Por Michael O’Brien

El Señor Michael O’Brien es un autor Canadiense, novelista, artista y conferencista internacional en literatura Cristiana, arte y cultura; mariología y temas sociales y mariológicos contemporáneos.

En la tormenta de confusión y desinformación que ha dado la bienvenida al debate de una definición papal sobre el dogma de María Corredentora, Mediadora y Abogada, la controversia del muy conocido San Maximiliano Kolbe en relación a la Madre de Dios, “¿Quién eres tú, o Inmaculada?” toma una nueva acerbidad y urgencia.

¿Quién es ella? ¿Quién es ella realmente, y qué está haciendo Dios a través de esta mujer singular?

María es ambas cosas, María de Nazaret y “la Mujer” del Apocalipsis. ¿Pero cómo puede ser esto? ¿Es ella dos personas? Alternativamente, ¿Es quizá una persona en dos “vestuarios” religiosos? ¿Es solamente un modelo de fidelidad, una discípula ejemplar, un santo (si bien la más grande de todos los santos)? ¿No es acaso algo más que un signo?

Si, es un signo. Pero mucho de la confusión sobre Ella en la mente moderna se deriva del carácter peculiarmente unidimensional de la sociedad Occidental, que ha fracturado la gran armonía del cosmos jerárquico tan severamente que las líneas de falla en el pensamiento y percepciones ahora se disparan en todas direcciones. En una cultura saturada de palabras y bombardeada de imágenes, tenemos cada vez menos y menos tiempo y capacidad de ver profundamente, y como resultado hemos venido a pensar crecientemente en signos en términos simplísticos. Asumimos que un signo es meramente un objeto que nos dice sobre algo o anota hacia algo adicional.

En el entendimiento Cristiano de la palabra, el significado pleno de los signos sagrados es que encarnan las cosas a las que anotan. En otras palabras, un signo sagrado participa íntimamente con la fuente de su vida. Más aún, revela un aspecto de esa fuente que de otra manera no hubiese sido inteligible a nosotros. Es por esto que, por ejemplo, los iconos sagrados de los ritos de la Iglesia Católica del Este y de las iglesias Ortodoxas nunca son considerados que sean instrumentos catequísticos, ni formas de arte religioso o decoración litúrgica. La teología del icono sostiene que el icono es una “ventana” sobre el infinito, un punto de encuentro con la presencia sagrada, un lugar donde la gracia puede fluir a través del mismo. El aspecto físico del icono no es un fin en sí mismo, nunca adorado; por otro lado, nunca es visto como un objeto neutral “letra muerta,” una señal de tráfico en la carretera o en libramiento del cosmos.

Considerar por ejemplo la Sagrada Eucaristía, el encuentro sagrado por excelencia entre Dios y el hombre. Hay en este sacramento un cierto valor de signo iconográfico; nos “habla” sobre muchas cosas verdaderas, tales como la Ultima Cena, la Encarnación, la naturaleza de la comunión y de la unidad, etc. Todo esto es de vital importancia, pero es el primer nivel de significado. Yendo profundo, vemos que Jesús está presente literalmente en una continuación del sacrificio del Calvario que envuelve al adorador en la eternidad de Dios. Aún más profundo; el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo entran en nuestra misma carne y toma residencia ahí en el tabernáculo interior del corazón. A este nivel, el “signo” del sacramento no es solamente una transferencia de información religiosa o el agitamiento de memorias y discernimientos. Este signo es una persona que está presente para nosotros, deseando una unión la cual es referida a través de la Escritura en los términos de un amor conyugal. Lo más impresionante de todo, esta persona es Dios.

Si Dios ha considerado correcto y bueno para nosotros vivir en un universo ordenado sobre tales líneas, si El se ha revelado a sí mismo como generoso inefable, rico y creativo, si El es un amante, entonces es perfectamente consistente que haya derramado la palabra con una plenitud de signos dadores de vida de Su amor.

Hace algunos años me encontré en una discusión informal con algunos amigos no Católicos, quienes intentaban lo más que podían, simplemente por que no podían entender la posición Católica sobre María. Como Católico le he dado el asentimiento a las doctrinas de la Iglesia y a los dogmas en relación a la Madre de Dios. Aún así, no pretendo entender totalmente estas enseñanzas y estaba fuertemente presionado por convencer a mis oyentes. Ellos tenían una particular dificultad con el dogma de la Inmaculada Concepción, y veían en él, una clara evidencia de que a pesar de todas nuestras protestas por lo contrario, los Católicos en verdad adoramos a María. Nada de lo que dije pudo cambiarlos de su convicción.

En aquel entonces yo no había encontrado todavía la famosa sentencia de San Agustín, “No entendemos primero para creer; debemos primero creer para poder entender.” Yo todavía estaba trabajando bajo la impresión de que el humano no puede fallar en ser convencido en cosas que sean propiamente explicadas. No había todavía llegado a la convicción de que los seres humanos son totalmente criaturas subjetivas y que hacemos nuestros juicios sobre prácticamente todo, sobre la base de impresiones -en nuestra percepción fundamental en como trabaja la creación.

Sintiéndome de alguna forma perplejo, decidí ir a trotar solitario a una playa arenosa. Corriendo descalzo, mi mente todavía se ocupaba en el debate, con los ojos fijos en el horizonte sin ver, estaba inconsciente del escenario que pasaba. Después de veinte minutos de correr me paré repentinamente, sin una razón aparente, a media sancada y miré hacia la arena bajo mis pies. Para mi horror, vi que mi pie derecho estaba balanceándose en el aire sobre las puntas de vidrio de una botella rota. Me eché para atrás rápidamente, exalando una oración de agradecimiento, por que por una fracción de segundo tendría que habérmelas visto con borbollones de sangre y tendones cortados a millas de distancia de cualquier ayuda.

Sintiéndome agradecido, pero dándome cuenta que se estaba haciendo tarde, rodié la botella y regrecé a mi casa al momento. Al minuto más o menos después, me pegó con toda fuerza la idea de que había dejado el objeto peligroso en la arena, y que el siguiente corredor descalzo no sería tan bendecido como yo. Me paré, regresé, cautelosamente recogí el vidrio y lo llevé a casa para tirarlo.

No analicé inmediatamente lo que había pasado y le di poca significado al hecho. Curiosamente, el recuerdo permaneció en mi mente, pasando una y otra vez durante las horas subsecuentes con un obsesionado sentido de urgencia, como si existiese algo de experiencia que estaba perdiendo. Tarde aquella noche me senté en la cama, repentinamente bien despierto y me di cuenta que el incidente con la botella fue un tipo de una dramática representación de la Inmaculada Concepción. Algo más allá de mi entendimiento y sentidos me había alertado de un peligro serio para mi vida y mi miembro, algo tan silencioso, que nunca le había dado un pensamiento hasta el momento mismo cuando se abrió el entendimiento a través de la masa de impresiones que habían hecho el día ordinario. Inodoro, incipido y silencioso, me sirvió mucho en mi gran agonía. Me sucedió por adelantado y me perseveró. Y también algo me movió para llevar a cabo el mismo servicio para los siguiente corredores que me seguirían. No tenía porque hacerlo, pero lo hice. ¿Qué fue lo que me movió para hacerlo? ¿No fue esto un reflejo pálido de la misericordia de Dios que se ha anticipado a la historia y preservado a María del pecado original? Como Hija de Adán y Eva, también estaba en necesidad de la redención de Cristo. El Padre, que está fuera del tiempo y es Señor de la Historia, escogió aplicarle los méritos del sacrificio del Hijo. La Inmaculada Concepción preparó el camino para que fuera la perfecta cooperadora con el Hijo en la Redención: la Corredentora. El no tenía porque hacerlo, pero lo hizo. ¿Por qué lo hizo?

Desde luego la analogía es imperfecta, y lo digo no con el propósito de ilustrar una doctrina. El punto que quiero llegar aquí es este: porque vivimos en un universo electrónico, Dios le habla al hombre total, no solamente a su intelecto o a su espíritu, sino también a través de las cosas materiales de su mortalidad. Con mucha frecuencia El nos enseña y forma a través de eventos tangibles de la vida, a través de experiencias que están cargadas de sentido. Entre más vamos madurando en el proceso de vida de asimilamiento de imágenes y palabras, un cuadro gradual de la realidad empieza a emerger. El diálogo entre la razón y la subjetividad dentro de nuestra naturaleza es más y más medido por las enseñanzas objetivas de la Iglesia, y por tanto crece nuestra percepción.

Solamente con los ojos de la fe podemos ver la “verdad total sobre el hombre.” Si las pequeñas historias escritas en nuestra carne y en nuestras historias personales tienen algo de informativo, ¿No será probable que Dios haya decretado un grandísimo e informativo drama en la vida de la Madre lo mismo que de su Hijo? ¿No será que nos está diciendo algo fundamental a través de Ella, no sólo como un indicador o un icono, sino como una epifania de su Ser?

El aspecto más dominante de nuestra experiencia como seres humanos, por mucho, está compuesta de nuestras relaciones con otros; la imagen de una madre, por ejemplo, cuando mira fijamente el rostro de su niño recién nacido. La imagen del niño que la mira fijamente. Cada uno está leyendo la cara de la realidad, cada quien está leyendo un mundo, un signo, una presencia.

En el caso de María y de Cristo Niño, la madre es la primera persona en la historia humana que clava su vista en los ojos de Dios, mientras pondera el insondable misterio de Su elección de ser enteramente dependiente en sus brazos. Su rostro es la primera imagen vista por el Dios encarnado recién nacido. El Hijo en su humanidad bebe en las palabras de amor y verdad en el rostro de Ella. Cada uno está ponderando un misterio; cada uno hablando y escuchando un lenguaje de amor en palabras que son silenciosas.

Si Dios ha escogido esta mujer para ser concebida sin pecado, para llevar la Palabra Encarnada en su propia carne, para nutrirlo en su vida oculta de Nazaret, para estar presente con El en la Cruz, para estar presente en Pentecostés, para ser asunta al Cielo, ¿Es tan indispensable que El le haya dado un rol que va más allá, aún mucho más allá de la habilidad de la razón humana para entender su propósito? ¿No es toda su vida un signo de contradicción, opuestas a las categorías ordinarias de pensamiento? ¿Qué vamos hacer entonces de Ella? ¿Cuál es la intensión de Dios en esta mujer? ¿Qué nos está diciendo El a través de Ella?

Puesto que Cristo es el nuevo Adán, revocando el pecado de Adán, está mucho en la naturaleza de Dios el derramar su escandalosamente pródiga generosidad en la mujer escogida para representar a la nueva Eva. Es dada sin decir que su rol en revocar el pecado de Eva se deriva enteramente del sacrificio del Hijo. Por ningún mérito de sí misma, es la primera beneficiada en la redención; por sufrir con su Hijo es, no obstante en ningún sentido subsidiario, la Co-rredentora. Dios pudo haber escogido revocar la victoria sobre el pecado y sobre la muerte totalmente por sí mismo, pero escogió compartirlo con la mujer y su hijo, el “linaje” de Apocalipsis 12:17, en donde la promesa hecha en Génesis 3:15 y encarnada en los Evangelios llega a su gozo pleno en la culminación definitiva de la historia humana.

Juan escribe en el Apocalipsis: “Una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está en cinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz… y el dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo en cuanto diera a luz. La mujer dio a luz a un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días… entonces el dragón despechado contra la mujer, se fue hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.” (Apo. 12:1-17)

Los críticos bíblicos modernistas han tendido a limitar este pasaje a una descripción de la Huida a Egipto o a una simbólica representación del primer siglo de Iglesia pasando por persecución. Haciéndolo así, intentan reducir la multidimensionalidad de la sagrada escritura (y la mente de Dios), a un tipo de tierra plana espiritual en la cual la salvación está vista como una dinámica puramente histórica, un proceso lineal, una cadena de casualidad natural, la cual por inferencia está lo mejor entendida (de acuerdo a sus pensamientos) en términos sociológicos, antropológicos y psicológicos. Solamente el primer nivel de significado en los signos se le acredita con sentido, disminuyendo, cuando no rechazando totalmente, el rol vital del “tipo,” y al mismo tiempo inhibiendo el futuro descubrimiento del sentido más profundo de la visión de San Juan.

En otras palabras, muchos exégetas bíblicos admiten el evento histórico (la Huida a Egipto o la persecución de la Iglesia), pero ignoran la dimensión del símbolo viviente, el “tipo” o gran icono (María como la Nueva Eva, María como Madre de la Iglesia), de ahí operando bajo el presupuesto de que el pasaje de la escritura puede significar cualquiera de las dos cosas pero no ambas, ¡y con toda seguridad no una tercera dimensión! No obstante, es precisamente este tercer nivel de consciencia de nivel espiritual hacia el cual los otros niveles del signo están tendiendo. Es en este entendimiento de la sagrada escritura que imbullo el pensamiento de los Padre de la Iglesia. Los Padres, para ponerlo simplemente, tuvieron una percepción más profunda.

Siempre que el significado de la interacción divina con la humana está compactada en, y neutralizada por, plantillas unidimensionales, la identidad y la misión evangélica de la Iglesia es gravemente debilitada. Cuando esto sucede, como ha sucedido en muchas iglesias particulares en el Oeste, tan dominada por el materialismo y el pragmatismo, muchos recursos vitales están en peligro de ser sofocados, y aún a estar peligrosamente cerca de ser echados de la vida de la Iglesia. En un cosmos “democrático,” nublado en una atmósfera de resolución de conflicto y de negociación, siendo cada vez más insensible al misterio y majestad del cosmos jerárquico, la voz profética de la Iglesia será relegada a sólo una opinión entre muchas otras, y en su mejor caso, a una filosofía del hombre o a una mitología interesante. Si esta trágicamente atrofiada lectura de la creación trabajara en su lógica política –la política de la manipulación y la manipulación de la política- y más ominosamente, “política eclesiástica,” sus primeros objetivos serán aquellas doctrinas que permanecen como signos de contradicción a la mente natural.

Juan Pablo II escribe en Signo de Contradicción: “Y así en el basto panorama de los tiempos en los que vivimos, en la era a la cual pertenecemos, la profecía de Simeón a Jesucristo como un ‘signo de contradicción’ parece sonar resonadamente verdadero. Sabemos que inmediatamente después de hablar aquellas palabras Simeón volteó a María, en una forma que ligaba la profecía sobre el Hijo con el de la Madre: ‘Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intensiones de muchos corazones.’ Con las palabras del anciano en la mente también volteamos nuestra mirada del Hijo a la Madre, de Jesús a María. El misterio de esta liga que la une con Cristo, el Cristo que es ‘un signo de contradicción’, es verdaderamente asombroso.” (Karol Wojtyla, Signo de Contradicción, p. 201. Seabury Press, 1979).

Unida al Hijo en la obra de la redención, María participa de una manera única y simultanea como la hija del Padre y la hija del hombre. En Ella, nos muestra lo que nosotros estabamos pensados ser “desde el principio” lo que nosotros íbamos a ser en Cristo.

Juan Pablo II anota que “María es parte de la historia de la salvación desde el principio, y permanecerá parte de ella hasta el final… La ´mujer’ del Apocalipsis representa a ambas a María y a la Iglesia –tal y como está aceptado por los eruditos bíblicos, teólogos y sobretodo, por la tradición Cristiana y el magisterio de la Iglesia.” Más aún, “dentro de las dimensiones del universo el Hijo de Dios, la Palabra eterna, el Señor de todos los tiempos por venir, es su Hijo y Ella es su madre. Por tanto, todo lo que sea para completar lo que legó –la obra de la salvación, el Cuerpo Místico de Cristo, el Pueblo de Dios, la Iglesia- corre por cuenta, y siempre lo será así, de Ella.” (Signo de Contradicción, p. 205).

Cuando Satanás hace la guerra a la mujer del Apocalipsis, el Hijo es llevado al Cielo y la mujer permanece para enfrentar a la serpiente en el desierto del mundo, acompañada por sus hijos espirituales, fortalecida por todas las gracias vertidas por el Cielo (Ap. 12:11). Es en este contexto que el asunto de la definición papal solemne del dogma de María Corredentora, Mediadora y Abogada se torna más entendible. En la lucha definitiva entre la Iglesia y la anti-Iglesia, entre el Evangelio y el anti-Evangelio, la Iglesia necesita gracias singulares. Aún así, Dios nunca forzará estas gracias sobre nosotros. En el gran diálogo entre Dios y el hombre, María intercede ante el trono de Dios por estas gracias, y al mismo tiempo nos súplica que las aceptemos. Todo está en espera de la elección libre del hombre. La liberación de gracias particulares depende de nuestro consentimiento. Al proclamar el dogma formalmente, el Papa irá con María frente al trono de Dios y dará el consentimiento en nombre de toda la humanidad, pidiéndole a El que nos entregue, a través de Ella, las gracias particulares que el Padre desea dar. En este diálogo, vemos la más íntima comunión de los corazones de la criatura hablando al corazón del Padre –cor ad cor-.