su mediación con inspiración y amor profundos, no temió afirmar que : “Cada gracia otorgada al hombre procede del orden de una triple causa: de Dios pasa a Cristo, de Cristo pasa a la Virgen, de la Virgen se nos otorga a nosotros.”

Acudan a ella amorosa y confiadamente todos los días, pidiéndole les conceda la gracia de embellecer su alma y su vida, y esto bastará para hacerlos felices [Inseg III/2 (1980) 495; ORE 648:3].

3. Enero 17, 1988, Discurso del Angelus, n. 2:

Otro centro de devoción mariana digno de mencionar es la Iglesia dedicada a Nuestra Señora en Meadi, en las faldas del Cairo a orillas del Nilo. Parece ser que la Iglesia fue construida en el siglo cinco aunque, en el curso de los siglos y en tiempos modernos, ha sido modificada y restaurada. Los que se encargan de esta Iglesia son cristianos coptos-ortodoxos y muchos peregrinos acuden continuamente a este santuario a encomendar sus intenciones a la Mediadora de todas las gracias [Inseg XI/1 (1988) 119; ORE 1023:5].

4. Abril 10, 1988, Homilía de la Octava de Pascua en la parroquia de María, Madre del Redentor en Roma, n. 7:

En este Año Mariano, su parroquia, que está bajo el patrocinio de María, Madre del Redentor, Redemptoris Mater, tiene una razón extra para renovar y fortalecer su devoción hacia ella, la Madre de todas las gracias, nuestra Abogada con su Hijo Jesús y el Auxilio de los Cristianos. Acudan a ella, hónrenla, acérquense a ella. Ella los escuchará y obtendrá para ustedes cualquier cosa buena que deseen [Inseg XI/1 (1988) 863; ORE 1036:11].

5. Julio 2, 1990, Reflexiones durante la visita al Santuario de Nuestra Señora de las Gracias en Benevento, n. 1:

Con amorosa intuición y desde tiempos antiguos, les ha sido posible comprender el misterio de María como Mediadora de todas las gracias, porque ella es Madre del Autor mismo de la Gracia, Jesucristo. Es por ello que el pueblo de Benevento, desde tiempos remotos, ha acudido a ella y continúa invocándola no sólo como “Nuestra Señora de todas las Gracias,” sino frecuentemente como “Nuestra Señora de la Gracia” [Inseg XIII/2 (1990) 17; ORE 1148:2].

6. Septiembre 18, 1994, Discurso del Angelus en Lecce, nn. 1,3:

Desde la ciudad de Lecce, honrada por el nombre de Civitas mariana, hoy levanto mi oración hacia ti, Santísima Virgen María. Lo hago estando entre esta amadísima gente de Apulia, que te venera con profunda devoción y te honra como Madre de todas las Gracias. Tu vas delante de nosotros en esta peregrinación de fe, acompañas al sucesor de Pedro en la visita de hoy que es un paso más en la “Gran Oración por Italia…”

Vigila y cuida constantemente de cada uno de nosotros y derrama tus abundantes dones sobre todos, O Reina sin pecado concebida, O Madre de todas las Gracias, O Virgen María! [Inseg XVII/2 (1994) 344-345; ORE 1358:8-9].

7. Junio 28, 1996, Discurso dirigido al Capítulo General de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, n.4:

Que la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, invocada con el título “de las Mercedes,” las asista y guíe a encontrarse frecuentemente con su divino Hijo en el misterio de la Eucaristía. Que ella, verdadera Arca de la Nueva Alianza y Mediadora de todas las gracias, les enseñe a amarlo como ella lo amó. Que asimismo interceda por ustedes en las diversas obras apostólicas que realizan. [Inseg XIX/1 (1996) 1638; ORE 1451:5]

Los teólogos buscan categorizar tanto la naturaleza de la redención como la específica naturaleza de la participación de la Madre en la redención en términos tales como redención “in actu primo” o participación en la “redención objetiva,” que se refiere a la obtención de las gracias de la redención. Esto se diferencia de la redención “in actu secundo” o “redención subjetiva,” que identifica la distribución de las gracias de la redención a la humanidad.

Y sin embargo, el acto histórico de la redención que realizaron Jesús y María en el calvario, es un evento “objetivo”, como también lo es la recepción de las gracias de la redención por los miembros de la familia humana, en el sentido de que está exento de un simple concepto relativista de redención personal. Quizás los términos de “redención cumplida” estén más cerca de la terminología clásica de in actu primo y in actu secundo y sean más compatibles para una mejor comprensión contemporánea al designar la histórica adquisición de la gracia obtenida por Cristo y María, y el término “redención recibida” para designar la recepción salvífica personal para la familia humana.

(13) Misal Romano, Leccionario para la Misa, Catholic Book Publishing, 1979, p. 801-802