Durante los siglos XIII y XIV, una providencial mezcla de teólogos, santos y místicos continuaron con el fructífero desarrollo de la doctrina de María Corredentora. La dimensión mística comenzó a jugar un importante papel en éste y los siguientes períodos de desarrollo doctrinal sobre la corredención, con grandes figuras espirituales como Sta. Catalina de Siena y Sta. Brígida de Suecia, que contribuyeron a la harmonía entre teología y espiritualidad dentro de la Iglesia. El Espíritu Santo puede y es un hecho que utiliza sus dones proféticos a través de almas predilectas, como luces para guiar este gran legado de Tradición y teología sobre una línea específica de desarrollo doctrinal.

Lo que fueron las revelaciones recibidas por Sta. Margarita María Alacoque para el desarrollo de la doctrina del Sagrado Corazón de Jesús y las revelaciones de Sta. Faustina Kowalska para la Divina Misericordia en nuestros tiempos(1), lo fueron también las Revelaciones de Sta. Brígida para el progreso medieval de la doctrina de María Corredentora, porque en estas Revelaciones se nos transmite, con las propias palabras de la Santísima Madre, que “Mi Hijo y yo redimimos al mundo.“(2)

La compasión de la inmaculada y su fecundidad en el calvario no tiene parangón en labios del prominente teólogo Ricardo de Sn. Lorenzo (= 1230), quien se refirió a la reconciliación de la culpa por la Madre por su “comunión con” la pasión de Cristo. “Lo que el Hijo concedió al mundo mediante Su pasión, la Madre lo concedió al mundo por su íntima participación, reconciliando culpables y pecadores por su copasión, después de haber obtenido la redención del mundo entero por haber dado a luz al Redentor.”(3) Continúa hablando de los sufrimientos de Nuestra Señora con Jesús en el calvario: “Sus lágrimas se confundieron con [Su] sudor y lágrimas, con la sangre y el agua que brotaban de las heridas de su Hijo, para borrar las machas de las almas.”(4)

El más destacado de todos los teólogos franciscanos, Sn. Buenaventura (= 1274), expresó con sus propias palabras los grandes avances de Sn. Bernardo y Arnoldo respecto a la corredención de la Madre. El seráfico doctor muestra que la doctrina de la corredención de la nueva Eva enseñada por los padres de la Iglesia se cumple en Jesús y María como “reparadores” del linaje humano: “Así como ellos [Adán y Eva] fueron los destructores del linaje humano, éstos [Jesús y María] son sus reparadores.”(5)

Sn. Buenaventura relaciona explícitamente los principios patrísticos de la recapitulación y recirculación(6) con los sufrimientos de María en el calvario por nuestra redención. María “nos compró,” y “pagó el precio”(7) con Jesús al pie de la Cruz: “Esa mujer (llamada Eva), nos sacó del paraíso y nos vendió; pero ésta (María) nos rescató y nos compró.”(8) El místico padre de la teología franciscana declara que María “también obtuvo méritos para la reconciliación del linaje humano”(9); que ella “coofreció” a la divina víctima en el calvario(10); y que ofreció “satisfacción” por nuestros pecados.(11)

Otra contribución muy significativa a la corredención mariana y de la misma época que la franciscana, fue la del dominico Sn. Alberto Magno (= 1280), guía de Sto. Tomás de Aquino y Doctor de la Iglesia por derecho propio. Sn. Alberto enseñó que la Virgen María ejercitó el “principio de asociación o participación”(12) con Cristo en la redención del linaje humano, y que ella “participó de los mismos actos.”(13)

“Seudo Alberto” no tardó en seguir los pasos de Alberto Magno, elaborando y sistematizando el mismo “principium consortii” de María en la redención en la famosa obra, Mariale.(14) En esta obra, el autor llama a María la “colaboradora de la redención” (co-adjutrix redemptionis)(15), afirmando que en el calvario, María, la nueva Eva, colaboró con Cristo “a reengendrar al género humano a la vida de gracia”(16) y habla elocuentemente de su compasión como la adjutrix o “compañera” de la redención en el Gólgota:

Sólo a ella [María] se le dio el privilegio, es decir, una participación en la pasión; fue el deseo del Hijo que ella tuviera parte en los méritos de la pasión con objeto de que Él pudiera dar la recompensa y con el objeto de hacerla partícipe de los beneficios redentores. Él quiso que ella participara de las aflicciones de la pasión con el fin de convertirse en Madre de todos mediante la recreación, incluso por ser la ´adjutrix´ de la redención por su copasión. Y así como el mundo entero está obligado con Dios por su pasión extrema, también está obligado a la Señora de todos por su copasión.(17)

María participó singularmente de la pasión. María mereció singularmente de su cumplimiento. El mundo está singularmente obligado a la Señora, en virtud de su copasión, Madre de todos nosotros por nuestra recreación.

A principios del siglo XIV, el insuperable franciscano de la Concepción Inmaculada, Beato Juan Duns Escoto (= 1308), usó el término “Redentora” al narrar y refutar una típica objeción escolástica a la doctrina de la Inmaculada Concepción y el rol de María en la redención.(18)

Es en este momento histórico que hizo su aparición la contribución mística de Sta. Brígida de Suecia (= 1373). Las Revelaciones, registros escritos sobre una serie de visiones y profecías concedidas a Sta. Brígida por Jesús y María, fueron muy respetadas y reverenciadas por la Iglesia de la Edad Media, incluyendo a un gran número de pontífices, obispos y teólogos(19). Las palabras que revelaron Jesús y su Madre en relación con el rol corredentor de Nuestra Señora, fueron muy significativas para el desarrollo de la doctrina de la Corredentora, ya que influenciaron a varios teólogos durante el siglo XVII, la “Edad de Oro” de la corredención, unos trescientos años después.

A través de estas visiones proféticas a Sta. Brígida, la Madre de los Dolores revela que: “Mi hijo y yo, como con un solo corazón, redimimos al mundo.”(20) Jesús confirma esta misma verdad con sus propias palabras: “Mi Madre y yo salvamos a los hombres como si se tratara de un sólo Corazón; Yo por el sufrimiento que padecí en mi corazón y mi carne; ella, por el dolor y el amor que padeció en su corazón.”(21) Se torna un tanto difícil debatir el testimonio sobrenatural de una profecía que ha sido ratificada y reverenciada por la Iglesia en relación al rol de María Corredentora — testimonio que brota de labios del Redentor y la Corredentora mismos. Los medievales, en general, no lo hicieron.

El místico de las Provincias Renanas Juan Tauler (= 1361), ofreció su propia contribución teológica y mística a María Corredentora. Como no lo hizo autor alguno antes que él, este teólogo dominico articula con precisión que la Madre hizo un ofrecimiento inmolatorio en el calvario.

Tauler enseña que la Madre de Jesús se ofreció con Jesús como una víctima en vida por la salvación de todos(22), y el Padre Eterno aceptó esta oblación de María por la salvación del género humano: “Dios aceptó su oblación como un sacrificio agradable por convenir a la salvación de la raza humana… para que por los méritos de sus dolores, la ira de Dios se tornara en misericordia.”(23) En el desarrollo natural que había tenido en la patrística la recapitulación de la nueva Eva llevada a su plenitud en el calvario, el Beato Juan dice que el dolor de la Madre fue arrancado del árbol de la cruz para redimir a la humanidad con su Hijo: “Así como Eva, atrevidamente arrancó del árbol del conocimiento del bien y del mal destruyendo a los hombres en Adán, así tu has tomado el sufrimiento del árbol de la cruz sobre ti misma, y con tu sufrimiento saciado, has redimido a los hombres junto con tu Hijo.”(24)

Dirigiéndose a Nuestra Señora, Tauler nos relata que María conocía de antemano su cosufrimiento con Jesús, y que participaría de todos sus méritos redentores y aflicciones: “El te anunció [María] todo lo que ibas a sufrir, y por ello te asociaría a todos sus méritos y aflicciones, cooperando así con Él en la redención salvífica del hombre.”(25)

Concluimos este fecundo período de corredención mariana de los siglos XIII y XIV, alimentado con tanta opulencia por la mezcla providencial de teólogos y místicos, con el testimonio de la “mística de místicos,” Sta. Catalina de Siena (= 1380). La gran Doctora de la Iglesia y Co-patrona de Europa, llama a la Santísima Madre la “Redentora del género humano” tanto por haber engendrado al Logos, como por haber padecido dolores de “cuerpo y mente” con Jesús: “Oh María…portadora de luz…María, Germinadora de la fruta, María, Redentora del género humano porque, al proveer al Logos de tu carne, redimiste al mundo. Cristo redimió con su pasión y tú con el dolor de tu mente y tu cuerpo.”(26)

Notas

(1) Por ejemplo, la influencia que tuvieron las revelaciones de Sta. Faustina para el desarrollo de la Encíclica Dives in Misericordia, o el desarrollo litúrgico de la Fiesta de la Divina Misericordia.

(2) Sta. Brígida, Revelaciones, L. I, c. 35, ed. Roma, ap. S. Paulinum, 1606, p. 56b.

(3) Ricardo de Sn. Lorenzo, De laudibus Deatae Mariae Virginis, 1.3, c. 12; inter Opera Sancti Alberti Magni, ed. Vivés, vol. 36, p. 158.

(4) Cf. C. Dillenschneider, Marie au service de notre Rédemption, Haguenau, 1947, p. 246.

(5) Sn. Buenaventura, Sermo 3 de Assumptione; Opera Omnia, ed. Claras Aquas, vol. 9, p. 695.

(6) En tanto que algunos teólogos prefieren utilizar el término de recapitulación en el paralelo Adán-Cristo y recirculación para Eva-María, existe también el peligro de restringir el paralelo Eva-María a la dimensión soteriológica de recirculación, y al hacerlo, inferir que la Virgen Madre no tuvo un rol activo, aunque subordinado, con Cristo en la recapitulación, sino únicamente con Cristo en el aspecto antítético reversivo de la restauración. Según Sn. Ireneo, María participa activamente en ambos conceptos de recapitulación y recirculación: “Adán tuvo que ser recapitulado en Cristo, para que la muerte fuera absorbida por la inmortalidad, y Eva [tenía que ser recapitulada] en María, para que la Virgen, haciéndose abogada de otra Virgen, destruyera y aboliera la desobediencia de la primer virgen con la obediencia de la otra virgen” (Proof of Apostolic Preaching 33, SC 62, p. 83).

(7) Cf. Sn. Buenaventura, De donis Spiritus Sancti, collatio 6, n. 5/17; Opera Omnia, ed. Claras Aquas, 1882-1902, vol. 5, p. 484.

(8) Sn. Buenaventura, de don. Sp. 6; 14.

(9) Sn. Buenaventura, In III Sent., dist. 4, art. 3, quaest. 3, concl.; Opera Omnia, ed. Claras Aquas, vol. 3, p. 115.

(10) Cf. Sn. Buenaventura, De donis Spíritus Sancti, collatio 6, n. 17; Opera Omnia, vol. 5, p. 486.

(11) Ibid., collatio 6, n. 16.

(12) Sn. Alberto Magno, Comment. In Mat. I, 18; Opera Omnia, vol. 37, p. 97; cf. Roschini, Maria Santissima Nella Storia Della Salvezza, vol. 2, p. 184.

(13) Ibid.

(14) Seudo-Alberto, Mariale super Missus est; Opera Omnia.

(15) Ibid., preg.. 42, 4, t. 37,81.

(16) Ibid., 29, 3.

(17) Ibid., preg. 150.

(18) Beato Duns Escoto, Ms. Ripoll. 53, Barcelona, L. III, dist. 3, preg. 1 en C. Bali ć, O.F.M., Theologiae marianae elementa, Sibenici, Typ. Kaćić, 1933, pp. 211, 28-31.

(19) Cf. Sta. Brígida, Revelationes, ed. Roma, ap. S. Paulinum, 1606.

(20) Sta. Brígida, Revelationes, L. I, c. 35.

(21) Sta. Brígida, Revelationes, IX, c. 3.

(22) Tauler, Sermo pro festo Purificat. B.M. Virginis; Oeuvres complètes, ed. E.P. Noël, Paris, vol. 5, 1911, p. 61.

(23) Ibid., vol. 6, pp. 253-255.

(24) Ibid., p. 256.

(25) Ibid., p. 259.

(26) Sta. Catalina de Siena, Oratio XI, comunicado en Roma el día de la anunciación, 1379 en Opere, ed. Gigli t. IV, p. 352.