Los extraordinarios testimonios de María Corredentora ofrecidos anteriormente por personajes de la talla de Sn. Bernardo, Arnoldo de Chartres, Seudo-Alberto, Juan Tauler y Alfonso Salmerón, fueron de ordinario la “opinión común de los teólogos” en el siglo XVII, que legítimamente se le puede denominar como la “Epoca de Oro de la corredención mariana.”

Tan sólo en el 1600, hay alrededor de trescientas referencias sobre la singular y activa participación de la Madre inmaculada en la obra de redención “con Jesús,” dentro de las que se pueden encontrar numerosas explicaciones y defensas de los títulos Redentora y Corredentora asociadas a propugnaciones teológicamente fundamentadas sobre la sólida doctrina inferida por los títulos.

A lo largo de esta Epoca de Oro el trato teológico que se da a la Madre Corredentora resulta tan generoso y penetrante que su contribución pondría los fundamentos teológicos para desarrollar la doctrina de una manera sistemática en los siglos por venir. Las mentes y corazones teológicos de esta era hacen un tratado de la corredención de la Madre fundamentalmente bajo las clásicas categorías de la soteriología cristiana (teología de la salvación), en las que se divide la redención de Nuestro Señor, a saber: merecimiento, satisfacción vicaria, sacrificio y rescate redentor. Fueron tantos los que prodigaron su amor y alabanzas a María Corredentora, que sólo podemos ofrecer una muestra teológica fruto de esta Era.

De suma importancia resulta para la historia de María Corredentora, su avance orgánico a través de estas expresiones críticas surgidas en la historia teológica de la Iglesia, porque la doctrina de la corredención y sus “fundamentos teológicos” están firmemente entretejidos en la Tradición, y han de recibir en los próximos siglos, ratificación magisterial directamente de los papas.

Sn. Lorenzo de Brindisi (= 1619), franciscano y Doctor de la Iglesia, empleó el concepto del “sacerdocio espiritual” de María (en forma análoga al sacerdocio laical contenido en el Concilio Vaticano Segundo), para ilustrar la participación de María en la redención en la categoría de sacrificio. Sacrificio en sentido soteriológico se refiere a la libre inmolación de Cristo y el ofrecimiento que de sí mismo hace al Padre Eterno por los pecados del mundo, en un acto verdaderamente sacerdotal. María con su “sacerdocio espiritual,” como lo explica Sn. Lorenzo, participa en el calvario con Jesús, el “Supremo Sacerdote” ofreciendo el único sacrificio redentor.

¿No puso María su vida en peligro por nosotros cuando se mantuvo junto a la cruz de Cristo, realmente sacrificándolo en espíritu a Dios, tan llena, plenamente llena del espíritu de Abraham y ofreciéndolo con verdadera caridad por la salvación del mundo?…El espíritu de María era un espíritu sacerdotal, porque la cruz era el altar y Cristo el sacrificio; aunque el espíritu de Cristo constituía el sacerdote principal, el espíritu de María estaba allí junto con el espíritu de Cristo; ciertamente su espíritu era uno con Él, como un alma en dos cuerpos. Por lo tanto, el espíritu de María junto con el espíritu de Cristo ejercieron el oficio sacerdotal en el altar de la cruz y ofrecieron el sacrificio de la cruz al Padre Eterno por la salvación del mundo…Porque de ella realmente se puede decir, lo mismo que de Dios Padre a quien más se asemejaba en espíritu, que tanto amó al mundo que entregó a su Unigénito para que todos los que crean en Él no mueran sino que tengan vida eterna.

María no es “sacerdote” en el sentido estricto de la palabra por carecer de la ordenación sacerdotal y por ende no puede ofrecer formalmente un sacrificio. Pero posee el verdadero sacerdocio espiritual de todos los bautizados, aunque en el grado más alto posible por su singular dignidad y excelencia. En virtud de su plenitud de gracias y su misión corredentora con el Redentor, se hace claro que este sacrificio espiritual es una participación subordinada “con Jesús” el Sumo Sacerdote, pero que excede en fecundidad espiritual al sacrificio de cualquier sacerdote, exceptuando a su propio Hijo.

Otro venerado Doctor de la Iglesia, cardenal y teólogo antagonista a la Reforma, Sn. Roberto Belarmino (= 1621), plasmó en su metáfora espiritual sobre la creación, la cooperación exclusiva de la Madre:

Aunque María no estuvo presente en la creación material de los cielos, estuvo presente sin embargo, en la creación espiritual de los cielos — los Apóstoles; y aún cuando no presenció la fundación material de la tierra, presenció empero, la fundación espiritual de la tierra — la Iglesia. Porque solamente ella cooperó al misterio de la encarnación; sola ella participó del misterio de la pasión cuando permaneció junto a la cruz ofreciendo a su Hijo por la salvación del mundo.

El teólogo jesuita de Salazar (= 1646), expuso una defensa teológica en relación a la cooperación directa, inmediata y esencial de la inmaculada Virgen en la redención. De Salazar sale en defensa de los títulos Redentora, Reparadora y Mediadora, entre otros, y en una obra posterior se referirá a la Madre como la “Corredentora.”

El concepto teológico de “rescate” se refiere al “pago de un precio,” y el precio de la redención es precisamente los méritos y satisfacciones que el Redentor ofreció al Padre Eterno por nuestra salvación, liberándonos de la esclavitud de Satanás. ¿A qué grado se podría decir que participó la Madre en el rescate, en “volver a comprar” al género humano junto con Cristo?

El testimonio de esta Epoca de Oro presenta dos maneras en que la inmaculada participó del rescate logrado por su Hijo: la primera, porque María pagó el mismo precio (aunque de manera subordinada) que su Hijo, por haber ofrecido sus méritos y satisfacciones al Padre Eterno; la segunda, porque María ofreció sus propios méritos y satisfacciones en unión con su Hijo por la redención del hombre.

El Padre Rafael, autor francés de la Orden de los Agustinos Descalzos (= 1639), ilustra el subordinado rol de “sierva” de la Madre al rescatar a la humanidad como Corredentora:

Su Hijo comparte con ella y la hace partícipe de alguna manera de la gloria de nuestra redención, acto que ciertamente no desempeñó ella ni podía llevar a cabo en rigurosa justicia para satisfacer al Padre…Pero podemos decir que cooperó con nuestra redención en tanto que le dio al Redentor su carne y sangre que fueron la sustancia y el precio de nuestro rescate. Lo hizo como si un sirviente cooperara con el rescate de un esclavo al prestarle dinero al amo para su liberación. Así cooperó ella, porque voluntariamente consintió verlo morir y generosamente se condenó a la misma tortura…lo que correctamente le otorga la calidad de corredentora de los hombres, aunque su Hijo es la causa principal y formal de nuestra salvación.

El mariólogo franciscano Angelo Vulpes (= 1647), explicó que la Corredentora fue capaz de pagar la “deuda mortal” de los pecadores: “María murió igualmente que su Hijo para que, en su capacidad de Corredentora, pueda con plenitud de méritos pagar la deuda mortal de los demás.” Adicionalmente, Vulpes señaló que Dios decretó que el hombre fuera redimido por la “unión de los méritos” de Jesús y María: “Dios decretó redimir a todos los hombres de la esclavitud del pecado…por sus méritos [i.e. los méritos de Cristo y María]…decretó la pasibilidad de Cristo así como la de Su Madre, para que ella también se convirtiera en la Corredentora de todo el linaje humano.”

Los Méritos de Cristo y María

¿Cómo entendemos el concepto católico de mérito sobrenatural y bajo qué dimensión puede participar la humanidad del mismo? Cristo Jesús, por su pasión y muerte, mereció la “recompensa” para la humanidad, es decir, nuestra justificación. Pero las criaturas humanas también pueden “merecer,” es decir, Dios da ciertos valores sobrenaturales a algunos actos humanos, que si son llevados a cabo libremente por el hombre, Dios recompensa a sus hijos e hijas incrementando en ellos y en los demás su gracia y bondad divinas. Entonces, ¿cómo es que la Madre inmaculada participa de manera única de los méritos de Cristo para la redención del mundo?

Durante este período y por primera vez desde su introducción por Eadmer de Canterbury, se discutió teológicamente la naturaleza específica de los méritos de Nuestra Señora. El español P.M. Frangipane (= 1638), califica como iguales los méritos objetivos de la inmaculada Corredentora y los de Cristo, pero éstos a un nivel “de congruo” o “conveniencia,” substancialmente diferente al nivel “de condigno” o “justicia” merecido solamente por el divino Redentor: “…Lo que Cristo nos mereció de condigno, María lo mereció de congruo para nosotros…El título de Corredentora requiere inocencia de su parte, pues cómo habría de limpiar al mundo del pecado, si ella misma hubiera estado sujeta al pecado?”

La tesis de que María mereció para nosotros de congruo lo que Jesús nos mereció de condigno, se convirtió en la enseñanza común de la época y más tarde obtendría aprobación del Papa Sn. Pío X. En esencia, María mereció en el orden de conveniencia aquello que Jesús mereció en el orden de justicia e igualdad entre Él y el Padre.

Varios autores a lo largo del siglo volverían una y otra vez sobre la misma noción de los méritos de Nuestra Señora, como por ejemplo, el jesuita Jorge de Rhodes (= 1661):

En primer lugar debemos afirmar que en cierto sentido, María puede ser verdadera y propiamente llamada Redentora de la humanidad, aunque no de manera primordial y propia como a Cristo…María mereció de congruo por su copasión y oraciones, todo aquello que Cristo nos mereció de condigno por su muerte…Ante todo, ella mereció que fuéramos liberados del pecado, ambos original y personal, es decir, todas las gracias que preceden y causan nuestra justificación…

El franciscano Roderick de Portillo, O.F.M. (c. 1630), también confirmó que Jesús y María obtuvieron el mismo mérito objetivo para la humanidad, si bien en sus respectivos grados: “No cabe duda que la Santísima Virgen [en el calvario] mereció lo mismo que mereció su Hijo.” El autor contemplativo, Novati (= 1648), afirmó que Jesús y María unieron sus méritos y los ofrecieron por la redención humana: “Así como Cristo de condigno mereció suficientemente para redimir los pecados de los hombres, recibir la gracia santificante y todos los demás bienes que nos vienen por Él…lo mismo se ha de decir de la Santísima Virgen, quien mereció de congruo los mismos bienes para los hombres.” Además, Novati reafirma: “En primer lugar, digo que la Virgen, por su cosufrimiento con Cristo, realmente cooperó a la redención de los hombres. En segundo lugar, digo que cooperó grandemente en la redención de la linaje humano ofreciendo al Padre Eterno la vida y sangre de su Hijo para la salvación de los hombres… Cristo y María tenían una sola voluntad, por lo que hubo un solo holocausto.”

La acción salvífica del Redentor compensó de manera sobreabundante los pecados de la humanidad. La compensación constituye el concepto teológico de “satisfacción” o reparación debida a Dios por la ofensa de los pecados de la humanidad, con lo que su justicia queda satisfecha y se restaura la comunión entre Dios y los hombres. Como la Madre también había compartido en la compensación, los teólogos del siglo XVII unánimemente asintieron a la participación satisfactoria de la Corredentora. Son varios los autores que se refieren a la satisfacción de congruo de María en el calvario, de manera similar aunque distinta de su meritoria participación.

El misticismo cristiano sería nuevamente el que asistiría al desarrollo de la historia de la Corredentora, con las proféticas revelaciones de la Venerable María de Agreda (= 1665) contenidas en la Mística Ciudad de Dios. En esta obra, la mística española se refiere a Nuestra Señora la “Redentora” y su consecuente rol de distribuir los frutos de la redención, a la luz de su rol principal como colaborada de la redención:

Así como ella cooperó con la pasión dando a su Hijo para que formara parte del linaje humano, así el mismo Señor la hizo participar de la dignidad de Redentora, otorgándole los méritos y frutos de la redención para que pueda distribuirlos a manos llenas y comunicar todo esto a los que han sido redimidos.

A finales del siglo, el autor alemán, Adam Widenfeld realizó un escrito en oposición al título y doctrina de la Corredentora que se difundió ampliamente, pero al cabo de dos años unos cuarenta teólogos habían escrito en defensa de María “Corredentora” y en contra de los argumentos de Widenfeld. Excelente ejemplo resulta la respuesta del profesor de Praga, Maximillian Reichenberger (c. 1677), quien sale en la defensa del rol y los méritos de María Corredentora basándose en el contexto del modelo de la nueva Eva:

Admitimos abiertamente que Cristo no necesitaba el auxilio de Su Madre para redimir al linaje humano; pero negamos que los méritos y oraciones de Su Madre no se hayan unido per modum meriti de congruo, con los méritos de condigno de su Hijo. Es obvio que los padres podrían dar a la Santísima Virgen el término de Corredentora del linaje humano, con mucha más razón de la que se lo darían a Eva…causa de nuestra ruina…Dado que Eva cooperó a nuestra ruina sólo remota y accidentalmente…en tanto que María cooperó en la redención del linaje humano de manera íntima e inmediata, y no sólo con su propia sangre en comunión con Cristo, precio de nuestra redención, sino también ayudándolo, asistiéndolo y sufriendo con Él hasta que se consumara la obra redentora en la cruz.

El escrito de Widenfeld atacando a la Corredentora, formaría más tarde parte del Indice de Libros Prohibidos por la Santa Sede.

Incontrovertible en sus alabanzas teológicas y defensas de la inmaculada Corredentora, la Edad de Oro del siglo XVII avanzó allanando el camino con fundamentos dogmáticos con los que generaciones futuras habrían de ahondar con mayor precisión teológica y sincera piedad, el misterio de la Mujer en el calvario. La providencial consagración a la Madre Corredentora surgida en este siglo que combinó teología con devoción y “cabeza con corazón,” quizás tenga su mejor ilustración en la meditación teológica del Doctor de la Iglesia y gran Apóstol de los Corazones de Jesús y María, Sn. Juan Eudes (= 1680), quien citando a los padres y místicos, hace una alabanza teológica de la “Corredentora con Cristo”:

La salvación de las almas inmortales también es la gran obra de la Madre de Dios. ¿Por qué escogió Dios Todopoderoso a la Santísima Virgen María para ser la Madre de Dios? ¿Porqué la preservó del pecado original y la hizo santa desde el primer instante de su ser natural? ¿Por qué derramó en ella abundantísimos privilegios, adornándola de gracia y virtud? ¿Por qué le confirió tanta sabiduría, bondad, humildad y gran poder en el cielo, en el infierno y sobre la tierra? Fue simple y sencillamente para que pudiera dignamente cooperar con su Divino Hijo en la redención del hombre. Los padres de la Iglesia dicen claramente que ella es la Corredentora con Cristo en la obra de la salvación. Me parece escuchar a Nuestro Señor y su Santísima Madre cuando le dijeron a Sta. Brígida, cuyas revelaciones ya han sido aprobadas por la Iglesia, que el mundo se perdió porque Adán y Eva comieron una manzana, pero que ellos lo salvaron con un corazón: quasi uno Corde mundum salvavimus (Revel. Extravag. Cap. 3). Es decir, Nuestro Señor y su Madre compartían un solo corazón, un solo amor, un solo sentimiento, una mente y una voluntad. Así como el Corazón de Jesús era un horno ardiente de amor por los hombres, igualmente el corazón de su amadísima Madre estaba inflamado con la caridad y el celo por las almas. Cristo se inmoló a sí mismo en la cruz por la redención de la humanidad, María hizo un sacrificio semejante al padecer dolores y sufrimientos inexpresables.

Notas

i F. De Guerra, O.F.M., Majestas gratiarum ac virtutum omnium Deiparae Virginis Mariae, vol 2, Hispali 1659, lib. 3, disc. 4, fragm. 10, n. 36.

ii Cf. Carol, De Corredemptione, pp. 198-480. Según el valioso (aunque limitado) estudio de Laurentin, de los siglos XVII al XIX, el término de Redentora fue gradualmente sustituido por el de Corredentora. Antes del siglo XVII, el término Redentora lo aplicaron diez autores y el de Corredentora tres. Durante el siglo XVII, Redentora sigue siendo el título preferido que se empleó cincuenta y un veces en comparación con las veintisiete de Corredentora. Para el siglo XVIII, Corredentora es más usado que Redentora con un margen de veinticuatro a dieciséis, y para el siglo XIX, Redentora virtualmente desaparece con algunas excepciones. Cf. R. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 19.

Nota: Junto con estas valiosas estadísticas, Laurentin ofrece algunas conclusiones personales muy enérgicas en cuanto a los títulos de Redentora y Corredentora, que al parecer no se fundamentan en fuentes propias o ninguna otra, por ejemplo, cuando el autor afirma: “Pero cuando en el siglo XII el tránsito de causa causae (María, causa del Redentor) se transformó en la expresión de causa causati (causa de redención),…el término de Redentora no podía traducir, sin serias ambigüedades, estas realidades.” Pero el concepto de la participación de María en la redención como una participación “causa causati” de la redención, fue intrínseco a la mayoría de los testimonios antiguos de la nueva Eva como la mujer que jugó un rol activo e instrumental en la salvación, y que gradualmente se desarrolló de forma natural en las enseñanzas explícitas de Sn. Bernardo, Arnoldo de Chartres, Sn. Alberto y Juan Tauler en cuanto al rol activo de María en la redención del calvario.

Además, el título Redentora se usó en la Iglesia de una manera ortodoxa y balanceada a lo largo de cinco siglos después del siglo XII sin que esto implicara ninguna “ambigüedad seria,” sino precisamente en la misma forma que hoy en día se emplea “Mediadora” en relación al “Mediador” —una participación subordinada, dependiente y confiada totalmente a la primacía del Divino Redentor. Que el título Corredentora haya eventualmente suplido al título de Redentora, se puede ver como un desarrollo positivo sin que esto implique dispersar la legitimidad que tiene el título de Redentora tan empleado en la Iglesia en una modalidad balanceada, por doctores, teólogos, místicos y santos por más de setecientos años.

El autor continúa diciendo que los títulos Redentora y Corredentora han sido “un tanto inquietantes” en este tiempo de desarrollo histórico, y concluye: “tenemos la impresión de que corredentora, y más aún, redentora, han disminuido el desarrollo de la tesis a seguir sobre la cooperación de María en la redención.” De hecho, la evidencia histórica parece apoyar una conclusión contraria, en el sentido de que los términos, de hecho, han coadyuvado en el proceso de desarrollo histórico de la doctrina. El uso continuo de ambos términos durante los siglos XII al XVIII, es similar al período en que se registró el mayor desarrollo teológico de la doctrina de la cooperación de María en la redención, y que es particularmente el caso de la Epoca de Oro del siglo XVII, durante la cual los términos se aplicaron en mayor cantidad y la teología del rol mariano recibió la consideración más significativa de su historia.

Por otra parte, los términos Corredentora y Redentora verdaderamente captan el significado real de la doctrina de la singular participación de María con el Redentor en la histórica victoria contra satanás y el pecado. Más que un concepto vago o reduccionista de la doctrina, el título Corredentora envuelve el dinamismo pleno del rol de ser la única socia de Cristo en la Redención, por lo que contribuyó a que se discutiera honestamente su significado intrínseco y desarrollo. Esta verdad se mantiene incólume tanto si estamos a “favor” o “en contra” de la doctrina de la Corredención, y por ello el título de Corredentora ha servido históricamente, y continúa haciéndolo, como auténtico componente del desarrollo doctrinal de la cooperación de María en la redención.

iii Para un estudio más profundo de la Corredención bajo las mismas cuatro categorías soteriológicas clásicas, cf. Gregory Alastruey, The Blessed Virgin Mary, traducción al inglés del original por Sr. M.J. La Giglia, O.P., Herder, 1964, cap. 2; Friethoff, O.P., A Complete Mariology, Blackfriars, 1958, Traducción al inglés del original en holandés, Part III, cap. I-V; específicamente durante el período del siglo XVII en sus cuatro categorías tradicionales; J.B. Carol, “Our Lady’s Corredeption,” Mariology vol 2, Bruce, 1957, pp. 400-409.

iv Para una más profunda explicación de las referencias del siglo XVII sobre la Corredención, cf. Carol, De Corredemptione, pp. 198-480.

v Cf. Lumen Gentium, 10; cf. 1. Pet. 2:9-10.

vi Sn. Lorenzo de Brindisi, Mariale; Opera Omnia, Patavii, 1928, vol. 1, pp. 183-184.

vii Cf. Carol, “Our Lady’s Coredemption,” vol. 2, p. 418; M. O’Carroll, Theotokos, pp. 293-296.

viii Sn. Roberto Belarmino, Cod. Vat. Lat. Ottob. 2424, f. 193, citado por C. Dillenschneider, Marie au service de notre Rédemption, p. 208. Suárez (= 1617) jesuita, hermano y contemporáneo de Belarmino, conocido como el padre de la mariología sistemática moderna, también contribuye a la discusión de la corredención en De Incarn., disp. 23.

ix F. Chirino de Salazar, S.J. In Proverbiis, VIII, 19, n. 222, Cologne ed., ap. J. Kinchium, 1621, t. I, 627; para ver otras aplicaciones de Redentora por Salazar, cf. Pro Immaculata conceptione defensio, Compluti, de J. Gratiani, 1618, CXXI, § I, pp. 132 b-133 a.

x Cf. de Salazar, In Cancticum, Lyon, Prost, 1643, t. 1, p. 128.

xi Padre Rafael, Les sacrifices de la Vierge et de la France, discurso dado en Aix, Febrero 2, 1639, 2ª. Ed. Avignon, I. Piot [s.d], pp. 32-34..

xii A. Vulpes, Sacrae Theologiae Summa Joannis D. Scoti, Doctoris Subtilissimus, et Commentaria, Neapoli, 1646, vol. 3, pars 4, pp. 498-499.

xiii Ibid., pp. 290-291.

xiv Cf. Concilio de Trento, D 799.

xv Cf. Concilio de Trento (1547): DS 1546; 1548; Catecismo de la Iglesia Católica, Part 3, cap. 3, art. 2, sec. 3, nn. 2006-2011.

xvi Es probable que de Salazar haya sido el primer autor en tratar el mérito de congruo de María, cf. Carol, “Our Lady’s Coredemption,” p. 401, nota 94.

xvii P.M. Frangipane, Blasones de la Virgen Madre de Dios y Señora nuestra, Zaragoza, 1635, pp. 65-66.

xviii Sn. Pío X, Ad Diem Illlum; ASS 36, p. 453; El pronunciamiento magisterial del Papa Sn. Pío X en relación con el mérito de congruo de María debería servir como aurea media in veritate (camino de oro en la verdad), por parte de una autoridad en los debates sobre la naturaleza y grado del mérito de María como Corredentora. Esta declaración de Sn. Pío X, que no dice la última palabra en cuanto a que si María también mereció de digno, de supercongruo o de condigno ex mera condignitate (así como el dogma de la Asunción no constituyó la última palabra en relación al debate sobre la “muerte” de María), debería servir como una confirmación de autoridad de que María a lo menos mereció de congruo como Cristo mereció de condigno, y como tal debería servir como una declaración doctrinal para la opinión general en relación al mérito corredentor de María.

xix Cf. Capítulo XI para una mayor profundización sobre la naturaleza y niveles del mérito sobrenatural y su relación con la Santísima Virgen.

xx G. de Rhodes, S.J., Disputationes Theologicae Scholasticae, Lugduni, 1676, vol. 2, tr. 8; De Deiprara Virgine Maria, disp. Unica, quaest. 5, sect. 3, p. 265.

xxi R. de Portillo, O.F.M., Libro de los tratados de Cristo Señor nuestro y de su santísima Madre, y de los beneficios y Mercedes que goza el mundo por su medio, Tauri, 1630, p. 41.

xxii J. Novati, De Eminentia Deiparae, Bononiae, 1639, vo. 2, p. 236.

xxiii Ibid., vol. 1, cap. 18, preg. 14, p. 379-380.

xxiv Cf. Carol, “Our Lady’s Coredemption,” p. 403; cf. D. González Matheo, O.F.M., Mystica Civitas Dei vindicata…, Matriti, 1747, p. 124, nn. 368-371; cf. A. Peralta, S.J., Dissertationes Scholasticae de Sacratissima Virgine Maria, Mexici, 1726, p. 264; cf. Th. De Almeyda, La compassion aux deouleurs de Marie, ed. Braine-le-Compete, 1902, pp. 161-163; cf. G. Federici, O.S.B., Tractatus polemicus de Matre Dei, vol. 1, Neapoli, 1777, p. 106; cf. G. A. Nasi, Le grandezze di Maria Vergine …., Venezia, 1717, p. 197.

xxv Ven. María de Agreda, Mística Ciudad de Dios, ed. Amberes, H. y C. Berdussen, 1696, P. I, L. I, c. 18, n. 274, p. 86b.

xxvi A. Von Widenfeld, Monita salutaria Beatae Virginis Mariae..., Ghent, 1673, moniyum 10.

xxvii Cf. Carol, De Corredemptione, pp. 302-318.

xxviii M. Reichenberger, Mariani cultus vindiciae, sive nonnullae animadversions in libellum cui titulus: Monita Salutaria B.V. Mariae ad cultures suos indiscretos, pro vindicanda contra auctorem anonymum Deiparae Gloria, secundum orthodoxae fidei dogmata, Sanctorum Patrum testimonia, rectae rationis dictamina et theologorum principia, Pragae, 1677, p. 120.

xxix El Papa Alejandro VIII condenó la frase: “la alabanza que se le da a María qua Maria es vana”; DH 2326; cf. A.M. Calero, La Vergine Maria nel mistero di Cristo e della Chiesa Saggio di mariologia, Turin, 1995, p. 284.

xxx Cf. Pío XI, Decreto de Canonización del Beato Juan Eudes, Mayo 31 1925.

xxxi Sn. Juan Eudes, The Priest, His Dignity and Obligations, P.J., Kendey & Sons, 1947, pp. 134-135. Este pasaje citado fue originalmente publicado en una obra intitulada, The Good Confessor en 1666.