El Inicio de la Corredentora

Published on July 20, 2012 by in En Espanol

“Incarnatio redemptiva redemptio inchoativa” (“La encarnación redentiva es la redención iniciada”). Este concepto patrístico del milagro de milagros por el que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se dignó encarnarse por nosotros, nos da perfecto entendimiento de que la encarnación de Jesucristo es verdaderamente el “inicio de la redención.” Sin embargo, estaba dentro del plan perfecto del Padre que la encarnación redentiva se llevara a cabo sólo a través del consentimiento de un ser humano, una mujer, una virgen.

“Sí” a la Anunciación: Lc. 1:26-38 “Hágase en mí según tu palabra”

Quizás Sn. Bernardo lo describe de mejor manera cuando afirma que el mundo entero estaba en espera de escuchar la respuesta de la Virgen de quien dependía la salvación: “El ángel espera una respuesta;…Nosotros también esperamos, Oh Señora, tus palabras de compasión, que ya se hace insoportable la sentencia de la condena… Seremos liberados al instante sólo si tu aceptas…La tierra entera aguarda anhelante…”(i) Sn. Lucas relata el comienzo de la redención:

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

Él será grande y será llamado
Hijo del Altísimo,
y el Señor Dios le dará
el trono de David, su padre;
reinará sobre la casa de Jacob por los siglos
y su reino no tendrá fin.”
María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”
El ángel le respondió:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra;
por eso el que ha de nacer será santo
y será llamado Hijo de Dios.
Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un
hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.”
Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra.” Y el ángel, dejándola, se fue.

“Hágase en mí según tu palabra.” Con éstas, las palabras de una virgen libre e inmaculada, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. “El Padre Eterno confió en la Virgen de Nazaret,”(ii) y la Virgen dio su “sí” al plan del Padre para redimir al mundo a través del Hijo encarnado.
Para aquellos que se sienten inclinados a descartar el “fiat de la historia” como despojado de una participación real y activa de la Virgen (como si su consentimiento hubiese sido sólo parte de un reconocimiento pasivo o una simple sumisión), cabría recordar que en griego, el “fiat” de María se expresa en la modalidad optativa (ghenòito moi…), modalidad que expresa su deseo activo y gozoso y no simplemente una aceptación pasiva de participar en el plan divino.(iii)

Inicio de la Redención – Inicio de la Corredención

De igual modo que con la encarnación se inicia la redención, el fiat de María es el inicio de la corredención. En palabras de la Beata Teresa de Calcuta, “Por supuesto que María es la Corredentora. Ella le dio a Jesús su cuerpo y el cuerpo de Jesús fue lo que nos salvó.”(iv) La Carta a los Hebreos nos dice que somos “santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb.10,10). Pero Jesús recibe el precioso instrumento de la redención, su cuerpo sagrado, a través de María. Por este íntimo y sublime don salvífico de cuerpo a Cuerpo, corazón a Corazón, Madre a Hijo, la inmaculada Virgen comienza su rol como Corredentora al darle la naturaleza humana— de la Corredentora al Redentor.

Pero María, al donarle a Jesús un cuerpo también le dona, aunque sin palabras, su corazón, pues al decir “sí” a su plan de redención sin importar el precio, la inmaculada dona también su libre albedrío, su alma y espíritu, y sin condición alguna, lo ofrece de vuelta al Padre Eterno.

Al decir “hágase en mí,” la humilde Virgen de Nazaret se hace, citando a Sn. Ireneo, “causa de salvación para sí misma y para todo el linaje humano”(v); el “precio de la redención de los cautivos”(vi) como proclama Sn. Efrén; ella “concibe la redención para todos”(vii) explica Sn. Ambrosio; y en el Himno Akatista del Este correctamente se le saluda, “Salve, redención de las lágrimas de Eva”. Sn. Agustín nos dice que la Virgen fiel concibió a Cristo primero en su corazón y después en su cuerpo(viii); y Sto. Tomás de Aquino explica que la Santísima Virgen al consentir libremente en recibir la Palabra, estaba representando en sentido real el consentimiento de todo el linaje humano de recibir al Hijo Eterno como Redentor.(ix)

La respuesta de la inmaculada al Arcángel Gabriel, su “si” expresado con suavidad, se amplifica y resuena a través de la creación y del tiempo. Es el sí de toda la humanidad, pronunciado por lo mejor de la humanidad, pues María no habla sólo en su nombre, sino que en nombre de todos los hombres, da su consentimiento para que se envíe un Redentor según el designio del Padre, pero es tanto el respeto que Dios Trino tiene por el libre albedrío de los hombres, de ordinario frágil y voluble, que prefiere esperar a que el hombre consienta en la misión de la que literalmente pende el destino eterno de cada alma humana. Y sin embargo, sólo María de entre todas las criaturas es la que, por estar libre de pecado, tiene más libertad de escoger y está más dispuesta a ofrecerse al Padre para cumplir y llevar a término su voluntad. Y cuando ella otorga su consentimiento, Él responde generosamente.

Los teólogos se han dado a la tarea de estudiar exhaustivamente cuál es la naturaleza precisa del fiat de María y la relación que tiene con su rol en la redención, y han intentado categorizarla. Algunos han argumentado que su fiat es sólo una participación “remota,” “indirecta” o “mediata” en el plan de la redención, muy distante a los eventos del calvario, como para considerarla como íntima participación en la redención. Pero aquí debemos recordar la sabiduría de los primeros padres de la Iglesia que enseñaron que con la encarnación se anticipa y comienza la redención.

Si analizamos el asunto desde la perspectiva de Dios, Padre del linaje humano, más luz se ha de encontrar: El Padre envía a un Ángel con una invitación a su Hija Virgen e inmaculada, en donde le solicita su consentimiento de ser la Madre del Redentor, incluyendo todo aquello que misteriosamente forma parte del plan y rol redentor, convirtiéndose así en la más grande cooperadora humana en el plan salvífico de redención,

No se trata de dos invitaciones: una para concebir al Redentor y otra para sufrir con el Redentor — no se envía una a Nazaret y otra al calvario. El Todopoderoso invita a María a la vocación más extraordinaria que se pueda imaginar, la de unirse íntimamente al Redentor y su misión mesiánica, misma que da inicio desde que la inmaculada reviste de carne a la Palabra, pero ciertamente no termina allí. La Virgen sabe que su vocación es una vocación de toda la vida y para la historia, pues ha de convertirse en la Madre del “Siervo Sufriente” de Isaías — misión mesiánica que la Virgen conocía de antemano por haber sido educada en el Templo—. Su vocación es un llamado celeste que la invita, comenzando desde la anunciación y a lo largo de toda su vida, a padecer intensos sufrimientos; a estar siempre “con Jesús” y acompañar con su corazón al Redentor dondequiera que vaya y haga lo que haga. En el sufrimiento, siempre será su constante compañera. Pero sería en el calvario donde la Hija Virgen del Padre Celestial llegaría a comprender plenamente que su consentimiento de compartir el sufrimiento en la gran inmolación de su Hijo Víctima, lo había ofrecido hacía treinta y tres años en Nazaret.

Ahora bien, ¿acaso no es éste el mismo “sí” con que se hace una profesión en las diversas vocaciones cristianas? El sacerdote, el religioso, la persona que se casa, todos dicen “sí” el día de la ordenación, la profesión o el matrimonio, y aceptan esa vocación de servicio y amor por toda la vida, sin saber lo que le deparará el futuro. ¿O es el sacerdote iluminado desde lo alto el día de su ordenación y sabe de antemano todos y cada uno de los dolores y alegrías que le esperan en su vida de sacerdote? Antes bien, el “sí” que otorga el día de su ordenación es un “si” a todo un plan que tiene el Padre Eterno para su vocación. El Padre no necesita, varios años después, enviar una segunda invitación ante los aspectos más críticos de su sacrificio sacerdotal, pues el primer “si” del sacerdote es un “si” a la vocación de por vida.

Desde la anunciación hasta el calvario y allende a éstos, el “sí” de la Virgen de Nazaret sería su vocación de por vida, un eterno “sí” a sufrir “con Jesús”. A la luz de esto, con el fiat de María no sólo comienza su providencial vocación de ser la Corredentora con Jesús, sino también inicia su propia participación, deseada y aceptada íntimamente, en la totalidad del plan redentor que tenía el Padre con el Hijo, y en la forma en que históricamente se llegara a desarrollar, con los actos y circunstancias, esta misión redentora de Jesús.

María con su “fiat” en la anunciación y con pleno consentimiento de corazón y espíritu, coopera “con Jesús” en el plan redentor del Padre, no habiendo para ella ningún momento en que no participe íntima, moral y directamente en el desarrollo del designio salvífico del Padre, que alcanzará plena madurez y nacimiento místico solamente en el calvario(x). “Principium huius maternitatis est munus Corredemptricis”(xi) (“con el oficio de su maternidad comienza el de su corredención”). De ahí que conviene describir el singular rol de María en el plan de redención, iniciado en la anunciación, como “el inicio de la corredención,” y la culminación de su participación “con Jesús” en el calvario, como “el cumplimiento de la corredención.”

La prueba de José y el corazón de María

Poco tiempo después de su fiat comienza a sufrir intensamente porque a la inmaculada se le comienza a notar su estado de embarazo. Ella es el Tabernáculo del Redentor, pero esto no lo saben ni lo comprenden los demás. Los sufrimientos de la Virgen se multiplican al ver cómo sufre una persona tan cercana, tan justa y tan querida por ella, y esto acrecienta el sacrificio que ofrece su joven corazón: es la gran prueba de José.
“Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.” (Mt.1,18-19). Después de regresar de Ain-Karim en donde la Virgen, icono de caridad, ejercitó durante tres meses la virtud del servicio a su prima Isabel, José advierte las primeras señales exteriores de su embarazo, lo que le produce gran obscuridad por no entender lo que pasa con su joven desposada y el Hijo que lleva en las entrañas.

María advierte esta angustia interior de José y sufre con él, y aunque parezca ilógico, ella misma es la causa de este sufrimiento. Ya desde ésta, la primera de las grandes pruebas, la Madre y el Hijo son objeto de confusión y aparente contradicción humana, por haberse mantenido unidos en su fiat al plan redentor del Padre celestial. La Madre, “con Jesús en el vientre,” sufre en silencio y lo ofrece intensamente; en tanto que el corazón de su justo y casto esposo participa de antemano la pasión, producto de los misteriosos designios de Dios para salvar a los hombres. Es una prueba de fe para José con la que se medirá su amor. María, la Mujer que sufre en silencio, no se defiende; en medio del dolor que causa el silencio y el juicio equivocado, ella espera que el Padre celestial defienda sus designios de salvación y también a su hija virgen.

Y no se equivoca, pues el Padre sale en su defensa: “Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: <<José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.>>…Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús” (Mt.1,20-21,23-24).

Todos aquellos que se encuentren cerca del Redentor tendrán su parte en el sufrimiento, y el custodio del Redentor comienza a experimentarlo. Más su excepcional participación (aunque externa) en la encarnación redentora y su desarrollo durante los años ocultos de Jesús de Nazaret será muy fecunda, haciendo de José el Guardián de todos los redimidos, el Patriarca de los patriarcas, el Padre espiritual de Jesús y de todos nosotros.

Lc. 2,22-38 — Simeón profetiza a la Corredentora

Poco tiempo después, el poder del Espíritu de la Verdad confirmaría el rol de la Corredentora mediante una profecía.

Aún cuando la Virgen Madre no estaba realmente sujeta bajo ninguna ley para la expiación de los pecados, obedientemente se sujetó a la Ley mosaica acudiendo al Templo para cumplir con los rituales de purificación; allí ofreció su “pobre sacrificio”: un pichón tierno para el holocausto y otro por los pecados. Pero allí también ofrecería a su hijo varón al Señor, su Dios.(xii)

Es realmente paradójico que la Madre y el Hijo, que en el calvario se ofrecerían como “oblación por los pecados” de la humanidad, entraran humildemente en el Templo a ofrecer un sacrificio por el Hijo que era el sacrificio mismo de la redención. En realidad la Madre ofrecía al Cordero, “el sacrificio perfecto,” el Cordero Pascual que el Padre Eterno aceptará cuando llegue “su hora”; el Cordero Víctima y Supremo Sacerdote.(xiii)

Al parecer Simeón no era sacerdote sino más bien “anawim,” un hombre pobre bendecido por Dios, fiel a Yahveh y su Alianza. Simeón era un anciano de oración y expectación, un simple miembro de la feligresía, una voz humilde dentro de la vox populi, que esperaba al Mesías para poder emprender el camino a la casa eterna en paz.

El Templo era, ante todo, un lugar de sacrificio, y los eventos que se desarrollaron durante la presentación en realidad fueron la misteriosa prefiguración del calvario en donde también estarían las mismas dos figuras públicas: Jesús y María. María, al hacer el ofrecimiento del Niño obedeciendo fielmente los designios salvíficos de Dios — en el Templo y en el Gólgota — participó históricamente de la liberación de los hombres. Es ella quien ofrece el Niño al Padre Eterno junto con el ofrecimiento de sí misma por el común propósito de la redención.

Simeón reconoció al Niño y supo que era la “salvación” (Lc.2,30) preparada ante todos los pueblos, “luz que ilumina a los gentiles, y gloria del pueblo Israel” (v.32). Y entonces el santo Simeón volvió la mirada hacia la Madre de la salvación y por su relación maternal con este signo de contradicción, también le predijo “con Jesús,” que su misión y vida estarían llenas de sufrimiento: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: <<Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción — ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! —a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones>> (Lc.2,34-35).

Si la Señal es rechazada, entonces la Madre de la Señal también será rechazada. ¿Qué madre no sufre con su hijo cuando éste es rechazado o contradecido? Si su hijo era la predicha señal de contradicción (ante la que todos los corazones serían “revelados” a favor o en contra del verdadero Redentor), entonces en el Templo María no experimentó un dolor pasajero, sino toda una vida de dolor por haber sido la Madre íntimamente unida a la Señal, la madre que sufrió “con la Salvación.” El Padre de la humanidad no pudo haber querido mayor sacrificio que aquel de la Madre y su Hijo que culminaría en el calvario. Y sin embargo, el sacrificio comenzaría mucho antes; realmente los sufrimientos de la Madre anteceden a los sufrimientos del Hijo.

Desde ese momento de la presentación y por un período de más de treinta años, el corazón inmaculado ponderó con tristeza y dolor, una y otra vez y a diferentes niveles de conciencia, la profecía de Simeón, y ya desde aquel momento su corazón había sido traspasado anticipadamente al pensar en los sufrimientos que le esperaban a su inocente Hijo. Finalmente su corazón quedaría también atravesado con el de su Hijo, al que estaba unido indisolublemente. “Mirarán al que traspasaron” (Jn.19,37), y el corazón traspasado de María “sufrió con” el Corazón traspasado de Jesús, del que brotó sangre y agua para la redención.

Notas

(i) Sn. Bernardo de Claraval, Hom 4,8-9; Opera Omnia, ed. Cisterc 4, 1966, 53-54

(ii) Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 39

(iii) I. De La Potterie, Maria nel mistero dell’Alleanza, Genoa, 1988, p. 195 (trad. al inglés., Mary in the Mystery of the Covenant, 1992).

(iv) Beata Teresa de Calcuta, Entrevista Personal, Calcuta, 14 de Agosto, 1993.

(v) Sn. Irineo, Adversus Haereses, vol. 3, ch. 22, n. 4; PG7, 959.

(vi) Sn. Efrén, Opera Omnia, ed. Assemani, Roma, 1832, vol. 3, p. 546.

(vii)Sn. Ambrosio, Ep. 49, n. 2; PL 16, 1154 A.

(viii) Sn. Agustín, De Sancta Virgin. iii

(ix) Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologica, III, Q. 30, a.1.

(x) La tradición patrística que mantiene que la fecha original de la anunciación y la fecha original del Viernes Santo es el 25 de Marzo, parecería confirmar que la encarnación y la redención son inseparables. Cf. Tertullian, Adversus Judaeos, 8; PL, 2, 656 en J. Saward, The Mysteries of March, Editorial de la Universidad Católica de América, 1990, p. xv.

(xi) F. Ceuppens, De Mariologia Biblica, Roma, 1951, p. 201; cf. Manelli, “Mary Coredemptrix In Sacred Scripture,” Mary Coredemptrix, Mediatrix, Advocate: Theological Foundations II, Queenship, 1996, p. 86.

(xii) Cf. Lev. 12:2,8

(xiii) Cf. Rt. Rev. Aloys Schaefer, The Mother of Jesus in Holy Scripture (trad. del alemán por Rt. Rev. Ferdinando Brossart), Frederick Pustet, 1913, p.186.