Por Mons. Arthur B. Calkins

Es un oficial de la Comisión “Ecclesia Dei” en Roma, miembro destacado de la Academia Internacional Pontificia Mariana y miembro correspondiente de la Academia Pontificia Teológica.

I. El Misterio de la Iniquidad

En un lenguaje simple, no obstante poético y profundo el tercer capítulo del Libro del Génesis, narra la historia de la caída del hombre. Tres criaturas juegan los roles principales en este drama momentáneo: la serpiente, la mujer y el hombre. La serpiente seduce. La mujer que fue dada al hombre como compañera permitió ser seducida y el hombre la siguió. La historia parece muy simple pero tiene sus implicaciones monumentales. El hombre, Adán, es el progenitor y cabeza de la familia humana. La mujer, Eva, es su compañera. Como compañeros son iguales, pero tienen diferentes roles. ¨El es la cabeza de su mujer y la cabeza de la familia humana. “La totalidad de la raza humana es en Adán ‘un cuerpo y un hombre’. Por esta ‘unidad en la raza humana’, todo hombre está implicado en el pecado de Adán.”

Al mismo tiempo debe ser aclarado que el rol de la mujer entregada al hombre como su ayudante, estuvo lejos de ser menospreciada. Anotemos ahora lo que describió el Venerable John Cardenal Henry Newman:

Eva tuvo una posición definitivamente esencial en la Primera Alianza. La suerte de la raza humana era con Adán; él fue que nos representó. Fue con Adán que nosotros caímos; a pesar de que Eva fue la que cayó, aún así, si Adán hubiese permanecido, no hubiésemos perdido los privilegios sobrenaturales con los que había sido embestido como nuestro primer padre… pero después, como ella tuvo su propia relación general con la raza humana, así también, tuvo su lugar especial en relación a la prueba y a la caída en Adán. En aquellos eventos iniciales, Eva tuvo una participación integral… cooperó, no como un instrumento irresponsable, sino íntima y personalmente en el pecado; ella lo trajo. Como lo muestra la historia, fue una condición sine-qua-non, una causa positiva y activa de él. Y tuvo su participación en el castigo; en la sentencia pronunciada sobre ella, fue reconocida como un agente real en la tentación y sus consecuencias, y sufrió de acuerdo a ello.

Dios reparte el castigo primero a la serpiente (Gn 3:14-15), después a la mujer (Gn 3:16) y finalmente al hombre (Gn 3:17-19). Lo que es particularmente impactante, sin embargo, es que la sentencia pasó de la serpiente en forma reversa a la caída. El Señor dijo: “Pondré enemistad entre tí y la mujer y entre tu descendencia y su descendencia; ella te aplastará la cabeza mientras tu intentes morderle el talón” (Gn 3:15). Este texto se ha hecho famoso como el Protoevangelio (“primer evangelio”) y el Catecismo de la Iglesia Católica explica por qué:

La tradición Cristiana ve este pasaje como un anuncio del “Nuevo Adán”, quien debido a que se hizo “obediente hasta la muerte y aún muerte de cruz,” supera superabundantemente la desobediencia de Adán. Más aún, muchos Padres y Doctores de la Iglesia han visto a la mujer anunciada en el “Protoevangelio” como María, la madre de Cristo, “nueva Eva.” De hecho, el magisterio de la Iglesia (autoridad enseñadora) cada vez está más convencido de la validez de estos discernimientos de los Padres y Doctores a través de los siglos, y han visto al Protoevangelio como una revelación de la liga indisoluble entre Jesús y María en la obra de nuestra salvación. La Constitución de la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, SacroSanctum Concilium, provee una corroboración explícita de tal asociación al declarar que María “está inseparablemente ligada a la obra salvadora de su Hijo” [indissolubili nexu cum Filii sui opere salutary coniungitur] (#103). Esto sigue lógicamente de un principio de capital importancia enunciado por el Venerable Papa Pío IX en su Constitución Apostólica Ineffabilis Deus del 8 de Diciembre de 1854, que dice: “Dios, por un y el mismo decreto, ha establecido el origen de María y la Encarnación de la Divina Sabiduría.”

II. El Misterio de la Mediación

Un estudio atento de la revelación que Dios nos da, tanto en el designio divino como en las nuevas revelaciones, de que Dios escoge tratar con su pueblo a través de ciertas personas que designa para que actúen como su representante ante ellos y de sus representantes ante El. Esto podría ser verdaderamente descrito como el “misterio de mediación.” Después del pecado de Adán y Eva (Gn 3:6) los primeros ejercicios de mediación de los que tenemos noticia son las ofrendas de Abel y Caín (Gn 4:3-5). Estas ofrendas constaron de un acto de adoración o sacrificio a Dios.

¿Qué es un sacrificio? Sacrificio, que constituye el acto supremo de adoración externa y pública, puede ser definido como el ofrecimiento e inmolación a Dios de algo sensible (frutas, líquidos, animales) para reconocer su absoluto señorío y para expiar los pecados. Sacrificio, consecuentemente, tiene dos aspectos: uno material y sensible por que es un acto público y externo; el otro es interno y espiritual por que para tener un valor moral efectivo debe estar motivado por un contenido espiritual e íntimo. Las ofrendas especialmente de algo que es vivo tal como las frutas o aún más animales y por tanto la consecuencia de inmolación o destrucción de esas ofrendas es un contra balance al acto creativo de Dios. Así como Dios ha dado vida a todas las cosas, el hombre simbólicamente le regresa la vida. Particularmente en la inmolación de una víctima a Dios, tal como un cordero, una cabra, un becerro o un toro a través de la mediación de un sacerdote, el hombre expresa su total dependencia y dedicación a Dios. El fin último de un sacrificio es la unión mística del hombre con su Dios. En aquellos días iniciales de la raza humana, aún después del establecimiento del sacerdocio de Aarón, Caín y Abel actuaron como mediadores frente a Dios.

Aunque no estamos explícitamente informados sobre el porqué el sacrificio de Caín no fue aceptable, podemos bien asumir que tiene que ver con la falta de una disposición espiritual propia de su parte. A partir del asesinato de Abel por su hermano Caín (Gn 4:8), el pecado de nuestros primeros padres ha sido subsecuentemente multiplicado billones de veces, sobre los pecados personales de todos sus descendientes.
Consecuentemente, el Antiguo Testamento nos muestra numerosos casos en los cuales un representante es designado por Dios mismo para interceder en favor de su gente y calmar su cólera encendida por la cuenta de sus pecados, la cual quizá les sea quitada y su gente reciba más bien Sus bendiciones.

Los sacerdotes, profetas y reyes del Antiguo Testamento, cada uno de acuerdo a su oficio particular, comparten este rol de mediación. En variadas circunstancias y aún con una más clara manifestación del Plan de Dios, estos mediadores escogidos nos revelan dos cosas: (1) el designio divino de la mediación por el cual Dios estableció un orden para demostrar su misericordia a su gente, y (2) al mismo tiempo, el rol providencial de esta mediación.

Mientras fue claro que Dios requería una reparación aceptable para restablecer su amistad con el hombre, también se volvió claro que un mero hombre no podría definitivamente “superar el abismo” que el pecado había causado entre Dios y sus criaturas. Tal y como el autor inspirado de la Carta a los Hebreos nos dice:

No conteniendo, en efecto, la Ley más que una sombra de los bienes futuros, no la realidad de las cosas, no puede nunca, mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a los que se acercan. De otro modo, ¿No habría cesado de ofrecerlos al no tener ya conciencia de pecado los que ofrecen ese culto una vez purificados? Al contrario, con ellos se renueva cada año el recuerdo de los pecados, pues es imposible que Sangre de toros y machos cabríos borre pecados. (Hb 10:1-4)

El pecado, una ofensa contra el Dios infinito, requirió en efecto una reparación que el hombre, dejado a sus propios inclinaciones permaneció incapaz de hacerla. Ninguna criatura meramente humana pudo realmente tener éxito en la mediación entre Dios y su gente, excepto en su mejor caso, prefigurar en forma parcial la mediación total, completa y definitiva que era necesaria.

III. Jesús el Perfecto Mediador

En el mero corazón del misterio de nuestra redención está el hecho de que Jesucristo es el “único mediador entre Dios y el hombre… quien se entregó a sí mismo como expiación por todos” (I Tm 2:5-6). ¿Porqué Jesús es el único y perfecto mediador? Esta afirmación del nuevo Catecismo nos da los elementos fundamentales que necesitamos para formular una respuesta:

Ningún hombre aunque fuese el más Santo, estaba en condiciones para tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (CIC616).

Siendo uno con Dios en su divinidad, Jesús es al mismo tiempo uno con el hombre en su humanidad. En su persona divina se unen las dos naturalezas de las dos partes que se habían separado por el pecado del hombre: representa a Dios al hombre y al hombre con Dios. Como la Palabra que es uno con el Padre desde toda la eternidad, el Hijo no es mediador, pero se vuelve en uno desde el momento en que empieza a tomar la carne en el seno de la Virgen María. El autor inspirado de la Carta a los Hebreos, bajo la guía del Espíritu Santo, llegó a entender que a pesar de que no surgió de la tribu sacerdotal de Leví y nunca se refirió a sí mismo como sacerdote, Jesús fue el perfecto gran sacerdote que tuvo éxito en ´puentear´ la brecha entre Dios y su gente, en forma tal, que ningún otro sacerdote pudo haberlo hecho (cf. Hb 4:14-10:18). Lo hizo por medio de ofrecer el sacrificio de sí mismo en la cruz.

IV. La Colaboración en la Mediación de Jesús

Ahora bien, mientras no puede haber disputa de que Jesús es el sacerdote y víctima de ese sacrificio por el cual estamos salvados, y que el sólo por virtud de su muerte y resurrección (el misterio pascual) es el Redentor del mundo, la Iglesia Católica también sostiene que:

porque en su persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo a cada hombre, “se ofrece a todo hombre la posibilidad de que, en forma sólo conocida por Dios, se asocie a este misterio pascual”… De hecho Jesús quiere asociar a su sacrifico redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (CIC 618).

He aquí el resumen cuidadoso de la enseñanza de la Iglesia en este asunto que el Papa Juan Pablo II dio en el discurso de su audiencia general el 9 de Abril de 1997.

A través de los siglos, la Iglesia ha reflexionado sobre la cooperación de María en la obra de la salvación, profundizando el análisis de su asociación con el sacrificio redentor de Cristo. Sn. Agustín le dio ya el título a la Santísima Virgen de ¨cooperadora¨ en la Redención (cf. De Sancta Virginitate, 6; PL 40, 399), un título que enfatiza la acción conjunta pero subordinada con Cristo el Redentor. Se ha desarrollado la reflexión sobre estas líneas, particularmente desde el siglo 15vo. Algunos temieron que esto pudiera mostrar un deseo de poner a María al mismo nivel que Cristo. En realidad, las eseñanzas de la Iglesia ponen una clara distinción entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, explicando la subordinación de la Santísima Virgen, como cooperadora del único Redentor. Más aún, cuando el Apóstol Pablo dice ¨ya que somos colaboradores de Dios¨ (1 Cor. 3:9), mantiene la posibilidad real para el hombre de cooperar con Dios. La colaboración de los creyentes, la que obviamente excluye cualquier igualdad con El, está expresada en la proclamación del Evangelio y en sus personales contribuciones al tomar raíces en el corazón humano. Sin embargo, el término ¨cooperador¨ aplicado a María, adquiere un significado específico. La colaboración de los Cristianos en la salvación se da después del evento del Calvario, cuyos frutos se esfuerzan por distribuir por medio de oración y sacrificio. En cambio María, cooperó durante el evento mismo y en el rol de madre; por tanto su cooperación cubre la totalidad de la obra salvadora de los Cristianos. Sólo Ella fue asociada de esta manera con el sacrificio redentor que mereció la salvación a toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a El, colaboró en obtener la gracia de salvación para toda la humanidad.

Ambos textos cuidadosamente anotan que (1) es posible para las criaturas ser “asociadas en el sacrificio redentivo de Jesús” o ser “cooperadores en la obra de salvación”, y (2) que María fue asociada o cooperó más íntimamente que ninguna otra persona en el misterio del sufrimiento redentor de Jesús. El Papa Juan Pablo II hace notar dos muy importantes puntos (1) la cooperación de María difiere de la nuestra por que se dio “durante el mismo evento del Calvario” y (2), la colaboración total excepcional en la obra de la salvación está “subordinada” a aquella de Cristo y “en sumisión a él”.

Ahora bien, debe ser llanamente reconocido que la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la cooperación del hombre en la obra de la salvación fue la roca de traspié para Martín Lutero (1483-1546), y subsecuentemente, para prácticamente todos aquellos cuerpos eclesiales que se derivan de la reforma Protestante. Sin embargo, la Iglesia Católica está convencida que estas enseñanzas están enraizadas en el Nuevo Testamento y así lo ha aseverado consistentemente, en la forma más solemne en el Concilio de Trento, y más reciente en el Catecismo de la Iglesia Católica. Sn. Augustín (354-430) podría ser tomado como el principal exponente de esta doctrina. El dijo: ”Aquel que te hizo sin tu cooperación no te salvará sin tu ayuda.” La Congregación de la Doctrina de la Fe y el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana, encontraron necesario, en el curso de 1998, reactivar estas enseñanzas respondiendo a la Declaración Conjunta de la Iglesia Católica y de la Federación Mundial Luterana sobre la Doctrina de la Justificación. La respuesta asevera que:

Más aún, la Iglesia Católica mantiene que las buenas obras del justificado son siempre fruto de la gracia. Pero al mismo tiempo, y sin disminuir la totalidad de la iniciativa divina, también son el fruto del hombre justificado e interiormente transformado. Podemos por tanto decir que la vida eterna es al mismo tiempo, gracia y premio dado por Dios por las buenas obras y méritos.

Este es un principio de importancia fundamental en la teología Católica y lo mismo que en la vida espiritual.

V. La Colaboración de María en la Mediación de Jesús

Los Padres del Concilio Vaticano II enseñaron, con una maravillosa perspicacia que “María, habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación, de alguna forma une en su persona y hace eco a las doctrinas más fundamentales de la fe”. Por tanto no deberíamos estar sorprendidos que estos mismo Padres reconocieron a María como el modelo perfecto de la colaboración humana en la gracia de Dios, “en sumisión a Cristo y con él, al servicio del misterio de la redención.” Anotan que la “unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación es aparente desde el tiempo de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” y aún más especifican que:

La Santísima Virgen avanzó en su peregrinación de fe, y mantuvo fielmente su unión con su Hijo aún en la cruz donde permaneció de pie en conformidad con el plan divino. Ahí soportó con su Hijo único la intensidad de sus sufrimientos y unió a sí misma al sacrificio en su corazón maternal, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima nacida de Ella.

Que quede bien anotado que, de acuerdo a la enseñanza consistente de la Iglesia, la colaboración de María en la obra redentora abarca la vida entera en la tierra del Dios-Hombre desde la Anunciación hasta el Calvario, pero que alcanza su cúspide en el Gólgota donde María es involucrada en dos ofrecimientos simultáneos: el ofrecimiento de su Hijo y el ofrecimiento de sí misma. Esto ha sido repetidamente enseñado por todos los Pontífices en el siglo veinte. He aquí una expresión clásica del primer ofrecimiento del Ciervo de Dios Pío XII en su Carta Encíclica Mystici Corporis del 29 de Junio de 1943, del que el texto de arriba de Lumen Gentium hace una referencia explícita:

Ella [María] fue quien, inmune a todo pecado, personal o heredado, aún más cercanamente unida con su Hijo, Lo ofreció en el Gólgota al Padre Eterno junto con el holocausto de sus derechos y de su amor maternal, como la nueva Eva, por todos los hijos de Adán contaminados a través de la infeliz caída…

En su Exhortación Apostólica Signum Magnum del 13 de Mayo de 1967, el Ciervo de Dios el Papa Pablo VI enfatiza el segundo ofrecimiento al señalar marcadamente la caridad de Nuestra Señora, fuerte y constante en el cumplimiento de su misión, hasta el punto de sacrificarse a sí misma en comunión total con los sentimientos de su Hijo que se inmoló a Sí mismo en la Cruz para darle al hombre una nueva vida.

Estos dos ofrecimientos son magníficamente resumidos en la Carta Inter Sodalicia del Papa Benedicto XV, del 22 de Marzo de 1918, que se ha vuelto justamente famosa:

De acuerdo a las enseñanzas comunes de los Doctores, fue un diseño de Dios que la Santísima Virgen María aparentemente ausente de la vida pública de Jesús, asistiera cuando El estaba muriendo clavado en la Cruz. María sufrió y, tal como fue, casi murió junto con su Hijo sufriente; por la salvación del mundo entero renunció a sus derechos maternales, y, hasta donde dependió de Ella, ofreció a su Hijo para aplacar la justicia divina; por tanto, correctamente podríamos decir que junto con Cristo redimió a la humanidad.

Benedicto habla aquí claramente de nuestra redención como un esfuerzo conjunto. Esto, desde luego, no quita nada del hecho que los méritos de Jesús fueron suficientes para nuestra redención o que María, como una criatura, nunca pudo haber igualado a su Hijo divino. Reconoce, más bien, que la presencia de María en el Calvario fue “de acuerdo al diseño de Dios” que fue la voluntad de Dios como fluyendo de la liga indisoluble entre Jesús y María en la obra de nuestra salvación, lo cual estaba ya anotado claramente en el Protoevangelio.

VI. María Corredentora

El hecho de que María junto con Cristo redimió a la raza humana, conduce de manera natural al fiel que continua meditando el hecho de acuñar la palabra ¨Corredentora¨ para describir su rol. El primer uso de esta palabra del cual tengamos conocimiento ahora, data del siglo catorce o quince. El término Corredentora usualmente requiere alguna explicación inicial en la lengua Inglesa, porque frecuentemente el prefijo “co” inmediatamente evoca visiones de completa igualdad. Por ejemplo, un co-firmante de un cheque o un co-propietario de una casa es considerado un co-igual con el otro firmante o propietario. Por tanto, el primer temor de muchos es que al describir a Nuestra Señora como Corredentora la pone en el mismo nivel de su Hijo Divino, e implican que es “Redentora” en la misma forma que él es, reduciendo a Jesús de esta manera “a ser la mitad del equipo de redentores.” Sin embargo, en la lengua Latina, de la cual proviene el término Corredentora, el significado siempre es que la cooperación de María o la colaboración en la redención es secundaria, subordinada, dependiente de aquella de Cristo –y a pesar de todo eso- algo que Dios “libremente quiso aceptar… constituyendo una innecesaria, pero aún así hermosamente agradable parte de un gran precio” pagado por Su Hijo por la redención del mundo. Como el Dr. Mark Miravalle anota:

El prefijo “co” no significa igual, pues proviene de la palabra Latina “cum” que significa “con”. El título de Corredentora, aplicado a la Madre de Jesús, nunca pone a María a nivel de igualdad con Jesucristo, el Señor divino de todos, en el proceso salvifico de la redención humana. Más bien, denota el singular y excepcional compartir de María con su Hijo en la obra salvifica de la redención para la familia humana. La Madre de Jesús participa en la obra redentora de su Hijo Salvador, quien por sí mismo pudo reconciliar a la humanidad con el Padre en su gloriosa dignidad y humanidad.

La palabra ha pasado de un uso teológico al vocabulario del magisterio. Fue primero usada en documentos oficiales emitidos por las Congregaciones Romanas a principios del siglo y subsecuentemente, por el Papa Pío XI en alocusiones a los peregrinos en su mensaje de radio del 28 de Abril de 1935 para la clausura del Año Santo en Lourdes. Aunque la doctrina de la colaboración excepcional de María en nuestra redención fue claramente enseñada por el Concilio Vaticano II como ya lo hemos visto, la palabra Corredentora no fue usada por razones de “sensibilidad ecuménica.” Lo que es aún más significante, sin embargo, es que después del período de la supresión artificial, el Papa Juan Pablo II ha usado la palabra “Corredentora” o “corredentiva” cuando menos seis veces para describir la cooperación íntima de María en la obra de nuestra Redención.

Ahora, me gustaría apuntar lo que creo puede ser el ejemplo más significativo de la enseñanza del Papa Juan Pablo sobre María Corredentora. Este viene de la homilía que dio en el Santuario Mariano de Nuestra Señora de la Alborada en Guayaquil, Ecuador el 31 de Enero de 1985. En aquella ocasión dijo:

María nos precede y acompaña. El silencioso itinerario que inicia con su Inmaculada Concepción y pasa por el sí de Nazaret, que la hace Madre de Dios, encuentra en el Calvario, un momento particularmente señalado. También allí, aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo, es María aurora de la Redención;…Crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado (cf. Gál. 2:20), contemplaba con caridad heroica la muerte de su Dios, ¨consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que Ella misma había engendrado¨ (Lumen Gentium, 58)…Efectivamente, en el Calvario, Ella se unió al sacrifico del Hijo que tendía a la formación de la Iglesia; su corazón materno compartió hasta el fondo la voluntad de Cristo de ¨reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos¨ (Jn 11:52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María mereció convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad…Los Evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la Cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su Resurrección. Efectivamente, el rol como Corredentora de María no cesó con la glorificación de su Hijo.

Esta parte de la homilía del Santo Padre constituye una magnifica catequesis sobre las varias formas en que María colaboró en la obra de nuestra redención. Anotemos como cuidadosamente el Papa desarrolla este tema.

  1. Primero, subraya que la cooperación de María con el plan de Dios por nuestra salvación concretamente empieza con la Inmaculada Concepción de María. La creó llena de gracia precisamente en vista del rol para el cual la había predestinado. Este don de ser totalmente transformada por la gracia desde el primer momento de su existencia en el seno de su madre, fue para que su cooperación con los designios de Dios no fueran impedidos por los deseos de la carne.
  2. Luego anota que su colaboración se convierte en explícita y deliberada en su respuesta al ángel: “Hágase en mi según tu palabra” (Lc. 1:38). Tal como el Padre Richard Foley, S.J. lo anota: “el consentimiento de Nuestra Señora a la iniciativa de Dios fue la condición indispensable para que su plan redentor siguiese en operación.”
  3. Después el Papa delinea la disposición interior de María en el Calvario. La describe como “aceptando y asistiendo al sacrificio de su hijo” y cita aquí el texto importante del Concilio Vaticano II sobre María “consintiendo amorosamente a la inmolación de esta Víctima que ella concibió” (Lumen Gentium, 58).
  4. Integrado a su ofrecimiento de Jesús como víctima al Padre, está el ofrecimiento de sí misma en unión con él. El Santo Padre remarca que María “unida a sí misma con el sacrificio de su Hijo lo que llevó a la fundación de la Iglesia.” Por tanto subraya el hecho de que, a través de un total sacrificio secundario y subordinado al de Jesús, el sacrificio de María no puede ser separado de aquél de su hijo.
  5. Precisamente porque María es una co-oferente del sacrifico del Calvario, Juan Pablo II la describe como “crucificada espiritualmente con su hijo crucificado.” Esta parece ser a la primera una aseveración impactante, aún una exageración, hasta que el Papa nos provee con su punto de referencia, la declaración llana de Sn. Pablo a los Gálatas: “Yo he sido crucificado con Cristo” (2:20). Si el Apóstol de los Gentiles puede decir esto de sí mismo y nos invita a ser imitadores de él (cf. I Co. 4:16; Flp. 3:17), cuanto más esto puede ser atribuido a María la “Nueva Eva,” ella que fue la más íntima asociada a Jesús en la obra de la redención.

VII. María Mediadora de Todas las Gracias

De acuerdo a las enseñanzas consistentes del magisterio papal durante los pasados cien años, es precisamente del rol de María como Corredentora de donde procede su función en la distribución de las gracias. He aquí como el Papa León XIII lo describe en su Carta Encíclica Adiutricem Populi del 5 de Septiembre de 1895:

Es imposible medir el poder y el alcance de sus oficios [los de María], desde el día en que fue tomada a lo más alto de la gloria celestial en compañía de su Hijo, la cual se merece por la dignidad y brillo de sus méritos. Desde su morada celestial empezó por decreto de Dios, a cuidar la Iglesia, para asistirnos y ampararnos como nuestra Madre; de tal manera que aquella que fue íntimamente asociada con el misterio de la salvación humana, siguede igual manera estrechamente asociada con la distribución de las gracias que estarán fluyendo por todos los tiempos a causa de la Redención.

En este texto, el Papa León XIII ilumina el rol de María como la Mediadora de todas las gracias. Al igual que en el caso de nuestro entendimiento del rol corredentivo de María, debemos siempre reconocer la mediación de María como secundaria y subordinada a, y dependiente de, aquella de Cristo mismo. En verdad, en Lumen Gentium No. 60 los Padres del Concilio Vaticano Segundo enfatizan que:

La misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito de Dios. Fluye de la superabundacia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud.

Aún así al mismo tiempo debe ser aseverado que, precisamente por disposición de Dios, ningún otro ser humano colaboró en una forma tan íntima en la Redención de la humanidad como lo hizo María. Tal como el Papa lo pone en su discurso de la audiencia general del 9 de Abril de 1997, que ya ha sido citado anteriormente.

La cooperación de María abarca toda la obra salvífica de Cristo. Unicamente Ella fue asociada en esta manera en el sacrificio redentivo que mereció la salvación de toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a él, colaboró en la obtención de la gracia de la salvación para toda la humanidad.

Para ponerlo simplemente: porque María es la Corredentora, también es la Mediadora de todas las gracias.

Otro principio muy importante debe ser anotado en el texto citado arriba: habla de la unión de María con Jesús en la Redención del género humano. Esto no es decir que Jesús no sea el Redentor todo suficiente o que María puede haber sido pensada como una que se le iguale, sino más bien que por la voluntad de Dios, fue indisolublemente unida con él en la obra de la redención, y es consecuentemente, inseparablemente unida con él en la dispensación de los frutos de la redención. Esta ha sido la enseñanza consistente de la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo. Escuchemos que hermosamente el Papa Sn. Pío X aclara esta doctrina en su Carta Encíclica Ad Diem Illum del 2 de Febrero de 1904:

Es debido a esta comunidad de dolor y voluntad entre María y Cristo, que “Ella mereció convertirse de la manera más valiosa como la Reparadora del mundo perdido y, por tanto, la Dispensadora de la totalidad de los dones que Jesús por su muerte y su Sangre adquirió para nosotros. Ahora bien, no negamos que la distribución de estos dones pertenecen estrictamente por derecho a Cristo personalmente, ya que han sido adquiridos para nosotros sólo por Su muerte, y El es en su propio derecho el Mediador entre Dios y el hombre. Aún así, sin menoscabo de la comunidad de dolor y sufrimiento entre la Madre y el Hijo ya mencionada, la augusta Virgen, fue privilegiada para ser “la más poderosa Mediadora y abogada del todo el mundo, con su Hijo Divino.”

El misterio de la indisoluble unión de María con Jesús en la obra de nuestra redención está proféticamente proclamada en Génesis 3:15 y descrita en los Evangelios de Lucas y Juan. Más aún, el capítulo 12 del Apocalipsis nos muestra como la relación maternal de María con Jesús es extendida al “resto de su descendencia” (Ap 12:17). De verdad, no existe otra unión divino-humana que se compare con esta relación excepcional entre Jesús y María, la que existe precisamente “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. Debido a lo excepcional de esta unión, el Padre Stefano Minelli pudo hacer este sorprendente reclamo sobre la mediación de María:

La diferencia fundamental entre la Mediación maternal de María y cualquier otra mediación participativa por parte de otras criaturas, celestiales o terrenales, consiste el hecho de que mientras las otras mediaciones están limitadas en tiempo y espacio, la Mediación de María en cambio se extiende a toda la creación celestial o terrena, y toca todas las edades hasta le final de la creación.

Esta declaración del padre Minelli es sorprendente por que subraya la extensión de la mediación de María, pero no por que parta de las enseñanzas de la Iglesia. De hecho, solamente está haciendo eco al Siervo de Dios el Papa Pío XII quien declaró el 13 de Mayo de 1946, en su mensaje de radio a Fátima, que el Hijo de Dios dio a su Madre celestial una participación de Su gloria, Su majestad, Su reino; porque, asociada como Madre y Ministro del Rey de los mártires en la obra inefable de la Redención del hombre, es de igual manera asociada con El para siempre, con el poder por así decirlo infinito, en la distribución de las gracias que fluyen de la Redención.

VIII. María Abogada

En la homilía hermosamente rica que dio nuestro Santo Padre en Guayaquil, Ecuador, el 31 de Enero de 1985 y que ha sido citada anteriormente, dijo que “el rol de María como Corredentora no cesa con la glorificación de su Hijo” y continuo explicando que:

La Iglesia cree que la Santísima Virgen asunta al cielo está junto a Cristo, vivo siempre para interceder por nosotros (cf. Hb 7:25), y que a la mediación Divina del Hijo se une la insesante súplica de la Madre en favor de los hombres, sus hijos. María es aurora y la aurora anuncia indefectiblemente la llegada del sol. Por eso os aliento hermanos y hermanas todos Ecuatorianos, a venerar con profundo amor y acudir a la Madre de Cristo y de la Iglesia, la ¨omnipotencia suplicante¨ (omnipotentia supplex), para que nos lleve cada vez más a Cristo, su Hijo y nuestro Mediador.

Existen al menos dos puntos sobresalientes que pueden ser sacados de esta declaración ricamente doctrinal. El primero, que María participa en la intercesión sacerdotal de Cristo glorificado que está ahora sentado a la derecha del Padre donde intercede incesantemente por nosotros. En unión con Jesús, también es nuestra Abogada. El segundo, es una mayor precisión del rol intercesorio de María: es “omnipotentia supplex,” una frase casi intraducible que indica que Ella es al mismo tiempo ambas cosas, suplicante al mismo tiempo que todopoderosa. El Papa ha usado esta expresión paradójica para describir la intercesión de Nuestra Señora en un sinnúmero de ocasiones. Quizá una de las mejores explicaciones de esta terminología viene de Sn. Alfonso María de Ligorio:

Puesto que la Madre, entonces, debería ser igual de poderosa que su Hijo, Jesús, quien es omnipotente, ha hecho también a María omnipotente; sin embargo, también es verdad que mientras que Jesús es omnipotente por naturaleza, María es omnipotente solamente por gracia. Ella aparece como tal por el hecho de que cualquier cosa que la Madre pide, el Hijo nunca se lo niega… María, entonces, es llamada omnipotente en el sentido en el cual tal término puede ser aplicado a una criatura que es incapaz del atributo divino; esto es que Ella es omnipotente porque obtiene por sus oraciones todo lo que desea.

Puesto que María es Corredentora y Mediadora de todas las Gracias, también es nuestra más perfecta humana Abogada frente a la Santísima Trinidad. Este título tiene sus raíces profundas en la tradición Católica, iniciando desde Sn. Irineo en el siglo segundo. Esto ocurre en la Salve que nosotros rezamos: “ea pues, Señora Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” La palabra Abogada ha sido atribuida a María literalmente cientos de veces en el magisterio papal y la referencia a su intercesión ha sido un tema constantemente recurrente. En verdad, el gran documento Mariano del Concilio Vaticano Segundo reconoce que María es correctamente invocada como Abogada.

Poniendo juntos los tres títulos Corredentora, Mediadora y Abogada nos permite captar el rol de María en nuestra salvación en una forma lógica y coherente: es precisamente debido a la participación única, íntima y excepcional de Nuestra Señora en la obra de la redención (como Corredentora), que es capaz de ser la distribuidora (Mediadora) de todas las gracias y la gran intercesora (Abogada) para sus hijos, después del mismo Jesús (cf. Hb 7:25; 1 Jn 2:1) y del Espíritu Santo (cf. Jn 14:16, 26; 15:26; 16:7). En verdad, cada uno de estos términos trae otra faceta de cómo María comparte de una manera sin precedente en la mediación única sacerdotal de Jesús: participa en la obra de nuestra redención, distribuye las gracias de la redención y vive para interceder por nosotros.

Estos tres temas están hermosamente entrelazados en la conclusión de la gran Carta Encíclica de Pío XI Miserentissimus Redemptor, sobre la reparación al Sagrado Corazón de Jesús:

Que la gran Madre de Dios, que nos dio a Jesús como Redentor, que lo creo, y que lo ofreció como Víctima en la Cruz, quien por su misteriosa unión con Cristo y por su incomparable gracia merece con todo derecho el nombre de Reparadora, se digne sonreír sobre Nuestros deseos y Nuestras necesidades. Confiando en su intercesión con Cristo Nuestro Señor, quien siendo el único mediador entre Dios y el hombre (I Tm 2:5) quiso, sin embargo, hacer de Su Madre la abogada para los pecadores y la dispensadora y mediadora de Su gracia, desde el fondo de Nuestro corazón y como una prueba de favor celestial y de nuestra solicitud paternal, impartimos de todo corazón a ustedes y a todos los fieles encargados a tu protección Nuestra Bendición Apostólica.

IX. Algunas Preguntas

Este ensayo ha sido escrito para mostrar la lógica interna y la coherencia de proponer una definición papal solemne de María como Corredentora, Mediadora y Abogada. He escogido hacerlo de una manera extensa basado en las enseñanzas de los papas recientes. Es completamente posible formar el caso para la definición en términos de la evidencia escriturística o de las indicaciones dadas por la vida litúrgica de la Iglesia o sobre la base del testimonio de los Santos y teólogos. Un buen número de tales estudios han sido hechos y continúan siendo profundizados en varias lenguas.

He escogido presentar esta pequeña introducción sobre el asunto, primeramente sobre las bases de la autoridad de las enseñanzas de los papas modernos, precisamente porque ellos reflejan y sintetizan la creencia de la Iglesia en una forma que puede ser comprensible a los fieles y que no requiere de un soporte extensivo de estudios escriturísticos, la historia de la teología, la vida de los Santos, etc. Más aún, esta vía manifiesta que el contenido de la definición propuesta es ya una parte del magisterio ordinario (opuesto al extraordinario) de la Iglesia. Los títulos no son novedades, sino más bien han sido consistentemente utilizados por los papas en el último siglo y medio, para describir el rol excepcional de María en la vida de los fieles. Tuve que escoger cuidadosamente citas para representar los cientos más, ya que el espacio no me permite presentarlos y se hubiera hundido por su propio peso este corto estudio. El punto es, que aquellos que quieran argumentar en contra de lo anteriormente presentado, no están argumentando conmigo o mis teorías, sino más bien con los sucesores de Pedro cumpliendo su oficio de la enseñanza oficial.

1. ¿Por qué el título de Corredentora?

Mi primera respuesta es ¿“Por qué no”? Es verdad que la palabra puede confundir aquellos que no saben su etimología, vgr: que “con” no significa “igual a”. Pero el uso de este término por los papas lo mismo que la doctrina consistente de la Iglesia, hace abundantemente claro que esta no es una intención para poner a María como un Redentor igual que Jesús. Por otro lado, ¿qué títulos pueden indicar mejor la posición única, excepcional, ocupada por María en la economía de la gracia? ¿Cooperadora, colaboradora, co-trabajadora, co-sufriente, participante? Pero estos términos pueden y deben de ser usados para todos nosotros. No indican la singularidad del rol de María. El gran convertido Inglés y escritor espiritual, Padre Frederick William Faber, argumenta en favor de la forma inglesada de la palabra “co-redentora” en 1857 en su trabajo clásico Al Píe de la Curz:

De hecho no hay ninguna otra palabra en la cual la verdad pueda ser expresada; y, muy lejos de la redención única y suficiente de Jesús, la cooperación de María está, en que su cooperación permanece solitaria y alejada de la cooperación de los elegidos de Dios… Pero ni la Inmaculada Concepción ni la Asunción nos dará una mayor idea de la exaltación de María que este título de co-rredentora, cuando tenemos que indagar teológicamente su significado.

2. ¿Por qué proponer una definición papal?

Ha sido anotado que ya existen cuatro dogmas sobre María. Estos son que ella es (1) la Madre de Dios (Teotokos); (2) siempre virgen; que fue (3) concebida inmaculadamente y, (4) asunta al cielo en cuerpo y alma. Todas estas verdades de fe atañen a la persona de María, pero hasta la fecha la Iglesia no ha propuesto a los fieles en la forma más solemne la verdad sobre el rol de María en sus vidas.

¿Pero porqué esto debe ser hecho cuando hay otros asuntos dentro de la Iglesia que parecen ser mucho más importante y mucho más urgentes? Hay, sin lugar a duda, evidencia indiscutible que ahora existe una gran parte de dos generaciones de Católicos, que no saben su fe o no la toman muy seriamente. Esto no pasó por accidente. Hay muchos que, con buena intensión o no, aprovecharon el momento al final del Concilio Vaticano II para expropiar la catequesis y la educación Católica y han contribuido poderosamente al caso que ha sobrevenido. Ellos no han sido simplemente quitados por la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, ni tampoco será capaz un simple acto legislativo de lograrlo.

La depravación y la permisividad moral del mundo en el cual se vive diariamente es cada vez más aparente y más atractivo –y se ha infiltrado dentro de la Iglesia. Anticoncepción, aborto, la disolución de familias, la pornografía bramante en los medios, la atentada justificación de la homosexualidad, el feminismo militante, la confusión de los roles del hombre y la mujer, la promoción de una sociedad sin valores –todo esto infesta los hijos e hijas de la Iglesia Católica. El Papa Pablo VI y Juan Pablo II no han titubeado hacer resueltamente frente a estos numerosos errores con coraje, proveyendo claras líneas de acción y exhortando a los fieles a ser convertidos y seguir el camino de los Evangelios. Treinta años después de la Humanae Vitae la sabiduría profética de Pablo VI es mucho más aparente que como fue en 1968, pero, ¿ha cambiado el curso?

En muchos lugares se han introducido innovaciones negligentes, intensivas e imprudentes dentro del culto de la Iglesia. Una nueva forma de iconoclacia ha causado la injustificable destrucción de muchos Santuarios Católicos. Más aún, existe una notable tendencia a trabajar en varios niveles para cambiar la orientación de la liturgia de estar centrada en Dios, a pasar a una más centrada en el hombre. El lenguaje del “Santo sacrificio de la Misa” está desapareciendo lentamente de nuestro vocabulario. Aún más, hay un intento por parte de algunos estrategas altamente colocados para demoler la liturgia presente Romana y restituirla menos reconocible. Todo esto ha conducido a una desorientación masiva por parte de los sacerdotes, religiosos y laicos, resultando en muchas deserciones y apostasía. ¿Podemos razonablemente esperar que más mandatos en la aplicación correcta de las normas litúrgicas de la Iglesia alterarán dramáticamente la situación presente?

Ahora bien, desde luego, no quiero minimizar los muchos signos esperanzadores en el horizonte o en ocasiones el trabajo heroico que se ha estado haciendo en muchos niveles para restablecer la práctica Católica en fe, moral y culto en donde esto ha sido necesario. Pero estoy convencido que una definición papal de María como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada del Pueblo de Dios podría tener incalculables efectos positivos, directos e indirectos, en todas estas áreas que no se podrán dar de otra manera. Esto es porque María, presente en la Iglesia como Madre del Redentor, toma parte, como una madre, en esa “monumental batalla contra los poderes de las tinieblas” que continúa a través de la historia humana.

Ella no sólo es la “Mujer” del Protoevangelio (Gn 3:15), sino también la “Mujer” triunfante del Apocalipsis (Ap 12). Entre más la Iglesia le reconozca su rol en nuestra salvación, lo proclame y lo celebre, más Satanás será vencido y más Jesús reinará. Los padres del Concilio Vaticano Segundo dieron las palabras a esta intuición cuando declararon en Lumen Gentium No. 65 que:

Mientras [María] es predicada y honrada, atrae a los creyentes hacia su Hijo y Su sacrificio, y hacia el amor del Padre. La Iglesia, a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hacen más semejante a su excelso modelo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la caridad, buscando y obedeciendo en todas las cosas la divina voluntad.

3. ¿Una definición no causará problemas ecuménicos?

Esta ha sido una objeción que ha sido consistentemente tomada por aquellos que se oponen a una definición. Mi pregunta hacia ellos es ¿”Por qué una proclamación más explícita de la verdad causa problemas”? La Iglesia encontró necesario reafirmar la imposibilidad de la ordenación de la mujer, a pesar de haber reconocido que existirían repercusiones en aquellos cuerpos eclesiales que tienen ministerios de la mujer. Como lo hemos visto anteriormente, en 1998 fue apremiada a defender la ininterrumpida tradición de la Iglesia sobre la colaboración del hombre en la obra de su redención.

Debemos estar perfectamente claros en este principio fundamental del ecumenismo Católico enunciado por los Padres del Concilio Vaticano Segundo:

Es de todo punto necesario que se exponga claramente toda la doctrina. Nada es tan ajeno al espíritu del ecumenismo como ese falso acercamiento conciliatorio, que daña la pureza de la doctrina Católica y oscurece su sentido genuino y definido. Pero al mismo tiempo, hay que exponer la fe Católica con mayor profundidad y con mayor exactitud, con forma y lenguaje que la haga realmente comprensible a los hermanos separados. Aparte de esto, en el diálogo ecuménico los teólogos Católicos, siguiendo la doctrina de la Iglesia, al investigar con los hermanos separados los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad.

Estos mismos Padres estuvieron conscientes que entre ellos [las iglesias separadas y Cuerpos Eclesiales en el Occidente], hay puntos de vista considerablemente diferentes de la doctrina de la Iglesia Católica aún concernientes a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne y la obra de la redención, y por tanto, concernientes al misterio y ministerio de la Iglesia y al rol de María en la obra de la salvación.

Ellos nunca pensaron obviamente, que el rol de María debía ser omitido en silencio en el diálogo ecuménico. De hecho, concluyeron en el documento maestro del Concilio, Lumen Gentium, con estas palabras:

Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella, que estuvo presente en las primeras oraciones de la Iglesia ahora también, ensalzada en el cielos sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en la comunión de todos los Santos, interceda ante Su Hijo, para que las familias de todos los pueblos, tanto los que se honran con el nombre de Cristiano como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un sólo pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e Individida Trinidad.