“No Hay Ninguna Otra Palabra”

Published on July 23, 2012 by in En Espanol

Los frutos mariológicos producto de la Epoca de Oro sustentaron el pensamiento mariano de la corredención durante dos siglos consecutivos. Los siglos XVIII y XIX no produjeron ninguna cosecha sustancial novedosa en la comprensión de la Madre Corredentora, aunque si dio testimonios generosos del título en las áreas teológica y espiritual. A finales del siglo XIX, “Corredentora” claramente se convierte en el título dominante para referirse a la colaboración salvífica de la Madre de Dios en la redención, y es utilizado en cientos de testimonios por una pléyade de teólogos, santos y místicos.(i) Por otro lado, el título de Redentora en este período se deja prácticamente de lado.

Sn. Luis María Grignion de Montfort (= 1716), ilustrísimo maestro mariano, de quien Juan Pablo II extraería su ‘motto’ mariano de consagración, “Totus Tuus” (“todo tuyo”), enseñó que el sacrificio corredentor de la Madre a lo largo de toda su vida, es una forma de glorificar la propia independencia de Nuestro Señor, precisamente por haber “dependido” de la Virgen Madre:

…[Nuestro Santísimo Señor] dio gloria a su independencia y majestad por haber dependido de esa dulce Virgen para su concepción, su nacimiento, su presentación en el templo, su vida oculta durante 30 años, incluso hasta en su muerte, en donde ella debía estar presente para que junto con Él se hiciera uno y el mismo sacrificio, y para que pudiera ser inmolado al Padre Eterno con el consentimiento de ella, así como el antiguo Abraham consintió con el ofrecimiento de Isaac a la voluntad de Dios. Fue ella quien lo alimentó, lo apoyó, lo crió, y finalmente lo sacrificó por nosotros.(ii)

El autor franciscano Carlos del Moral (= 1731), bien podría ser el primer teólogo en enseñar que si bien los méritos de la inmaculada Corredentora fueron totalmente dependientes de los méritos de Jesús, también fueron por sí solos, méritos de “condigno” en sentido secundario. Los méritos de Nuestra Señora, según del Moral, fueron, más que simplemente de “conveniencia” o congruencia (de congruo), también dignos de merecer, no en estricta justicia, sino en relación con, y dependientes de, los méritos sobreabundantes del Redentor:

La Madre de Dios al pie de la cruz, cosufriendo y ofreciendo a su Hijo al Padre Eterno, con su Hijo y por sus méritos hizo satisfacción en un sentido (secundum quid), pero de condigno y sólo de manera secundaria como la Corredentora, por los pecados del género humano.(iii)

Y añade:

…la Madre de Dios cooperó con su Hijo en la salvación del hombre, la gracia y gloria de los ángeles, por actos meritorios de condigno pero dependientes de los méritos de su Hijo. Por lo tanto y en ese sentido, decimos que ahora parece consistente con los principios teológicos, que lo que Cristo el Señor nos mereció recae también bajo los méritos de condigno —y no sólo de congruo— de la Madre de Dios que dependió…de los méritos superabundantes de su Hijo.(iv)

Sn. Alfonso María de Ligorio (= 1787), mariano, Doctor de la Iglesia y Fundador de los Redentoristas, invocó a la Señora del calvario bajo el título de “Redentora”, en reconocimiento de sus méritos y su sacrificio en el calvario: “Por el gran mérito que adquirió en este gran sacrificio, se le llama redentora.”(v) El Doctor de la Mediación Universal de María también la llama la “Corredentora,”(vi) y explica cómo su corredención en el calvario es el medio por el que se convierte espiritualmente en “Madre de nuestras almas”:

Ella ofreció al Padre Eterno, con supremo dolor en su propio corazón, la vida de su amado Hijo por nuestra salvación. Por ello San Agustín da testimonio de que por haber cooperado amorosamente para que los creyentes nacieran a la vida de la gracia, se convirtió en Madre espiritual de todos los que son miembros de nuestra cabeza, Cristo Jesús.”(vii)

y:

Cristo dispuso que la Santísima Virgen, a través del sacrificio y oblación de su vida, cooperara en nuestra salvación convirtiéndose en Madre de nuestras almas. Y nuestro Salvador quiso dar a entender esto cuando, antes de morir, viendo desde la cruz a Su Madre y al discípulo con ella, primero le dijo a María: “He ahí a tu hijo” —como si dijera: “Mira, ahora el hombre nace a la vida de la gracia porque has ofrendado Mi vida por su salvación.”(viii)

En cuanto a la unión de voluntades y singularidad del sacrificio ofrecidos por Jesús y María, Sn. Alfonso explica:

En la muerte de Jesús, María unió su voluntad a la de su Hijo de tal modo, que ambos ofrecieron un único y mismo Sacrificio; y por ello el santo Abad [Arnoldo de Chartres] dice que por ello el Hijo y la Madre llevaron a cabo la redención del género humano obteniendo la salvación del hombre —Jesús satisfaciendo por nuestros pecados y María obteniendo que esta satisfacción nos fuera aplicada.(ix)

Venerable John Henry Newman y P. Fredrick William Faber

Para mediados del siglo XIX, se contó con la corroboración del Venerable Cardenal John Henry Newman (= 1890), una de las fuentes teológicas más citadas durante el Concilio Vaticano Segundo. Newman defiende el título de María Corredentora en su diálogo con el sacerdote anglicano Pusey, con motivo de la relación del título con otros títulos gloriosos patrísticos concedidos a la Madre de Cristo: “Cuando te encontraron con los Padres llamándola Madre de Dios, Segunda Eva y Madre de todos los vivientes, la Madre de la Vida, Estrella de la Mañana, el Nuevo Cielo Místico, el Cetro de la Ortodoxia, la toda inmaculada Madre de la Santidad, y por el estilo, habrían considerado una pobre compensación para tal lenguaje, que protestaras en contra de llamarla Corredentora…”(x)

Una valiosa contribución apologética al uso legítimo de Corredentora, nos viene de la pluma de un colega de Newman del movimiento Oxford, Fundador del Oratorio de Londres, P. Fredrick William Faber (= 1863). Aunque más abierto al corazón popular que a la mente especulativa, el comentario de Faber sobre el título de María Corredentora proporcionó distinciones importantes en beneficio de un concepto más preciso y su aplicación pastoral para la feligresía común.(xi)

Faber comienza haciendo un honesto resumen del título Corredentora a la luz de los testimonios de los santos y doctores, pero teniendo en mente la necesidad de proteger la unicidad de Cristo como único y divino Redentor:

Los santos y doctores se han solidarizado en llamar a nuestra Santa Señora corredentora (co-redemptress) del mundo. No hay duda de que es legítimo usar este lenguaje, porque se cuenta con una abrumadora autoridad para ello. La cuestión estriba en su significado. ¿Se trata solamente de hipérbole panegirista, de la exageración amorosa de la devoción, el inevitable lenguaje de un verdadero entendimiento de María que encuentra el lenguaje común inadecuado para transmitir toda la verdad? ¿O se trata literalmente de una verdad que está vinculada a documentos precisos teológicamente reconocidos? Esta es una cuestión que se ha presentado a la mayoría de las mentes en relación con la devoción a nuestra Santísima Madre y pocas preguntas se han hecho que hayan sido respondidas de manera más vaga e insatisfactoria que ésta. Por un lado, parecería arrebatado afirmar que el lenguaje que han usado tanto los santos como los doctores es sólo exageración e hipérbole, florida fraseología que intenta maravillar sin que tenga de fondo un verdadero significado. Por otro lado, ¿quién puede dudar que nuestro Santísimo Señor es el único Redentor del mundo, Su Preciosísima Sangre el único rescate del pecado, y que María misma, aunque de diferente manera, necesitaba ser redimida tanto como nosotros, y lo fue de hecho, de manera excelsa, y de índole más magnífica en el misterio de la Inmaculada Concepción?(xii)

Faber condena un falso concepto de “redentora” que erróneamente designe a María como una redentora femenina paralela a Cristo. Pero también aplaude el sentido exacto de la doctrina transmitida, particularmente con el término compuesto Co-redentora: “Ciertamente nosotros evitamos afirmaciones tales como que el lenguaje de los santos no tiene significado o que es inconveniente; y, al mismo tiempo, no dudamos que nuestra Santísima Señora no es la corredentora del mundo en el sentido estricto de ser redentora, y que nuestro Señor es el único Redentor del mundo, pero ella sí es co-rredentora en el sentido estricto de esa palabra compuesta.”(xiii)

Faber describe cómo todos los cristianos bautizados están llamados a participar de forma análoga en la obra de la redención en la aplicación de las gracias redentoras a las almas, al comentar el llamado que hace Sn. Pablo en Colosenses 1:24 al cosufrimiento (el mismo llamado que más tarde sería una exhortación de los papas del siglo veinte de convertirse en “corredentores”):(xiv)

Los elegidos, como miembros suyos, cooperan con [Cristo] en esta obra. Se han convertido en sus miembros por la gracia de la redención, es decir, por la aplicación en sus almas de su sola redención. Por sus méritos han adquirido la habilidad de merecer. Las obras de sus miembros, por su unión con El, pueden satisfacer por el pecado, los pecados de los demás y los propios. Por lo tanto, usando el mismo lenguaje de Sn. Pablo, por la santificación de sus sufrimientos o por sus penitencias voluntarias están “completando en sus cuerpos lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia.” De este modo, por la comunión de los santos con su Cabeza, Jesucristo, la obra de la redención se continúa perpetuamente, en cumplimiento y aplicación de la redención que Nuestro Santísimo Señor logró en la cruz. No se trata de una cooperación figurativa o simbólica de los elegidos con nuestro Redentor, sino de una real y sustancial colaboración. Hay un sentido real y secundario en que los elegidos pueden merecer la salvación de otras almas, en el que pueden hacer expiación por el pecado y desviar los juicios, pero esto se realiza por permiso de Dios, por la adopción divina, por participación y en total subordinación a la única y total redención de Cristo Jesús.(xv)

El mandato paulino en Colosenses 1:24 hace un llamado a todos los cristianos a cosufrir con Jesús en la distribución de las gracias de la redención o “redención recibida.” Pero Faber atinadamente señala el singular rol de María Corredentora con Jesús en la “redención cumplida,” o la histórica obtención de las gracias redentoras:

Ella [María], cooperó con nuestro Señor en la redención del mundo en un sentido un tanto diferente, en un sentido que sólo puede ser verdadero de manera figurada en los santos. Su libre consentimiento era necesario para la encarnación, tan necesario como lo es el libre albedrío para merecer según los designios de Dios…María consintió con la pasión de Jesús, y si en realidad no se podía negar porque su consentimiento iba implícito desde la encarnación, sin embargo y de hecho, no se negó; así que cuando Jesús fue al calvario, ella lo ofreció voluntariamente al Padre…Finalmente, fue una cooperación de carácter totalmente diferente a la de los santos, porque la de ellos no es sino la continuación y aplicación de una redención suficiente ya cumplida, mientras que la cooperación de María fue una condición necesaria para el cumplimiento de la redención; una es mera consecuencia de un acontecimiento que el otro asegura, y que se convierte en acontecimiento sólo por medio de éste. Por lo tanto, fue una cooperación más real, más presente, más íntima, más personal y hasta cierto punto de naturaleza causal por sí sola, que de ninguna manera puede decirse de la cooperación de los santos.(xvi)

Faber continúa describiendo los tres distintos derechos que tiene María para el título de Corredentora:

En primer lugar, tiene derecho al título por su cooperación con nuestro Señor en el mismo sentido que los santos, pero en un grado singular y superlativo. El segundo derecho es peculiar a su persona, por la indispensable cooperación de su maternidad. En tercer lugar, tiene el derecho en virtud de sus dolores…Estos últimos dos no son compartidos por ninguna otra criatura o por todas las criaturas juntas. Pertenecen a la incomparable magnificencia de la Madre de Dios.(xvii)

Concluye afirmando que “no hay ninguna otra palabra” que capte plenamente la doctrina de la corredención en la que la Madre del Redentor se sitúe de manera singular entre todos los electos:

De hecho, no existe ninguna otra palabra que exprese la verdad; y en cuanto a la cooperación de María se refiere, fuera de la única y suficiente redención de Jesús, ésta se mantiene señera y muy por encima de la cooperación de los elegidos de Dios. A esto, como a tantas otras prerrogativas de nuestra Santísima Señora, no se le puede hacer justicia con el simple hecho de mencionarlo. Antes de que podamos comprender todo lo que implica, es necesario hacerlo un asunto personal a través de la meditación.(xviii)

Es probable que Faber, al querer traducir al corazón del “hombre común,” del católico londinense “ordinario,” cuánta gloria y sublimidad hay en esta verdad de la Corredentora, lo que le ayudó a simplificar su verdad en expresiones tan exquisitas. La firme defensa que hace del título es excepcional,(xix) como también lo fue su devoción a la Mujer que lo representa.

Porque es un hecho que “ninguna otra palabra” puede captar en toda su plenitud el misterio inefable de que una criatura, a través de una vida llena de dolor y sufrimiento, pueda tomar parte de un rol tan insondable para rescatar a sus semejantes, cuyos efectos serían de una magnitud infinita tal, que irían más allá de la finitud misma de la criatura, y todo bajo la condición de devolver a lo Divino lo único que en su condición de criatura posee realmente — su libre albedrío.

No existe ninguna otra palabra más que Corredentora (aunque tratemos de utilizar otros neologismos latinizados o frases teológicas más largas que carecerían del impacto que tiene esa palabra única), para transmitir la cooperación de María “con Jesús” en la redención de la humanidad. Durante el Primer Concilio Vaticano, el Obispo francés, Jean Laurent, presentó a los padres del Concilio el votum que se transcribe a continuación, para definir dogmáticamente a María Corredentora. Aunque al momento no fue aceptado por carecer de madurez para una definición dogmática, el votum, sin embargo, es una manifestación ortodoxa y significativa de la aceptación eclesial de la doctrina:

Con los sufrimientos y muerte de Cristo por salvar a la humanidad, la Santísima Virgen María cosufrió y comurió con Él, con lo que hizo la más aceptable satisfacción a la justicia divina…con ello se convirtió en nuestra Corredentora con Cristo —no por necesidad (porque el mérito infinito de Cristo era suficiente en abundancia), sino por una asociación espontánea y verdaderamente meritoria.(xx)

En la incesante lucha entre cabeza y corazón, amor e intelecto, el amor cristiano es el que debe siempre prevalecer. El poder de los santos y del sensus fidelium es el poder débil del amor cristiano (cf. 2Cor.12,10). La mente teológica siempre debe estar alerta y cuidarse de su mayor reto, el del orgullo intelectual (cf. 1Cor.8,1), ante el humilde gobierno que constituyen los testimonios de los santos y del Espíritu Santo, que habla mediante la feligresía católica universal.

El Cardenal Manning, prominente clérigo inglés (= 1892), al responder la obra en francés escrita por el Padre Jeanjacquot (= 1891), jesuita, en la que defiende el título de la Corredentora y su doctrina, escribe fuertes palabras de amonestación a aquellos que se encuentran en círculos teológicos e intelectuales y que buscan acallar las voces de los santos y la feligresía universal cristiana, que profesan amor por su Madre Corredentora:

No hay nada más fácil que tener, en uno y al mismo tiempo, una mente profunda y superficial: estar saturados e indigestos de grandes conocimientos pero incapaces de comprender los principales principios de la fe. Este es el caso, en gran medida, de algunos individuos que, en tanto profesan sus creencias en la encarnación y el divino Logos, se rehusan a designar a María como Madre de Dios, y quienes alzan sus voces en contra de los títulos de corredentora, cooperadora, reparadora y mediadora, por haber interpretado erróneamente su significado. La presuntuosa audacia con la que estos autores han censurado el lenguaje y las devociones no sólo de los católicos en general, sino también de santos, quizá haya causado alarma de momento en algunas almas humildes y tímidas. Por lo tanto, es muy oportuno poner en sus manos esta excelente traducción que contiene argumentos realmente sólidos, claros e irrefutables de que, en virtud de la encarnación de la Palabra, Nuestra Santísima Madre recibió de su divino Hijo el derecho verdadero de sustentar todos estos títulos, de tal suerte que los títulos que se le aplican no son meras metáforas, sino realidades; no son la expresión de ideas puramente retóricas o poéticas, sino la expresión de una relación verdadera y latente entre ella y su divino Hijo, entre ella y nosotros.(xxi)

Notas

(i) Según las cuentas de Laurentin (dentro de los razonables límites de este estudio), el título de Corredentora durante el siglo XVIII, se utilizó veinticuatro veces contra dieciséis de Redentora. En el siglo XIX, sólo algunos autores se sirven del título Redentora, en tanto que entre 1850 y 1900 se emplea el título Corredentora “innumerables” veces, ciertamente cientos de veces; cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, pp. 19-22 y pie de página 76.

(ii) Montfort, True Devotion to Mary, n. 18.

(iii) Clasificados como méritos ex mera condignitate; C. del Moral, Fons Illimis theologiae scoticae marianae e paradiso lattices suos ubertim effundens, Matriti, 1730, vol. 2, p. 420, n. 43.

(iv) Ibid., p. 385, n. 20.

(v) Sn. Alfonso de Ligorio, Glorie di Maria, ed. Roma, Poliglotta, 1878, P. 2, disc. 6, p. 395.

(vi) Cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 59, n. 126.

(vii) Sn. Alfonso de Ligorio, La Glorie di Maie, discorso sulla Salve Regina, cap. 1, Opera Ascetiche, Roma, 1937.

(viii) Ibid.
(ix) Ibid., pp. 138-139.

(x) Ven. Cardenal John Newman , Certain Difficulties Felt by Anglicans..., vol. 2, p. 78.

(xi) Cf. F. W. Faber, The Foot of the Cross or the Sorrows of Mary, Peter Reilly, 1956 ) publicado en 1858); cf. también a Calkins, “Mary the Coredemptrix in the Writings of Fredrick William Faber (1814-1863),” Mary at the Foot of the Cross: Acts of the International Symposium on Marian Coredemption, Franciscan Friars of the Immaculate, 2001, pp. 317-344.

(xii) Faber, The Foot of the Cross, p. 370.

(xiii) Ibid., pp. 370-371.

(xiv) Juan Pablo II ha hecho uso del término en varias ocasiones, por ejemplo, al dirigirse a los enfermos en el Hospital de los Hermanos de Sn. Juan de Dios (Fatebenefratelli) en la Isla Tiber en Roma el 5 de Abril, 1981, L’Osservatore Romano, edición en inglés, Abril 13, 1981, p. 6; dirigiéndose a los enfermos después de una audiencia general en Enero 13, 1982, Inseg., V/1, 1982, 91 y durante un discurso a los Obispos de Uruguay reunidos en Montevideo con relación a los candidatos para el sacerdocio, Mayo 8, 1988; L’Osservatore Romano, edición en inglés, Mayo 30, 1988, p. 4. Ver también Capítulo XIII, pie de página 22.

(xv) Faber, The Foot of the Cross, p. 372.

(xvi) Ibid., pp. 372-374.

(xvii) Ibid., p. 375.

(xviii) Ibid., p. 377. Nota: Un poco después, en el siglo XIX, el prominente teólogo alemán, Matthias Scheeben, defendería y desafiaría al mismo tiempo la legitimidad del título de Corredentora en la misma obra. Scheeben, de manera similar a Faber, distinguió el singular rol de la Virgen en la redención muy por encima de cualquier otra colaboración humana, y luego dio sustancia al uso del título de Corredentora cuando se especifica que es “en Cristo y por Cristo”: “La colaboración de María con el Redentor en el sacrificio redentor de Cristo…es evidentemente diferente a cualquier otra colaboración humana tanto por su intimidad como por su eficacia. Y por ello es necesario mirar los efectos del sacrificio de Cristo como coadquiridos por María en este sacrificio, y por este sacrificio. Se podría decir que María, en unión con Cristo (es decir, por su colaboración con Él), hizo satisfacción a Dios por los pecados del mundo, mereció la gracia, y consecuentemente redimió al mundo, porque ofreció con Él el precio de nuestra redención. Pero está permitido decir esto, únicamente si se especifica expresamente que es en Cristo y por Cristo — es decir, en el sacrificio de Cristo y por el sacrificio de Cristo — que ella coofreció este sacrificio. Es en este sentido y de esta forma que la Madre del Redentor, correctamente y sin peligro, puede ser llamada Corredentora” (M. Scheeben, Dogmatik, Freiburg, 1882, vol. 3, p. 608).

Más adelante, en la misma obra, Scheeben objeta el título basándose en que el término Redención se refiere a algo que es específico sólo del divino Redentor, de la misma forma que el concepto de Supremo Sacerdocio de Cristo, un orden del sacerdocio formal del que María no puede tomar parte (cf. Scheeben, Dogmatik, trad. inglés por Geukers, B. Herder Book, 1947, pp. 217-227). Pero él mismo señala que los Padres sí predicaron, de hecho, que María fue redimida y rescatada: “Se tiene como una idea muy antigua en la Iglesia, expresada por varios testigos, y es más bien, ciertamente un dogma comprobado por el modo en que la Iglesia ha interpretado el protoevangelio en la Vulgata, ‘Ella te pisará la cabeza,’ (Gen. 3,15), que los efectos de la muerte redentora de Cristo pueden y deben ser atribuidos, en un sentido muy real, tanto a su Madre como a su simiente. Efectivamente, en los escritos de los padres y los santos, casi todos los títulos que señalan a Cristo Redentor están inscritos, de manera proporcional y sentido de conveniencia, también a la Madre del Redentor. Por eso se le llama salvadora, reparadora, restauradora, liberadora, reconciliadora del mundo, y de hecho, también redentora, y también salvación, liberación reconciliación, propiciación y redención” (Scheeben, Dogmatik, p. 193).

El término redención, rescatar o volver a comprar, es más común, por su naturaleza y significado, al concepto específico de la formal ordenación sacerdotal en Cristo, el cual no puede incluir a María como formal sacerdote sacrificatorio. Los “pros y contras” de Scheeben en este pasaje con relación a la Corredentora, y tan poco característicos de este teólogo típicamente claro y certero, podrían indicar la posible influencia del obispo de Linz que había censurado el título en esa diócesis, misma que más tarde sería revertida por la aplicación eclesiástica del título y ratificada por la Santa Sede bajo el pontificado de Pío X (cf. Hauke, “Mary, ‘Helpmate of the Redeemer’: Mary’s Cooperation in Salvation as a Research Them,” International Symposium on marian Coredemption, nota 34; Scheeben, Dogmatik, p. 197, nota 8).

(xix) A la luz de tan clara y generosa defensa del título Corredentora de Faber, es difícil entender los comentarios del Padre Laurentin en el sentido de que “el mejor de los autores [durante este período] lo aplica [el título Corredentora] con gran indecisión y turbación, por ejemplo, el Padre Faber,” cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 22; Es en ocasiones como éstas que la incuestionable contribución histórica y escolástica de Le Titre, desafortunadamente es comprometida por un comentario negativo sobre el desarrollo doctrinal que, una vez más, no puede ser fundamentado en las fuentes.

(xx) J. Laurent, Vota Dogmatica concilio Vaticano proponenda; cf. K. Moeller, Leben und Briefe von Johannes Theodor Laurent, Trier, 1889, vol. 3, p. 29; ex Collectanea Francescana, vol. 14, 1944, p. 280.

(xxi) Cf. Carol, “The Problem of Our Lady’s Co-redemption,” The American Ecclesiastical Review, vol. 123, 1950, p. 38.