La Profecía de la Corredentora

Published on July 20, 2012 by in En Espanol

Una cosa es definir un término y otra muy diferente, creer en él. Es clara la definición que da la Iglesia al significado de Corredentora, siendo ésta la participación única de María en la obra de la redención con Jesús; pero, ¿en qué se basa la Iglesia para creer en esta verdad?

La perfecta providencia de Dios, dictada no por absoluta necesidad sino por disposición divina, el Corazón de Dios que se manifiesta al corazón del hombre, se nos ha revelado primordialmente a través de la Sagrada Escritura.

A la Madre de Jesús se le ha identificado justamente no como una mujer en las Escrituras, sino como La Mujer de las Escrituras. Ella es, como veremos más adelante, la “mujer” del Génesis (Gen.3,15), la “mujer” de Caná (Jn.2,4), la “mujer” del calvario (Jn.19,25), la “mujer” de la Revelación (Rev.12,1), y la “mujer” de los Gálatas (Gal. 4,4).

Pero en este sentido, hemos de considerar a la Mujer de las Escrituras en su específico rol “con Jesús” en la obra de la redención. Comencemos con la Antigua Alianza entre Dios y los hombres y su testamento escrito.

La Gran Profecía – Génesis 3,15(1) “Enemistad pondré entre ti y la mujer”

Partamos desde el principio con el protoevangelio (“primer evangelio”) del libro del Génesis, ya que el amor misericordioso del Padre no permitió que la humanidad caída permaneciera, salvo por unos cuantos versos, en franca desesperación sin Redentor.

Después de llevarse a cabo el “pecado de pecados,” Dios está pronto a revelar su plan redentor, dando marcha atrás o “recapitular,” como dirían los primeros padres, el pecado de Adán y Eva. El Creador, en su omnisciencia, da a conocer un plan que aniquilará totalmente a la serpiente usando los mismos medios que utilizó Satanás, aunque a la inversa, para restaurar la gracia en la familia humana. De esta forma Dios, el Padre de la humanidad, revela su omnipotencia soberana por encima de Satanás.

Dios revela su plan salvífico por medio de una futura mujer y su “simiente” de victoria: “Voy a poner perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta [la simiente o linaje de la mujer] te herirá la cabeza, y tú le herirás el calcañar (Gen.3,15).”

En ésta, la más grande de todas las profecías del Antiguo Testamento, vemos que habrá siempre una incesante lucha mortal entre una mujer y su descendencia (o “simiente”), y Satanás y su simiente de maldad y pecado. Con la batalla se conseguirá también una completa y definitiva victoria de la mujer y su descendencia contra Satanás y sus secuaces, al pisarle la cabeza a Satanás.

La “simiente” que obtendrá la victoria final sobre Satanás y su simiente, sólo puede referirse a Jesucristo. Nadie, salvo el Redentor crucificado y resucitado, puede reclamar la victoria. Por lo tanto, la “mujer” de quien proviene esa simiente de victoria, en el sentido más estricto y esencial, sólo puede referirse a María, la única y verdadera madre natural de Jesucristo. El Redentor no nace físicamente de Eva, ni de Israel y tampoco de la Iglesia. Nace solamente de María, la “nueva Eva”.

Este pasaje del Génesis, quintaesencialmente profético, prevé la victoria definitiva sobre Satanás en el futuro (“pondré”). De la misma manera serían dos personas que a futuro obtendrían la victoria; de este modo y mediante una mujer que aún no nacía y su simiente victoriosa, se reivindicaría lo que perdió la primer mujer.

Dios pone “enemistad” entre la mujer y la serpiente y sus respectivas “simientes.” En la Escritura, “enemistad” denota una completa y radical oposición(2), y es precisamente esta enemistad lo que separará a la mujer y su simiente (Madre e Hijo) de Satanás y su simiente. La naturaleza y el rol de María Corredentora se profetiza ya desde un principio, precisamente por medio de esta enemistad establecida por designio divino.

La mujer y su simiente participan en la lucha contra la serpiente y su simiente. A la luz de la historia de la salvación, se entiende que este pasaje prefigura a María, Madre del Redentor, quien íntimamente comparte, al igual que Jesús el Redentor, idéntica batalla contra Satanás y sus actos malvados. La Mujer “con Jesús” participa en la gran batalla que dejó traslucir el Padre Celestial, inmediatamente después de que la primer mujer participara en la pérdida de la humanidad “con Adán,” para volver a adquirir a la humanidad. Eva se convierte en la “copecadora” (que significa “con el pecador”); María es profetizada como la “Corredentora” (“con el Redentor”).(3)

Asimismo, en esta “enemistad” entre la mujer y la serpiente se ve ya profetizada a “la Inmaculada,” pues convenía que ella estuviera libre de pecado y llena de gracia. Solamente una persona completamente inmaculada o “sin mancha” (mácula, “mancha”), puede mantenerse en franca oposición al Maligno. Correctamente entendido, esta Mujer estará “llena de gracia” (Lc.1,28), porque posee objetivamente la plenitud de los frutos de la redención de manera singular como salvaguarda; por esta razón jamás será tocada por Satanás y su simiente pecadora.(4)

“La Inmaculada” del Padre Celestial, su Hija Virgen llena de gracia, representará a la humanidad en la batalla “con Jesús” por las almas. Ella será la obra maestra de Dios, su criatura más extraordinaria que habrá de combatir contra su más horrible criatura en esta batalla cósmica. Por el beneplácito de Dios, convenía que la compañera del Redentor en la economía de salvación estuviera totalmente libre de la mancha del pecado, de lo contrario, un compañero con la mancha del pecado actuaría más bien como doble agente, trabajando para el Redentor y al mismo tiempo para Satanás. María por lo tanto, que será la Corredentora, colabora entera y exclusivamente “con Jesús,” en virtud de que es primero la Inmaculada Concepción(5). Su impecancia desde el primer momento de su concepción será el regalo que Dios otorgue a la humanidad, y la respuesta de la humanidad será el “fiat” voluntario de María. Porque Dios respeta absolutamente la libre cooperación de sus criaturas en la economía de la salvación, la libertad y la total donación de sí es esencial y necesaria.

“Ella te pisará la cabeza.” La revelación de la Corredentora en Génesis 3,15 no depende de la traducción del pronombre (“él” o “ella”) contenido en la segunda línea de esta profecía y ampliamente debatido, sino que se revela en primer instancia al vaticinar el Padre que habrá una batalla futura en la que María, mujer de la “simiente,” Madre del Salvador, participará intrínsecamente con su Hijo en contra de los enemigos Satanás y su simiente.

Sin embargo, en el texto revelado es digno de mención que quien combatirá directamente contra la serpiente será la mujer, mientras que la simiente de la mujer estará en lucha paralela contra la simiente de la serpiente. Si hemos de respetar el paralelismo propio del texto, la conclusión congruente de esta primer “enemistad” anunciada entre la mujer y la serpiente, es que los pronombres subsecuentes lógicamente se tienen que referir a la primer protagonista, la mujer, y al primer antagonista, la serpiente. Por lo tanto el pronombre “ella” se refiere a la mujer protagonista que le pisa la “cabeza” a la serpiente-antagonista.(6)

La Vulgata tradicional conteniendo el pasaje del Génesis con el pronombre femenino “ipsa” o “ella”, ha sido usado por varios pontífices en sus documentos papales para referirse a María. Por ejemplo, el Beato Papa Pío IX en su bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 que define la Inmaculada Concepción, refiere que la mujer del Génesis 3,15 es María quien pisará la cabeza de Satanás “con su pie virginal,” identificando claramente la participación de la Madre en la victoria redentora del Hijo. Este es sólo uno de los muchos ejemplos que se pueden encontrar en el Magisterio Pontificio y que inequívocamente identifican a la mujer del Génesis 3,15 con María:

Los padres y escritores escolásticos, iluminados e instruidos desde lo alto, enseñaron que la profecía divina: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje,” es un presagio claro y contundente de que habría un Redentor misericordioso para la humanidad, esto es, el Unigénito Hijo de Dios, Cristo Jesús. De igual modo enseñan cómo la profecía también alude a su Santísima Madre, la Virgen María, y la clara expresión de su común enemistad contra el demonio. De la misma forma en que Cristo, Mediador entre Dios y los hombres, canceló el decreto de condenación contra nosotros al tomar nuestra naturaleza y clavándola triunfalmente en la cruz, la santísima Virgen al estar íntima e indisolublemente unida a Cristo, se convirtió en eterno enemigo, junto con Cristo, de la serpiente venenosa, compartiendo con su Hijo la victoria sobre la serpiente al pisarle la cabeza con su pie virginal.(7)

Es un hecho contundente que Nuestra Señora, al parecer, no tuviera obstáculo alguno por debates en la traducción del pronombre, cuando en la Iglesia se aprueban las apariciones de la Medalla Milagrosa de Nuestra Señora de la Gracia en Rue de Bac (27 de Nov., 1830), en cuyas visiones y medalla acuñada posteriormente, se mostraría al mundo a la Mediadora de todas las gracias literalmente pisando con su pie virginal la cabeza de la serpiente.(8)

María Corredentora es la Mujer de Génesis 3,15, pero también es la Mujer y la Virgen Madre de Isaías quien, en otra gran profecía del Antiguo Testamento, se le profetiza que manifestará la gran señal de salvación pronosticada a Ahaz: “He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is. 7,14). También es la Mujer de Miqueas quien, “con dolores de parto,” dará a luz al futuro príncipe que salvará a Israel: “Más tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.” (Mic.5,2-3). La profecía de los dolores de parto de la mujer se refiere, no a los dolores de parto consecuencia del pecado y que no pueden ser aplicados a la inmaculada que ha sido concebida sin pecado original y sus efectos, sino más bien, a los sufrimientos que compartirá la Madre del Redentor al engendrar espiritualmente a la multitud al más alto precio.

Tipos y Símbolos de la Corredentora en el Antiguo Testamento

¿Y qué hay de esa gran cantidad de mujeres que en el Antiguo Testamento son tipos de María y que presagian con su propia vida a la Corredentora por venir?

Sara, esposa de Abraham, concibió milagrosamente y dio a luz a Isaac convirtiéndose en “Madre de las naciones” (Gen.17,15-17). María, concibiendo milagrosamente, dará a luz al Redentor y se convertirá en “Madre de todos los pueblos” (cf. Lc.1,38, Jn.19,25-27).

Rebeca vistió a Jacob con la ropa de Esau para obtener la herencia que el Padre otorgaba al primogénito (cf. Gen.25,1-40). María vestirá a Jesús con el ropaje de la humanidad, obteniendo así la herencia que el Padre Celestial dará al resto de la familia humana.

Raquel dio a luz a José, el que salvaría a la tribu de Jacob, y que es vendido por sus propios hermanos en veinte monedas de plata (cf. Gen.37,28). María dará a luz a Jesús, el futuro salvador de todos los pueblos, que será vendido por treinta monedas de plata (cf. Mt. 26,15).
Débora la profetisa, participa activamente como compañera de Baraq en la victoria sobre Sísara (que culmina con la destrucción de la cabeza de Sísara por Yael), razón suficiente para que Débora proclame un himno de exultación (cf. Jc.4,5). María, Reina de los Profetas, será la activa compañera de Cristo en la victoria sobre el pecado y la destrucción de la cabeza de Satanás, lo que le llevará a proclamar la grandeza del Señor (cf. Lc.1,46).

La valerosa Judit combatió contra el enemigo Holofernes triunfando y cortándole la cabeza (cf. Jdt.13,8-16). La arrojada María combatirá contra Satanás y triunfará aplastándole la cabeza (cf. Gen.3,15, Jn.19,27).

La Reina Ester fue favorecida por el Rey Asuero al arriesgar su vida y salvar a su pueblo de un decreto de muerte (Est.7,1-4). María Corredentora será favorecida por Cristo, el Rey, cuando ofrezca su vida “con Jesús” por la misión de la redención que salvará a todos los pueblos del decreto de la muerte eterna (Lc.1,38).

Sin duda el más extraordinario tipo de María Corredentora, lo encontramos en la historia de la noble “Madre de los Macabeos” (cf. 2M,7) del Antiguo Testamento. Perseguidos por el rey secular Antíoco, sus siete hijos, uno tras otro, son torturados y asesinados en la presencia de su madre por la fidelidad que mostraban a las prácticas de ayuno de la Alianza. El mismo Antíoco pide a la madre intervenir por su séptimo hijo para que, aceptando las ofertas de riqueza y poder del rey, así como el alejamiento y rechazo de las disciplinas de ayuno de la Alianza, se pueda salvar a sí mismo. La madre, en cambio, aprovecha la oportunidad para exhortar a su hijo con palabras de aliento y esperanza, instruyéndolo a “aceptar la muerte para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia (de Dios).” (2M 7,29).

¡Qué forma tan elocuente esta de presagiar, con la historia de la Madre de los Macabeos, la propia historia de María Corredentora! Las siete espadas de dolor que atravesarán el corazón de la Madre se prefiguran en el sufrimiento de los siete hijos de los Macabeos. La valiente mirada que el rostro de la madre, irremediablemente bañado en lágrimas, dirige al rostro del Hijo crucificado en el calvario, transmite, en un mensaje que no se puede expresar con palabras, la imperiosa necesidad de perseverar con el plan redentor de la nueva y eterna Alianza. Las tentaciones que susurró el Príncipe de este mundo al Hijo, a saber: riqueza, poder, fama, e inclusive la “ineficacia” de la crucifixión que estaba por acaecer, se contrarrestan con el testimonio fiel, humilde, pobre y obediente de la Virgen Madre, quien por ser totalmente inmaculada constituye el fruto más extraordinario y digno que logró la redención de su Hijo.

El recuento bíblico de la Madre de los Macabeos y sus siete hijos, finaliza con las siguientes palabras: “Por último, después de los hijos murió la madre” (2M 7,41). De igual manera nos dicen los Santos Padres que la Madre Corredentora experimentó en el calvario una verdadera “muerte con Él en su corazón que era atravesado por la espada del dolor,”(9) donde la Madre del Salvador es “crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado.”(10)

Por otra parte, a la Madre Corredentora se le profetiza con el más grande de los símbolos marianos del Antiguo Testamento: “Arca de la Alianza”. El Arca es el lugar donde se encuentra “la presencia de Dios,” fragmentos de las tablas de los Diez Mandamientos, el báculo de Aarón y el misterioso maná celestial, que en su conjunto representan la ley, el sacerdocio y el alimento sustantivo de la Alianza. Como tal, el Arca es el signo concreto de la alianza salvífica entre Yahveh y el pueblo de Israel (cf. Dt 31,25; Ex. 16,4-36; Nm. 17,1-13).

De este modo la Madre del Redentor llevará en su vientre a Cristo, la Nueva Ley, Cristo el Sumo Sacerdote y Cristo Eucaristía, lo que hace de ella Arca suprema de la Nueva Alianza. Creada y modelada por el poder divino, es la portadora de la nueva y eterna alianza entre la divinidad y la humanidad, un Arca enteramente libre y activa hecha de madera incorruptible que igualmente lleva cargando y sufre con el Sumo Sacerdote de la Eterna Alianza.

Cada gemido del Antiguo Testamento es un suspiro anhelante por la futura encarnación y cumplimiento de la misión de Cristo Redentor. Y cada suspiro por el Hijo que traerá la redención es, al mismo tiempo, y según el plan salvífico del Padre Eterno, uno que anhela a la Madre Corredentora, pues según enseña el Beato Papa Pío IX en la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción, por voluntad inmutable del Padre de la creación, en “un mismo y único decreto,” el Redentor y la Corredentora debían participar juntos de la misión para redimir a los hombres.(11)

Notas

(1) Para ver comentarios más extensos, cf. T. Gallus, S.J., Interpretatio mariologica Protoevangelii, vol. 1, Tempore post-patristico ad Concilium Tridentinum, Roma, 1949; vol. 2, A Concilio Tridentino usque ad annum 1660, Roma, 1953; vol 3 Ab anno 1661 usque ad definitionem dogmaticum Immaculatae Conceptionis (1854), Roma, 1954; cf. D. Unger, O.F.M. Cap., “Patristic Interpretation of the Protoevangelium,” Marian Studies, vol. 12, 1961, pp. 111-164; cf. A. Bea, S.J., “Il Protoevangelio [Gen. 3:15] nella tradizione esegetica,” L’Osservatore Romano, Oct. 30, 1954, p. 1; “Maria SS. Nel Protovangelo (Gen. 3:15),” Marianum, vol. 16, 1953, pp. 1-21; cf. S. Manelli, F.F.I., All Generations Shall Call Me Blessed, Academia de la Inmaculada, 1995; “Mary Co-redemptrix in Sacred Scripture,” Mary Coredemptrix, Mediatrix, Advocate Theological Foundations II, Queenship, 1996, pp. 71-80.

(2)Para ver otros ejemplos de “enemistad” en la Escritura, cf. Nm. 35:21-22, Dt. 4:42, Dt. 19:4,6.

(3) Cf. Cardenal Alfonso Maria Stickler, Maria: Mitterloserin, Salzburgo, 9 de Dic.,1990, Informationsblatt der Priesterbrudershaft St. Petrus, n. 12, Wigratzbad, Jahrgang, 1991.

(4) Beato Pío IX, Constitución Apostólica Ineffabilis Deus, 1854

(5) Cardenal Karol Wojtyla, Homilía de la Fiesta de la Inmaculada Concepción, 8 de Diciembre,1973; cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 7 de Dic., 1983, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 12 de Diciembre, 1983, p.2; Audiencia General, 24 de Enero 1996, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 31 de Enero, 1996, p. 11; también cf. H.M. Manteau-Bonamy, O.P., Immaculate Conception and the Holy Spirit: The Marian Teachings of St. Maximilian Kolbe, traducida por R. Arnandez, F.S.C., Franciscan Marytown Press,1977, caps. 2,7.

(6) Para ver un estudio más profundo sobre el paralelismo entre el texto de Génesis 3:15 y la defensa del pronombre ipsa (“ella”) y comentarios históricos y medievales, particularmente Cornelius à Lapide, cf. Hno. Thomas Sennott, M.I.C.M., “María Corredentora,” María al Pie de la Cruz II: Actos del Simposio Internacional sobre la Corredención Mariana, Academia de la inmaculada, 2002, pp. 49-63. El autor ofrece la siguiente explicación inicial sustentando el ipsa y cita a Cornelius à Lapide como apoyo:

“En hebrero hu es ‘él,’ y he ‘ella,’…En hebreo no hay pronombre neutral (‘it‘ en inglés), tanto hu y he pueden ser traducidos como neutrales (‘it‘) dependiendo del contexto.

En griego ‘él’ es autos, ‘ella’ aute, y el neutral auto.

En latín, ‘él’ es ipse, ‘ella’ ipsa, y el neutral es ipsum

Cornelius à Lapide en su gran Commentaria in Scripturam Sacram dice que el misterio fundamental se refleja incluso en la gramática hebrea. ‘Hu también es utilizado con frecuencia en lugar de he especialmente cuando se enfatiza una acción y se predica un aspecto varonil de la mujer, como el caso que nos ocupa de aplastar la cabeza de la serpiente…No hace ninguna diferencia que el verbo sea masculino yasuph, esto es “(él) aplastará,” pues con frecuencia sucede en hebreo que se utiliza el masculino en lugar del femenino y viceversa, especialmente cuando existe una razón fundamental del misterio, como lo acabo de mencionar’ (C. à Lapide, Commentaria in Scripturam Sacram, Larousse, Paris, 1848, p. 105). El ‘misterio fundamental’ es, por supuesto, que Nuestra Señora aplasta la cabeza de la serpiente con el poder de Nuestro Señor.”

(7) Beato Pío IX, Ineffabilis Deus; Para ver otras referencias conciliares o del Magisterio Papal en donde se cita el singular rol de María en la redención revelado en el pasaje del Génesis 3:15, cf. Leon XIII, Encíclica Augustissimae Virginis, 1897; ASS 30,p.129; Sn. Pío X, Encíclia Ad Diem Illum, 2 de Feb., 1904; ASS 36, p. 462; Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, 1937; AAS 29, p. 96; Pío XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, 1937; AAS 42, p. 768; Encíclica Fulgens Corona, 1953; AAS 45, p. 579; Concilio Vaticano Segundo, Lumen Gentium, 55; Pablo VI, Carta Apostólica Signum Magnum, 13 de Mayo, 1967; Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, 25 de Marzo,1987.

(8) Ver las descripciones de las apariciones relatadas en R. Laurentin, Catherine Labouré et la Médaille Miraculeuse, Paris, 1976.

(9) León XIII, Encíclica Jucunda Semper, 8 de Sept., 1894; ASS 27, 1894-1895, p. 178.

(10) Juan Pablo II, en un discurso en el Santuario Mariano en Guayaquil, Ecuador el 31 de Enero, 1985, L’Osservatore Romano, edición en inglés, 11 de Marzo,1985, p. 7.

(11) Beato Pío IX, Ineffabilis Deus.