El Papa de María Corredentora

Published on July 20, 2012 by in En Espanol

Dando testimonio de casi cada uno de los aspectos de la historia de María Corredentora, Juan Pablo II, el Papa “Totus Tuus,” ha superado a todos los pontífices que le han precedido. La suma de sus testimonios es muy vasta, el sentido es profundo y el amor inspirado.

Al igual que cuando se está ante una bodega repleta de excelentes vinos, no tenemos la oportunidad de degustar y apreciar cada enseñanza del Papa Juan Pablo II en relación con su Madre Corredentora(i). Sin embargo, se ofrece lo siguiente como una degustación de su doctrina más excepcional:

Juan Pablo II y su aplicación de Corredentora

Juan Pablo II constituyó un eficaz remedio ante el silencio del Concilio, debido a su continua aplicación en documentos oficiales del título Corredentora. Durante los primeros años de su pontificado, el Vicario de Cristo invocó en varias ocasiones a la Madre inmaculada como la “Corredentora”, saneando la relación existente entre la doctrina y el título. El título es legítimo y el Santo Padre no duda en expresar sus convicciones al respecto.

El 8 de Septiembre de 1982, Fiesta de la Natividad de María y dentro del contexto de un discurso papal a los enfermos (quienes más que nadie necesitan conocer el poder del sufrimiento corredentor), el Papa Juan Pablo II se dirigió por primera vez a María nombrándola “Corredentora de la humanidad”: “Aunque María fue concebida y nació sin la mancha del pecado, participó maravillosamente en los sufrimientos de su divino Hijo, convirtiéndose de este modo en la Corredentora de la humanidad.”(ii)

Es de dominio público que el Papa Juan Pablo no acostumbra celebrar su cumpleaños el 18 de Mayo, sino más bien el día de su “santo” patrono, el 4 de Noviembre, día de Sn. Carlos Borromeo, por quien le nombran “Karol.” Y fue en este día, durante una audiencia general en 1984, que el Papa se dirigió una vez más a su Madre con el título de “Corredentora”:

San Carlos se dirigió a nuestra Señora — La Corredentora — de forma tal, que al reconstruir el momento y un diálogo posible entre María y Jesús cuando éste se perdió en el Templo a los doce años, saltan a la vista acentos revelatorios muy singulares. Sn. Carlos escribe: “Sufrirás aún Mayores dolores, Oh Madre bendita, y continuarás viviendo; pero la vida para ti será mil veces más amarga que la muerte. Verás cómo entregan en manos de pecadores a tu Hijo inocente … Lo mirarás brutalmente crucificado entre ladrones, su santo costado abierto por la cruel lanzada, y finalmente, contemplarás aquella sangre que tú misma le diste… ¡Aún así, no podrás morir!” (Homilía el domingo después de la Epifanía en la Catedral de Milán, 1584).(iii)

La siguiente ocasión en que el Santo Padre aplicó el título Corredentora fue una fecha sumamente importante. El 31 de Enero de 1985, en un santuario mariano en Guayaquil, Ecuador, Juan Pablo II profesa el título de Corredentora en el contexto de su homilía, haciendo un profundo comentario teológico de la doctrina bíblica y conciliar sobre la corredención:

María va delante de nosotros y nos acompaña. La silenciosa jornada que comienza con la Concepción Inmaculada y pasa por el “sí” de Nazaret, que la convierte en Madre de Dios, encuentra en el calvario un momento particularmente importante. Allí también, aceptando y cooperando con el sacrificio de su Hijo, María es el amanecer de la redención… Crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado (cf. Ga. 2,20), María contempló con amor estoico la muerte de su Dios, “consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, 58) . . .

Ciertamente, María en el calvario se unió al sacrificio de su Hijo que derivó en la fundación de la Iglesia; compartió en lo más profundo de su Corazón maternal la voluntad de Cristo “de reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn. 11,52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María merecía convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre que los uniría . . .

Los Evangelios no narran la aparición de Cristo resucitado a María, pero por la forma especial con que se une a su Hijo en la cruz, tuvo que haber tenido también el privilegio de la experiencia del Resucitado. Ciertamente el rol de María como Corredentora no termina con la glorificación de su Hijo.(iv)

La homilía que dirige el Vicario de Cristo en Guayaquil no se puede pasar por alto por considerarse marginal o carente de peso doctrinal.(v) Todas estas declaraciones: “Espiritualmente crucificada con su Hijo crucificado…”; “se unió al sacrificio de su Hijo que derivó en la fundación de la Iglesia…”; “ciertamente el rol de María como Corredentora no termina con la glorificación de su Hijo…,” constituyen sublimes confesiones de la doctrina de María Corredentora que, colmadas de una profunda doctrina y de la convicción personal del Santo Padre, deberían producir en los corazones católicos obediente beneplácito, agradecimiento y respeto.

Al cabo de unos cuantos meses, Juan Pablo vuelve a confirmar la legitimidad de la Corredentora cuando se dirige a sus “favoritos” y amados jóvenes durante el Domingo de Ramos y Día Mundial de la Juventud, al invocar el auxilio de María bajo el título de “Corredentora”:

A la hora del Angelus, en este domingo de Ramos que la Liturgia también denomina como el domingo de la pasión del Señor, nuestros pensamientos corren hacia María, inmersa en el misterio de un desmesurado dolor.

María acompañó a su divino Hijo en el más discreto silencio, ponderando todo en las profundidades de su Corazón. En el calvario, permaneciendo al pie de la cruz, en la inmensidad y profundidad de su sacrificio maternal, tenía a Juan a su lado, el Apóstol más joven…

Que María, nuestra Protectora, la Corredentora, a quien ofrecemos nuestra oración con gran efusión, haga que nuestro deseo corresponda generosamente con el deseo del Redentor.(vi)

Nuevamente, en un discurso a los enfermos el 24 de Marzo de 1990 (esta vez voluntarios de Lourdes), el Papa pidió el auxilio de María con el título de “Corredentora”: “¡Que María Santísima, Corredentora del género humano con su Hijo, les ayude siempre a tener fortaleza y confianza!”(vii)

Al conmemorar el sexto aniversario de la canonización de Sta. Brígida de Suecia (6 de Octubre de 1991), el Santo Padre refirió que esta mística del siglo XIV, cuyas revelaciones fueron un gran estímulo para el desarrollo medieval de la doctrina, llegó a comprender plenamente el título y rol de la “Corredentora”:

Brigidita miró a María como su modelo y apoyo en todos los momentos de su vida. Habló energéticamente del privilegio divino de la Inmaculada Concepción de María. Contempló su asombroso oficio como Madre del Salvador. La invocó como la Inmaculada Concepción, nuestra Señora de los Dolores y Corredentora, exaltando la singular misión de María en la historia de la salvación y la vida del pueblo Cristiano.(viii)

Estas afirmaciones del Papa Totus Tuus, son muestras irrefutables de la autenticidad del título Corredentora en la Iglesia, tanto en un contexto doctrinal como en la invocación suplicante de la Iglesia.

La contribución de Juan Pablo II al desarrollo doctrinal de la corredención Mariana no es menos espectacular. En Mayo de 1983, el mes de María, el Sucesor de Pedro se refiere a la asociación de la Virgen inmaculada con Cristo en la obra de la redención, resaltándola como “el modelo más perfecto de cooperación,” que da comienzo con su “sí” en la anunciación:

Muy queridos hermanos y hermanas: en el mes de Mayo alzamos nuestros ojos a María, la mujer que fue asociada de una manera única en la obra de reconciliar a la humanidad con Dios. Según el designio del Padre, Cristo debía llevar a cabo esta obra por medio de su sacrificio. Sin embargo, una mujer estaría asociada con Él, la Virgen inmaculada, quien por eso se presenta ante nuestros ojos como el modelo más perfecto de cooperación en la obra de salvación…

El “Sí” de la anunciación no sólo fue la aceptación de la maternidad que se le ofrecía, sino que significaba, sobre todo, el compromiso de María de servir al misterio de la redención. La redención fue la obra de su Hijo; María fue asociada a esta obra en un nivel subordinado. Sin embargo, su participación fue real y exigente. Al consentir con el mensaje del Ángel, María accedió a colaborar en la totalidad de la obra para reconciliar a los hombres con Dios, en el momento en que su Hijo la llevara a cabo.(ix)

En la Fiesta de Corpus Christi, el 5 de Junio de 1983, el Santo Padre nuevamente subrayó la activa participación de Nuestra Señora en el sacrificio redentor que se continúa con cada santa misa. En este sacrificio, María “se ofreció junto con su Hijo al Padre” y el resultado fue que cada vez que se celebra la misa, podemos comunicarnos íntimamente “con ella, con la Madre”:

Nacido de la Virgen para ser una oblación pura, santa e inmaculada, Cristo ofreció en la cruz el único Sacrificio perfecto que en cada misa pero de manera incruenta, se renueva y actualiza. En ese único Sacrificio, María, la primera redimida, la Madre de la Iglesia, participó de manera activa. Ella permaneció cerca del Crucificado, sufriendo profundamente con su Primogénito; con un Corazón de madre, se asoció ella misma a su sacrificio; con amor consintió a su inmolación (cf. Lumen Gentium, 58; Marialis Cultus, 20): lo ofreció a Él y se ofreció a sí misma al Padre. Cada Eucaristía es un memorial de ese sacrificio y esa pascua que restauró la vida al mundo; cada misa nos pone en íntima comunión con ella, con la Madre, cuyo sacrificio “se hace presente” así como “se hace presente” el Sacrificio de su Hijo cuando se consagran el pan y el vino con las palabras que pronuncia el sacerdote.(x)

En ese mismo año (7 de Diciembre de 1983), Juan Pablo II expone cómo la Inmaculada Concepción de María era un prerequisito indispensable para que la Madre pudiera desempeñar su misión corredentora (una verdad que, por su interconexión doctrinal, merece Mayor apreciación en la actualidad): “Debemos, por encima de cualquier cosa, observar que María fue creada inmaculada con el objeto de estar en mejores condiciones de poder actuar por nosotros. La plenitud de gracia le permitió cumplir con su misión de manera perfecta, al colaborar con la obra salvífica; le dio el máximo valor a su cooperación en el sacrificio. Cuando María presentó a su Hijo clavado en la cruz al Padre, su dolorosísimo ofrecimiento fue completamente puro.”(xi)

En 1984, en su Carta Apostólica Salvifici Doloris (El Sentido Cristiano del Sufrimiento Humano), el Santo Padre rindió una extraordinaria doctrina de los sufrimientos padecidos por María en el calvario:

Es especialmente consolador notar —y también puntualizar de acuerdo con el Evangelio y la historia— que al lado de Cristo, en el primer y más exaltado lugar, está siempre su Madre, continuando de principio a fin el ejemplar testimonio que ella soporta a lo largo de toda su vida a este particular evangelio de sufrimiento. En ella, se acumularon tantos e intensos sufrimientos conectados entre sí de tal manera, que no sólo fueron una prueba de su inquebrantable fe, sino también una contribución a la redención de todos… En el calvario, los sufrimientos de María, unidos a los de Jesús, llegaron a una intensidad tal, que desde el punto de vista humano, difícilmente se podrían llegar a imaginar; sin embargo, la misteriosa y sobrenatural fecundidad coadyuvó en la redención del mundo. María pues, al ascender al calvario y manteniéndose al pie de la cruz con el discípulo amado, coparticipó de la muerte redentiva de su Hijo.(xii)

Cuando el Papa afirma que la acumulación de tantos e intensos sufrimientos en María constituyeron una “contribución a la redención de todos,” está confirmando que la Corredentora participó no sólo de la distribución de gracias en el calvario, sino también de la obtención de las gracias redentivas universales.(xiii) Asimismo, cuando el Papa describe que los sufrimientos de la Madre en el calvario “llegaron a una intensidad tal que, desde el punto de vista humano, difícilmente se podrían llegar a imaginar,” da fe de que el Corazón Inmaculado de María llegó al extremo de los sufrimientos humanos al contemplar y aceptar la violenta y cruel inmolación de su Hijo inocente, que también era Dios, para rescatar a la humanidad. Porque su singular y eminente participación en la muerte de Cristo sería “sobrenaturalmente fecunda para la redención del mundo,” la inmaculada sufre voluntaria y amorosamente por toda la humanidad.

A los jóvenes peregrinos de Vicenza (reminiscencia de la primera vez en que Pío XI, ante los peregrinos de Vicenza en 1933, usó el título de Corredentora), Juan Pablo repentinamente expresó que al morir Jesús en la cruz, María también fue “crucificada” en “su propio ser, su Corazón, su maternidad,” en la “noche oscura” más espantosa de la historia humana: “…Cuando Jesús murió en la Cruz, el propio ser de María, su Corazón, su maternidad, todo fue crucificado. Al escribir la encíclica Redemptoris Mater, comparé este momento en la vida de María a una noche oscura, la más oscura de todas las noches que haya experimentado jamás alma mística alguna en el curso histórico de la Iglesia.”(xv)

En la encíclica Evangelium Vitae escrita en 1995 y que forma parte de su doctrina magisterial ordinaria, reconoce que el “sí” de la Corredentora a lo largo de toda su vida comienza en la anunciación dando cabal cumplimiento en el calvario, en donde María al “ofrecer a Jesús,” “recibe y engendra” a los discípulos de su Hijo y a sus hijos espirituales:

“Permaneciendo al pie de la cruz de Jesús (Jn. 19,25), María comparte el don que el Hijo hace de sí mismo: ella ofrece a Jesús, lo entrega y lo engendra hasta el fin por nosotros. El “sí” que había dado el día de la anunciación, alcanza su completa madurez el día de la cruz, cuando llega el momento en que María recibirá y engendrará como hijos a todos aquellos que quieran ser discípulos de Cristo y derramando sobre ellos el amor salvífico de su Hijo: “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’” (Jn. 19,26).(xvi)

El 25 de Octubre de 1995 en su Audiencia General, Juan Pablo II hizo una extraordinaria síntesis histórica de la corredención Mariana en la que expuso esencialmente el panorama de su desarrollo; con esto, el Papa ratificó la doctrina en su calidad de pontífice:

Al decir que “la Virgen María… es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor” (Lumen Gentium, n. 53), el Concilio destaca el vínculo existente entre la maternidad de María y la redención.

Después de haber tomado conciencia de la función maternal de María, a quien se había venerado en la doctrina y culto de los primeros siglos como la Madre virginal de Jesucristo y por lo tanto, como Madre de Dios, en la Edad Media la piedad de la Iglesia y la reflexión teológica hicieron ver la cooperación que ella tuvo en la obra del Salvador.

Este retraso se explica por el hecho de que todos los esfuerzos de los Padres de la Iglesia y de los primeros concilios ecuménicos, estaban enfocados a la identidad de Cristo, dejando necesariamente de lado otros aspectos del dogma. La revelación de la verdad, en toda su riqueza, se iría descubriendo sólo de forma gradual. A lo largo de los siglos, la mariología estaría siempre dirigida por la cristología. La divina maternidad de María se proclamó en el Concilio de Efeso, principalmente para reiterar la unicidad de la persona de Cristo. De igual manera, hubo también un entendimiento más profundo de la presencia de María en la historia de la salvación.

A finales del siglo II, San Ireneo, discípulo de Policarpo, ya había señalado la contribución de María en la obra de salvación. Este Santo había entendido el valor que tenía el consentimiento de María al momento de la anunciación, reconociendo la obediencia y la fe de la Virgen de Nazaret al mensaje del ángel, la perfecta antítesis de la desobediencia e incredulidad de Eva, lo cual tuvo un efecto benéfico para el destino de la humanidad. De hecho, así como Eva causó la muerte, María con su “sí,” se convirtió “en causa de salvación” para sí misma y para toda la humanidad (cf. Adv. Haer., III, 22, 4; SC 211, 441). Pero esta afirmación no tuvo un desarrollo consistente y sistemático por parte de los demás Padres de la Iglesia.

En cambio, esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en toda la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo “en cada acto, actitud y deseo” (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)

En Occidente, San Bernardo, fallecido en 1153, dirigiéndose a María, comenta la presentación de Jesús en el templo: “Ofrece a tu hijo, Virgen sacrosanta, y presenta el fruto de tu vientre al Señor. Para que nuestra reconciliación sea plena, ofrece la Víctima celestial agradable a Dios” (Serm. 3 en Purif., 2: PL 183, 370).

Arnoldo de Chartres, discípulo y amigo de San Bernardo, iluminó particularmente el ofrecimiento de María en el sacrificio del calvario, al distinguir en la cruz “dos altares: uno en el Corazón de María, el otro en el cuerpo de Cristo. Cristo sacrificó su carne, María su alma.” María se sacrificó espiritualmente en profunda comunión con Cristo, implorando la salvación del mundo: “Lo que pide la Madre, el Hijo lo aprueba y el Padre lo concede” (cf. De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694).

Desde ese momento, otros autores han explicado la doctrina de la especial cooperación de María en el sacrificio redentor.(xvii)

La Mujer del calvario es también la Mujer del Apocalipsis. En la Audiencia pontificia del 29 de Mayo de 1996, el Papa identificó el sufrimiento de la mujer del Apocalipsis al de la Madre al pie de la Cruz que sufre por dar a luz místicamente a la comunidad de los discípulos:

Identificada por la maternidad, la mujer “está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (12,2). Esta nota se refiere a la Madre de Jesús en la cruz (cf. Jn. 19,25), donde comparte con angustia el nacimiento de la comunidad de discípulos, teniendo el alma atravesada por una espada (cf. Lc. 2,35). A pesar de sus sufrimientos, ella está “vestida con el sol” —esto es, refleja el esplendor divino— y aparece como una “gran señal” de la relación esponsal con su pueblo.(xviii)

En la misma Audiencia, Juan Pablo reiteró el rol de la nueva Eva inmaculada, “fiel asociada” del Redentor, por su participación en la redención:

Era conveniente que al igual que Cristo, el nuevo Adán, María, la nueva Eva, no conociera pecado y, por lo tanto, fuera apta para cooperar en la redención.

El pecado, que inunda a la humanidad como un torrente, se detiene ante el Redentor y su fiel Colaboradora, con una diferencia substancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad, deriva de la persona divina; María es totalmente santa en virtud de la gracia que recibió por los méritos del Salvador.

Una catequesis sobresaliente, parte de las setenta enseñanzas que sobre la Santísima Virgen ha realizado el Pontífice (xx),fue dirigida el 2 de Abril de 1997 durante su Audiencia General, haciendo un conmovedor comentario en relación a las enseñanzas del Concilio sobre la corredención y la compasión de la Madre en el calvario:

Con nuestra mirada iluminada por el resplandor de la resurrección, hacemos una pausa para reflexionar en la participación de la Madre en la pasión redentora de su Hijo, y que fue cumplida cuando compartió sus sufrimientos. Regresemos nuevamente, pero ahora en la perspectiva de la resurrección, al pie de la cruz donde la Madre soportó “con su Hijo unigénito intensos sufrimientos, asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (Ibid. n. 58).

Con estas palabras, el Concilio nos recuerda la “compasión de María”; en su Corazón retumba todo lo que sufre Jesús en cuerpo y alma, enfatizando su disposición de compartir el sacrificio redentor de su Hijo y de unir sus propios sufrimientos maternales a su ofrecimiento sacerdotal.

El texto del Concilio recalca también que su consentimiento a la inmolación de Jesús no es una aceptación pasiva, sino un genuino acto de amor, por el cual ella ofrece a su Hijo como una “víctima” de expiación por los pecados de toda la humanidad.

Finalmente, Lumen Gentium relaciona a la Santísima Virgen con Cristo, protagonista de la redención, aclarando que al haberse asociado ella “con su sacrificio,” ella permanece subordinada a su divino Hijo.(xxi)

Con este texto, el Santo Padre demuestra una profundísima penetración de la compasión que sintió el Corazón de la Madre en el calvario. “en su Corazón retumba todo lo que sufre Jesús en cuerpo y alma,” y por ello “participa del sacrificio redentor.” María no participa del sacrificio formal como “sacerdote,” sino de manera subordinada como “madre” uniéndose a la ofrenda de un solo Sacrificio, ofreciendo a su Hijo como “víctima de expiación” por los pecados del mundo.

Esta catequesis es inmediatamente seguida por otra de inspirada instrucción el 9 de Abril de 1997, relativa al rol de la Madre de Dios como singular y única “Cooperadora” en la redención, en la que añade el imperativo de todos los cristianos de participar como “corredentores” en la obra de distribuir los frutos espirituales de la redención. Sólo María, la Corredentora inmaculada, cooperó en la obtención de gracias de la redención como la nueva Eva y bajo el nuevo Adán en beneficio de la humanidad. La doctrina de María Corredentora se convierte crucialmente en un “tipo de Iglesia” (cf. Lumen Gentium, 63), pues el Pueblo de Dios también está llamado a participar de la misteriosa aplicación de la redención:

La colaboración de los cristianos en la salvación tiene lugar después del evento del calvario, cuyos frutos se esfuerzan por difundir a través de la oración y el sacrificio. María, en cambio, cooperó durante el evento mismo y en su oficio de Madre; por lo tanto, su cooperación abarca toda la obra salvífica de Cristo. Solamente ella estuvo asociada de esta manera con el sacrificio redentor que mereció la salvación de toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a Él, ella colaboró en obtener la gracia de salvación para toda la humanidad.

El rol de la Santísima Virgen como cooperadora, tiene su origen en su divina maternidad. Dando a luz a Aquél que estaba destinado a obtener la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, y padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, “cooperó en forma enteramente singular… a la obra del Salvador” (Lumen Gentium, n. 61). Aunque la llamada de Dios para cooperar en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad, es un hecho único e irrepetible.(xxiii)

La cooperación meritoria de la Madre en la redención de los hombres se origina de su función de “Theotokos” (o “la que engendra a Dios”), porque dio a luz al Redentor y permanece “con Jesús” en la obra salvífica hasta la Cruz. Por ello la participación de la Madre del Redentor no es una especulación teológica opcional, sino más bien y como lo declara el Pontífice, “un hecho único e irrepetible.”

Finalmente, en el Gran Jubileo del Año, el Santo Padre comparó el sacrifico de María con el monumental sacrificio de Abraham, Padre de la fe, en el Antiguo Testamento; aunque a diferencia del sacrificio de Abraham, se requería que la Madre diera cabal cumplimiento al sacrificio del Hijo:

Hija de Abraham por la fe así como por la carne, María compartió esta experiencia personalmente. Como Abraham, ella también aceptó el sacrificio de su Hijo, pero si bien es cierto que a Abraham no se le obligó llevar a cabo el sacrificio propiamente dicho de Isaac, Cristo tomó la copa del sufrimiento hasta la última gota. María personalmente tomó parte en la aflicción de su Hijo, creyendo y esperando al pie de la cruz (cf. Jn. 19,25).

Este fue el epílogo de una larga espera. Habiendo sido instruida en la meditación de los textos proféticos, María pudo entrever lo que le esperaba, y alabando la misericordia de Dios que guarda fidelidad a su pueblo de generación en generación, dio su propio consentimiento a su plan de salvación; particularmente dio su “sí” al evento central de este plan, el sacrificio de ese Niño que ella había llevado en el vientre. Como Abraham, ella aceptó el sacrificio de su Hijo.(xxiv)

Valiente testimonio resulta ser éste que sobre María, la “Corredentora,” dio Juan Pablo II y que ha de perdurar para siempre, haciéndolo único merecedor del título “Papa de la Corredentora.” Conforme los días de su pontificado se extienden, sorprendiendo y alimentando al mundo entero cada vez más, así también su incansable homenaje a la Madre del Redentor. Juan Pablo II, siempre fiel a su María Corredentora, continuará su tributo de entrega a María, hasta que la providencia decida amorosamente cerrar el capítulo de su Pontificado y de su vida.

Notas

(i) Para un estudio más extenso, cf. Calkins, “Pope John Paul II’s Teaching on Marían Coredemption,” pp. 113-147; también “El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal,” María Corredentora: Temas Doctrinales Actuales, pp. 41-47.

(ii) Juan Pablo II, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Librería Editrice Vaticana, 1978-, V/3, 1982, 404.

(iii) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 12 de Noviembre, 1984, p. 1
(iv) Ibid., 11 de Marzo, 1985, p. 7.
(v) Desafortunadamente, estas fueron las expresiones utilizadas para describir el significado de que el Papa Juan Pablo II aplicara continuamente el título Corredentora, según un artículo anónimo aparecido en L’Osservatore Romano el 4 de Junio, 1997. En este artículo, se incluía una breve conclusión de un comité ecuménico ad hoc de teólogos (dieciséis católicos y cinco no católicos), reunidos en 1996 durante la Conferencia Mariana en Czestochowa para estudiar la posibilidad de definir dogmáticamente a María como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada (reunión que, según estimaron los miembros del comité duró menos de una hora).

A pesar de que los miembros del comité ad hoc declararían más tarde que no se les había informado de ningún modo de estar actuando como una “comisión oficial del papa”; sin embargo, las conclusiones se publicaron diez meses después en L’Osservatore Romano, como conclusiones de una “comisión establecida por la Santa Sede” y se circularon como una “Declaración de la Comisión Teológica del Congreso Pontificio de la Academia Internacional Mariana” (L’Osservatore Romano, 4 de Junio, 1997). Justamente, la publicación coincidía con la reunión de unos setenta obispos, cien teólogos y líderes laicos de talla internacional que se llevaba a cabo en el Centro de Conferencias Domus Mariae en Roma (miembros del Movimiento Internacional Maríano, Vox Populi Mariae Mediatrici), mismo que presentaba al Santo Padre un votum para la definición papal de María como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada, fundamentada en parte por la teología y doctrina del Papa Juan Pablo II; este votum contenía peticiones de más de quinientos cincuenta obispos, cuarenta y cinco cardenales y más de seis millones de fieles laicos católicos de todo el mundo.

La declaración de la comisión se publicó mientras el Santo Padre hacía una visita pastoral en Polonia. Por varias razones, las conclusiones de la comisión reflejan una directa contradicción a las enseñanzas y prácticas del Papa en relación con la corredención Mariana, así como el uso legítimo del título Corredentora. Para un estudio más extenso, cf. M. Miravalle, Diálogo Continuo con la Comisión de Czestochowa, Queenship, 2002.

(vi) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 9 de Abril, 1985, p. 12.

(vii) John Paul II, Inseg., XIII/1, 1990, 743:1.

(viii) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 14 de Octubre, 1991, p. 4.
(ix) Ibid., 9 de Mayo, 1983, p. 1.

(x) Ibid., 13 de Junio, 1983, p. 2.

(xi) Ibid., 12 de Diciembre, 1983, p. 1.

(xii) Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, 25.

(xiii) La terminología clásica para expresar esta participación en la adquisición de las gracias redentivas del calvario incluyen el término “redención in actu primo” o participación en la “redención objetiva.”

(xiv) Pío XI, L’Osservatore Romano, 1° de Diciembre, 1933, p. 1.

(xv) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 16 de Septiembre, 1991, p. 4.

(xvi) Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, 25 de Marzo, 1995, 103; AAS87, 1995, p. 520.

(xvii) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 1° de Noviembre, 1995, p. 11.

(xviii) Ibid., 5 de Junio, 1996, p. 11

(xix) Ibid.

(xx) De Septiembre 1995 a Noviembre 1997, Juan Pablo II ofreció setenta enseñanzas catequéticas sobre la Santísima Virgen María, que han sido reunidas y publicadas bajo el título de Theotókos: Mujer, Madre, Discípula: Catequesis sobre María, Madre de Dios, Pauline Books and Media, 2000.

(xxi) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 9 de Abril, 1997, p. 7.

(xxii) Al menos en tres ocasiones, el Papa Juan Pablo ha subrayado el llamado a todos los cristianos de ser “corredentores” en la distribución de las gracias del calvario obtenidas por Jesús y María, y a todos los cristianos de participar en la “corredención.” Debido a la importancia que tiene para María Corredentora como auténtico modelo para la Iglesia, transcribimos textualmente las referencias: “¿Es necesario recordar a todos ustedes, que penosamente son probados por los sufrimientos, y que me están escuchando, que su dolor los une cada vez más con el Cordero de Dios que ‘quita el pecado del mundo’ mediante su pasión (Jn. 1,29)? ¿Y que por eso ustedes también, asociados con él en el sufrimiento, pueden ser corredentores de la humanidad? Ustedes conocen estas verdades reveladoras. Nunca se cansen de ofrecer sus sufrimientos por la Iglesia, para que todos sus hijos sean consistentes con su fe, perseveren en la oración y tengan ferviente esperanza” (discurso a los enfermos del Hospital de los Hermanos de Sn. Juan de Dios (Fatebenefratelli) en la Isla de Tiber el 5 de Abril,1981, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 13 de Abril, 1981, p. 6); “A los enfermos que están hoy presentes, a los que están en los hospitales, en casas de retiro y en las familias, yo les digo: nunca deben sentirse solos, porque el Señor está con ustedes y jamás los abandonará. Sean valientes y fuertes: unan su dolor y sufrimientos a los del Crucificado y serán corredentores de la humanidad junto con Cristo” (discurso dirigido a los enfermos después de una Audiencia General el 13 de Enero, 1982, Inseg., V/1, 1982, 91); “El candidato debe ser irreprochable” (Tt. 1,6) advierte nuevamente San Pablo. Deberán cultivar la personal dirección espiritual (candidatos al sacerdocio), un amor ilimitado a Cristo y su Madre, y grandes deseos de unirse estrechamente a la obra de la corredención” (al dirigirse a los Obispos de Uruguay reunidos en Montevideo en relación a los candidatos al sacerdocio, 8 de Mayo, 1988, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 30 de Mayo, 1988, p. 4).
(xxiii) Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 16 de Abril, 1997, p. 7.
(xxiv) Ibid, 1° de Marzo, 2000, p. 11.