Así como en el nonato no existen cambios de naturaleza desde su gestación hasta su nacimiento sino sólo el transcurrir del tiempo y su crecimiento, igualmente ha sucedido con la doctrina de María Corredentora desde su concepción bíblica hasta su gestación apostólica pasando por el desarrollo patrístico posterior.

Conforme se fue desarrollando la comprensión soteriológica de la redención como “rescate” de la humanidad de la esclavitud de Satanás, también se fue comprendiendo gradualmente y en forma natural y pacífica el rol instrumental de María inmaculada en el proceso de la redención. Los padres y doctores de la Iglesia, partiendo del modelo de la nueva Eva, comenzaron a expandir su prédica y doctrina en cuanto al rol redentor de la Madre “con Jesús” desde la concepción hasta la natividad y eventualmente hacia el calvario.(1)

La segunda mitad del primer milenio comenzó con el testimonio del gran himno akatista del Este (hacia 525), refiriéndose a la Madre de Dios como la “redención”: “Salve, redención de la lágrimas de Eva.”(2)

El poeta y compositor de himnos latino Sn. Fortunato (= 600), ensalzó a la Santísima Virgen “nuestro único remedio,” por sus méritos causales en la salvación del mundo, pues dando a luz a Dios “lavará el pecado del mundo “:

O Virgen admirable, nuestro único remedio,
A quien Dios llenó con la riqueza del mundo,
Mereciste llevar a tu Creador en el vientre
Y dar a luz a Dios, concibiendo en fe.
Por este nuevo nacimiento, lavarás al mundo del pecado.(3)

En el siglo VII se comenzó a hablar por primera vez de que la inmaculada había “redimido” de hecho con el Redentor por haber participado en el “rescate” o “redención” del género humano de la esclavitud de Satanás. Aunque inicialmente durante el período sólo se hizo referencia a la participación de María en la redención en virtud de su cooperación al dar a luz al Redentor, para fines del primer milenio la doctrina se fue desarrollando hasta incluir el sufrimiento personal de María “con Jesús” en el calvario. Durante este siglo y al tiempo que se fue comprendiendo mejor lo que había significado que el Redentor rescatara a la humanidad, se comenzaron a dar testimonios yuxtapuestos de la participación de la Madre en la redención.

La palabra griega de redención es “lutrosis,” que en su significado ancestral denota rescatar o dispensar una deuda. En el significado patrístico es un acto de liberación, exoneración o literalmente redención. Ambos significados, el antiguo como el patrístico griego, se basan en la raíz etimológica “luo” que significa disolver o soltar. Tanto la palabra en latín “redimere” que significa “volver a comprar o adquirir” como la palabra griega “lutrosis” que significa “dispensar una deuda”, se transmitieron por igual y en forma complementaria para referirse en la época patrística a la participación de la Madre en la redención.

Sn. Modesto de Jerusalén (= 634), Patriarca de Jerusalén (o “Seudo-Modesto”)(4), se refirió a la gloriosa Madre de Dios por quien “hemos sido redimidos” (griego lelutrometha) de la esclavitud de Satanás: “Oh dormición hermosa de la gloriosa Madre de Dios por quien hemos recibido la remisión de nuestros pecados (Ef. I,7) y hemos sido redimidos de la tiranía del demonio.”(5)

Al mismo tiempo, Teodoro Mínimo Monremita (hacia s.VII) exhortó igualmente: “Que todas las criaturas conozcan el gran rescate que ella ofreció a Dios.”(6)

Sn. Andrés de Creta (= 740), renombrado orador y Arzobispo, se dirigió a María como la “Madre del Redentor” (tou Lutrotou)(7) diciendo: “en ti, hemos sido redimidos de la corrupción”(8) y añade: “Todos hemos obtenido la salvación por su medio.”(9)

Sn. Juan Damasceno (= hacia 754-787), ilustre contemporáneo de Sn. Andrés, Doctor de la Iglesia y uno de los últimos y más grandes padres griegos, reafirmó el rol de la Santísima Virgen en la readquisición de la humanidad. Damasceno enseñó que la Santísima Virgen es aquella “por la que fuimos redimidos de la maldición,”(10) y que por María “se restauró enteramente la raza de los mortales.”(11)

El teólogo y académico Alcuino del siglo IX (= 804), Abad de Tours e inspirador del Renacimiento carolingio, se expresó así del rol redentor de María: “El mundo entero se regocija de que por ti fue redimido.”(12)

Sn. Tarasio, Patriarca de Constantinopla y contemporáneo de Alcuino en el Este (= 806), llamó a la Santísima Madre la “paga” por la deuda de Eva, lo que refleja un crecimiento en la comprensión del precio soteriológico de la redención: “Tu [María], eres la paga por la deuda de Eva.”(13) Sn. Teodoro de Estudión (= 826) el gran reformador monástico, llama a María el “rescate del mundo.”(14)

Con la contribución del monje bizantino, Juan el Geómetro a fines del siglo X, brilló una nueva luz al comprender la inseparabilidad de la Madre con el Hijo en el cumplimiento de la redención que culminó en el calvario. Juan Pablo II reconoció este sensacional e histórico avance de la doctrina de María Corredentora en el libro Vida de María de Juan el Geómetro, cuando el Santo Padre confirmó:

Esta doctrina [de la colaboración de María en la redención], fue sistemáticamente elaborada por primera vez a finales del siglo X en el libro Vida de María escrito por el monje bizantino Juan el Geómetro. En esta obra, María está unida a Cristo en toda la obra de la redención, compartiendo, según designio divino, la Cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida a su Hijo “en cada acto, actitud y deseo.”(15)

Juan el Geómetro identificó a Nuestra Señora como la “redención (lutrosis) del cautiverio,”(16) y describió su unión con Jesús en toda la obra de salvación:

La Virgen, después de haber dado a luz a su Hijo, jamás se separó de sus actividades, disposiciones y voluntad…Cuando él se iba lejos, ella iba con él, cuando obraba milagros, era como si ella los obrara con él y compartía su gloria y se regocijaba con él. Cuando fue traicionado, arrestado, juzgado, cuando sufrió; ella, no sólo se mantuvo a su lado siempre y en todas partes percatándose especialmente de su presencia, sino que además sufrió con él…Terriblemente dividida, hubiese deseado mil veces sufrir ella misma la maldad que vio padecer en su Hijo.(17)

Juan agradeció a Jesús tanto sus sufrimientos como los de su Madre por los que la humanidad obtuvo frutos espirituales: “A los dos les damos las gracias por haber sufrido tan terrible maldad por nosotros y por haber querido que tu Madre también padeciera esa terrible maldad por ti y por nosotros…”(18)

Según el Geómetro, Cristo se dio a sí mismo como rescate por nosotros, y de igual manera y a cada momento ofreció a su madre como rescate por la humanidad, para que Jesús: “muriera por nosotros sólo una vez y que ella en su voluntad muriera mil veces; para que su corazón ardiera por ti y por aquellos por los que el Padre ofrecía a su propio Hijo, sabiendo que sería librado de la muerte.”(19) Más aún, Juan profesó que María sufrió por la Iglesia como “una madre universal.”(20)

Se debe ponderar el hecho de que por más de mil años el Pueblo de Dios ha dado testimonio de la fecundidad espiritual que tuvieron los sufrimientos de la Madre “con Jesús” desde la anunciación hasta el calvario por la redención universal. Al reconocer el sufrimiento sin límites del corazón de la Madre en la muerte del Hijo crucificado, también se reconoció su nuevo y merecido rol como madre espiritual y universal de la Iglesia y de toda la humanidad.

Por lo tanto, es en este siglo X y después de mil años de gestación pacífica, cuando nace propiamente la doctrina de María Corredentora en el calvario.

El título de “Redentora”

En un salterio francés del siglo X, se encontró incluida en la letanía de los santos una invocación a manera de petición: “Santa Redentora del mundo, ruega por nosotros.” En la belleza que hay en la relación entre “doctrina” y “título” y entre la verdad transmitida por esa misma doctrina y la misma verdad captada en una sola palabra, se encuentra esta petición a la Virgen Madre de Jesús bajo el título de “Redentora,” que refleja el desarrollo de la doctrina de la que Juan el Geómetro dio testimonio.

Los padres siempre vieron a la nueva Eva como la Virgen Madre que activa y voluntariamente participó, con y bajo Jesús, el nuevo Adán, en la restauración de la gracia para la familia humana. A principios de la Edad Media, la redención se fue comprendiendo en la medida en que se enfocaba más hacia su cumplimiento en la crucifixión de Cristo en el calvario, y en esa medida también se iba reconociendo y reverenciando mayormente la participación de la Madre en el calvario. Pero el mismo principio de la participación subordinada presente en el modelo de la nueva Eva, también se presentó en el título y doctrina de la “Redentora” — la Madre participa como criatura totalmente subordinada y dependiente de su divino Hijo el Redentor, con poder suficiente de reconciliar Él solo la tierra con el cielo.

Sin embargo, la petición del siglo X no termina diciendo “Santa Redentora del mundo, ten misericordia de nosotros,” que habría inferido un paralelo erróneo o una relación de competencia con el único divino Redentor, sino más bien dice “Santa Redentora del mundo, ruega por nosotros,” por lo que está solicitando su intercesión al modo de todas las demás peticiones cristianas que buscan la poderosa intercesión de los santos humanos. ¿Fue una imprudencia de nuestros hermanos y hermanas del medioevo llamar a María la “Redentora?”(22) En sentido estricto, no es mayor imprudencia dirigirse a María como “Redentora,” de lo que la Iglesia lo hace llamándola “Mediadora”.

El título Redentora transmite en su totalidad la doctrina de la corredención mariana, que se va comprendiendo en la medida en que se va profundizando en el rol que ejerció María en el calvario. “Redentora” (como el posterior título de “Corredentora”), se utilizan en un contexto de completa y total subordinación a Jesucristo, divino Redentor y Señor de todo lo creado. El título de “nueva Eva” no era más amenazante para la primacía del “nuevo Adán” en la doctrina de los padres, de lo que podría haber amenazado el título de “Redentora” a la primacía de Cristo el “Redentor” entre los habitantes del medioevo. De la misma forma en que se invoca a la Madre de Jesús como “Mediadora” (Lumen Gentium, 62) y no “comediadora,” entendiendo propiamente su completa subordinación como criatura a Jesús el “único Mediador” (1Tm 2,5)(23), asimismo es perfectamente legítimo y teológicamente ortodoxo llamar a María la “Redentora” bajo los mismos términos eclesiásticos de total subordinación al Redentor.

En el período que va de los siglos X al XIV, la doctrina y el título de la corredención mariana lograron importantes avances que iban preparando el camino para un desarrollo mariológico posterior de María “Corredentora.” Las referencias y testimonios honrando a Nuestra Señora como Madre y “Redentora” por haber dado a luz al Redentor, siguieron su curso acompañados de una explicación más profunda de su sufrimiento “con Jesús” en el calvario.

Un autor anónimo del siglo XI escribió: “La Virgen Madre de Dios da a luz como nuestra Redentora”(24). El gran santo Pedro Damián (= 1072), Cardenal y Doctor de la Iglesia, exhortó a la Iglesia a dar gracias a la Madre de Dios, después de Dios mismo, por nuestra redención: “…somos deudores de la Santísima Madre de Dios y …después de Dios, deberíamos darle gracias por nuestra redención.”(25)

Sn. Anselmo (= 1109), probablemente el teólogo escolástico y filósofo más importante de los primeros años, habló de la redención como la victoria lograda por la unión de la Madre con el Hijo: “Lo que digo lo refiero dignamente tanto a la Madre de Dios como a mi Señor de cuya fecundidad yo, un simple esclavo, fui redimido y por cuyo nacimiento he sido liberado de la muerte eterna.”(26) Sn. Anselmo declara además:
“Oh Hijo, eres la salvación de los pecadores, y tú, Oh Madre,”(27) y también: “Gracias a tu mediación tenemos acceso al Hijo que redimió al mundo.”(28)

Eadmer de Cantorbery (= 1124), compañero de Sn. Anselmo, fue uno de los primeros en hablar del “mérito” de Nuestra Señora en relación con la redención e invoca a la Santísima Virgen como “Reparadora.” El término Reparadora es básicamente el equivalente al de Redentora, pero pone el énfasis en la restauración o reparación entre Dios y los hombres. El término Reparadora lo usaría el Papa Sn. Pío X unos 900 años después para referirse a la Madre (29). Eadmer enseña que María “mereció convertirse dignamente en Reparadora del mundo perdido,”(30) y que “así como Dios es Padre y Señor de todas las cosas porque por su solo poder ha creado todo, de igual forma María Santísima es la Madre y Señora de todas las cosas porque reparó todo por sus méritos.”(31)

Sn. Bernardo y Arnoldo de Chartres: Cosufrimiento y “Cocrucifixión”

Una de las más extraordinarias contribuciones a la historia de María Corredentora nos viene de la contemplación del gran Sn. Bernardo de Claraval (= 1153), sin duda alguna la figura más significativa del siglo XII, y de su discípulo Arnoldo de Chartres (= 1160).

Sn. Bernardo, a quien en algunas ocasiones se le ha denominado “el último de los padres de la Iglesia,” fue el primero en enseñar que María había “ofrecido” a Jesús como divina víctima al Padre Celestial por la reconciliación del mundo. Las enseñanzas de Sn. Bernardo se enmarcan en el contexto del ofrecimiento de Jesús por María en la presentación del Templo (aún antes del calvario): “Oh Virgen sagrada, ofrece a tu Hijo; y presenta nuevamente al Señor este Fruto de tu vientre. Ofrece esta Víctima santa y agradable a Dios por nuestra reconciliación. Dios Padre recibirá con gran alegría esta oblación, esta Víctima de infinito valor.”(32)

El Abad de Claraval fue también el primero en referirse a la “compasión”(33) de Nuestra Señora, un término que etimológicamente viene del latín “cum” (con) y “passio” (sufrimiento o recepción [compra de propiedad robada]), por lo tanto se refiere a su “cosufrimiento” o “sufrimiento con” Jesús. Según Bernardo, la Madre Virgen acogió el “precio de la redención;”(34) se mantuvo “en el punto de partida de la redención,”(35) y “liberó a los prisioneros de guerra de su cautiverio.”(36)

Además, Sn. Bernardo fue el primer teólogo y doctor de la Iglesia en predicar que María hizo “reparación” por la desgracia y ruina que nos trajo Eva: “Corre, Eva, a María; corre, madre a tu hija. La hija responde por la madre, aleja el oprobio de la madre, te ofrece reparación a Ti, Padre, por la madre…Oh mujer a ser venerada singularmente…Reparadora de los padres.”(37)

Arnoldo de Chartres, mariólogo fundamental y renombrado discípulo de Sn. Bernardo, se le puede considerar justificadamente el primer autor que formalmente expuso explícitamente la doctrina de María Corredentora en el calvario. Si bien dos siglos antes Juan el Geómetro se había referido al sufrimiento que había padecido María con Jesús crucificado, Arnoldo especifica que son Jesús y María quienes, juntos, llevan a cabo la redención por haber ofrecido mutuamente el único y mismo sacrificio que ofrecieron al Padre. El Abad francés nos asegura que: “Juntos (Cristo y María) llevaron a cabo la tarea de redimir a los hombres…ambos ofrecieron un único y mismo sacrificio a Dios: ella en la sangre de su corazón, Él en la sangre de su carne…de tal suerte que junto con Cristo, ella obtuvo un efecto común en la salvación del mundo.”(38)

En una sensacional e innovadora teología y terminología, Arnoldo afirmó que María estuvo “cocrucificada” con su Hijo(39) en el calvario, y que la Madre “comurió” con Él (40). Como respuesta a las objeciones interpuestas primero por Ambrosio, en el sentido de que María no había sufrido la pasión, que no estaba crucificada como Cristo y que no había muerto como Cristo en el calvario, Arnoldo respondió que María experimentó “compasión” o “cosufrimiento” (utilizando el término de su maestro Bernardo) con la pasión de Cristo: “lo que hicieron en la carne de Cristo con clavos y lanza, en su alma esto fue cosufrimiento.”(41) Arnoldo continúa su exposición de que María estuvo de hecho “cocrucificada” de corazón con Jesús crucificado (42), y que la Madre “comurió” con la muerte de su Hijo. María “comurió con el mismo dolor de una madre o un padre.”(43)

Arnoldo concluyó diciendo que la Madre del Redentor no “operó” la redención en el calvario, sino que “cooperó” en la redención y al nivel más alto posible (44). Es el amor de la Madre el que coopera de forma singular en el calvario de la forma más favorable a Dios: “[En el calvario] el amor de la Madre cooperó excesivamente, a su manera, para hacernos propicio a Dios.”(45)

No cabe duda que las contribuciones de Bernardo y Arnoldo fueron extraordinarias del todo. El rol de la Madre en la redención es afirmado por Bernardo en términos tales como ofrecimiento, satisfacción y compasión. Su rol en el calvario es proclamado por Arnoldo en términos como cocrucificada, comurió, cooperó. Estos testimonios se pueden igualar, por su comprensión teológica y madurez, a testimonios contemporáneos que sobre María Corredentora han ofrecido los papas en los siglos XX y XXI. El desarrollo histórico de la doctrina y título de la Corredentora, ejemplificado de manera extraordinaria durante este último período patrístico y comienzos del medioevo, dará frutos aún mayores en el futuro cercano, poniendo de manifiesto este título que expresa de la forma más clara la singular colaboración que tuvo la Madre en la redención con y bajo Jesús.

Notas

(1) Para un estudio más extenso sobre la historia del título de María Corredentora y la corredención mariana durante la época del medioevo y la moderna, cf. Carol, De Corredemptione; R. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice; G. Roschini, Maria Santíssima Nella Storia Della Salvezza, vol. 2, pp. 171-232; L. Riley, “Historical Conspectus of the Doctrine of Mary’s Co-redemption.” Varias citas contenidas en esta obra fueron obtenidas de estos extensos estudios. Nota: Las referencias encontradas en el artículo de Laurentin ilustran la excepcional sabiduría histórica del autor, pero varios de los comentarios sobre el desarrollo de la corredención mariana en relación con su aplicación en la “redención” y “corredención” no parecen estar fundamentadas en sus propias aunque excelentes fuentes (cf. Nota 22 de este capítulo y Capítulo IX, nota 2).

(2) Himno Akatista, Estrofa 1; PG 92, 1337 A.

(3) Sn. Fortunato, In laudem S. Mariae Virginis et Matris Domini, versos 119-125; PL 88, 284.

(4)Para ver las controversias sobre la autenticidad de su origen, cf. M. Jugie, “Deux homélies patristiques pseudépigraphes. Saint Athanase sur l’Annonciation et saint Modeste de Jérusalem sur la Dormition,” Echos d’Orient, 30, 1941-2, pp. 283-289, y Dom. B. Capelle, “Témoignage de la liturgie…,” Bulletin de la société française d’études mariales, 7, 1949, pp. 40-41, n. 16.

(5) Enconium in B. Virginem, VII; PG 86, 3293 B.

(6) Teodoro Minimo Monremita, s. In annunciatione, t. 8, en A. Ballerini, Sylloge, Paris, Lecoffre, 1857, t. 2, p. 229.

(7) Sn. Andrés de Creta, Canon in Nativ., ode 4; PG 97, 1322 B.

(8) Ibid., ode 5; PG 97, 1322 C.

(9) Sn. Andrés de Creta, Canon in B. Annae conceptionem; PG97, 1307.

(10) Sn. Juan Damasceno, Homilia in Annuntiationem B.V. Mariae; PG 96, 657. Laurentin atribuye esta referencia a “Seudo-Juan Damasceno,” cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 59.

(11) Sn. Juan Damasceno, Homilia I in Nativitatem B.V. Mariae; PG 96, 661.

(12) Alcuino, s. De Nativ.; PL101, 1300 D.

(13) Sn. Tarasio, Sermo in Praes., IX; PG 98, 1492 A.

(14) Sn. Teodoro de Estudión, Triodium Dominicae abstinentiae, ode y, citado en A. Ballerini Sylloge, t. 2, p. 229, nota c.

(15) Juan Pablo II, Audiencia General, Oct. 25, 1995, n. 2; L’Osservatore Romano, edición en inglés, Nov. 1, 1995, p. 11.

(16) Juan el Geómetro, S. On the Annunciation; PG 106, 846 a.

(17) Juan el Geómetro, Life of Mary según se encuentra en A. Wenger, A.A., “L’Assomption,” Études Mariales, BSFEM,23,1966,66, citada en inglés por M. O’Carroll, C.S.Sp., Theotokos: A Theological Encyclopedia of the Blessed Virgin Mary, Michael Glazier,1982, p. 204.

(18) Ibid., Wenger, L’Assomption, p. 406.

(19) Ibid.

(20) Ibid.

(21) Litanies des saintes, en un Salterio de origen francés preservado en la librería de la Catedral de Salisbury, Pergamino 173, fol. en columnas dobles, 0.39×0.32m. Manuscrito núm. 180, fol. 171 v., b, editado por F.E. Warren, “An Unedited Monument of Celtic Liturgy” en Celtic Review, 9, 1888, pp. 88-96.

(22) Cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 12. El Padre Laurentin se refiere a Redentora como un “título imprudente” y a las versiones cortas de “María es la redención” y “ella redime; ella es redentora” las califica de “desconcertantes” (p.13). Laurentin defiende la validez de “Redentora” en tanto que denota una “afirmación equívoca” de expresiones más antiguas de “María redime” (“de Maria redemit a Maria Redemptrix, el matiz no tiene importancia,” p. 12) y que los Padres, al aplicar estos términos a María, le daban un significado totalmente diferente al que le daban sólo a Cristo el Redentor, por haber pagado el precio del pecado. Sin embargo, Laurentin deja de validar la dimensión participativa de María en el acto mismo de la redención allende a la encarnación, como se menciona en estas últimas referencias del rol que tuvo María en la redención, y que no son sino un desarrollo natural de aquellas antiguas expresiones de la “nueva Eva” y del principio de recapitulación en el que la nueva Eva sí contribuye, aunque de manera subordinada, en el proceso salvífico con el nuevo Adán, así como en el necesario proceso reversivo de la participación de Eva al pecado de Adán. Aceptar el modelo patrístico de la nueva Eva y su obvia cooperación causal en la salvación, y luego excluir de cualquier participación real a María en la posterior soteriología de la redención, de la que se hizo mención durante los siglos X al XIV, sería negar que ésta última sea resultado de un desarrollo sólido y real de la anterior. De hecho, la redención es pagar el precio para liberar a una persona, y este precio lo pagó enteramente Cristo Jesús, el nuevo Adán, el “Redentor,” y por su participación, la Madre de Jesús, la nueva Eva, la “Redentora” (y más tarde Corredentora). Este constituye el proyecto de salvación querido por Dios y que fundamenta por completo la teoría de recapitulación que salva al linaje humano utilizando los mismos medios por los cuales se perdió — el libre albedrío de un hombre y una mujer — manifestando así la omnipotencia y gloria de Dios. Sólo si rechazamos a priori que haya habido alguna legítima participación humana en la redención obtenida por Cristo, posición que va en contra de las referencias magisteriales contemporáneas sobre una verdadera participación mariana en la redención y que podemos encontrar, por ejemplo, en Lumen Gentium, 57, 58, 61 o en Salvifici Doloris, 25 (los sufrimientos de María en el calvario “fueron una contribución a la redención de todos,”), nos veremos continuamente forzados a concluir que estas referencias a la “redención de María” corren el riesgo de convertirse en una redención paralela o rival de la obtenida por Cristo. Éstas no constituyen tal amenaza, y el contexto bajo el que se utilizaron durante los períodos pre-escolástico, escolástico y post-escolástico (al igual que en la era patrística en formas más concisas), manifiestan una verdadera participación de María en la redención de Cristo.

(23) Cf. Lumen Gentium, 60, 62.

(24) Inscripción con una ilustración de la natividad, Ms. 123 de la Bibliotheca Angelica, Roma, fol. 29v.

(25) Sn. Pedro Damián, Sermo 45 in Nativitate Beatissimae Virginis Mariae; PL 144, 743.

(26) Sn. Anselmo de Cantorbery, Oratio 52; PL 158, 953 C-954 A.

(27) Sn. Anselmo, Oratio 51; PL 158, 951.

(28) Sn. Anselmo, Oratio 54; PL 158, 961. Algunos autores lo consideran como una cita de “Seudo-Anselmo,” cf. A. Wilmart, Revue benedictine, 36, 1924, pp. 52-71.

(29) Pío X, Ad Diem Illum, 12.

(30) Eadmer de Cantorbery, Liber de Excellentia Virginis Mariae, c. 9; PL 159, 573.

(31) Ibid., c. 11; PL 159, 578.

( 32) Sn. Bernardo de Claraval, Sermo 3 de Purificatione Beatae Mariae; PL 183, 370.

(33) Sn. Bernardo; PL 183, 438 A.

(34) Sn. Bernardo, Homil 4 sup.Missus est; PL 183, 83 C.

(35) Sn. Bernardo, Sermon des 12 étoiles; PL 183, 430 C.

(36) Ibid.; PL 183, 430 D; Homil 4 sup. Missus est; cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 14 ff.

(37) Sn. Bernardo, Homilia 2 super Missus est; PL 183, 62.

(38) Arnoldo de Chartres, De Laudibus B. Mariae Virginis; PL 189, 1726-1727.

(39) Arnoldo de Chartres; PL 189, 1693 B.

(40) Ibid.

(41) Cf. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 15, nota 51; “quod in carne Christi agebant clavi et lancea, hoc in ejus mente compassio naturalis”; PL 189, 1731 B.

(42) Ibid., p. 15, nota 52; “concrucifigebatur affectu”; PL 189, 1693 B.

(43) Ibid., p. 15, nota 53; “parentis affectu commoritur”; PL 189, 1693 B.

(44) Ibid., p. 15, nota 54; “co-operabatur…plurimum”; Tractatus de septem verbis Domini in cruce, tr. 3; PL 189, 1695 A.

(45) Arnoldo de Chartres, Tractatus de septem verbis Domini in cruce, tr. 3; PL 189, 1694.