Por Thomas Xavier

El Señor Thomas Xavier un autor y periodista que ha contribuido a varias antologías internaciones sobre Filosofía, Teología, Ciencia y Mariología. También ha contribuido a la Revista Inside the Vatican sobre la materia del Dogma Mariano propuesto.

El hombre puede difícilmente ser definido, a la manera de Carlyle, es un animal que hace herramientas; no obstante, las hormigas y los castores y muchos otros animales también hacen herramientas, en el sentido de que ellos hacen un aparato. El hombre puede ser definido como un animal que hace dogmas. A medida que acumula doctrina sobre doctrina y conclusión sobre conclusión en la formación de algún esquema tremendo de filosofía y religión, él es, en el único sentido legítimo en el cual la expresión es capaz de volverse más y más humano. Cuando abandona una doctrina tras de otra en un refinado escepticismo, cuando renuncia a ligarse a un sistema, cuando dice que ha crecido más que las definiciones, dice que no cree en la determinación, cuando en su propia imaginación, se siente como Dios, no teniendo forma de credo pero contemplándolo todo, entonces el está por este mismo proceso hundiéndose lentamente retrocediendo hacia la vaguedad de los animales vagabundos y a la inconsciencia del pasto. Los árboles no tienen dogmas. Los nabos son especialmente tolerantes.
-G.K. Chesterton, Heréticos.

Primero fue la definición de María como la Madre de Dios en 431. Después vino la proclamación final de su Virginidad Perpetua en el Tercer Concilio de Constantinopla en 681. Y entonces, más de mil años después, la Iglesia definió su Inmaculada Concepción seguido cerca de cien años después por la definición de su Asunción al Cielo. Ahora, que nos dirigimos al siguiente milenio, sabemos que cerca de 500 obispos, 40 cardenales y varios millones de fieles de todo el mundo –siguiendo las huellas del Cardenal Mercier, San Maximiliano Kolbe y un sinnúmero de otros a través de este siglo- han pedido al Santo Padre que defina como dogma la doctrina tripartita de que María es Corredentora, Mediadora de todas las Gracias y Abogada del Pueblo de Dios. La publicación de María, Corredentora Mediadora, Abogada: Fundamentos Teológicos II: Papales, Pneumatológicos y Ecuménicos, editados por el Dr. Mark I. Miravalle, Profesor de Mariología en la Universidad Franciscana de Steubenville y Presidente de Vox Populi Mariae Mediatrici, nos recuerda, como el volumen predecesor, que distinguidos teólogos de diferentes denominaciones encuentran esta doctrina está profundamente enraizada en la escritura, patrística, soterología, pneumatología, filosofía personalística y las enseñanzas magisteriales.

Una contribución principal de Bases Teológicas II es su análisis inicial y amplio sobre el dogma, en el contexto del desarrollo de la doctrina y particularmente con respecto al esfuerzo ecuménico. La conclusión lógicamente argumentada de los colaboradores, es que la definición dogmática Mariana es demandada no sólo por la dinámica inherente del desarrollo de la doctrina, sino que es ecuménicamente invaluable por que nos lleva a la tipología de los primeros Padres de la Iglesia (ver, por ejemplo, el magnífico ensayo del Padre Peter Damian Fehlner) que son venerados por todos los Cristianos, por tanto dándonos un nuevo punto común de partida en la búsqueda de la unidad.

A primera vista, la petición de una definición de otro dogma Mariano quizá parezca no solamente anti-ecuménico sino –aún peor- anacrónico. En este siglo de Albert Einstein, Stephen Hawking, Sigmund Freud, Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre y Martin Heidegger, la simple idea de un nuevo dogma Mariano parece casi tan fantástico como un debate sobre la relación de la actividad angélica y el movimiento de las esferas. Pero este siglo de brillantes librepensadores, es el siglo de Josef Stalin, Adolf Hitler, Mao Tse-Tung y los baños de sangre -genocidios- de Camboya, Bosnia y Rwanda. Y si hubiese una cosa que es común entre las filosofías de los librepensadores y las ideologías de los asesinos de masas, es el dogma del determinismo, la idea de que los pensamientos y las palabras y los actos de los seres humanos están totalmente determinados por fuerzas externas. En otras palabras, los librepensadores no creen en la libertad.

Contra este trasfondo, el llamado por una definición de la participación singular de María como un libre agente en la sinfonía divinamente conducida de la salvación, es una afirmación de la más grande relevancia: significa que los seres humanos tienen la capacidad de las acciones libres, que ellos son responsables de sus acciones, que las consecuencias de sus acciones tienen una carga tanto en su destino eterno como en la vida de los otros. En la libertad y en la responsabilidad depende nuestra dignidad.

Tristemente el determinismo no está restringido a las filosofías y a las ideologías, pero se ha establecido a sí mismo en sistemas de mucha influencia en la teología–más claramente en la teología del Calvinismo-. Un renombrado Anglicano colaborador de Bases Teológicas II, el filósofo-teólogo John Macquarrie, provee un análisis extraordinario sobre la relevancia de la doctrina de la corredención de María, al “corregir” los peligros del determinismo en teología: [los patrones de pensamiento Calvinista incorporados no solamente en el tratado de Calvino, sino también de Lutero y Karl Barth], “los seres humanos como borregos o ganado o aún como títeres no como los seres singulares que son, seres espirituales hechos a la imagen de Dios y encargados con una medida de libertad y responsabilidad… Los seres humanos, en tal punto de vista, no tienen libertad ni responsabilidad… [La] visión esperanzadora de la raza humana está personificada y hecha sagrada en María… En los vistazos de María que tenemos en los evangelios, al estar ella al pie de la Cruz junto a su Hijo, y sus oraciones e intercesiones con los apóstoles, son particularmente formas impactantes en las cuales María compartió y apoyó la obra de Cristo –y aún estas son las mismas formas en las cuales la Iglesia como a un todo, puede tener una participación en la corredención-. Pero es María quien ha venido a simbolizar esa perfecta armonía entre la voluntad divina y la respuesta humana, de tal manera que es Ella quien da sentido a la expresión Corredentora.” ¡Todos somos corredentores y mediadores! El negar esto es asumir implícitamente que somos títeres o aún peor “parte de Dios” (puesto que somos incapaces de una acción independiente). Desde luego, no todos los Protestantes son Calvinistas, y los grupos Metodistas y Pentecostales en particular, han rechazado el impulso determinístico. Aquí es donde vemos como una definición de la mediación Mariana puede hacer una contribución positiva a un dilema ecuménico ineludible.

Desarrollo de la Doctrina en las Enseñanzas de Pablo VI y Juan Pablo II

Estrictamente hablando, ecumenismo y desarrollo de una doctrina son dos esferas de pensamiento totalmente distintas en pensamiento y acción. Mientras que el ecumenismo busca lograr la unidad de la doctrina y fraternidad entre las comunidades Cristianas “separadas”, el desarrollo de una doctrina concierne con el proceso de entender y articular más allá las implicaciones de la revelación Cristiana. El desarrollo de una doctrina culmina, en su punto máximo, en definiciones de dogmas ya sea por los papas o por concilios ¨certificados¨ papalmente.
Afortunadamente, en Juan Pablo II, la Iglesia Católica tiene un líder que está comprometido con la visión ecuménica, lo mismo que con explicar la fe tradicional en el contexto de un nuevo conocimiento.

En esto último, tenemos que revisar el Catecismo de la Iglesia Católica y su vasto tesoro de encíclicas. En lo ecuménico, estamos movidos a anotar como en Ut Unum Sint, habla en ejercer su oficio de enseñanza como un ministerio de amor hacia todas las gentes Cristianas.
No siempre es notorio que los tres reinados más largos de los últimos cincuenta años, Pío XII, Paulo VI y Juan Pablo II, han hecho contribuciones pioneras al desarrollo de doctrina. Todo mundo sabe que la definición de Pío XII de la Asunción, representa un hito nuevo de gran importancia. Olvidamos, sin embargo, que la proclamación de Paulo VI de María como Madre de la Iglesia, fue un avance que trajo en su capacidad de Papa.

Leemos en María y las Iglesias, una antología de la Sociedad Ecuménica de la Santísima Virgen María, que al conferirle el título Mater Ecclesiae ¨El Papa dio un paso adelante en una afirmación de la tradición, con la ayuda de un vocabulario que ha venido en uso solamente en tiempos recientes¨. Aunque el título ha estado implícitamente incluido en Lumen Gentium VIII, ¨porque muchos padres de varias partes del mundo Católico lo habían presionado para hacer una declaración explícita del ´rol maternal de la Virgen entre el pueblo Cristiano´, y porque pareció tan conveniente, el Papa decidió proclamar a María Mater Ecclesiae, para la gloria de la Virgen y para nuestra propia consolación´¨.

La proclamación efectiva se dio en el último día de la tercera sesión del Concilio en 1964:

El día empezó con un humor negro, cuando el Papa vino a concelebrar en San Pedro una última Misa solemne con veinticuatro padres con santuarios nacionales en honor a la Santísima Virgen. El ánimo cambió; el Papa Paulo fue interrumpido siete veces durante su última alocución, los aplausos se incrementaron cada vez más. Una ovación estruendosa recibió el anuncio del título Mater Ecclesiae, señalizando la aceptación de los padres Conciliares –pero no todos ellos- pues algunos expresaron su crítica después cuando regresaron a casa, por la acción independiente del Papa. El Cardenal Bea, del Secretariado para la Promoción de la Unidad Cristiana, anotando que el tema nunca se puso a voto plenario, preguntó: ¨¿Por el derecho de qué puede uno pretender conocer algo sobre lo que presumiblemente representa la opinión de la mayoría del Concilio?¨

Paulo VI estuvo perfectamente en lo correcto, y de ninguna manera anulando, en la secuencia de sus acciones -un doble ejercicio, el de su propia autoridad suprema y el de la Iglesia. Primero, se conformó a sí mismo con su Colegio de Obispos al promulgar la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, misma que incluyó el nuevo título Mariano de una manera ¨equivalente¨. Posteriormente, una vez terminada la primera acción, entonces el Papa invocó su autoridad personal para declarar explícitamente lo que él y el Colegio apenas habían declarado implícitamente o ¨equivalentemente¨. Por tanto, el Papa es quien guía un Concilio, en lugar de rendirse a el.

El nuevo dogma propuesto de la mediación maternal es simplemente una culminación lógica del desarrollo autorizado de una doctrina de Paulo VI. Como vemos en Bases Teológicas II, la doctrina de la maternidad espiritual de María, presupone teológicamente sus roles de corredención y mediación. Y, como lo anota la antología, el uso del término ¨Corredentora¨, es especialmente distintivo en las enseñanzas de Juan Pablo II (aunque también está presente en aquellas de otros papas). El escrito del P. Arthur Calkin sobre ¨Las Enseñanzas del Papa Juan Pablo II sobre la Corredención Mariana¨, es una evaluación prolífica del pensamiento del pontífice en esta área.

Malentendidos

La acusación de que ¨Corredentora¨ no está presente en la tradición falla de dos maneras. Primero, la doctrina de ¨Corredentora¨ se encuentra en los primeros Padres de la Iglesia con su doctrina de la Nueva Eva. Y por usar este término en una definición dogmática, el Santo Padre sólo estaría tomando ¨un paso adelante en una afirmación de la tradición (como Paulo VI anteriormente), con la ayuda de un vocabulario que ha entrado en uso sólo en tiempos recientes¨. Más aún, los términos ¨Teotokos¨ y ¨Trinidad¨, son dos ejemplos de un nuevo ¨vocabulario¨ enlistado en el servicio para articular conceptos antiguos.

La objeción de que otorgando el estado legal dogmático al término ¨Corredentora¨ causaría un daño ecuménico irreparable, está nuevamente fuera de lugar. El término ¨Corredentora¨ no es ni con mucho tan potencialmente engañoso como la frase ¨Madre de Dios¨. Y, a pesar de su potencial mala interpretación, este último término es un vehículo indispensable en el entendimiento de la Encarnación –y fue juzgado digno de definición dogmática por un Concilio Ecuménico.

El término ¨Corredentora¨ quizá resulte impactante para algunos, pero el valor del impacto debería servir para regresarlos a las enseñanzas de los Padres. Desde luego, como Miravalle (y Anglicanos como Macquarrie y E.L. Macall) han dicho, ¨Al dirigirnos a María como ¨Corredentora¨ debemos tener claro que el prefijo ´co´ no significa igual, sino que proviene de la palabra Latina ´cum´ que significa ´con´. El título de ¨Corredentora¨ aplicado a la Madre de Jesús, nunca pone a María en un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Señor de todo en el proceso salvífico de la redención humana. Es la idea en lo tocante de ¨Jesús solo¨ que es relativamente reciente y novedoso –y que frecuentemente termina en el eclipse de la Trinidad y de la divinidad de Jesús (tómese por ejemplo a los Testigos de Jehová). En la Escritura tenemos el tema recurrente de la Virgen y el Hijo, y en los Padres, el tema del Nuevo Adán y la Nueva Eva. La necesidad de regresar a estas verdades antiguas para preservar la Fe antigua, es argumento suficiente para una definición.

Se dice frecuentemente que el título ¨Corredentora¨ de alguna manera disminuiría nuestra consciencia del acto redentivo autosuficiente de Cristo. Las aportaciones de ambos, Miravalle y el Padre Fehlner, muestran con gran claridad que un dogma de la corredención Mariana ¨claramente distinguirá el rol secundario y subordinado de María del singular triunfo redentivo del Salvador¨. Además, tampoco frecuentemente se ha comprendido que no hay un dogma definido sobre la Expiación. Mientras que la Iglesia enseña que la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo ofrece una satisfacción infinita a Dios por el pecado humano, no hay una enseñanza definida sobre el mecanismo exacto de expiación. ¿Es penal o substitucionaria, o es simplemente un acto de amor y obediencia? Hoy, muchos Cristianos sincretistas, han perdido aún el sentido del valor universal redentor de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Un dogma de la Corredención Mariana regresaría, ciertamente, a la vanguardia la realidad no negociable de ¨El singular triunfo redentor del Salvador¨, tal y como la definición de la maternidad divina de María, fue una clara afirmación de la divinidad de su Hijo.

En lo que respecta a los términos ¨Corredentora¨ y ¨Abogada¨, estos simplemente expresan verdades presupuestas por cualquier Cristiano que haya rezado el Rosario, y por cualquier acto de devoción Mariana. El hecho de que la mediación Mariana ha sido asumida por los Cristianos de los primeros siglos, se muestra en la oración de Sub Tuum Praesidium (¨Acordaos¨…) y en los himnos Marianos antiguos de la Cristiandad del Oriente y Occidente. Las malas interpretaciones sobre la mediación Mariana (y existen muchas), son rigurosamente analizadas por Miravalle quien demuestra que este concepto total está válidamente enraizado en un ¨compartir de manera singular en la única mediación de Jesucristo¨.

Los temores a la resistencia de los Ortodoxos a una proclamación papal de la mediación Mariana, deben ser moderados por el conocimiento de que los Siete Concilios Ecuménicos aceptados por los Ortodoxos del Oriente, presuponen todos la mediación Mariana. Como Miravalle ha mostrado, el más grande sermón Mariano de la antigüedad fue un himno a la mediación Mariana pronunciado por Sn. Cirilo de Alejandría en el Concilio ecuménico de Efeso: ¨Ave María Teotokos, tesoro venerable del mundo entero…es a través de Ti por quien la Santísima Trinidad es glorificada y adorada¨. Por tanto, existe en verdad una base conciliar para el nuevo dogma Mariano. Un gran teólogo Ortodoxo de este siglo, Evdokimov, anotó que ¨El Espíritu Santo no tiene lugar de encarnación, pero posee en María el templo singular y del todo privativo de su presencia¨. Otro pensador Ortodoxo moderno (citado en la antología), Sergius Bulgakov, incluso dijo: ¨Una fe en Cristo que no incluya su nacimiento de virgen y la veneración de su Madre, es otra fe, otro Cristianismo diferente al de la Iglesia Ortodoxa¨. Al dar reconocimiento a la gran tradición del Oriente sobre la mediación Mariana (a la que el Occidente debe en gran medida), una definición dogmática podría ser un gran paso hacia la unión del Oriente y Occidente. Y, como él reitera, persiste el deseo de Juan Pablo II en Ut Unum Sint de que ¨¡la Iglesia debe respirar con sus dos pulmones!¨.

A diferencia de todos los dogmas anteriores de la historia Cristiana, un dogma sobre la mediación Mariana no es sólo una verdad para contemplación, sino un principio de acción. Al definir el rol corredentivo y mediatorio de María, se nos están recordando -a pesar de las filosofías y teologías populares del determinismo y fatalismo- la enseñanza de Sn. Pablo sobre nuestra responsabilidad de ser corredentores y mediadores. Este es un dogma que pide aplicación pastoral directa e inmediata. Aún más, anota Miravalle, ¨El ejemplo de María ¨Corredentora¨ dice a la Iglesia y al mundo que ´el sufrimiento es redentor´¨.

Enteramente Mariano y Enteramente Ecuménico

Si el Papa más ecuménico en la historia, que también es uno de los más grandes maestros de la doctrina Cristiana que jamás haya visto la humanidad, define a María como Corredentora, Mediadora y Abogada, traerá una intersección de ecumenismo y desarrollo de doctrina, que pondrá la agenda teológica para el siguiente milenio.

Una definición dogmática completaría el desarrollo doctrinal empezado por ambos, Paulo VI y el Concilio Vaticano II. En sus declaraciones Mariológicas, el Concilio hizo una contribución significativa en dos áreas: con su énfasis en la Escritura, estas declaraciones han proveído sólidas bases escriturísticas para la doctrina Mariana; segundo, con su preocupación por mitigar los malentendidos Protestantes, estas declaraciones han explicado exitosamente la doctrina Mariana en términos que son teológicamente aceptables por la mayoría de los Protestantes no-Fundamentalistas. Es seguro decir que hoy, gracias al Vaticano II, ha habido una mayor aceptación del rol de María en la Escritura y la necesidad teológica de una doctrina Mariana entre los eruditos y laicos Protestantes. Ahora que hemos logrado substancialmente el objetivo del Vaticano II de hacer la doctrina Mariana accesible a nuestros ¨hermanos separados¨, es posible concentrarse en el otro objetivo principal Mariano del Vaticano II: estimular aún más el desarrollo doctrinal Mariano (Lumen Gentium n. 54). Es en el contexto de este segundo objetivo, que la proclamación del nuevo dogma Mariano es de tanta importancia. El desarrollo doctrinal en la persona de María (Inmaculada Concepción, Virginidad Perpetua, Maternidad Divina y Asunción), ahora está claramente completo. El área restante que requiere mayor desarrollo (como lo anota Lumen Gentium), es la mediación Mariana. En suma, la proclamación de este dogma lleva a su culminación la gran visión ecuménica y Mariana del Vaticano II. Y, ¿quién mejor apropiado para hacer tal proclamación que el gran profeta y teólogo de la mediación maternal de María que Juan Pablo II?

Miravalle explica en términos conmovedores que el permanente significado de las enseñanzas y ministerio de Juan Pablo II, es especialmente aparente entre más nos acercamos a la reunión del ecumenismo y el desarrollo de una doctrina:

¿Qué mejor pontífice [para hacer esta definición] que el presente Papa quien ha abierto las puertas de la Iglesia a todas las gentes y religiones, quien ha encabezado la misión ecuménica durante los últimos 18 años? ¿Quién mejor para vigilar y determinar la formulación final de la verdad total sobre María, en una formulación que sea enteramente Mariana y enteramente ecuménica? Como el Papa Totus Tuus y la figura eclesial más aceptada mundialmente, Juan Pablo posé la sensibilidad ecuménica para guiar y dirigir el proceso teológico que garantice a la Iglesia la proclamación dogmática mejor articulada, sustentada bíblicamente, personalista y ecuménicamente sensitiva, con la mayor posibilidad de aceptación por parte de todos los Cristianos, referente a la Mujer de la Encarnación Redentora, quien es también ¨nuestra Madre común¨ (cf. Redemptoris Mater).