La Segunda Eva

Published on July 20, 2012 by in En Espanol

Sin duda el Espíritu de la Verdad ha de haber revestido de luz especial a los primeros pastores y teólogos cristianos que vivieron tan de cerca el punto culminante de la revelación cristiana, cuando la Palabra se hizo carne y murió por nosotros, para poder predicar y enseñar el Evangelio a la Iglesia primitiva. A pesar de que ninguno de ellos podría haber reclamado para sí mismo un “oficio” de autoridad o inspiración, la gran mayoría de los primeros autores (y en muchos casos mártires), confirmados y guiados por el Espíritu en su oficio pontificio, se les honra en la Iglesia propiamente con los títulos de “padres apostólicos” y “padres de la Iglesia.”

Cuando los primeros padres contemplaron la encarnación redentora, naturalmente reconocieron y honraron el rol de la Virgen y Madre de Jesús en la economía de salvación, porque negarse a reconocer el rol que en los planes del Padre celestial debía fungir la Virgen de Nazaret con el Redentor, sería como rechazar lo obvio — sería como inferir que el Hijo careció de una madre, que el ángel enviado por el Padre no vino a pedir su libre consentimiento y que ella no cooperó moral y físicamente para dar al Salvador el instrumento de salvación, su naturaleza humana.
También los primeros padres percibieron el acto salvífico de la redención en términos de las enseñanzas de Sn. Pablo: “…dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza” (Ef.1,9-10). La revelación de Cristo como “nueva cabeza” de la creación, quien compendia en sí a todo el linaje humano y el resto de la creación, es el concepto patrístico de la recapitulación.

El modelo patrístico de “recapitulatio” (“volver a empezar,” “compendiar”), basado en la doctrina paulina de Cristo como “nueva cabeza” (“re-caput“), se convirtió en el principal modelo en que se basaron los padres para hablar de la redención. El Redentor compendió en su persona a todo el linaje humano santificándolo y uniéndolo con Dios. Todo lo que fue creado desde el principio “vuelve a comenzar, se unifica” en Cristo y se vuelve a crear pero ya libre del pecado, en una especie de “segunda creación.” Mediante esta nueva creación, Dios retomó su plan inicial de creación que había sido destruido por el pecado de Adán, restaurándolo y uniéndolo a la persona del Redentor. Puesto que el linaje humano se perdió por el pecado de Adán, primer padre del género humano, era necesario que Jesucristo se hiciera hombre, un segundo o “nuevo Adán,” para restaurar o rescatar a los hombres (cf. Rm.5,12-20). “‘Fue hecho el primer hombre Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida” (1Co.15,45).(1)

Pero si Jesús es el “segundo” o “nuevo Adán,” enviado por el Padre celestial para revertir el “error” de Adán, ¿qué hay de una segunda o nueva “Eva” en este proceso de salvación?

Junto con el principio de recapitulación, se encuentra la teoría integral y complementaria de la recirculación enseñada por los padres, en la que al proceso de salvación logrado por Cristo, el nuevo Adán, le deberá seguir otro pero esencialmente opuesto, marcando cada paso el proceso de la caída de Adán. Por lo tanto, si el Padre Eterno planeó restaurar a la familia humana usando los mismos medios pero contrarios, que llevaron a la caída de Adán (manifestando así el absoluto poder y gloria de Dios), entonces ¿qué hay de la parte del proceso realizado por Eva en la pérdida de la gracia? ¿Acaso en el concepto cristiano de la recirculación, el plan divino antitético no necesita una representante para la primera Eva, instrumento clave en el pecado de Adán?

Los primeros padres reconocieron de inmediato a la nueva “Madre de los Vivientes,” aquella que invertiría el curso de los hechos tomando el lugar de la primera “Madre de los vivientes” (Gen.3,20). Dentro de esta teología salvífica de recapitulación y recirculación, ven claramente el papel crucial de María en el plan de salvación, y sus testimonios al respecto son el fruto de la contemplación, el sacrificio e incluso el martirio. A su parecer, ella es sin lugar a dudas la “Segunda Eva.”(2)

Sn. Justino Mártir (= hacia 165), fue el primer defensor cristiano de la función central que desempeñó la Virgen María en la reversión divina que conduce a la salvación. Eva concibió la palabra de la serpiente dando a luz a la “desobediencia y la muerte;” el fiat de María dio a luz al que es Santo, que al vencer la simiente mortal de la serpiente, abrió las puertas a la vida:

Sabemos que Él, en el principio y antes que las demás criaturas, procedió del Padre por su solo poder y voluntad….y que por medio de la Virgen se hizo hombre para que la desobediencia que comenzó con la serpiente, se deshiciera de la misma manera en que surgió. Pues Eva, virgen e inmaculada, concibió la palabra de la serpiente y engendró la desobediencia y la muerte. Pero la Virgen María, al anunciarle el Ángel Gabriel la buena nueva de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, engendrando y dando a luz al Santo e Hijo de Dios, ella respondió: “Hágase en mí según tu palabra.” Por María nació Aquél…por el que Dios venció a la serpiente, los ángeles y a todo hombre parecido a la serpiente.(3)

El sabio Obispo de Lyons, Sn. Ireneo (= hacia 162), está considerado como el primer y verdadero mariólogo. Sn. Ireneo es el primero en enseñar una soteriología completa de recirculación entre la desobediencia de la virgen Eva, “causa de la muerte” para ella y para todo el linaje humano, y la obediencia de la virgen María, causa instrumental de salvación para ella y para todos los hombres:

Así como aquella…fue desobediente haciéndose causa de la muerte para sí misma y para todo el linaje humano, así también María….fue por su obediencia causa de la salvación para sí misma y para todo el linaje humano…El nudo de la desobediencia de Eva se desató con la obediencia de María. Pues lo que la virgen Eva ató por su incredulidad, la virgen María lo desató por su fe.(4)

La frase “causa de salvación para ella y para todo el linaje humano,” es realmente una extraordinaria profesión de corredención mariana escrita por el “padre del cristianismo ortodoxo” en el siglo segundo de la Iglesia. Es nada más y nada menos que el sorprendente testimonio de la Iglesia primitiva del singular rol de la Madre con Jesús en la salvación — una proclamación de que la Virgen Madre fue instrumento directo para la causa de la redención que comenzó, pero no terminó, con la encarnación redentora.(5)

En el tributo que hace Sn. Ireneo no propone a María como causa esencial o “formal” de la salvación, sino como causa instrumental sin paralelo alguno con Eva, instrumento de causalidad en la pérdida formal de Adán de la gracia para la humanidad. Así como Eva está completamente subordinada a Adán en la “muerte” del género humano, también el rol instrumental de María está completamente subordinado y es dependiente de Jesucristo, el nuevo Adán, puesto que sólo Cristo es la causa última y esencial de la salvación y recapitulación como “cabeza,” la “Palabra que viene de lo alto y el verdadero hombre” que “nos redimió con su propia sangre.”(6)

La pureza doctrinal de Sn. Ireneo es una profesión irrefutable de que la Virgen María, con su obediente “sí,” fue causa de salvación para toda la raza humana que tuvo como primer efecto su propia salvación. Pero Ireneo va más allá al identificar a la Virgen María como la “abogada” o intercesora de la virgen desobediente, por quien la desobediencia de Eva es destruida:

Por la desobediencia de una virgen el hombre cayó y después de su caída fue presa de la muerte. De la misma forma pero por una Virgen que fue obediente a la palabra de Dios, el hombre se regeneró…Era apropiado y necesario que Adán fuera restaurado en Cristo, para que aquello que era mortal fuera absorbido e inmerso en la inmortalidad, y que Eva fuera restaurada en María, para que una Virgen fuese la abogada de una virgen, y que la desobediencia de la primera fuera borrada y destruida por la obediencia de la otra.(7)

Otro obispo y apologista cristiano de los primeros siglos, Sn. Melito de Sardis (hacia 170), se refiere en su Homilía Pascual al rol de la Virgen Madre en el sacrificio salvífico del Hijo:

Él es el cordero degollado
Que nace de María, la cordera perfecta,
que sacado de su rebaño
lo llevan para inmolarlo…
Pero con su resurrección de entre los muertos,
resucitó al hombre de la tumba profunda.(8)

Sn. Melito utiliza la metáfora del “cordero,” que en el Antiguo Testamento representan tanto el sacrificio como la pureza virginal.(9) El Obispo de Sardis, aplicando la misma metáfora a la Madre y al Hijo, se refiere claramente a la participación de la Madre en el sacrificio salvífico de Jesús, el cordero de Dios degollado.(10)

Tertuliano (= hacia 240-250) continúa con este modelo de recapitulación Eva-María, al describir el rol de la Virgen por quien hemos “recobrado el camino de la salvación”:

Fue por un acto opuesto que Dios recobró la imagen y semejanza que el demonio había arrebatado. Pues si por Eva, virgen aún, avanzó la palabra causante de la muerte, de igual modo debía introducirse la Palabra de Dios creadora de vida, en una Virgen; que por el mismo sexo por el que había venido nuestra ruina, se recuperara también el camino de salvación. Eva creyó en la serpiente; María creyó en Gabriel. La falta cometida por la primera al no creer, la borró la segunda creyendo.(11)

Sn. Efrén (= 373), Diácono sirio y Doctor de la Iglesia, a quien se le conoce con justicia como el “Arpa del Espíritu Santo,” entonó con cánticos que María había “pagado la deuda”(12) de la humanidad: “Eva emitió una cuenta por cobrar y la Virgen pagó la deuda.” Sn. Efrén enseña que hemos sido “reconciliados” con Dios mediante la Madre de Dios: “Mi Santísima Señora, Madre de Dios y llena de gracia,…Esposa de Dios por quien nos reconciliamos con Él.”(13) Sn. Efrén proclama que Dios escogió a la Santísima Virgen para ser “instrumento de nuestra salvación,”(14) y la llama “precio de redención de los cautivos.”(15) Probablemente sea el primero en invocar a María con el título específico de “nueva Eva.”(16)

Sn. Epifanio, Obispo de Salamis (= 403), prolífico autor mariano y defensor de Nicea resume en forma sucinta el rol de María como instrumento salvífico quien provee la “causa de Vida” al mundo: “Ya que por Eva hubo causa de muerte para el linaje humano y la muerte entró en el mundo, María proporcionó la Causa de la vida por quien hemos obtenido la vida.”(17)

En Occidente, durante el siglo cuarto, “Siglo de Oro” de la literatura patrística, Sn. Ambrosio, Doctor y Padre espiritual de Sn. Agustín, enseña que la Virgen Madre de Cristo “dio a luz la redención para el linaje humano”(18); que “llevó en su vientre la remisión de los pecados”(19); y “concibió la redención para todos.”(20)

Sn. Ambrosio demuestra además que María fue la primera en recibir la “salvación” en preparación a su participación en la salvación de todos: “No nos sorprendamos de que el Salvador del mundo haya comenzado su obra en María, por quien la salvación de todos estaba siendo preparada, para que ella fuera la primera en recibir los frutos de su propio Hijo.”(21)

Sn. Agustín (= 430), monumental Padre y Doctor de la Iglesia, extiende la enseñanza de Sn. Ambrosio al argumentar que la Virgen Madre dio de su propia carne “la hostia” para el sacrificio que regeneraría a toda la humanidad y a nombre de toda la humanidad(22). Agustín también fundamenta su enseñanza sobre María, basándose en la estructura de la Segunda Eva, y adecuadamente representa al sexo femenino en el triunfo redentor sobre Satanás: “Es un gran sacramento que de la misma manera que por una mujer nos vino la muerte, también por una mujer nos nazca la vida; y así el diablo, una vez conquistado, sea atormentado en ambos sexos, femenino y masculino, porque se había gloriado de la caída de ambos. No habría recibido un castigo adecuado de haber sido liberados por ambos sexos, pero no fuimos liberados por ambos.”(23)

Sn. Agustín señala además que, “Al hombre que sería engañado, una mujer le ofrece el veneno. Al hombre que será restaurado, una mujer le ofrece la salvación. Una mujer, al engendrar a Cristo, compensa por el pecado del hombre engañado por una mujer.”(24) Juan Pablo II dice de Sn. Agustín que fue el primero en referirse a la Santísima Virgen como la “cooperadora” en la redención.(25)

La “boca de oro” de Sn. Juan Crisóstomo (= hacia 407), predica que “una virgen nos sacó del Paraíso; por una Virgen encontramos la vida eterna. Por una virgen fuimos condenados; por una Virgen fuimos coronados.”(26)

El distinguido predicador de Ravena, Sn. Pedro Crisólogo (= 450), nos dice que “todos los hombres merecieron la vida por una mujer.”(27) Y Próculo de Constantinopla (= 446) se dirige a la Madre del Redentor con éstas palabras: “tú, que sola cargas con la redención del mundo.”(28)

Y aún son varios los padres y escritores eclesiásticos que reconocen la doctrina de la participación única de María como segunda Eva en la obra salvífica, tales como Gregorio Taumaturgo(29) y Sn. Cirilo de Jerusalén(30). Teódoto de Ancira la llama la “Madre de la economía,”(31) y Severiano de Gabala se refiere a ella como la “Madre de la Salvación.”(32)

En las ancestrales liturgias cristianas copta, etíope y mozárabe (varias de las cuales se siguen usando hoy en día), rezan la doctrina de María en la salvación(33), manifestando la máxima de la liturgia clásica, “lex orandi, lex redendi” (“así como oremos, creeremos”). La liturgia armenia, que data del siglo quinto, invoca a la Madre como la “salvadora” (“la que salva”) y “libertadora” (“la que libera”).(34)

Hombres de una fe extraordinaria y gran sabiduría fueron estos apóstoles y padres de la Iglesia que vivieron los primeros quinientos años del cristianismo, dando todos ellos un mismo testimonio: que María, la nueva Eva, por su fe y obediencia participó de manera única en la salvación “con Jesús.” Con bellas y diversas expresiones, los padres proclaman que aún cuando participó voluntariamente de la encarnación redentora que como fin último llevaría al calvario, María siempre fue parte central, instrumental y esencial de los planes de Dios “con Jesús” para revertir el pecado de Adán y Eva.

A los Padres no se les puede juzgar basándose en una moderna comprensión de la redención que enseñaría explícitamente el rol redentor y corredentor de Jesús y María en el calvario bajo las recientes y diversas categorías soteriológicas de sufrimiento, satisfacción, mérito y sacrificio. Pero si retomamos el significado esencial de María Corredentora, la mujer “con Jesús” en la obra de la salvación, sin duda el concepto patrístico de la nueva Eva enseña la doctrina de la corredención mariana en su forma más simplificada. La nueva Eva es la Mujer con Jesús que fue “causa de salvación para sí misma y para el resto del linaje humano.”

Este fiel y antiguo testimonio patrístico de la doctrina de María Corredentora, modelada en torno a la nueva Eva, fue sucintamente capturado por el eclesiástico “Padre de la Escritura,” Sn. Jerónimo (= 420): “Muerte por Eva; vida por María.”(35)

Notas

(1) Para ver un resumen de recapitulación, recirculación y demás citas de los padres sobre la Madre Virgen, cf. Luigi Gambero, Mary and the Fathers of the Church, Ignatius Press, 1999, Cap. 4 (trad. del original en italiano, Maria nel pensiero dei padri della Chiesa, Edizione Paoline, 1991).
(2) Para un tratado más extensivo y fuente de las citas más relevantes, cf. J.B. Carol, De Corredemptione Beatae Mariae Virginis, Roma, Vaticana, 1950, Pars Secunda, Caput I; L. Riley, “Historical Conspectus of the Doctrine of Mary’s Co-redemption,” Marian Studies, vol. 2, 1951.
(3) Sn. Justino, Dialogus cum Tryphone, Cap. 100; PG 6,709-712.
(4) Sn. Ireneo, Adversus Haereses, vol. 3, Cap. 22, n. 4.
(5) Para Sn. Ireneo, la encarnación sin la pasión, no hubiera bastado para nuestra salvación. Cf. P. B. De Margerie, S.J., “Mary Coredemptrix In the Light of Patristics,” Mary Coredemptrix Mediatrix Advocate Theological Foundations: Towards a Papal Definition?, Queenship, 1995, p. 7
(6) Sn. Ireneo, Adversus Haereses, vol. 5, Cap. 1, n. 1.
(7) Sn. Ireneo, en J. Barthulot, Saint Irénée: Démonstration de la Prédication Apostolique traduite de l’Arménien et annotée, en R. Graffin y F. Nau, Patrologia Orientalis, vol. 12, Paris 1919, pp. 772 et seq.
(8) Melito de Sardis, Easter Homily, 71, 11. 513-520.
(9) Cf. por ejemplo, a Lv. 5:6; Núm. 6:14; 7:17.
(10) Cf. O. Perler, Meliton de Sardes, Sur la Pâque et fragments, SC 123, Paris, ed. Du Cerf, 1996, p. 176.
(11) Teruliano, De Carne Christi, Cap. 17; PL 2,827-828.
(12) Sn. Efrén, On the Institution of the Church, n. 11, J.T. ed. Lamy, Mechliniae, 1889, t. 3, 978.
(13) Sn. Efrén, Opera Omnia, ed. Assemani vol. 3, Roma, 1832, p. 528.
(14) Ibid, p. 607.
(15) Ibid, p. 546.
(16) E. Druwé, “La Médiation Universelle de Marie,” Maria: Études sur la Saint Vierge, ed. H. Du Manoir, vol. 1, Paris, 1949, p. 467.
(17) Sn. Epifanio, Adversus Haereses, 1.3, t. 2; PG 42, 729.
(18) Sn. Ambrosio, De Mysteriis, Cap. 3, n. 13; PL 16, 410.
(19) Sn. Ambrosio, De institutione virginum, Cap. 13, n. 81, PL 16, 339.
(20) Ibid. Nota: Los demás comentarios de Sn. Ambrosio en relación a la Corredentora serán tratados a la luz de las discusiones de Arnoldo de Chartres sobre el tema.
(21) Sn. Ambrosio, Lc. 2, 17; ML 15, 559.
(22) Sn. Agustín, Serm. Ined., 5, nn. 5,6; ML 46, 832-833; en De Margerie, “Mary Coredemptrix In the Light of Patristics,” p. 16.
(23) Sn. Agustín, De agone christ., Cap. 22; PL XL, 303.
(24) Sn. Agustín, Sermo 51 de concord. Matth, Et Luc., n. 2; PL 38, 335.
(25) Cf. Sn. Agustín, De sancta Virginitate, 6; PL 40, 399; Juan Pablo II, Audiencia General, Abril 9, 1997, L’Osservatore Romano, edición en inglés, Abril 16, 1997,p. 7.
(26) Sn. Juan Crisóstomo, In Psalmos, 44; PG 55, 193.
(27) Sn. Pedro Crisólogo, Sermo 142; PL 52, 580.
(28) Próculo de Constantinopla, Sermo 5, art. 3; PG 65, 720 C.
(29) Sn. Gregorio Taumaturgo, Homilia I in Annuntiatione Sanctae Virginis Mariae; PG 10, 1147.
(30) Sn. Cirilo de Jerusalén, Catechesis, 12, n. 15; PG 33, 741.
(31) Teódoto de Ancira, MG 77, 393 C.
(32) Severiano de Gabala, MG 56, 4.
(33) Por ejemplo, cf. De Margerie, “María Corredentora a la Luz de la Patrística,” p. 21.
(34) Cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, Etude Historique, Paris, Nouvelles Editions Latines, 1951, p. 11. El término original armenio es “Pyrgogh.”
(35) Sn. Jerónimo, Epist, 22, 211; PL 22, 408.