I. Mujer y Madre: Intercesora de vida y amor por la familia

¿Quién es una mujer y qué es lo más importante de la vocación materna?

San Juan Pablo II capta tanto la naturaleza como la vocación de las mujeres al escribir que una mujer está llamada a dar testimonio de la existencia y la
profundidad del amor “con el cual cada ser humano –hombre y mujer- es amado por Dios en Cristo.”1 La misión especial de cada mujer es “acoger y cuidar de la persona humana.” 2 Nuestro tiempo en particular “aguarda la manifestación de esa ‘genialidad’ que
pertenece a las mujeres y que asegura la sensibilidad para los seres humanos en cada circunstancia.” 3

La mujer, de una manera en particular, está orientada al amor concreto y a la crianza de las personas. 4 Santa Edith Stein (Teresa Benedicta de la Cruz) articula la naturaleza esencial
y la vocación de la mujer: “…la mujer naturalmente busca abrazar aquello que está vivo, que es personal y está íntegro. El apreciar mucho, guardar,
proteger, alimentar y ayudar en el crecimiento es su anhelo maternal y natural.”5 Una mujer personifica de la manera más plena su carisma femenino en su maternidad. Ser una “madre” significa “proteger y salvaguardar
la verdadera humanidad y llevarla a su pleno desarrollo.”6 En una carta a la Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer, la Beata Teresa de Calcuta escribió: “El poder especial de amar que pertenece a
una mujer se ve más claramente cuando se convierte en madre. La maternidad es un regalo de Dios a las mujeres.” 7

Una madre es una intercesora natural o “mediadora” de vida y amor dentro de la familia, como aquella que intercede o “actúa como medio” para llevar mayor
unidad entre los demás.8 ¿No es ésta la tarea esencial y perenne de una madre?
Una madre intercede física y moralmente entre el Creador y su familia en su papel único de dar vida al mundo. Después de recibir la semilla de vida del
padre humano, el cuerpo de la madre da forma y alimento al embrión que se está desarrollando y por ello trabaja íntimamente como “co-creadora” con el
Creador para intervenir en el precioso regalo de la vida humana a la familia y al mundo. El hijo es el regalo trascendente de la extensa y globalizada
intercesión física y moral de la madre que va aparejada con la necesaria contribución del padre. Las madres interceden de una forma singular, tanto física
como moralmente, para unir a Dios y a la familia a través del don de los hijos.

Una madre no sólo es la especial intercesora de vida para la familia, sino también una singular intercesora de amor para la
familia. A través de los dones particulares femeninos de receptividad, sensibilidad, calidez, comprensión, compasión, sufrimientos prolongados, intuición e
intuición personal, una madre se convierte en el medio principal de unión entre el padre y los hijos, así como entre los mismos hijos. Las intervenciones
de comunicación y empatía, comprensión y sabiduría, perdón y reconciliación, sacrificio y amor, son las constantes manifestaciones de la intercesión
maternal entre todos los demás miembros del núcleo familiar.

La auténtica maternidad exige al menos tres expresiones esenciales de intercesión maternal para sus hijos: la primera es que una madre sufre por su hijo.
El sufrimiento de una madre no está limitado al dolor físico experimentado durante la gestación y nacimiento, sino también al profundo “sufrimiento del
corazón” experimentado a través de la vida del hijo, ya que la madre comparte compasivamente las pruebas y tragedias que constituyen una parte de la vida
de cada hijo. La segunda es que una madre alimenta a su hijo. La adecuada nutrición del hijo va más allá del ámbito físico. Una madre no sólo provee comida
y nutrición a su bebé desde el momento de la concepción y a través de la gestación y el nacimiento, sino mucho más allá a través de los años de la niñez y
la adolescencia, ofreciendo al niño la formación fundamental emocional, psicológica, educacional y espiritual en la forma más completa y grandiosa posible
para el desarrollo personal del hijo. La tercera es la “súplica” o intercesión de la madre por el bienestar de su hijo. Estos actos maternales de abogacía,
en un principio comienzan dentro del hogar y luego se extienden a la sociedad conforme el niño gradualmente va entrando al ámbito mayor del mundo. Se
manifiestan en una variedad de formas a través de la vida del niño, que incluyen interceder para que el niño tenga todo lo necesario en la escuela y en los
diferentes ámbitos sociales y áreas de desarrollo como la música, los deportes y otras actividades culturales. La intercesión de una madre por su hijo
conlleva los aspectos de protección y defensa puesto que el proceso de entrada a la sociedad normalmente presenta peligros y dificultades.

Todas estas son expresiones de la amorosa y sacrificada intercesión de una madre. ¿Habría, pues, de sorprender que la maternidad sea la vocación universal
más apreciada en el orden natural, y que muchos niños sin importar la edad, hayan terminado su vida terrena con la palabra “mamá” en sus labios? Es por
éstas razones y muchas más que los documentos papales se han referido a la madre como el “corazón” de la familia, y como tal, “ella puede, y debería,
reclamar para sí el lugar de jefe en amor.”9


II. María, Madre de toda la familia

Es una verdadera maravilla de la naturaleza que “una criatura deba dar luz a su Creador.” 10 Esta antífona litúrgica refleja el misterio de María, quien a través de su libre
consentimiento a la sublime vocación de la maternidad, intercedió en vida y en amor con el objeto de dar a luz al niño más sublime, y por lo tanto a la
familia más sublime, en toda la historia de la humanidad.

Como sucede con todas las madres, María juega un rol irremplazable al dar su consentimiento para dar vida a lo que se convertiría en su familia. Concebida
“llena de gracia” mediante los méritos previstos del futuro Redentor y la in-habitación santificadora del Espíritu Santo. 11 la joven virgen de Nazaret providencialmente ha sido preparada para
convertirse en la Madre más importante de la raza humana. Con todo, la respuesta de María “que se haga” constituyó un “sí” absolutamente libre, activo y
femenino a la misión maternal del Padre celestial: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). 12 Con esta libre cooperación al plan de Dios “como madre,” María trae al mundo
a su Redentor y merece el título que está sobre cualquier otro título, “Madre de Dios,”13 que lleva en sí la esencia y vocación de su suprema maternidad.

Además de dar su consentimiento para convertirse en una intercesora maternal de vida al dar a luz a Jesús, María también lleva a cabo su deber como
intercesora de amor dentro de la Sagrada Familia. Es María quien intercederá entre José, su casto esposo virginal, y Jesús, su hijo, dentro del flujo
familiar natural y amoroso entre el padre y el hijo. María, como corazón de la Sagrada Familia, intercederá para desarrollar las actividades
normales de la maternidad. Vemos esto, por ejemplo, al encontrar a Jesús en el templo, cuando después de tres días de sufrimiento y búsqueda de
los padres (cf. Lc 2,46-51) es María quien intercede hablando al joven Jesús a nombre de sí misma y de José: “Hijo, por qué nos has tratado así? Tu padre y
yo te hemos estado buscando ansiosamente” (Lc 2,48).

María también llevó a cabo innumerables actos de pequeñas tareas de intercesión siendo fiel a su vocación de madre. A este respecto, el Papa Francisco
comenta:

“¿Cómo vivió María esta fe? La vivió en la simplicidad de las miles de tareas diarias y preocupaciones de cada madre, tales como proveer la comida, la
ropa, atendiendo la casa…Fue precisamente la vida normal de Nuestra Señora lo que sirvió como la base para la singular relación y diálogo profundo que se
desarrolló entre ella y Dios, entre ella y su hijo.”14

III. María, Madre espiritual en la Familia de Dios

De una manera tanto sublime como ordinaria, María lleva a cabo su rol providencial como la madre intercesora de vida y amor dentro de los designios
extraordinarios de la Sagrada Familia. Sin embargo, su maternidad dentro de la Sagrada Familia se extendería, debido a la misión redentora universal de su
Hijo, para incluir a toda la Familia de Dios, y sin lugar a dudas, a todos los pueblos. En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco se refiere a la
maternidad de María -tanto doméstica como universalmente- como “madre de todos”:

“…María pudo hacer que un establo se convirtiera en el hogar de Jesús, envolviéndolo en pobres pañales y abundante amor. Ella es la sierva del Padre que
canta sus alabanzas. Ella es la amiga que se preocupa para que el vino no falte en nuestras vidas. Ella es la mujer cuyo corazón fue atravesado por una
lanza y quien comprende todo nuestro dolor. Como madre de todos, ella es un signo de esperanza para los pueblos que sufren los dolores de parto de la
justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros y nos acompaña a través de la vida, abriendo nuestros corazones a la fe por su amor maternal. Como
verdadera madre, camina a nuestro lado compartiendo nuestras luchas y rodeándonos constantemente con el amor de Dios” (EG 286).

A veces se ha percibido que los títulos tradicionales atribuidos a la intercesión maternal de María han sido únicamente el resultado de la especulación
teológica más que estar fundamentados en la Palabra de Dios15, pero de hecho,
los títulos de intercesión maternal utilizados por el magisterio papal están sólidamente basados tanto en las Sagradas Escrituras como en la Tradición
Apostólica, como lo ha interpretado apropiadamente el Magisterio de la Iglesia. Dei Verbum nos recuerda que la Tradición en la Iglesia progresa
mediante el legítimo desarrollo de la doctrina bajo la guía del Espíritu Santo.16 Por lo tanto, examinemos la síntesis cronológica del Nuevo Testamento sobre la gradual revelación de la Madre de Jesús desde la Anunciación -ya
mencionada- hasta el establecimiento de María como “la Madre de todos nosotros”17 hecha por Jesús crucificado, así como los legítimos títulos y roles marianos que de manera natural se han ido desarrollando y saliendo a la luz
desde las semillas doctrinales de la Escritura y la Tradición apostólica, ya que, en la Anunciación, el consentimiento de María a la misión de la redención
permanecerá intacto hasta, e incluirá, su histórica participación en el sacrificio de Jesús en el Calvario. 18

La madre que físicamente dio a luz a Jesús, también dio a luz espiritualmente a su cuerpo, la Iglesia. Jesucristo es la “Cabeza del cuerpo, la Iglesia”
(Col 1,18). Por lo tanto, en la Anunciación, el ‘fiat’ de María no sólo llevó a la concepción física de Jesús, Cabeza del cuerpo, sino también a la concepción espiritual del cuerpo místico al cual pertenecen todos los seguidores de Cristo y, a través de la Iglesia, a todos los creyentes. San
Agustín nos dice: “Ella es realmente Madre de los miembros que somos nosotros porque cooperó con caridad para que nacieran en la Iglesia los creyentes cuya
Cabeza es Él.”19 San Juan Pablo II amplía la explicación:

“Ya que dio a luz a Cristo, la Cabeza del cuerpo místico, también tenía que haber dado a luz a todos los miembros de ese único cuerpo. Por lo tanto, “María
acoge a todos y cada uno en la Iglesia, y acoge a todos y cada uno a través de la Iglesia.” 20

Dentro del profundo misterio de la Palabra que se hizo carne a través de su maternidad divina, María dio a Jesús el “instrumento” humano de la redención,
el cual es su cuerpo, ya que hemos sido santificados por el ofrecimiento del cuerpo de Jesucristo de una vez y para siempre” (Hb. 10,10). La Virgen
Inmaculada cooperó de forma enteramente singular en el misterio de la Redención no sólo dando a luz al Redentor y proveyéndolo del instrumento corporal de
la Redención, sino también en virtud de su sufrimiento sin par con su Hijo a través de toda la misión de la Redención. 21 A tal grado que María, como Madre de Dios, dando a luz al “Redentor del
hombre”22 ya se le refiere legítimamente como la “Co-redentora” humana (“la
mujer con el Redentor”) ya que su consentimiento proveyó al Redentor de su cuerpo y, consecuentemente, de su naturaleza humana mediante la cual Él redime
al mundo; una contribución a la obra de la redención que es absolutamente incomparable con ninguna otra creatura. 23

Mediante su histórica intercesión en la Anunciación, María también intercede por el “único Mediador” (cf.1Tim 2,5) en la historia de la humanidad. Ella
actúa como “mediadora” humana.24 puesto que intercede de forma única como
Madre para llevar a Jesucristo a la raza humana. El rol de intercesión de María como Madre no sólo no obscurece ni compite con la única mediación de
Jesucristo, ya que la mediación secundaria de María está muy por debajo y enteramente subordinada y dependiente de la de Él 25, pero su cooperación maternal al plan de Encarnación de Dios es precisamente
lo que hizo que la misión de redención del único Mediador fuera posible. Una vez, es María, la Mediatrix, la Mediadora, la que intercede para que tengamos al único Mediador.

Por otra parte, ya que Jesús es la fuente y autor de todas las gracias, a María, en virtud de este primer gran acto de intercesión maternal, ya se le
invoca propiamente en la Iglesia -y al menos por diez papas modernos- como la Mediatrix de todas las gracias.26

Los Padres de la Iglesia tomaron la doctrina de la Maternidad Espiritual del concepto patrístico de la “Nueva Eva.” Así como la primera Eva o “Madre de los
Vivientes”27 fue instrumental con el primer Adán en la pérdida de la gracia
para la familia humana, así también María como la “Nueva Eva” o la “Nueva Madre de los Vivientes” fue instrumental con Jesús, el “Nuevo Adán,”28 en la restauración de la gracia para la humanidad. 29 Dentro del modelo de la Nueva Eva, los Padres adoptaron la verdad de la
maternidad espiritual de María en una fórmula simple aunque esencial, que incluye dimensiones de maternidad espiritual, mediación, y co-redención. Un
testimonio de su intercesión que se remonta a la Iglesia Primitiva, está ejemplificado en la enseñanza de San Ireneo, siglo II, en cuanto a que María es la
“causa de salvación para sí misma y para toda la raza humana”30, así como en la
famosa máxima de San Jerónimo: “Muerte a través de Eva, vida a través de María.”31

Cuando María visita a Isabel (Lc 1,39-56), ella es la madre encinta que físicamente “pone de por medio” al Cristo no nacido ante la presencia de Isabel y
el Bautista que tampoco había nacido; una mediación física que a su vez conduce a dos eventos de gracia: la pre-santificación de Juan en el vientre de su
madre, y la profecía de Isabel a través del Espíritu Santo (cf. Lc 1,41-42). En la Presentación del niño Jesús (Lc 2,21-38) Simeón identifica a Jesús como
el “signo de contradicción”, pero también da testimonio del papel co-redentivo de María –la mujer que sufrirá con el Redentor: “…y a ti misma una espada te
atravesará el alma” (Lc 2,35) a fin de que queden al descubierto “las intenciones” de muchos corazones.

Las bodas en Caná (Jn 2,1-10) revelan de una forma extraordinariamente dinámica el rol de la mediación maternal cuando María, con conocimiento y voluntad,
intercede para obtener la gracia del primer milagro público de Jesús. San Juan Pablo II hace el siguiente comentario sobre el evento de Caná: “Ella actúa
en su papel de mediatrix y no como una extraña, actúa en su posición de Madre.”32 El evento de Caná nos revela todavía más el papel maternal de María como “Abogada,” de aquella que habla a favor de la humanidad ante el trono
de su Hijo, Cristo el Rey. En la fiesta de la boda, María aboga por la pareja recién casada en lo que constituye un inequívoco ejemplo bíblico de
intercesión mariana; y el hecho de que no se tenga conocimiento de que los recién casados hayan sido discípulos de Jesús, es un claro indicio de la
universalidad de su papel como la abogada de la humanidad, y de que su intercesión maternal va más allá de los límites de la cristiandad extendiéndose a
las necesidades universales de toda la humanidad.33

Pero sólo en el Calvario, en la cima del evento histórico de la redención, la maternidad espiritual de María será plenamente establecida y declarada. El
Papa Francisco expone:

“En la cruz, cuando Jesús sufrió en su propia carne el dramático encuentro del pecado del mundo y la misericordia de Dios, pudo sentir a sus pies la
presencia consoladora de su Madre y su amigo. En ese momento crucial, antes de culminar la obra que su Padre le había encomendado, Jesús le dijo a María:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego le dijo al amigo amado: “He ahí a tu madre” (Jn 19,26-27). Estas palabras de Jesús a punto de morir no son
principalmente la expresión de su devoción y preocupación por su Madre; más bien, son una fórmula que revela y manifiesta el misterio de una misión
especial salvadora. Jesús nos dejó a su Madre para que también fuera nuestra Madre. Sólo después de haberlo hecho, Jesús supo que “ya todo estaba cumplido”
(Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos condujo hacia María; nos guió hacia ella porque no quería que viajáramos
sin una madre, y nuestro pueblo lee en esta imagen maternal todos los misterios del Evangelio” (EG 285).

En íntima unión con el Redentor en el Gólgota, María es la Madre que de manera totalmente singular participa en la obra de la Redención “coparticipando la
intensidad de su sufrimiento” en su corazón de madre. Lumen gentium expone:

“Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, manteniendo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz junto a la cual, no sin
designio divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo
amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (LG 58).

Una vez más, el único término en la Tradición de la Iglesia que mejor resume el rol de María como Madre Espiritual en la obra de la Redención, es el título
de “Co-redentora.” Cabe aclarar que éste título mariano de Co-redentora, que explícitamente fue utilizado seis veces por San Juan Pablo II, tres veces por
Pío XI y tres veces por las Congregaciones vaticanas bajo el pontificado de San Pío X,34
jamás ubica a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el único Redentor divino de la humanidad. Se refiere, más bien, a la singular cooperación de
esta Mujer y Madre “con Jesús” en la misión redentora; a la dimensión de su maternidad espiritual en el orden del sufrimiento.

En el Gólgota, María –citando a San Juan Pablo II- “está espiritualmente crucificada con su hijo crucificado.” 35 Sin embargo, -continúa el Papa Totus Tuus– “su rol de Co-redentora
no terminó con la glorificación de su Hijo.”36

En virtud del rol incomparable de obtener las gracias de redención con Jesús, ella es consecuentemente proclamada por Jesús crucificado como la
Madre Espiritual de todos los pueblos, cuya tarea será ahora la de dispensar las gracias de la Redención como la Mediatrix -o Mediadora- de todas
las gracias.”37

La maternidad espiritual de María continúa activamente en la distribución de las gracias de la Redención precisamente porque es la Mediatrix de todas las
gracias y Abogada de la humanidad. El rol de María como Mediatrix de todas las gracias ha sido oficialmente enseñado por casi cada papa de los últimos
trescientos años, desde Benedicto XIV en el siglo 18 hasta el Papa Benedicto XVI.38 Su mediación de gracia es, nuevamente, una expresión externa y práctica de su maternidad espiritual. San Juan Pablo II explicita este punto
clave: “El reconocimiento de su rol como Mediatrix está todavía más implícito en la expresión ‘nuestra Madre’ que presenta la doctrina de la mediación
mariana poniendo el acento en su maternidad.”39 La expresión “Nuestra Madre,”
contiene en sí misma la verdad y el rol de María como Mediadora de todas las gracias obtenidas en el Calvario.

En los días previos a Pentecostés (cf. Hch 1,14), María está allí intercediendo como abogada maternal a nombre de la Iglesia naciente para que descienda el
Espíritu Santo. De la misma forma, para que una Nueva Evangelización sea plenamente efectiva, la Iglesia debe utilizar nuevamente a María como la Abogada
humana para implorar al Espíritu Santo, el divino Abogado, que descienda en nuestro tiempo con el objeto de guiar y santificar nuestros esfuerzos
de difundir el Evangelio de Jesús hoy en día. El Papa Francisco señala que la abogacía de María ante el Espíritu hizo posible la primera evangelización:
“Con el Espíritu Santo, María siempre está presente en medio del pueblo. Se unió a los discípulos para orar por la venida del Espíritu Santo ( Hch 1,14) y con ello hizo posible el despliegue misionero que tuvo lugar en Pentecostés (EG 284).”

Además, el Papa Francisco apunta que la continua intercesión de María por sus hijos terrenos está testimoniada en los Santuarios marianos que hay alrededor
del mundo, incluyendo el de su más tierna y maternal auto identificación: Nuestra Señora de Guadalupe:

“A través de sus muchos títulos, con frecuencia ligados a sus santuarios, María comparte la historia de cada pueblo que ha recibido el Evangelio
convirtiéndose en parte de su identidad histórica. Muchos padres cristianos piden que sus hijos sean bautizados en un santuario mariano, como una señal de
la fe que profesan en su maternidad para engendrar nuevos hijos para Dios. Allí, en esos múltiples santuarios, podemos ver cómo María reúne a sus hijos
quienes con gran esfuerzo acuden en peregrinación sólo para verla y ser vistos por ella. Allí encuentran la fortaleza de Dios para soportar las
preocupaciones y el sufrimiento de sus vidas, y María, tal como lo hizo con Juan Diego, les ofrece su amor y consuelos maternales susurrándoles al oído:
‘Que tu corazón no se turbe…¿no estoy yo aquí, que soy tu Madre?’” (EG 286).

Finalmente, el testimonio del Nuevo Testamento sobre la Maternidad Espiritual expone su carácter protector espiritual como la Mujer-Madre en el
Libro del Apocalipsis (Ap 12,17). Aquí, la mujer “vestida de sol” y “coronada con doce estrellas” valientemente intercede por la Iglesia conformada por el
“resto de sus hijos” que están bajo el ataque del Dragón. Nuevamente, el Papa Francisco comenta: “El Señor no quiso dejar a la Iglesia sin este icono de
femineidad. María, que lo trajo al mundo con gran fe, también acompaña “al resto de sus hijos, aquellos que guardan los mandamientos de Dios y dan
testimonio de Jesús (Ap 12,17) (EG 285).”

Por lo tanto, a lo largo de todo el Nuevo Testamento, la maternidad espiritual de María es gradualmente develada y dinámicamente puesta en práctica a favor
del pueblo de Dios. La misma batalla espiritual por las almas que se describe en el Libro del Apocalipsis –la confrontación cósmica entre la Reina-Abogada
y el Dragón-Adversario- la vemos crecer inmensa y furiosamente en nuestros tiempos actuales. Es una batalla por las familias, por la sociedad y por la
Iglesia que al presente está necesitando la intercesión más fuerte posible por parte de la Madre Espiritual del mundo.

IV. Los signos de nuestro tiempo y la Madre del mundo

Gaudium et Spes
nos recuerda que “en todas las épocas la Iglesia ha tenido y tiene la responsabilidad de leer los signos de los tiempos interpretándolos a la luz del
Evangelio, si es que ha de llevar a cabo su tarea” (GS,4). ¿Qué es, pues, lo que constituye los signos de los tiempos y cuáles son sus ramificaciones para
la familia doméstica, la familia de la Iglesia y para toda la familia humana en su conjunto?

En el ámbito doméstico de la sociedad humana, la familia parecería estar enfrentando algunas de sus más severas amenazas, particularmente en las áreas de
la estabilidad matrimonial, la moralidad sexual y bioética y el adecuado cuidado de la mujer, los niños y los ancianos. 40 Incluso, aquel pontífice que constantemente exhortaba a la Iglesia a “no
tener miedo”, San Juan Pablo II, reconoció abiertamente su preocupación en relación al estado actual de la vida familiar:

“Una necesidad similar de compromiso y oración surge en relación a otro tema contemporáneo crítico: la familia, la célula principal de la
sociedad, cada vez más amenazada por fuerzas de desintegración tanto a niveles ideológicos como prácticos, al grado de hacernos temer por el futuro de esta
institución fundamental y, con ella, el futuro de la sociedad en su conjunto.”41

En el aspecto global, la actual capacidad nuclear de varios países y su exponencial poder de destruir regiones enteras, incluso naciones, representa un
desafío global sumamente grave y único en nuestros tiempos. Como lo afirmó el Cardenal Ratzinger: “Hoy en día la posibilidad de que el mundo pueda ser
reducido a cenizas por un mar de fuego ya no parece pura fantasía: el hombre mismo, con sus invenciones, ha forjado la llameante espada.” 42

Los violentos conflictos geopolíticos son constantes en Palestina, Israel, Rusia, Ukrania, Crimea, Siria, Iraq y Libia. El hambre a nivel mundial se
incrementa cada vez más y estadísticamente una de cada siete personas se va a la cama con hambre. 43 El “nuevo ateísmo”, el materialismo occidental y el humanismo secular van en
espiral ascendente. Además, el dramático incremento de persecuciones cristianas está también incrementándose en todo el mundo, especialmente en Iraq,
Siria, Sudan y Nigeria. De particular preocupación es el grupo terrorista recién formado “ISIS” (por sus siglas en inglés que significa Estado Islámico de
Iraq y Siria), el cual está iniciando formas extremas de persecución cristiana (así como a otras minorías étnicas) en impresionantes formas que manifiestan
claramente su origen diabólico.44


¿Qué puede hacer la Iglesia en medio de estos aparentes ataques globales sin parangón alguno tanto a la familia, a la sociedad y a la Iglesia misma?

A lo largo de su tradición e historia, la Iglesia como Familia de Dios ha mostrado sabiduría para acudir a María durante sus momentos más peligrosos y
críticos. En la Iglesia primitiva, los cristianos acudían presurosos a la Madre de Dios pidiendo liberación y protección durante los tiempos de la
persecución cristiana como se ve en la antigua oración, Sub Tuum Praesidium: “Acudimos a tu protección, Oh Santa Madre de Dios, no desprecies
nuestras peticiones y necesidades, antes bien, líbranos de todos los peligros, Oh Virgen gloriosa y bendita.” 45 En tiempos de crisis a finales de la edad media y a principios del periodo
moderno, la Iglesia nuevamente buscó la poderosa intercesión de la Madre, como lo atestigua la batalla de Lepanto (1571) a través de “Nuestra Señora del
Rosario,” y la Batalla de Viena a través del “Santo Nombre de María” (1683). Más recientemente, muchos han aceptado la caída relativamente incruenta del
Comunismo en la Europa del Este atribuyéndola a la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María que hizo el Papa San Juan Pablo II el 25 de Marzo
de 1984, cumpliendo con la petición de Nuestra Señora de Fátima.46

Y de nuevo, en los tiempos de sus mayores crisis históricas, la Iglesia siempre acude a María.

¿No sería, pues, ahora el tiempo para que una vez más, siguiendo la sabiduría perenne de la Iglesia, acudamos firme y definitivamente a
clamar la mayor intercesión posible por parte de la Madre Espiritual del mundo?

V.
La solemne definición de la Maternidad Espiritual de María

Hace cien años, el renombrado prelado belga, Desire-Joseph Cardenal Mercier, inició un movimiento al interior de la Iglesia para apoyar y pedir una
definición solemne de la Maternidad Espiritual de María.47 Las definiciones previas de: Madre de Dios (431), su Triple Virginidad (649), su Inmaculada Concepción (1854) y la Asunción (1950), han
proclamado solemnemente la relación de María con Jesús y sus singulares dones de gracia en alma y cuerpo. Una quinta definición mariana declararía
infaliblemente la relación de María con nosotros, sus hijos, tanto al interior de la familia de Dios perteneciente a la Iglesia, como a la
totalidad de la familia humana. Desde el principio, la motivación para este dogma mariano -además del adecuado reconocimiento del singular rol de la Madre
de Dios como Madre nuestra- fue la firme convicción de que esta definición papal traería consigo gracias históricas para la Iglesia y para el mundo.48

¿Cuál sería la razón por la que la proclamación del dogma de Maternidad Espiritual traería como resultado una nueva efusión de gracia para la humanidad?
Porque la declaración solemne del papa en relación a los roles de Nuestra Señora, es un ofrecimiento a Dios del mayor reconocimiento humano posible sobre
la verdad y aceptación de la Maternidad Espiritual de María por parte de la humanidad y, al mismo tiempo, una solicitud enteramente libre de la máxima
actuación posible de sus roles maternales de intercesión. Si bien se puede decir que cada uno de los anteriores dogmas marianos ha sido fuente de grandes
gracias para la Iglesia, la definición papal de la Maternidad Espiritual se presenta como particularmente predispuesta a tal efusión de gracias. Mientras
más se reconozca libremente el providencial designio de los roles de nuestra Madre Espiritual, ella será más “libre” y aceptada por nosotros –en
conformidad con el respeto de Dios a nuestra libre voluntad- de llevar a plena activación y poder sus roles de intercesión maternal en nuestro beneficio.
En su carta petitoria a San Juan Pablo II para la proclamación de este quinto dogma mariano, la Beata Teresa de Calcuta se refiere al histórico derroche de
gracia que daría como resultado la definición papal “…

La definición por parte del Papa de María como Co-redentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada proporcionará enormes gracias a la Iglesia.” 49

En suma, la solemne definición papal de la Maternidad Espiritual de María permitirá el mayor grado posible de aprovechamiento del ejercicio de las funciones maternales de intercesión de María por el mundo. Desde 1915,
más de ochocientos obispos50 y más de siete millones de fieles 51 han pedido a los papas de los últimos cien años esta corona dogmatica para María,
teniendo como precedente los dos últimos dogmas marianos de la Inmaculada Concepción y la Asunción de María. 52 Esto no debería pasarse por alto, especialmente a la luz de la legítima consideración
del sensus fidelium en el análisis de las condiciones apropiadas para una definición dogmática. 53

A la luz de lo anterior, ¿qué fruto espiritual razonable podríamos esperar de la definición de la Maternidad Espiritual como un dogma? Los siguientes
beneficios para la familia, la Iglesia y el mundo podrían ciertamente ser previstos:

  1. Una renovación de la vida familiar y del rol de la madre en la familia como el prototipo de su “corazón”. Una definición de Maternidad Espiritual
    no puede sino redundar en una renovada defensa del rol sublime de la maternidad en cada familia. Un nuevo reconocimiento solemne de maternidad en
    la persona de María, tendría como resultado inmediato la restauración de la reverencia que se debe dar al papel de una madre como el corazón de
    cada familia, lo cual, además, daría como resultado una transfusión de amor y gracia doméstica en la iglesia doméstica.

  1. Un nuevo respeto por la dignidad de la persona humana basado en el respeto radical que Dios puso en la libre cooperación de una persona humana,
    María, para participar en la obra de salvación de Cristo. Todas las personas humanas son elevadas en dignidad a través del rol victorioso otorgado
    a una mujer por Dios, lo que también influye en la restauración de la vida familiar como una comunión sagrada de personas instituidas por Dios.

  1. Una nueva celebración de la mujer en la Iglesia, y un modelo femenino concreto que impulse adecuadamente a la Iglesia a integrar a la mujer más
    profundamente en el trabajo de la Nueva Evangelización, así como a la vida de la Iglesia en su conjunto. Este nuevo reconocimiento de la mujer
    debería incluir legítimas posiciones de liderazgo en la Iglesia que no requieren ordenación ni conflicto con la responsabilidad principal de la
    maternidad cristiana, sino más bien hacer uso de ella para el mayor aprovechamiento de todos los hijos de Dios. Una definición de Maternidad
    Espiritual subrayaría que una mujer fue predestinada por Dios para acompañar al único Redentor divino y Mediador en su obra salvífica, y como tal,
    para proveer de un auténtico fundamento al verdadero feminismo cristiano. Una proclamación de María es al mismo tiempo una proclamación de la mujer. Como recalcó el Papa Francisco: “el Señor no quiso dejar a la
    Iglesia sin este icono de femineidad” (EG 285).

  1. Una infusión de gracias sobrenaturales para la Nueva Evangelización a instancias de su Madre y “Estrella.” La historia cristiana nos brinda fuertes
    testimonios en lugares tales como México con el evento “Guadalupano”, en donde vemos que cuando María dirige el camino en la difusión del Evangelio
    de Cristo, regiones enteras, o incluso continentes, se convierten rápidamente o se renuevan dentro de la Iglesia. El Papa Francisco nos recuerda:
    “Ella es la Madre de la Iglesia que evangeliza, y sin ella, jamás podríamos entender verdaderamente el espíritu de la Nueva Evangelización” (EG
    284).

A la luz de un nuevo “fiat” papal a sus títulos y funciones de intercesión, Nuestra Señora podría cumplir profundamente con la oración del Papa Francisco
de “obtener un nuevo ardor nacido de la resurrección, para que podamos llevar a todos el Evangelio de vida que triunfa sobre la muerte,” y de allí otorgar
a la Iglesia “una santa valentía para buscar nuevos caminos para que el don de la belleza imperecedera alcance a todo hombre y mujer.” (EG 288). En virtud
de que María, por encima de cualquier otra creatura, se entregó a sí misma y “completamente al Dios eterno,” es quien mejor “nos puede ayudar a
dar nuestro propio ‘si’ al urgente llamado, más apremiante que nunca antes, para proclamar la buena nueva de Jesús” (EG 288).

Para el proceso de la Nueva Evangelización, es todavía mucho más esencial que incorporemos plenamente un “estilo mariano” en nuestros métodos de difundir
el Evangelio. El Papa Francisco nos explica:

“Existe un “estilo” mariano para el trabajo de evangelización de la Iglesia. Siempre que vemos a María, llegamos a creer una vez más en la naturaleza
revolucionaria del amor y la ternura. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes que no necesitan tratar
a los demás pobremente con el objeto de sentirse ellos mismos importantes (EG 288).

María es, por encima de todo, nuestro modelo de servicio y evangelización para los pobres y marginados, y la solemne importancia de su ejemplo maternal
sólo ayudará a la Iglesia a imitar de mejor manera su ejemplo evangelizador: “Ella es la mujer de oración y trabajo de Nazaret, y también es Nuestra Señora
del Socorro, quien sale de su pueblo “presurosa” (Lc 1,39) para servir a los demás. Esta interacción de justicia y ternura, de contemplación y preocupación
por los demás, es lo que hace que la comunidad eclesial vea a María como un modelo de evangelización” (EG 288). Una definición de maternidad ciertamente
subrayaría la urgencia de la Iglesia de ser más maternal en sus métodos de difundir el Evangelio.

Adicionalmente, el Papa Francisco ha ofrecido un nuevo modelo eclesiástico para la Iglesia: el “hogar” (cf EG 288). Si la Iglesia verdaderamente
se ha de convertir en “hogar” para todos los pueblos, tenemos con mayor razón la urgencia de que la Madre de la Iglesia se involucre más íntimamente; que
el “corazón” de la Familia de Dios pueda utilizar sus dones maternales únicos en transformar aún más a la Iglesia en una comunidad donde los nuevos
‘inquisidores’ y nuevos creyentes auténticamente vean y experimenten a la Iglesia como un hogar.

  1. La renovación y “marianización” de la Iglesia a través de un reconocimiento solemne de su miembro y modelo más perfecto. El Papa Francisco nos
    recuerda que “María es la mujer de fe que vive y camina en fe, y su “excepcional peregrinación de fe representa un constante punto de referencia
    para el Iglesia” (EG 287). La coronación dogmática de la Madre acentuaría el rol sagrado de la Iglesia como “madre” (LG 63,64) en la misión de
    llevar vida sobrenatural a las almas. La declaración de María como Madre de todos los pueblos también pondría de relieve a la Iglesia como “madre
    de todos los pueblos,” que está incorporada en esta oración del Papa Francisco a la Madre: “Imploramos su intercesión maternal para que la Iglesia
    se convierta en hogar para muchos pueblos, una madre para todos los pueblos, y que el camino pueda ser abierto para el nacimiento de un
    nuevo mundo.” (E.V. 288)54

La proclamación de su rol como Co-redentora, en el aspecto sufriente, inseparable y fundacional de su maternidad espiritual, le recuerda a la Iglesia de su
necesidad de también ser “co-redentores en Cristo”55 -utilizando la expresión de San Juan
Pablo II- para completar “lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). El Papa Benedicto también llamó a
la Iglesia a convertirse en “redentores en el Redentor.”56

  1. Una nueva efusión de gracia para los pobres, sufrientes, hambrientos, ancianos y marginados del mundo. El Magnificat revela el lugar
    especial en el corazón de Nuestra Señora por los “humildes” y los “hambrientos” (Lc 1,52,53). Esta definición llevará gracias generosas a los
    pueblos más necesitados del mundo, a los pobres y a aquellos que están “al margen” de la familia humana, y como tales tendrían un lugar
    preferencial en el Corazón Inmaculado de María. “Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a ser testigos radiantes de comunión, servicio, fe
    ardiente y generosa, justicia y amor por los pobres, que la alegría del Evangelio llegue a a todos los rincones de la tierra, iluminando hasta los
    confines de nuestro mundo” (EG 288).

  1. Una contribución al auténtico ecumenismo cristiano. La verdadera maternidad une a los hijos en vez de dividirlos. Así también lo hace la sublime
    maternidad espiritual de la Madre perfecta entre sus hijos cristianos. A pesar de los avances en la unidad cristiana a través de la oración y el
    diálogo, el ecumenismo aún necesita de renovadas y profundas gracias para alcanzar su meta de unión plena en el Cuerpo de Cristo. Un nuevo
    surgimiento de gracia en nuestros actuales esfuerzos ecuménicos podrían primero unir los corazones de sus hijos, lo que podría conducir
    subsecuentemente a una nueva unión de mentes dentro de la familia cristiana; un radical cambio ecuménico a través de la intercesión de la Madre de la unidad cristiana.57

Una definición de Maternidad Espiritual también articularía en los términos bíblicos y teológicos más claros posibles, que los cristianos católicos no
“adoramos” a María, sino que reconocemos apropiadamente su rol secundario y subordinado con Jesús en la salvación como “una Madre en el orden de la
gracia.”58 Ofrecería al diálogo ecuménico una herramienta invaluable como una
formulación bíblica y teológica de lo que la Iglesia cree sobre María. La verdad cristiana por sí misma unifica.

  1. Paz entre las naciones. La Madre de toda la humanidad también es la Reina de la Paz quien busca llevar al Príncipe de la Paz a todas las tierras,
    especialmente aquellas que sufren más los azotes de la guerra, el odio y la destrucción. La definición ofrecería una nueva liberación de gracia
    sobrenatural y sabiduría hacia la resolución de los conflictos geopolíticos más complejos a nivel regional, nacional e internacional, mismos que a
    este punto, podrían parecer lejanos a un remedio humano o diplomático. Tal es el carisma especial de la maternal “Desatadora de Nudos.” 59

Objeciones potenciales para una definición mariana

Algunos podrán objetar que el Dogma de la Maternidad Espiritual no sería apropiado a la luz de las enseñanzas bíblicas de 1Tim 2,5 que dice “hay un solo
mediador entre Dios y el hombre, el hombre Cristo Jesús.” Sn embargo, nuevamente se debe enfatizar que la Maternidad Espiritual de María es sólo una
participación subordinada a la única mediación de Cristo, como lo evidencian las oraciones e intercesión de cada cristiano.

Lumen gentium nos recuerda:

“Pero la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su
eficacia….nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma
saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo (LG 60).

María intercede, la Iglesia intercede, los santos interceden, los ángeles interceden, el sacerdote intercede, los fieles laicos interceden, cada uno en sus
diversos y proporcionados grados, sin embargo todos como participantes secundarios y subordinados de la única mediación de Jesucristo.60 María participa de la única mediación de Jesús como ninguna otra, 61 debido a su singular rol con Jesús en la obra de la redención, y a la luz de su rol
incomparable en la distribución de la gracia para la humanidad. Pero su mediación maternal ni es “paralela” ni tampoco “compite” con la única mediación de
Cristo.

San Juan Pablo II ofrece esta excepcionalmente clara enseñanza de 1Tm 2,5 y su auténtica interpretación católica:

“Al proclamar a Cristo como único mediador (cf. 1Tm 2,5-6) el texto de la Carta de San Pablo a Timoteo excluye alguna otra mediación paralela, pero no una
mediación subordinada. De hecho, antes de enfatizar la exclusiva y única mediación de Cristo, el autor urge a “que se hagan plegarias, oraciones, súplicas
y acciones de gracias por todos los hombres” (2,1). ¿No son las oraciones una forma de mediación? Al proclamar la singularidad de la mediación de Cristo,
el Apóstol intenta solamente excluir cualquier mediación autónoma o rival y no otras formas compatibles con el valor infinito de la obra del Salvador”. 62

Del mismo modo que la enseñanza paulina relativa a que “todos están privados de la gloria de Dios” (Rm 3,23) no fue contraria –a pesar de las primeras
impresiones- al dogma de la Inmaculada Concepción, así la enseñanza paulina de 1Tm 2,5 no va en contra de la presente doctrina y de la definición potencial
de María como Madre Espiritual y Mediadora de todas las gracias.

Y con todo, otros sostendrán que esta definición mariana impediría el progreso ecuménico con otros cuerpos eclesiales cristianos y por lo tanto
obstaculizar el llamado conciliar para la unidad cristiana. La actividad ecuménica auténtica dentro de la Iglesia identifica la oración como su alma y el
diálogo como su cuerpo en la verdadera búsqueda de la unidad dentro de la única Iglesia de Cristo santa, católica y apostólica. 63

Sin embargo, los verdaderos esfuerzos ecuménicos no pueden ni comprometer las auténticas enseñanzas doctrinales que incluyen a aquellas concernientes a la
Madre de Dios, ni tampoco deberían de ser un obstáculo para el legítimo desarrollo doctrinal, 64 y este dogma mariano propuesto debería, de hecho, constituir un desarrollo legítimo de
la perenne doctrina con respecto a la Maternidad Espiritual de María. La verdad mariana propiamente articulada no levanta muros, antes bien construye
puentes. Todos los cristianos necesitan saber con la misma claridad manifestada por el Redentor en el Calvario, que ellos también tienen a María comosu Madre (cf. Jn 19,26). El Papa ha comentado recientemente: “Un cristiano sin la Virgen es huérfano.” 65

Otra objeción importante es que los títulos marianos que comprenden las expresiones específicas y funciones de la Maternidad Espiritual como “Co-redentora”
y “Mediadora” no deberían utilizarse en una potencial definición, ya que su base etimológica está demasiado cerca a aquellas del divino “Redentor” y
“Mediador” que son propiamente atribuidas solamente a Jesús. Sin embargo, la Tradición cristiana frecuentemente utiliza los mismos títulos de raíz para
María que para Cristo, pero con el claro entendimiento de que María participa de manera inconfundible desde una dimensión humana en una realidad divina que
es completamente dependiente de Jesucristo. ¿No es esto plenamente consistente con la tradición teológica de la Iglesia y su constante uso del principio de
analogía? Títulos con raíces completamente diferentes no expresarían la intimidad, belleza y coherencia del singular plan de Salvación que Dios ha querido
de manera específica entre el Hijo y la Madre, y en última instancia entre Dios y la humanidad en la obra de la salvación humana, ya que todos los miembros
de la Iglesia están llamados a participar en las acciones divinas de redención y gracia. Así como las parejas casadas “co-crean” con el Padre en traer
hijos al mundo; y los sacerdotes “co-santifican” con el Espíritu administrando los sacramentos de la Iglesia, todos los cristianos están llamados a
“co-redimir” con Jesús en cumplimiento del llamado que hace San Pablo de “completar “lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor de su Cuerpo, que
es la Iglesia” (Col 1,24). El título de María como Co-redentora no sólo ilustra la unión de la humanidad con la divinidad que Dios desea en la obra de
salvación, sino que también invita a la Iglesia a seguir su ejemplo como “co-redentores en Cristo,”66 y también proclama en sí el mensaje cristiano prototípico de que el sufrimiento es redentivo.67

Y aún así, otros podrían objetar que la doctrina mariana en cuestión no está adecuadamente madura para una definición y que los elementos asociados con la
doctrina siguen siendo “ambiguos.” Sin embargo, la Maternidad Espiritual y sus tres expresiones maternales esenciales de co-redención, mediación y
abogacía, han sido consistentemente enseñadas por el magisterio ordinario de los papas por más de tres siglos. Con toda seguridad esto nos proporciona una
garantía magisterial de que todos los aspectos esenciales de la doctrina son intrínsecamente ciertos y libres de cualquier error.

En relación a cuestiones secundarias que podrán permanecer en relación a la Maternidad Espiritual, se debe hacer una distinción entre cuestiones esenciales intrínsecas a la doctrina y cuestiones secundarias asociadas con la doctrina. La Maternidad Espiritual es una verdad incuestionable que
forma parte del cuerpo de la doctrina Católica y cimentada en las Sagradas Escrituras, la Patrística, la Tradición y el Magisterio haciendo que en las
últimas centurias un papa tras otro haya enseñado oficial y confiadamente la doctrina. Los asuntos cercanamente relacionados y que, con todo son
secundarios a la doctrina en cuestión, no necesitan ser plenamente respondidos antes de su definición. Por ejemplo, el tema de la “muerte de María” que
está íntimamente relacionada con la Asunción, no fue incluída en la eventual definición de la Asunción por el Venerable Pío XII, ya que no constituía un
aspecto intrínseco esencial para la doctrina de la Asunción sin menoscabo de su cercana relación.

Si bien una definición solemne en verdad exige la verificación de la verdad revelada en su esencia, no requiere que todas las cuestiones secundarias
relacionadas con la doctrina deban ser explicadas antes de su solemne proclamación, ni tampoco que no se vaya a desarrollar una mayor comprensión después
de su promulgación. Esto se evidencia por los profundos pensamientos sobre una comprensión más profunda de la Inmaculada Concepción ofrecidos por San
Maximiliano Kolbe después de más de cincuenta años de la dogmatización de la doctrina.68

Además, la Maternidad Espiritual posee un apoyo bíblico más sólido e implícito que cualquiera de los dos dogmas marianos previos de la Inmaculada
Concepción y de la Asunción, particularmente a la luz de los testimonios de la Escritura encontrados en el presagio del Antiguo Testamento en Génesis 3,15;
en la Anunciación (Lc 1,38); la Visitación (Lc 1,39); la Profecía de Simeón (Lc 2,35); las Bodas de Caná (Jn 2,1-10); la Mujer de la Revelación 12,1; y,
por encima de todo, las palabras directas de Jesús en el Calvario (Jn 19,25-27).

En resumen, la clara doctrina de la Maternidad Espiritual, basada en su implícita presencia bíblica, el explícito desarrollo tradicional y la articulación
magisterial oficial, contiene un fundamento en las fuentes de la revelación divina y teología que positivamente sostienen y respaldan su inmediata
consideración para una solemne definición.

Conclusión

¿Podría ser ahora el tiempo apropiado para definir solemnemente la siguiente doctrina cristiana: que


María, la Inmaculada, siempre virgen Madre de Dios, gloriosamente asunta al cielo, es la Madre Espiritual de toda la humanidad como Co-redentora,
Mediadora de todas las gracias y Abogada?

¿Acaso no estamos obligados por la consciencia cristiana a utilizar todos los medios disponibles en la Iglesia para traer un remedio sobrenatural a los
excesivamente graves pecados de los tiempos actuales? Lejos de una especie de estéril y abstracto procedimiento teológico, la definición de un dogma
mariano permitiría la liberación del poder sobrenatural; una decisiva efusión de gracia espiritual, paz y sanación que el drama actual de nuestro mundo
urgentemente necesita. Así como fue María quien imploró al Espíritu que descendiera en el primer Pentecostés (cf. Hechos 1,14), así ahora, una vez más, debemos implorar que María sea la Abogada para un Nuevo Pentecostés -para que vuelva a descender el Espíritu Santo- con el objeto de impregnar los
esfuerzos de la Iglesia hacia la restauración de la familia y una nueva evangelización con la ayuda celestial que sólo puede venir del divino Santificador.

Por otro lado, ¿deberíamos nosotros dudar de definir los roles de la Madre y por ende inhibir todo el poder de su maternal intercesión debido a cuestiones
teológicas secundarias relacionadas a una doctrina que ya ha sido oficialmente enseñada por el magisterio de los papas durante siglos? ¿Deberíamos esperar
invocar definitivamente a la Madre debido a una falta de comprensión de 1 Timoteo 2,5? ¿Deberíamos resistir a la perenne práctica de la Iglesia de “acudir
a María” en el momento histórico tan grave que estamos viviendo al presente debido a la falta de apoyo de otros hermanos y hermanas pertenecientes a
diferentes cuerpos eclesiales cristianos, la mayoría de los cuales niegan a priori el oficio del papado desde donde necesariamente tendría que
venir la definición mariana?

El Beato Papa Pablo VI siguió las inspiraciones del Espíritu Santo en contra de la considerable oposición tanto por parte de los padres conciliares como de
los teólogos de que se concluyera la tercera sesión del Concilio Vaticano Segundo con la proclamación de que María es Madre de la Iglesia. ¿No
constituiría un paralelo adecuado, más idóneo todavía, y que el fruto climático del Sínodo de la Familia fuera la definición de la Maternidad Espiritual de
María por parte de nuestro amado Papa Francisco, y con ello fomentar una auténtica renovación de la familia, la Iglesia y la familia humana en su conjunto?

El Papa Francisco nos recuerda que no debemos temer la lucha mientras vamos de camino si recurrimos a la “ayuda de la Madre”:

“Jesús desde la Cruz le dice a María, refiriéndose a Juan: “Mujer, ¡ahí tienes a tu hijo!” y a Juan: “¡Ahí tienes a tu madre!” (cf. Jn 19,26-27). Todos
estamos representados en ese discípulo: el Señor nos confía a las manos amorosas y tiernas de la Madre para que nos apoye a enfrentar y superar las
dificultades de nuestro camino humano y cristiano; para que jamás tengamos miedo de la lucha, para que lo enfrentemos con la ayuda de la Madre. 69

Cuando Jesús desde la cruz proclamó por primera vez a María como “Madre” (Jn 19,27), sobrevino sobre el mundo la gracia, la evangelización y la paz. Que
una segunda y solemne proclamación de María como “Madre” por parte del Vicario de Jesús, conduzca a la Iglesia hacia una nueva era de gracia, una nueva
evangelización, y una renovada paz para la familia, la Iglesia y el mundo.

Dr. Mark Miravalle

Professor de Teología y Mariología

Universidad Franciscana de Steubenville

Septiembre 15, 2014

1

Sn. Juan Pablo II, Mulieres Dignitatem, n. 29.

2

Sn. Juan Pablo II, Audiencia General, Noviembre 24, 1999.

3

Sn. Juan Pablo II, Mulieres Dignitatem, n. 30.

4

Sta Edith Stein, Ensayos sobre Mujeres, p. 45.

5

Ibid.

6

Sta. Teresa Benedicta de la Cruz (Sta. Edith Stein), I. Guardini, “Sobre la educación de las mujeres”, L’Osservatore Romano, Marzo 6,
1969, Edición en inglés, p. 9.

7

Beata Teresa de Calcutta, Carta a la Cuarta Conferencia Mundia sobre la Mujer, Beijing, 1995.

8

Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologica, III, Q. 26, a. 1.

9

Cf. por ejemplo, Pío XI, Casti Connubi, Deciembre 31, 1930, n. 27.

10

Cf. Antífona Litúrgica, Alma Redemptoris Mater.

11

Beato Pío IX, Ineffabilis Deus, Dec. 8, 1854; Lumen gentium 56.

12

Lumen gentium
, 56.

13

Consejo de Efeso, 431.

14

Papa Francisco, Audiencia General, Octubre 23, 2013.

15

Por ejemplo, títulos ya utilizados por el Magisterio papal refiriéndose a la intercesión de Nuestra Señora, incluyendo “Reina,” “Mediadora de todas las
gracias,” “Co-redentora,” y “Reparadora.”

16

Cf. Dei Verbum, 9,10.

17

Papa Francisco, “Oración de consagración a María,” Octubre 13, 2013.

18

Cf. Lumen gentium, 58

19

Sn. Agustín, De Sancta Virginitate, 6, 6; cf. Sn. Pío X, Ad Diem Ilum, 1904.

20

Sn. Juan Pablo II, Alocución en Fátima, Mayo 12, 1991; Redemptoris Mater, 47.

21

Cf. Lumen gentium, 58.

22

Cf. Sn. Juan Pablo II, Redemptor Hominis, n. 1.

23

Cf
. Heb. 10:10.

24

Lumen gentium,
62.

25

Cf. Lumen gentium, n. 60, 61.

26

Cf. Por ejemplo, el uso más reciente por un papa, cf. Papa Benedicto XVI, uso de “ Mediatrix omnium gratiarum,” Carta para el Día Mundial del Enfermo en el Santuario de Nuestra Señora de Altötting, Alemania, Feb. 11,
2013. Para documentación de los papas de los últimos trescientos años, cf. A. Apollonio,F.I., “Mary, Mediatrix of all Graces” (María Mediadora de todas
las Gracias) en “Mariology: A Guide For Priests, Deacons, Seminarians, and Consecrated Persons” (Mariología: Una guía para sacerdotes,
diáconos, seminaristas y personas consagradas) pp. 444-464.

27

Genesis 3:20.

28

Cf. 1 Cor. 15,22, 45; Rom. 5:12, 21.

29

Cf. San Ireneneo, Ad Haer III, 22, 4, PG 7, 959; ; LG 56.

30

San Ireneo, Ad Haer III, 22, 4. PG 7, 959.

31

San Jerónimo, Epist. 22, 21; PL 22, 408. Cf. Lumen Gentium, 56.

32

San Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 21

33

Cf. San Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 21

34

Para el pontificado de San Pío X: Congregación de Ritos, AAS, 1, 1908, Santa Sede, p. 409; AAS 5, 1913, p. 364; Santa Sede, AAS, 6, 1914, p. 108. Para
Pío XI: L.R., p. 1; Audiencia, Dec. 1, 1933, L.R., p. 1; Audiencia, Marzo 25, 1934, L.R., p. 1; Audiencia, Abril 29, 1935.
Para San Juan Pablo II: Audiencia, Sept. 8, 1982; Audiencia, Nov. 4, 1984, L.R., p. 1; Audiencia, Marzo 11, 1985, L.R., p. 7; Homilía, Enero. 31, 1985; Audiencia, Abril 9, 1985, L.R., p. 12; Audiencia, Marzo 24, 1990.

35

San Juan Pablo II, Homilía en Guayaquil, Ecuador, Enero 31, 1985.

36

Ibid
.

37

Cf. San Pío X, Ad diem illum, 1904. Lumen gentium, 57; Lumen gentium, 62.

38

Para un listado de referencias papales de “Mediatrix o Mediadora de todas las gracias” desde el Papa Benedicto XIV al Papa Benedicto XVI, cf. , A.
Apollonio, “Mary, Mediatrix of all Graces (María, Mediadora de todas las Gracias) en Mariology: A Guide For Priests, Deacons, Seminarians and Consecrated Persons, (Mariología: Una guía para sacerdotes, diáconos, seminaristas y
personas consagradas) pp. 444-464.

39

San Juan Pablo II, “Mary, Mediatrix,” (María, Mediadora) Audiencia General, Octubre 1, 1997.

40

Por ejemplo, el aborto (actualmente con un aproximado de 42 millones al año); divorcio sin precedentes, anticoncepción, abuso de mujeres y niños,
tráfico humano de mujeres y menores; pérdida a gran escala de la fe cristiana, particularmente entre jóvenes; una disminución en el respeto por los
ancianos, y un incremento de la eutanasia. Para el rampante crecimiento de la Eutanasia, particularmente en los Países Bajos y Bélgica, cf.
Wwwlifesitenews.com, Junio 27, 2011, Septiembre 24, 2013; también para estadísticas actuales, cf. www.euthanasia.com

41

San Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 6

42

Joseph Cardenal Ratzinger, “Commentary on the Third Part of the Secret of Fatima” (Comentario sobre el Tercer Secreto de Fátima) Junio 26,
2000.

43

Organización de Salud Mundial, Estadísticas de Hambre e Inanición, 2012.

44

ISIS (o ISIL) las formas de persecución incluyen asesinato, asalto sexual, crucifixión, decapitación y esclavitud, incluso de mujeres y niños.

45

Sub Tuum Praesidium
, siglo III.

46

Cf. Julio 13, 1917 Mensaje de Nuestra Señora de Fátima.

47

Iniciación del Moviemiento para la Solemne Definición de la Maternidad Espiritual de Nuestra Señora por el Cardenal Mercier en Abril, 1915, cf. M.
Hauke, “Mary, Mediatress of Grace: Mary’s Mediation of Grace in the Theological and Pastoral Works of Cardinal Mercier, Ch. I.
(María, Mediadora de Gracia: La mediación de gracia de María en los trabajos teológicos y pastorales del Cardenal Mercier)

48

Ibid
.

49

Carta de petición de la Beata Teresa de Calcuta para el quinto dogma mariano
, Agosto 14, 1993, cf. www.fifthmariandogma.com.

50

El Cardenal Mercier sometió cientos de peticiones de obispos dentro de los primeros años del movimiento desde 1915 hasta 1920. El movimiento más
reciente, Vox Populi Marie Mediatrici, registra 522 obispos y 57 cardenales de 1993 a 2010, cf. www.fifthmariandogma.com.

51

Desde 1995 se han sometido arriba de 7 millones de peticiones de más de 180 países para este quinto dogma mariano a la Congregación para la Doctrina de
la Fe, cf. www.fifthmariandogma.com

52

Tanto el Beato Pío IX como Pío XII agradecieron a los fieles cristianos el derroche de peticiones para estos respectivos dogmas marianos como una
manifestación legítima del sensus fidelium; cf. Ineffabilis Deus, Diciembre 8, 1854 y Munificentissimus Deus,
Noviembre 1, 1950.

53

Cf. John H. Newman, “The Rambler” (El vagabundo) 1859; Ian Ker, John Henry Newman. Una biografía, Oxford: Clarendon Press,
1988, 463-489.

54

Énfasis mío.

55

Cf. por ejemplo, San Juan Pablo II, Audiencia General, Enero 13, 1982.

56

Papa Benedicto XVI, Homilía durante la bendición eucarística en Fátima, Mayo 12, 2011.

57

Cf. San Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 21, 28.

58

Lumen gentium
, 61.

59

Cf. Papa Francisco, Alocución en la Víspera de la Consagración a María, Octubre 12, 2013.

60

Cf. Sto. Tomás de Aquino, ST III, Q. 26, a. 1; Lumen gentium 60-61.

61

Cf. Sn. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 21, 39.

62

Sn. Juan Pablo II, Audiencia General, Octubre 1, 1997.

63

Cf. Sn. Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 21, 28.

64

Cf. Unitatis Redintegratio,11; Ut Unum Sint, 36, 18.

65

Papa Francisco, Audiencia general, Septiembre 3, 2014.

66

Cf. Por ejemplo, Sn. Juan Pablo II, Audiencia General, Enero 13, 1982.

67

Cf. San Juan Pablo II, Carta Apostólica, Salvifici Doloris; Pío XII, Mystici Corporis.

68

Cf. Por ejemplo, Manteau-Bonamy, ed., “The Immaculate Conception and the Holy Spirit: The Marian Teachings of Fr. Kolbe (La Concepción
Imaculada y el Espíritu Santo: Las enseñanzas marianas del Padre Kolbe) Capítulos I, II, IV.

69

Papa Francisco, Alocución en la Basílica de Sta. María la Mayor, Mayo 4, 2013.