Fátima y María Corredentora

Published on July 20, 2012 by in En Espanol

En los mensajes de Nuestra Señora del Rosario en Fátima, Portugal (1917), aprobados por la Iglesia, la Mujer vestida de sol exhorta a los jóvenes visionarios y al mundo entero a “sacrificarse por los pecadores”(i) y a “hacer de todo lo que puedan, un sacrificio, ofreciéndolo a Dios como acto de reparación por los pecados con los que Él es ofendido.”(ii) Es un llamado a la corredención de los hombres, ejemplificada por su Reina.

Nuestra Señora invita a Lucía, Jacinta y Francisco a una vida de corredención por la salvación de las almas: “¿Están dispuestos a ofrecerse a Dios y soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandarles como un acto de reparación por la conversión de los pecadores?”(iii) Los niños responden fielmente a esta invitación celestial de ser corredentores: “sí, estamos dispuestos.” La Corredentora responde a su vez, “entonces van a sufrir mucho, pero la gracia de Dios será su consuelo.”(iv) Fue precisamente su heroico fiat al llamado de Fátima por la corredención humana, lo que llevó a que Juan Pablo II a beatificar a Jacinta y Francisco el 13 de Mayo de 2002.(v)

En la monumental aparición del 13 de Julio de 1917, que predice grandes pruebas y persecuciones para la Iglesia y el mundo, específicamente para el Santo Padre(vi), Nuestra Señora de Fátima nuevamente invita a los niños a “sacrificarse por los pecadores” identificando su propia mediación corredentiva y la constante oración del Santo Rosario, como el único y verdadero remedio por el que se podrá obtener la paz en el mundo: “…Sigan rezando el Rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario para poder obtener la paz en el mundo y el final de la guerra, porque sólo ella podrá ayudarlos.”(vii) Es por ello muy consecuente que apareciera el 13 de Octubre durante el evento histórico de gran milagro solar bajo la apariencia de Nuestra Señora de los Dolores.(viii)

Efectivamente, la corredención humana está envuelta en el mensaje del 13 de Julio en Fátima, con el llamado a los cristianos de ofrecer sacrificios y consagrarse al Corazón Inmaculado de María. Además, Nuestra Señora del Rosario predice un eventual Triunfo del Corazón Inmaculado de María como fruto de los varios niveles de cooperación humana: “Al final, mi Corazón Inmaculado reinará.”(ix)

La Hermana Lucía, última vidente con vida, escribió un libro que se publicó recientemente, en el que identifica la incuestionable doctrina de María Corredentora en la esencia misma del mensaje de Fátima. Llamados del Mensaje de Fátima, obra escrita en 1998, proporciona un inspirado testimonio teológico y místico de María Corredentora y los efectos sobrenaturales del providencial rol de la Madre por la humanidad.(x) El tema de María Corredentora es el hilo mariológico más importante a lo largo de los extraordinarios escritos de la Hermana Lucía, seguido únicamente por el tema del Corazón Inmaculado de María (y ciertamente complementario al primero). Tan instructivas e inspiradoras resultan sus meditaciones teológicas sobre María Corredentora, que ofrecemos una considerable extensión de sus reflexiones, que integran muy bien el título a la totalidad de los mensajes de Fátima al mundo contemporáneo.

Al referirse a la devoción del Corazón Inmaculado de María, la Hermana Lucía reconoce que el Corazón de María Corredentora estuvo unido al Corazón de Cristo desde la anunciación hasta el calvario.

Dios comenzó la obra de nuestra redención en el Corazón de María, porque con su “fiat” se comenzó a realizar nuestra redención: “Dijo María, ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.’ (Lc. 1,38). “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn. 1,14). Por lo tanto, en la unión más íntima posible entre dos seres humanos, Cristo comenzó con María, la obra de nuestra salvación. Los latidos del Corazón de Cristo son los del Corazón de María, la oración de Cristo es la oración de María, las alegrías de Cristo son las alegrías de María, fue de María que Cristo recibió el Cuerpo y la Sangre que serían derramados y ofrecidos por la salvación del mundo. Por lo tanto María, hecha una sola cosa con Cristo, es la Corredentora del género humano. Con Cristo en su vientre, con Jesucristo en sus brazos, con Cristo en Nazaret y en su vida pública; con Cristo subió la cima del calvario, sufrió y agonizó con Él, recibiendo en su Corazón Inmaculado los últimos sufrimientos de Cristo, sus últimas palabras, su última agonía y las últimas gotas de su Sangre, para poderlas ofrecer al Padre.(xi)

El comentario que hace la Hermana Lucía sobre la presentación del Niño en el Templo describe el conocimiento que tenía la Madre del eventual cumplimiento de la profecía de Simeón y su ofrecimiento expiatorio (propiciatorio) “con Jesús” como Corredentora de la humanidad:

María sabía que esta profecía se cumpliría en la persona de su Hijo; sabía que Él había sido enviado por Dios para llevar a cabo la obra de nuestra redención, y lejos de quererlo salvar de tales dolores y sufrimientos, lo tomó en sus brazos puros, lo llevó al Templo con sus manos virginales y lo puso en el altar para que el sacerdote pudiera ofrecerlo al Padre Eterno como una víctima expiatoria (propiciatoria) y un sacrificio de alabanza.

María no solamente ofrece a su Hijo, se ofrece a sí misma con Cristo, porque Jesús había recibido su Cuerpo y su Sangre de ella, de esa manera ella se ofrece en Cristo y con Cristo a Dios, Corredentora con Cristo de la humanidad.(xii)

La poderosa intercesión de María, Mediadora de todas las gracias, de ninguna manera viola la revelación bíblica de 1 Timoteo 2,5 en relación a que Cristo es el Único Mediador. Antes bien, la participación subordinada de la Madre en la mediación de Cristo conduce a la culminación de la misión redentora del Único Mediador(xiii). La Hermana Lucía defiende el poder intercesor de la Madre de Dios, en virtud de su misión previa como Corredentora:

Hay, por lo tanto, un solo Mediador divino: Cristo Jesús; pero como intercesores suplicantes tenemos a María, los Santos y cada uno de nosotros, si así lo queremos. El mismo San Pablo, en varios pasajes de sus cartas, pide a la gente orar tanto por él como unos por otros. “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene.” (Ef. 6,18-20).

Así es que, si el Apóstol nos pide orar unos por otros, tenemos mucha Mayor razón para pedir a María que interceda por nosotros, porque su oración será mucho más agradable al Señor en virtud de su dignidad como Madre de Dios y su Mayor unión con Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, en razón de su misión como Corredentora con Cristo así como por su gran santidad.(xiv)

Al comentar sobre la asunción de Nuestra Señora, la vidente de Fátima incorpora la batalla corredentora profetizada en Génesis 3,15 y la “mujer” victoriosa. La predestinada Corredentora del género humano es el primer fruto de la redención, de tal modo que no podía permanecer en la “sombra de la muerte”:

En cuanto se cometió el primer pecado que condenó a los seres humanos, Dios, hablando al diablo que había tomado la forma de una serpiente y que había incitado a los primeros seres humanos a hacer el mal, le dijo: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú acechas su calcañar” (Gn. 3,15).

Esta mujer, predestinada por Dios para dar a Cristo naturaleza humana y para ser, con Él, Corredentora del linaje humano — “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendiente y su descendiente” — esta mujer, dijo Dios, no podía permanecer en la sombra de la muerte, porque no incurrió en la sentencia del castigo. Por lo tanto, María es el primer fruto de la redención lograda por Cristo y, por sus medios, fue elevada al Cielo en cuerpo y alma, donde vive y reina, en Dios, con su Hijo y el de Él.(xv)

Este “llamado a la santidad” de Fátima articulado por la vidente carmelita, nos ofrece a la Madre Corredentora como nuestro más acabado y ejemplar modelo para buscar la santidad, dentro de la vocación que Dios mismo nos ha dado, de igual manera que la Virgen inmaculada “se santificó a sí misma” como esposa y madre:

Nuestra Señora se santificó como virgen pura e inmaculada correspondiendo con las gracias que Dios le había otorgado en ese estado. Se santificó como esposa fiel y devota, cumpliendo todos los deberes de su estado de vida. Se santificó como madre amorosa dedicándose al Hijo que Dios le había encomendado, mimándolo en sus brazos, criándolo y educándolo, y también ayudándolo y siguiendo de cerca el desarrollo de su misión. Con Él cruzó el camino angosto de la vida, el escabroso camino al calvario; con Él agonizó, recibiendo en su Corazón las heridas de los clavos, la lanza que le perforó el costado y los insultos hostiles de la muchedumbre; finalmente, se santificó como madre, señora y guía de los Apóstoles, cuando accedió a quedarse en la tierra por el tiempo que Dios quisiera, para dar cabal cumplimiento a la misión que Él le había encomendado como Corredentora con Cristo de todos los seres humanos.(xvi)

Finalmente, la Hermana Lucía evoca el llamado a todos los cristianos para que sean corredentores en la obra de la salvación. ¿Cuál es nuestra contribución a la redención, pregunta la Hermana, y cómo se haría misteriosamente eficaz para los demás? Ella misma se contesta con excepcional humildad, y sin embargo, con profundo conocimiento de la redención, de la unidad de los Dos Corazones y de nuestro Jesús eucarístico que nos ha dado la Virgen Madre Corredentora:

¿Y, cuál es nuestra propia contribución? Son nuestras humildes oraciones, nuestros pobres y pequeños actos de autonegación que, unidos a la oración y sacrificio de Cristo Jesús y del Corazón Inmaculado de María, los podemos ofrecer en reparación y para la salvación de nuestros pobres hermanos y hermanas que se han desviado del verdadero y único camino que lleva a la Vida.

Y en este punto me pregunto: ¿y porqué, si los méritos y oraciones de Jesucristo fueron suficientes para hacer reparación por el mundo y para salvar al mundo, el Mensaje invoca los méritos del Corazón Inmaculado de María y nos llama también a nosotros a que hagamos sacrificios, a ofrecer reparación?

¡La verdad es que no lo sé! Tampoco sé qué explicación darían los teólogos de la Iglesia si yo les preguntara. Pero he meditado y pensado mucho en esta cuestión. Abro el Evangelio y veo que desde el principio, Jesucristo unió su obra redentora al Corazón Inmaculado de aquella que Él se escogió como Madre.

La obra de nuestra redención comenzó desde el momento en que la Palabra descendió del Cielo para asumir un cuerpo humano en el vientre de María. Desde ese momento, y durante los nueve meses siguientes, la sangre de Cristo fue la sangre de María, tomada de su Corazón Inmaculado; el Corazón de Cristo latía al unísono con el Corazón de María.

Y podemos pensar que las aspiraciones del Corazón de María estaban completamente identificadas con las aspiraciones del Corazón de Cristo. El ideal de María era el mismo que el de Cristo y el amor que habitaba en el Corazón de María, era el amor del Corazón de Cristo por el Padre y por todos los seres humanos; desde el principio, toda la obra de redención pasó por el Corazón Inmaculado de María a través de ese lazo que los unía íntima y estrechamente con la divina Palabra.

En virtud de que el Padre encomendó Su Hijo a María, guardándolo por espacio de nueve meses en su vientre castísimo y virginal —y “todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel’ (que significa Dios-con-nosotros).” (Mt 1,22-23; Is 7,14) — y ya que María consintió voluntariamente en todo lo que Dios hubiera querido llevar a cabo en ella – “Yo soy la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) que fue lo que le dijo al ángel —y por disposición de Dios, María se convirtió con Cristo, en la Corredentora de la raza humana.

El Cuerpo recibido de María es el que, en Cristo, se convierte en Víctima ofrecida por la salvación de la humanidad; la Sangre que recibió de María es la que circula por las venas de Cristo y que se derrama del divino Corazón, y es este mismo Cuerpo y esta misma Sangre que, recibidas de María, se nos da a nosotros bajo las apariencias de pan y vino, como nuestra comida de todos los días, para que se fortalezca en nosotros la vida de la gracia, y para que en nosotros, miembros del Cuerpo Místico de Cristo, se siga continuando su obra redentora por la salvación de cada uno y de todos, al punto que uno se aferra de Cristo y coopera con Cristo.

De este modo y habiéndonos iluminado para que ofrezcamos a la Santísima Trinidad los méritos de Jesucristo y los del Corazón Inmaculado de María, Madre de Cristo y de su Cuerpo Místico, el Mensaje nos pide también contribuir con las oraciones y sacrificios de todos los que somos miembros del único Cuerpo de Cristo recibido de María, hecho divino en la Palabra, ofrecido en la Cruz, presente en la Eucaristía, constantemente creciendo en los miembros de la Iglesia.

Ya que ella es Madre de Cristo y de su Cuerpo Místico, el Corazón Inmaculado de María es en algún sentido el Corazón de la Iglesia: y es aquí en el corazón de la Iglesia que ella, siempre unida con Cristo, cuida a los miembros de la Iglesia, otorgándoles su protección maternal. Mejor que nadie, María da cumplimiento al mandato de Cristo: “Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.” (Jn. 16,24). Es el nombre de Cristo, su Hijo, que María intercede por nosotros con el Padre. Y es en el nombre de Cristo, presente en la Eucaristía y unido con nosotros en la Santa Comunión, que unimos nuestras humildes oraciones con las de María para que ella pueda dirigirlas al Padre en Cristo Jesús, Hijo de María.

Por todo esto es que una y otra vez le rogamos: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.”

¡Ave María!(xvii)

Notas

(i) 13 de Julio, 1917 aparición de Fátima, cf. A. Martins, S.J., Novos Documentos de Fatima, Porto, 1984, traducido al inglés como Documents on Fatima and the Memoirs of Sister Lucia, Fatima Family Apostolate, 1992, p. 401.

(ii) Técnicamente un mensaje de la aparición del “Ángel de la Paz” (no directamente de Nuestra Señora, pero al mismo tiempo parte del mensaje de Fátima), segunda aparición de Fátima en 196, cf. Documents on Fatima and the Memoirs, p. 396.

(iii)13 de Mayo, 1917 aparición de Fátima, cf. Document on Fatima and the Memoirs, p. 399.

(iv) Ibid.,

(v) Juan Pablo II, Beatificación de Jacinta y Francisco, 13 de Mayo, 2000, L’Osservatore Romano, Mayo 17, 2000.

(vi) Para referencia, se transcriben las primeras dos partes del mensaje del 13 de Julio, seguida de la “Tercera Parte.” Lo que se refiere a los sufrimientos particulares del Santo Padre, se encuentran en el mensaje del 13 de Julio y también en la “Tercera Parte” del secreto de Fátima, dado a conocer por Juan Pablo II el 13 de Mayo de 2000 y publicado en L’Osservatore Romano, 28 de Junio,2000, edición en inglés, seguido por un comentario del Vaticano a la Tercera Parte, refiriéndose a que la Hermana Lucía identificaba al “obispo vestido de blanco” directamente con Juan Pablo II:

“Unos momentos después de que llegamos a la Cueva de Iria cerca del roble entre una gran multitud de personas y cuando rezábamos el Rosario, vimos el resplandor de la luz y poco después a Nuestra Señora por encima del roble.
‘¿Qué quiere de mi, le pregunté’.
‘Quiero que vengan aquí el día 13 del próximo mes y que sigan recitando el Rosario todos los días en honor de nuestra Señora del Rosario para obtener la paz en el mundo y el fin de la guerra. Porque sólo ella podrá ayudar.’
‘¡Deseo pedirle que nos diga quién es usted y que haga un milagro para que todos nos crean que se apareció a nosotros!’
‘Continúen viniendo aquí cada mes. En Octubre les diré quién soy y lo que deseo, y haré un milagro que todos verán para hacerlos creer.’
Aquí hice algunas peticiones que no recuerdo exactamente. Lo que sí recuerdo es que Nuestra Señora dijo que era necesario rezar el Rosario todo el año para obtener gracias, y continúo diciendo: ‘Hagan sacrificios por los pecadores y digan muchas veces, especialmente cuando hacen algún sacrificio: “Jesús es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Corazón Inmaculado de María..”‘
Cuando la Señora dijo estas últimas palabras, abrió sus manos una vez más como lo había hecho los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra y vimos, por decirlo así, un vasto mar de fuego. Sumergidos en este fuego vimos a los demonios y a las almas de los condenados. Éstas últimas eran como rescoldos transparentes y ardientes, todos ennegrecidos o bruñidos en bronce, que tenían forma humana. Flotaban en aquella conflagración, que a veces se elevaba en el aire por las llamas que ellas mismas emitían, junto con grandes nubes de humo. Retrocedían después hacia todos lados como chispas en incendios inmensos, sin peso o equilibro, entre alaridos y gemidos de dolor y desesperación que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debió haber sido este espectáculo lo que me hizo gritar, como dice la gente que nos escuchó).
Los demonios se distinguían de las almas de los condenados por sus aterrador y repugnante parecido con espantosos y desconocidos animales, negros y transparentes como brasas ardientes. Asustados y como suplicando ayuda, levantamos nuestros ojos a Nuestra Señora quien, con ternura y tristeza, dijo:
‘Visteis el infierno donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor.
Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre.
Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Pero al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre…’ (luego de estas palabras la Virgen María les cuenta a los niños la tercera parte del secreto). Después la Virgen dijo: ‘Esto no lo digas a nadie. A Francisco, sí podéis decírselo.’ Y agregó: ‘Cuando recen el Rosario, digan después de cada misterio, “Oh Jesús mío, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.’
Después de un momento de silencio, pregunté, ‘¿es todo lo que pide de mí?’
‘Sí, por hoy es todo lo que pido de ti.’
Y como siempre, comenzó a elevarse hacia el Este y desapareció en el vasto firmamento.”
La tercera parte del secreto dado a conocer por Juan Pablo II en el año 2000 dice lo siguiente:
“J.M.J. La tercera parte del secreto revelado en la Cueva de Iria-Fátima el 13 de Julio de 1971. Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.
Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto, a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar al mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida a él: el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ‘Penitencia, Penitencia, Penitencia!’ Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: <<algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él>> a un Obispo vestido de blanco <<hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre>>. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron uno tras otro los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.
Tuy-3-1-1944.”

(vii) 13 de Julio, 1917 Aparición de Fátima, cf. Documents on Fatima and the Memoirs, p. 401.

(viii) 13 de Octubre, 1917 Aparición de Fátima, cf. Documents on Fatima and the Memoirs, p. 405.

(ix) 13 de Julio, 1917 Aparición de Fátima, cf. Documents on Fatima and the Memoirs, p. 402.

(x) Hermana Lucía, “Calls” From the Message of Fatima, Ravengate Press, 2002, publicado originalmente en portugués bajo el título Apelos da Messagem de Fatima.

(xi) Hermana Lucía, “Calls” From the Message of Fatima, p. 137.

(xii) Ibid, p. 279.

(xiii) Cf. Lumen Gentium, 61,62.

(xiv) Hermana Lucía, “Calls” From the Message of Fatima, p. 266.

(xv) Ibid., p. 295.

(xvi) Ibid., p. 195.

(xvii) Ibid., pp. 114-116.