Por Dr. Mark I. Miravalle, S.T.D.

El Dr. Miravalle es Profesor de Teología y Mariología en la Universidad Franciscana de Steubenville y Presidente del movimiento Católico internacional, Vox Populi Mariae Mediatrici. Lo siguiente está tomado de su alocución dada en la Conferencia Internacional Vox Populi en Roma, Mayo de 1998.

Uno de los pasajes en la Sagrada Escritura más misteriosos, profundo y no obstante, fecundo mariológicamente, es el Capítulo 12 del Apocalipsis, Versos 1-6:

“Una gran señal apareció en el cielo, una Mujer vestida del sol con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está en cinta y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuando diera a luz. La Mujer dio a luz a un hijo varón, el que ha de regir todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser ahí alimentada mil doscientos sesenta días.”

Después de la victoria celestial de San Miguel Arcángel arrojando al dragón de la tierra, el drama continúa en el Verso 13:

“Y cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempo y medio tiempo. Entonces el dragón vomitó de sus de sus fauces como un río de agua, detrás de la mujer, para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la mujer: abrió la tierra su boca y se tragó el río vomitado de las fauces del dragón. Entonces despechado contra la mujer, se fue hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.”

Este pasaje de la Sagrada Escritura se refiere preminente e indudablemente a nuestra Madre María. Esta enseñanza es repetida por el gran teólogo del siglo diecinueve Matthius Scheeben (quien el Cardenal Ratzinger dice fue uno de los más grandes teólogos Alemanes de todos los tiempos), en el documento Mariano de 1967 Signum Magnum (“Un Gran Signo”) por el Papa Pablo VI, y en las enseñanzas magisteriales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II. Es una revelación de la mujer que ha sido preparada por el Abba Padre para dar la batalla al gran adversario. La Sagrada Escritura empieza y termina con la batalla entre la Mujer y la antigua serpiente (Gén. 3:15 y Apocalipsis 12). Nuestra Madre es la “Inmaculada,” como San Maximiliano Kolbe la llama. Ella es la mujer sine mácula, creada por el Padre “sin pecado,” precisamente para que fuese capaz de dar la batalla con el Dragón antiguo.

El Canto de Salomón 6:10 nos dice: ¿“Quién es esta que surge cual aurora, bella como la luna, refulgente como el sol, imponente como batallones”? Es precisamente Nuestra Señora, la Corredentora, por que en el libre y justo plan de Dios, la más grande de las criaturas lucha contra la criatura más nefanda. Verdaderamente es la pieza maestra del Padre.

Además, la Escritura dice que la Mujer del Apocalipsis está sufriendo los “dolores de parto”. Ella grita en tormento. Recordemos, como el santo Padre nos enseña, que la Santísima Virgen María no tuvo dolores de parto al dar a luz a Jesucristo a la luz de su Inmaculada Concepción. Pero ella tiene grandes dolores de parto en dar a luz mística y espiritualmente a cada uno de nosotros, en dar a luz a ti y a mí al pie de la Cruz. Por que ahí como la Nueva Eva, sufre y se ofrece a sí misma en completa conformidad con nuestro Señor Jesús para que así podamos ser sus hijos e hijas. Los eruditos en Escrituras nos dicen que la Mujer del Apocalipsis es la Mujer al pie de la Cruz. El Padre Stefano Minelli, el eminente erudito Italiano en Escrituras anota:

“Como ‘Madre de los redimidos.’ María es la ‘Mujer… que grita en sus dolores de parto, en tormento por dar a luz’ (Apo. 12:2). Este texto se refiere precisamente al Calvario, o a la Mujer ‘permaneciendo al pie de la Cruz de Jesús’ (Juan 19:25), para ella que en el Gólgota fue constituida ‘verdadera Madre de los miembros de Jesucristo,’ para usar la expresión de San Agustín también citado por la Lumen Gentium (53)… ‘Mujer, he ahí a tu hijo’ y ‘la Mujer que grita sus dolores de parto, en tormento de dar a luz’ están mutuamente relacionados los textos y cuando son leídos forman una unidad revelando el misterio de María Corredentora. ‘Juan 19 y Apocalipsis 12,’ escribe René Laurentin, ‘checan precisamente el uno con el otro. En los dos textos la maternidad de María en relación con los discípulos está penetrada por el contexto del sufrimiento’” (Fundamentos II, página 101).

La Mujer del Apocalipsis es la Corredentora. Es la Mujer vestida con traje de batalla por el Padre y el Hijo para dar la batalla por las almas. Esto nos llama a cada uno de nosotros a una pregunta critica y personal. ¿Estamos listos y dispuestos, en todas las esferas de la vida, a unirnos a la Mujer Corredentora en la gran batalla espiritual de estos días? Así como nos dicen San Ignacio de Antioquía, San Antonio del Desierto y San Ignacio de Loyola, estamos en medio de una batalla espiritual, ya sea que la reconozcamos o no. Y quizá el lugar más peligroso de todos es estar en medio de una batalla espiritual y no saberlo. En cualquier batalla hay la pérdida de vida, pero en esta batalla la pérdida es más que de la vida; es la pérdida de la gracia, la pérdida de almas.

Esta es la batalla que sostiene por nosotros Nuestra Señora Corredentora, no sólo históricamente en el Calvario, pero ahora. La pregunta permanece para cada uno de nosotros: ¿Estamos dispuestos a entrar en orden de batalla por Ella? Un “fiat” a esta invitación demandará sacrificio. Demandará la horadación de nuestros corazones como su Corazón Inmaculado fue horadado; en algunos casos demandará el ofrecimiento de nuestra reputación mientras permanecemos al pie de la Cruz con la Corredentora. ¿Estamos dispuestos a permanecer con Ella? Esta es una pregunta que cada uno de nosotros debe responder de manera individual.

Apocalipsis 12:15 continúa revelando: “El dragón vomitó de sus fauces como un río de agua detrás de la mujer, para arrastrarla con su corriente.” ¿Qué es esta agua? ¿Qué es el agua que amenaza ahogar el Corazón Inmaculado? ¿No será en gran medida, como Su Eminencia Alfonso Cardenal Stickler aludió, las nuevas teorías teológicas que buscan minimizar y socavar el rol de la Santísima Virgen María en la Redención? ¿Aquello de negarle el rol de Madre de la humanidad? ¿Aquello de llamarla solamente “discípulo” o “hermana”, pero no “Madre”? ¿Hay acaso un intento generalizado de reducir el rol de la Santísima Virgen María en la Redención a un lugar menor a aquel que la Santísima Trinidad le ha dado, poniéndola como un observador pasivo o físico y no un canal moral? Aún otros parecen negarle su rol corredentivo Inmaculado, con Jesús como nada más allá de lo que cualquiera de las experiencias del resto de la Iglesia, negándole la singularidad de su Inmaculada Concepción y cooperación en comparación a la nuestra; negando la legitimidad y primacía de una mariología Cristológica, como el fundamento esencial de una auténtica mariología eclesiológica.

Como la Corredentora, Mediadora y Abogada, está en el corazón de la acción Trinitaria de la Santificación, siempre y por siempre como criatura, pero aún así, en el corazón por que coopera, de una manera tan singular e íntimamente unida en la obra Trinitaria de la Redención y de la Santificación.

Es interesante anotar que en 1930 nuestra Santísima Madre reveló a la visionaria de Fátima, Hermana Lucía, las cinco más grandes ofensas contra su Corazón Inmaculado. Tres de las cinco ofensas versan sobre la negación de la verdad dogmática y doctrinal sobre Ella. El negar los dogmas y doctrinas de Nuestra Señora es negar su misma persona, su mismo Corazón.

La primera ofensa contra el Corazón Inmaculado es el negar su Concepción Inmaculada. La segunda, constituye blasfemias contra su virginidad perpetua. La tercera, es negar a Nuestra Señora como la Madre de Dios y Madre espiritual de toda la humanidad. Considerar las heridas que esto causa en el Corazón Inmaculado de esta mujer que sufre y continúa sufriendo místicamente, para mediar las gracias al corazón humano, mientras que muchos de sus hijos rechazan el don de su corazón maternal dado por Su Hijo en el Calvario. Y aún así en su amor maternal, Nuestra Madre medía las gracias por estos Cristianos que la rechazan, por que los ama sin condición. Este es el amor del Corazón de una madre.

La cuarta ofensa que una vez más quebranta el corazón maternal: aquellos que públicamente atentan inculcar en los corazones de los niños indiferencia, desprecio, o aún odio, a su Corazón Inmaculado. Siempre que le negamos a un niño su madre, causamos un gran detrimento al niño y horadamos el corazón de la madre. La quinta ofensa contra el Corazón Inmaculado, es la profanación de sus estatuas e imágenes, por que en un sentido estricto, especialmente en el Oriente, donde sus iconos santos son tan reverenciados, son una manifestación de su presencia real.

El extinto Arzobispo Fulton Sheen, quien fue un participante en el Concilio Vaticano II, recordaba lo que pasó en el Concilio cuando el Papa Pablo VI quiso otorgar a la Santísima Virgen María el título de “Madre de la Iglesia.” Inmediatamente surgieron objeciones de los teólogos.

Los teólogos objetaron por tres razones básicas. En primer lugar, objetaron, el título de María Madre de la Iglesia es contra la Tradición. Segundo, es contra la misión ecuménica de la Iglesia. Tercero, es una mala teología, por que Ella es solamente la hija de la Iglesia, no la Madre de la Iglesia.

Esencialmente el Papa Pablo VI respondió como sigue: primero, el título de Madre de la Iglesia está inmerso en la Tradición. Se encuentra en la imagen original de la Nueva Eva. Segundo, no es contra el movimiento ecuménico porque nada que estimule nuestro amor a Jesucristo puede ser contra el movimiento ecuménico, el amor a María fomenta el amor a Jesucristo. Por tanto, el amor a María solamente promueve el movimiento ecuménico. Tercero, Pablo VI dijo que el título, “Madre de la Iglesia” es buena teología, y para esto se refirió a la teología de San Agustín. San Agustín nos dice que puesto que María dio nacimiento físico a la cabeza del Cuerpo, Jesucristo, también dio nacimiento místico a los miembros del Cuerpo. Por tanto, Ella es ciertamente la Madre de la Iglesia. Con esta defensa, Pablo VI anunció y proclamó a Nuestra Señora como Madre de la Iglesia que llevó a los Padres del Concilio en palabras de Sheen, al aplauso más estruendoso durante casi diez minutos, que jamás se haya escuchado en la Basílica de San Pedro.

La historia siempre se repite a sí misma. Sabemos que ahora las mismas tres objeciones han sido levantadas por ciertos grupos teológicos, contra Nuestra Señora Corredentora y su definición.

Tratemos ahora brevemente con estas tres objeciones. Objeción número uno, que el rol de Corredentora no es una Tradición. Tal como Pablo VI respondió, podemos decir con absoluta confianza que el rol de Corredentora está inmerso en la Tradición. Se encuentra en la profunda imagen mariológica de la Nueva Eva, por que desde luego, la Nueva Eva es la Nueva Madre de los vivientes quien, con y bajo Cristo, el Nuevo Adán, participa en la adquisición de las gracias redentoras para la familia humana. Adicionalmente, el título “Corredentora” está registrado desde el siglo catorce. Ha sido defendido una y otra vez, no solamente por los teólogos, sino por las enseñanzas magisteriales de la Iglesia del siglo veinte. Nuestro actual Santo Padre ha usado el título seis veces, y también ha desarrollado una teología sobre la corredención Mariana más rica, más detallada y más profunda que ningún otro Vicario de Cristo.

Segundo, a la objeción teológica del dogma que no está en la línea de la misión ecuménica de la Iglesia. Vayamos otra vez a las palabras del Santo Padre. En su documento, Ut Unum Sint, claramente declara que la misión ecuménica de la Iglesia nunca lleva a la determinación de un desarrollo doctrinal propio. En esencia, nunca podemos diluir la plenitud de nuestra santa fe Católica en aras del ecumenismo.

De hecho, la vida misma del Papa, su propia misión como pontífice supremo, es un testimonio para nosotros por que es ambas cosas, enteramente Mariano y enteramente ecuménico. Estos no son términos contradictorios. En honestidad, debemos evitar la presunción que publica la opinión de que nosotros solos, basados en teología o dialogo podemos, sobre la base de nuestro poder y juicio, resolver aquello que constituye mil años de separación. Debemos ir a la Madre. Debemos, en humildad, darnos cuenta que sin la Madre que es el último instrumento de unidad, no tendremos unidad Cristiana. Con la advocación de la Madre los Cristianos tendremos unidad, porque una Madre une los corazones de sus hijos como ningún otro puede, y aún más de lo que los hijos se pueden unir a sí mismos.

Quiero anotar aquí un muy importante desarrollo mariológico y ecuménico, la reciente Encíclica Mariana de Su Santidad, el Patriarca Ortodoxo Ecuménico, Batolomeo I. En Marzo de 1998, el Patriarca Bartolomeo publicó una Encíclica Mariana intitulada “Sobre la Madre de Dios y Madre de Todos Nosotros en el Orden de la Gracia.” Irónicamente, esta carta responde de varias maneras muchas de las objeciones teológicas de Occidente que sugieren que no podemos tener un dogma sobre la base que sería “muy Mariano y por tanto anti-ecuménico.” En esta encíclica vemos a alguien que no está en total comunión con Roma hablando de la “verdad total sobre María.” ¿No es está una respuesta fuerte para aquellos que han dicho que Nuestra Señora no es la Madre del movimiento ecuménico?

Tercero, existe la objeción de que el rol doctrinal de Nuestra Señora Corredentora es mala teología. Una vez más debo anotar hacia el Santo Padre quien por si mismo ha respondido a esta objeción. Quiero leerles, tomado de la Audiencia del Miércoles del Santo Papa dado el 9 de Abril de 1997, cuando declaró específicamente que la Santísima Virgen María, participa singularmente en la Redención de Jesucristo:

“La colaboración de los Cristianos en la salvación se da después del evento del Calvario, cuyos frutos se esfuerzan por difundir con oración y sacrificio. María, por el contrario cooperó durante el evento mismo en el rol de Madre; por tanto, su cooperación cubre la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Sólo Ella fue asociada de esta manera con el sacrificio redentivo que mereció la salvación de toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a El, colaboró en la obtención de la gracia para la salvación para toda la humanidad… A pesar de que el llamado de Dios para cooperar en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la Redención de la humanidad es singular y un hecho irrepetible.”

Solamente la Santísima Virgen María participó en la adquisición de las gracias de la Redención, y es por eso que, singularmente, lleva el título de “Corredentora.” Creo que otra razón para la oposición al título Mariano, Corredentora, es debido a nuestra misma falta de apreciación y entendimiento de nuestro propio rol en la Iglesia, nuestros roles como “corredentores en Cristo.” Juan Pablo II en dos ocasiones ha usado el término “corredentor” para todos los cristianos. Cada uno de nosotros está llamado a ser un corredentor como un ejemplo viviente al llamado de

San Pablo que llama a “completar lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de Su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1:24).
Permítanme citar un famoso diálogo entre le gran y ahora venerable Cardenal Newman, y el Anglicano Pusey. En estos diálogos, Pusey rechazó el título Corredentora. Dijo que era ir demasiado lejos. El Cardenal Newman respondió: “¿Porqué usted protesta que nuestra Señora sea llamada Corredentora cuando Ud. está dispuesto aceptar el inmensurablemente más glorioso título adscrito a Ella por los Padres: Madre de Dios, Segunda Eva, Madre de todos los Vivientes, Madre de la Vida, Estrella de la Mañana, Nuevo Cielo Místico, el Centro de la Ortodoxia, la Toda Inmaculada Madre de la Santidad, y otros semejantes?” (cf. Carta Pusey, p. 78). Newman agregó, “Nestorio hubiese fácilmente llamado a la Santísima Virgen Corredentora, pero debido a que rechazó confesar que Ella es la Teotokos, falló en darle su gloria debida.”

Imaginen que una criatura da a luz a su propio Creador, que es lo que nosotros debemos atribuir a la Madre de Dios. ¿Entonces, el título de Corredentora realmente va más allá que eso? No, es simplemente decir que la más grande de todas las criaturas, también tiene el más grande llamado a participar con y al servicio del Redentor. Corredentora significa “con el Redentor,” no igual al Redentor, no en un nivel de mediación paralelo o rival con el Redentor. ¿Pudo nuestro Santo Padre usar un título que tuviese problemas intrínsecos doctrinales, como algunos críticos teológicos han acusado? Es nuestro Santo Padre quien salvaguarda y protege de depositum fidei, la plenitud de nuestra fe Católica.

En las apariciones Marianas en Fátima, nuestra Santísima Madre dijo “Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.” Esta es una misión Trinitaria la cual nuestra Madre se le ha pedido participar. Dios desea establecer la devoción a su Corazón. En Akita, la “Fátima del Este,” las apariciones aprobadas que acontecieron en los 70’s, nuestra Santísima Madre dijo, “Yo solo soy capaz de salvarlos de las calamidades que se acercan. Aquellos que pongan su confianza en mi serán salvados.” Esto muestra qué central es el rol de nuestra Santísima Madre en la salvación del mundo y en la mitigación de las cosas por venir.

Tal como lo mencionó Su Eminencia Cardenal Stickler en términos de Nuestra Señora de Todas las Naciones, otra devoción aprobada, el llamado de Nuestra Señora es un llamado a la mitigación, un llamado a la intercesión en esta hora crítica en la historia de la humanidad. Para entender la urgencia de este llamado, lo único que necesitamos es leer las narraciones de los periódicos sobre las pruebas nucleares, la caída de los mercados, la conquista de la pornografía de la mayor parte del mundo Occidental, el trastorno familiar, la trágica matanza de las imágenes de Dios, por el aborto, en las entrañas de la mujer. Por esto la Nueva Eva, la Corredentora, está pidiéndonos hoy continuar con los trabajos en favor de la definición papal solemne de sus roles salvíficos para la Iglesia y el mundo. Porque entre más la reconozcamos, más podrá Ella mediar la gracia de la redención, paz y mitigación para nuestro mundo emproblematizado.

Otra objeción potencial al dogma es, “¿Porqué debe el Santo Padre proclamarlo, si ya está en las enseñanzas doctrinales del Magisterio?” Aquí entramos en uno de los más profundos misterios de nuestra fe. Es la interacción misteriosa entre la divina providencia y el libre albedrío. Dios mismo ha querido que la libertad humana siempre sea respetada, aún hasta la muerte y trágicamente en algunos casos, aún hasta la condenación.

Aplicando este principio de la Providencia y el libre albedrío a nuestro deseo por la solemne declaración del Dogma, debemos entender que solamente cuando nuestro Santo Padre, en su libertad como Vicario de Cristo proclame esta verdad Mariana al más alto nivel de la verdad dogmática revelada, entonces nuestra Señora será liberada para mediar las gracias especiales necesarias para la situación humana presente. En esencia, sus manos están atadas por nuestra libertad. Ella no fuerza a sí misma sobre nuestros corazones. Debe ser libremente invitada. Y por esto, hasta que nuestro amado Santo Padre haga la proclamación que yace en su corazón, no podrá mediar completamente el poder que Dios desea que tenga y la gracia que desea para nosotros en esta etapa critica de la historia humana.

¿Qué entonces debe ser proclamado? Específicamente, ¿qué debe ser definido? Estas simples verdades: En primer lugar, que María la Madre de todos los pueblos es la Corredentora, la Nueva Eva quien con y supeditada a su Hijo, redime a todas las gentes. Segundo, que es Mediadora de todas las gracias. Ella es la compasión maternal personificada. Ella es el don del Abba Padre para la humanidad, y medía, como el Concilio Vaticano Segundo nos lo dice, los dones de la vida eterna (Lumen Gentium, n. 62). Esto fue hermosamente confirmado en la carta del Patriarca Bartolomeo, cuando dijo: “Ella [la Madre de Dios] deliberadamente siguió a su Hijo siendo el mismo Dios, desde Su Nacimiento hasta Su Pasión y Cruz. Y el hombre Dios desde lo alto de la Cruz envió a su más santa madre a todos nosotros como nuestra Madre en el orden de la gracia.” Tercero, ella es Abogada, es la dulce portadora de todas nuestra oraciones al corazón de su más precioso Hijo.

El Dogma será una realidad, como yo lo creo, es el primero y el más importante de los dones de la Trinidad a María, antes de que sea nuestro don a Ella. Y cuando esto suceda, se iniciará el Triunfo del Corazón Inmaculado de nuestra Madre como fue profetizado en Fátima. Será un medio de gracia más allá del entendimiento humano, conduciendo a “una nueva primavera para la Iglesia,” una primavera espiritual y global de paz, la cual todos deseamos.

El Capítulo 12 del Apocalipsis, revela además: “la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios… “ (v. 6), y “Pero la tierra vino en auxilio de la mujer…” (v. 16). ¿Dónde está el desierto preparado por el Padre para esta mujer? ¿Adónde va huir la mujer de las aguas vomitadas por la serpiente? ¿Dónde está su refugio? Irónica y paradójicamente su refugio está en nuestros corazones. Su lugar de seguridad está en los corazones de sus hijos e hijas que se han consagrado a sí mismos sin condición, a su Corazón Inmaculado. Y la puerta a este refugio es nuestra libertad, nuestro fiat. Debemos decir “si” abriéndole nuestros corazones. Si rechazamos, si no permitimos a nuestra Madre que entre a nuestros corazones, no somos mejores que los guardianes en el mesón en Belén, no teniendo lugar para el Niño y Su Madre en los más íntimos santuarios de nuestros corazones.

Quiero leerles, tomado de un manuscrito inédito, las palabras de San Maximiliano Kolbe dadas en Japón en principio de los 40’s:

“En la Iglesia Católica aún no han declarado oficialmente en público como cierto la creencia de que la Inmaculada es la Mediadora de Todas las Gracias. Pero es una verdad cierta. Ha sido muy bien conocida desde el tiempo de la venida de los Cristianos… Pero cuando los fieles expresan un deseo requiriendo que se admita como una creencia pública, la Iglesia debe verificar esta verdad y declararla… La fuente de todas las gracias es Dios. Todo empieza con Dios. Pero las gracias dadas a los seres humanos no son dadas directamente por Dios sino a través de María. Si usted tiene tiempo de discutir o debatir el tema, debería emplearlo más bien para rezar más. Santa María estaría muy complacida si rezáramos por la proclamación anticipada de que es la Mediadora de Todas las Gracias.”

Obedezcamos el llamado de San Maximiliano. Más que una excesiva discusión o debate con relación al Quinto Dogma Mariano “recemos más.” Recemos por los dones del Espíritu Santo, siempre a través de la Inmaculada, y por la gracia para cada uno de nosotros, nuestros propios caminos, para unirnos en el orden de batalla con la Corredentora, por la proclamación papal de sus títulos, sus acciones maternales de santificación, tan desesperadamente necesitadas por la Iglesia y el mundo de hoy. Hagamos de nuevo nuestra parte en lograr el cumplimiento de la gran profecía Mariana que “todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1:48), y la gran profecía de Fátima que, “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará.”