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Por Patrick Coffin

El Sr. Patrick Coffin, nativo de Canadá, es un escritor independiente y ha trabajado anteriormente como coordinador de relaciones con los medios para la Universidad Franciscana de Steubenville. Actualmente está escribiendo en Hollywood, California.

Después de la Eucaristía y del rol de Pedro, la devoción Mariana es ciertamente la actividad Católica más distintiva. Parafraseando a G.K. Chesterton, no es que las doctrinas Marianas no hayan sido investigadas y probadas falsas; es más bien que todavía deben ser investigadas. Este axioma arroja luz sobre una propuesta que ha sido puesta a la Congregación de la Doctrina de la Fe por un grupo internacional laico basado en los Estados Unidos.

Vox Populi Mariae Mediatrici (¨La Voz del Pueblo por María Mediadora¨), está actualmente organizando un esfuerzo mundial para animar al Papa Juan Pablo II, para que defina como Dogma Católico que la Santísima Virgen María es Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada del Pueblo de Dios.

El grupo (fundado en 1993) está encabezado por su fundador, Dr. Mark Miravalle, Profesor de Teología y Mariología en la Universidad Franciscana de Steubenville, Ohio, U.S.A. Y desde sus comienzos en Mayo de 1993, Vox Populi se ha convertido rápidamente en un movimiento global de los fieles ordinarios, laicos eruditos, sacerdotes, cerca de 500 obispos y 55 cardenales de más de 150 países.

El grupo ha supervisado el envío de peticiones firmadas a mano a la Santa Sede, en un promedio mensual de 100,000 cartas. En los 95 años siguientes de la proclamación de la Inmaculada Concepción en 1854, se enviaron cerca de 8 millones de peticiones a Roma para obtener la definición del dogma de la Asunción a través de un movimiento similar; en sólo 4 años, Vox Populi ha enviado casi 5 millones de peticiones.

Cuando fue definido el dogma de la Asunción en 1950 (Munificentissimus Deus de Pío XII), fue el cuarto dogma Mariano de la Iglesia –siguiendo el título Teotokos de María, la portadora-de-Dios (definido en el 431); su Virginidad Perpetua (en el 649); y su Inmaculada Concepción (en 1854). Vox Populi Mariae Mediatrici presenta que ahora es el tiempo para un quinto y final dogma Mariano.

Dos antologías eruditas editadas por el Dr. Miravalle argumentan que la Iglesia está viviendo ahora en la ¨culminación de la Era de María¨. Como evidencia, los libros señalan el surgimiento incremental de centros Marianos alrededor del mundo, la renovada popularidad de las consagraciones personales al Inmaculado Corazón y la virtual explosión de apariciones Marianas aprobadas por la Iglesia. Pero Miravalle insiste que aún las más establecidas apariciones Marianas, de ninguna manera forman las bases para las definiciones propuestas.

Más bien, su esencia ha sido enseñada por el magisterio, y cada elemento del dogma propuesto tiene un amplio rango de anclas bíblicas. Más aún, son enseñados con el tipo de autoridad que cumple los criterios de las enseñanzas ordinarias infalibles tal como están puestas en Lumen Gentium. Por tanto, definiendo un dogma que articule algo antiguo no agrega nada nuevo.

El propósito del movimiento es manifestar el Sensus fidelium, de acuerdo al proceso tradicional descrito por el Venerable Cardenal John Henry Newman. Aquí el movimiento se distingue a sí mismo de otros movimientos orientados a peticiones, pidiendo el adjetivo Católico. Puesto que el auténtico ¨sentido de los fieles¨ presume una comunión a priori con Roma, al menos en materia de fe y moral. Cuando los Papas Pío IX y Pío XII promulgaron, respectivamente, los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción, anotaron cómo la oportunidad y contenido de sus promulgaciones fueron influenciadas por el movimiento laical de petición de sus días.

El término ´sensus fidelium´ pide la pregunta: ¿Están los fieles manifestando su sentido, o la llamada ¨fe¨ razonada? Vox Populi no es un grupo de cabildeo que de alguna manera iguala la verdad con un conteo de carreras; el proceso que han iniciado es más un termómetro doctrinal. En este caso, lo que es ¨percibido¨ es precisamente lo que los fieles mantienen como verdad del rol singular jugado por la Madre de Dios en la obra de su Hijo.

Mientras se esparcen las noticias sobre el dogma propuesto a través de la Iglesia universal, las dos preguntas vitales son si encontramos estos roles Marianos ya presentes en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y si los Católicos creyentes ya dan honor a María de acuerdo a estos títulos, al menos implícitamente. También está la objeción del impacto que el dogma Mariano tendría sobre el ecumenismo. Mientras que muchos de los fieles apoyan la idea con lo que podría llamarse ´simpatía reservada´, también escucha uno una preocupación bien centrada que tal pronunciamiento formal dañaría los delicados logros ecuménicos obtenidos desde el Concilio Vaticano II. Pero el reto más ominoso para Vox Populi no está en los factores externos sino en los títulos mismos. Para los creyentes Protestantes, los Católicos no instruidos y de otra manera no iniciados, dándole los títulos de ¨Corredentora¨, ¨Mediadora¨ y ¨Abogada¨, a la humilde esclava de Nazaret parece ser un poco fuera de proporción. Para esos grupos, los términos, especialmente el de Mediadora, tiene un matiz sospechoso para ellos, apareciéndoles que diluye, sino suplanta, la única mediación de Cristo, el ¨único mediador entre Dios y el hombre¨ (1 Tim 2:5).

Sin embargo, el tercer aspecto del dogma propuesto, María como Abogada, parece el más familiar para los Católicos puesto que toda la tradición de la devoción Mariana –desde el Rosario hasta la consagración al Inmaculado Corazón- descansa sobre la premisa de que María intercede de alguna manera por el fiel como una ¨abogada¨. Esta abogacía está también latente en las oraciones antiguas tales como Sub Tuum Praesidum (c. 250): ¨Acudimos a tu patrocinio O Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, O Virgen siempre gloriosa y bendita¨. La iconografía Católica también ha entronizado esta idea a través, por ejemplo, del porte sereno y sombrío de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y otros iconos Marianos.

¿Entonces qué sobre María como ¨Corredentora¨ y ¨Medidadora¨? ¿Las enseñanzas Católicas llevan un suficiente nivel de certeza doctrinal para el aire enrarecido de una definición dogmática?

Los términos de la definición pueden ser mejor entendidos bajo la abovedada categoría de manifestaciones maternales en el orden de la gracia: María es Corredentora debido a su participación singular en la adquisición de la gracia salvífica de su Hijo; es Mediadora porque dio humanidad a su único Redentor. Por providencia de Dios, el surgimiento mismo del Redentor en la historia, dependió de la aceptación activa de María a la propuesta del Arcangel Gabriel.

Una limitación desafortunada de la lengua Inglesa posé algo que es un reto para cualquier fácil aceptación de María como ¨Corredentora¨. La palabra literalmente significa: ¨mujer con el Redentor¨, y su prefijo Latino (cum) no tiene connotación de igualdad, sino más bien sugiere acompañamiento, ¨presencia con¨ -aún ¨adornada con¨. Un co-fundador es un igual, lo mismo que un co-piloto. En este segundo sentido, el individuo dado llena un rol secundario pero crítico.

Sensibles a esta crítica, los Padres del Vaticano II enfatizaron que ¨ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras, tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas entre las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única¨ (Lumen Gentium, No. 62).

El título Corredentora señala la participación única de María en la obra salvadora de Jesucristo, una participación vista más escuetamente al pie de la cruz, y profetizada en los albores de la creación. En Génesis 3:15, se le aseguró a la serpiente que Dios ¨enemistad pondré entre tí y la Mujer, y entre su linaje y tu linaje: él te pisará la cabeza mientras asechas tú su calcañar¨. La Mujer y su linaje están unidos en la victoria. El Papa Juan Pablo II dice que María ¨se pone ´en medio´, o sea hace mediadora, no como una persona extraña, sino en su papel de madre¨ (Redemptoris Mater, No. 21).

El sufrimiento de María ¨junto con¨ Jesús, eleva aquella máxima Paulina de que ¨completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo¨ (Col 1:24) a un nivel completamente nuevo, por dos razones: Sus sufrimientos (a diferencia de los de Sn. Pablo) contribuyeron a la Redención objetiva; y no fueron puestos contra sus propios pecados, puesto que no tuvo ninguno. De aquí que su ¨ofrecimiento¨ fue hecho enteramente por el resto de nosotros. Juan Pablo II llama a esto ¨ la más profunda ¨kénosis¨ de la fe en la historia de la humanidad¨ (Redemptoris Mater, No. 18). Ella consintió en el sacrificio de su Hijo, ¨y se asoció con su corazón maternal a su sacrificio¨(Lumen Gentium No. 58).

En la Presentación (Lc 2:35), la mera escucha de María de la extraña profecía de que una espada de dolor atravesaría su corazón, fue un conocer de antemano la longitud de la misma. Las palabras de Simeón orientaron la escena hacia el Calvario, hacia la culminación bíblica de la corredención Mariana. Ahí en el Calvario, a la sombra de su Hijo agonizante, la Madre de Dios renunció ¨sus derechos maternales¨, en el Calvario ¨sufrió y casi murió con su Hijo sufriente y agonizante¨ (Inter Sodalicia, Benedicto XV, 1918). Esta es una participación activa, no una resignación pasiva.

El primer uso registrado del término ¨Corredentora¨ se remonta al libro litúrgico del siglo catorce, en Salzburg, Austria, pero el concepto estaba presente, en germen, en la vida devocional de la Iglesia siglos atrás. Sn. Agustín dio a María el título de ¨Cooperadora en la Redención¨ (De Sancta Virginitate, 6; PL 40). El cuerpo de los Padres de la Iglesia encuentra un tema recurrente de María como la ¨Nueva Eva¨ en el cual la obediencia de María, es contrastada con la desobediencia de Eva. Sn. Irineo de Lyons (m. 202) dijo que ¨el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Porque lo que la virgen Eva ligo fuertemente por su rechazo a creer, esta virgen María desligó con su creencia¨ (Adversus Haereses, Lb. 3).

La primera encíclica Mariana, Gloriosae Dominae, escrita por el Papa Benedicto XIV en 1748, enfatizó la unidad de María con Cristo, especialmente porque se le encargó la Iglesia al pie de la cruz. Este documento del final del siglo dieciocho dio lugar a un momentum continuo al proyecto mariológico moderno de la Iglesia. En 1806, el Papa Pío VII la llamó la ¨Dispensadora de todas las gracias¨. El Papa Pío IX se refirió a Ella en 1854, como la ¨Reparadora¨ o restauradora secundaria de nuestros primeros padres.

El gran Papa Mariano, Sn. León XIII (quien escribió 11 encíclicas sobre el Rosario), puso una firme base Mariológica para la Iglesia del siglo veinte. En Jacunda Semper (1894), el Papa León enseñó que ¨en lo que a su Hijo se refiere, lo ofreció a la justicia de Dios. En su corazón, murió con él (commoriens corde), su corazón traspasado con una espada de sufrimiento¨ (ASS 27).

Cada Papa del siglo veinte ha desarrollado estos temas, con cada pontífice sucesor avanzando y profundizando lo que ha sido una enseñanza perenne Católica sobre María. Los Padres del Vaticano II dedicaron el capítulo final de la ¨Constitución Dogmática de la Iglesia¨ (Lumen Gentium) al rol de la Santísima Virgen, tanto en la vida de la Iglesia como en relación a su Hijo.

Pero discutiblemente el más grande desarrollo en Mariología en tiempos modernos, ha fluido de la pluma del Papa Juan Pablo II.
A través de sus incontable alocuciones en el Angelus, audiencias generales, pláticas a peregrinos y especialmente a través de sus encíclicas Redemptoris Mater y Salvifici Doloris, Juan Pablo II ha articulado lo que siempre ha sido las ricas enseñanzas Católicas sobre el rol especial y la misión de María para la Iglesia peregrina. En los últimos 18 meses, el Santo padre ha lanzado -con particular urgencia- una catequesis sobre la Corredención Mariana:

María pudo ser ¨asociada con la obra salvadora de su Hijo¨, y estuvo ¨plenamente envuelta en la lucha contra el espíritu del mal¨. Por tanto, ¨los títulos de ´Inmaculada Concepción´ y ´Cooperadora del Redentor´, atribuidos por la fe de la Iglesia a María, son para proclamar…su participación íntima en la obra maravillosa de la Redención¨ (25 de Enero de 1996).

¨Al enfatizar la iniciativa de María en el primer milagro y al recordar su presencia en el Calvario al pie de la cruz, el Evangelista nos ayuda a entender como la cooperación de María se extiende a toda la obra de Cristo¨ (5 de Marzo de 1997)

¨María comparte el viaje de su Hijo ´a Jerusalen´ (Lc 9:51), y , más y más estrechamente unida con El…coopera con la salvación¨ (12 de Marzo de 1997).

¨Al convertirse en la Madre del Mesías en la Anunciación, María estuvo implicada en el sacrificio de su Hijo…al pie de la cruz, mientras que sufría la angustia natural de perder a su Hijo, la Madre de Dios, se asoció a sí misma con la misión de Jesús, misión ´en un auténtico acto de amor´¨ (2 de Abril de 1997).

¨Aunque el llamado de Dios a colaborar en la obra de salvación está dirigido a todos los seres humanos, la participación de la Madre del Salvador en la Redención de la humanidad, representa un hecho único e irrepetible…en unión con Cristo y sujeta a El, Ella (María), colaboró para obtener la gracia de salvación para toda la humanidad¨ (9 de Abril de 1997).

Lo que está continuamente enfatizado en todas estas enseñanzas es la absoluta dependencia de María en Jesús. No son ¨compañeros iguales¨. Cristo es el sonido, María es el eco.

El uso por parte de Dios de simples criaturas –un presentimiento del principio encarnacional- muestra el modus operandi divino. Pues a través del Antiguo Testamento, Dios empleó a los santos ángeles, a Abraham, a Moisés y a los profetas para hacer su voluntad. Y ahora, ¨en la plenitud de los tiempos¨ (Gal 4:4), a través de la acción del Espíritu Santo, los Cristianos están llamados a ser ¨co-trabajadores¨ de Dios (1 Cor 3:9). Siendo la mujer quien ¨medió¨ la Palabra, dándole carne y consintiendo en su sacrificio, la Virgen es simplemente la perfecta co-trabajadora.
Muchas bases escriturísticas frecuentemente expuestas por el magisterio, también sustentan a María como Mediadora de todas las gracias. Su fiat incondicional (Lc 1:38) dio al mundo a Aquel que lo redimió. Su cooperación activa con el plan de Dios proveyó al Salvador con su cuerpo, el instrumento de salvación (Heb 10:10). Su elección libre inició el misterio de la Encarnación –con todas sus inescrutables implicaciones y exigencias- (El sentido personalista de esta elección puede ser encontrada en la última tercera parte de la Redemptoris Mater del Papa Juan Pablo II).

En la fiesta de las bodas de Caná (Jn 2), María impulsó a Jesús a llevar a cabo su primer milagro público, y orientó a ambos hacia el Calvario, el lugar de las verdaderas nupcias entre el cielo y la tierra –razón por la cual Jesús vino al mundo. El uso que Jesús hizo del título ¨Mujer¨, es una alusión en clave de ambas cosas, a la forma en que se dirigiría a Ella desde la cruz y a la riqueza del título con resonancia escriturística. (esp. Gn 3:15; Jn 19:26; Ga 4:4; Ap 12:1).

El relato de Sn. Lucas de la Visitación (Lc 1:41) presenta a María, ahora un Tabernáculo viviente, ¨mediando¨ físicamente la gracia santificante de su Hijo a Elizabeth y especialmente, a Juan Bautista aún no nacido. Los dogmas Católicos proponen lo que debe ser observado y exponen lo que no. Existe una coherencia interna en su desarrollo; están orgánicamente unidos a las enseñanzas previas. No son ¨adiciones¨ espontáneas. Mucha mentira sobre la Iglesia inventando este o aquel dogma, empieza con esta falsa premisa de que la Iglesia ¨inventa¨ enseñanzas de la nada. Podemos afirmar, por un lado, que la Asunción corporal de María no se hizo ¨más verdad¨ después de que fue definido, y que nuestro Señor no estuvo ¨menos presente¨ en el Santísimo Sacramento antes de que fuera definido. Pero, por otro lado, cuando el Papa Pío IX definió la Inmaculada Concepción, señaló las muchas bendiciones que invariablemente resultan de las definiciones dogmáticas: ¨La Iglesia trabaja duro para pulir sus enseñanzas¨, escribió, ¨para llevar a perfección su formulación, de tal manera que estos dogmas más viejos de la doctrina celestial reciban prueba, luz y distinción, mientras que mantienen su totalidad, su integridad, su propio carácter; en una palabra, de tal manera que se desarrollen dentro del mismo contenido objetivo y que permanezcan siempre en la misma verdad, la misma denotación, el mismo pensamiento¨ (Ineffabilis Deus, 8 de Diciembre de 1954).

Quizá la Iglesia Católica esté lista para invocar su más alta autoridad y pronunciar que la redención de la raza humana estuvo dependiente –condicional pero actualmente- del libre consentimiento de una mujer, y de que este consentimiento contribuyó al carácter objetivo de dicha Redención. Vox Populi simplemente pregunta: ¿Podría haber un Papa más apropiado para hacer ese pronunciamiento? El Papa Totus Tuus fue un íntimo colaborador en la redacción de Gaudium et Spes del Vaticano II. Ha guiado la Iglesia a lo largo de trayectorias auténticas del Concilio, dirigió la revisión del Código de la Ley del Canon, supervisó el Catecismo de la Iglesia Católica y dio al mundo Mulieris Dignitatum, Redemptoris Mater y la ¨Carta a la Mujer¨.

Hace cuarenta años, el P. Karol Wojtyla escogió una imagen de María como Corredentora en su escudo de armas episcopal, cuando fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia, Polonia, en 1958. Si el Papa Juan Pablo II hace explícita la verdad total sobre María en vísperas del tercer milenio, sería una culminación extraordinaria para un pontificado extraordinario. Es un hecho universalmente conocido que las madres son consideradas un signo de unidad puesto que reúnen a sus hijos a su alrededor. Esta quizá sea la razón más práctica por la cual cerca de cinco millones de partidarios de Vox Populi Mariae Mediatrici, están de acuerdo en que una definición papal traería mucha luz de Adviento a los hijos de nuestra madre común.

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