0

Es con un gran profundo sentido de admiración por el trabajo del Dr. Mark I. Miravalle y del Movimiento Vox Populi por el Quinto Dogma Mariano, que doy mi gustoso e incondicional apoyo y aval al tercer volumen de la serie de Bases Teológicas: María Corredentora, Mediadora y Abogada Bases Teológicas, y al ya dicho Movimiento por el Dogma de Vox Populi.

Deseo agregar que considero un gran honor y privilegio, y también una verdadera alegría, el agregar mi voz a las voces de muchos millones en honor de la Mujer, “Bella como la luna y brillante como el sol” (Cant.6:9) quien trajo al mundo al Hijo de Dios hace 2000 años. Es a través de Ella que El vino a nosotros y es la voluntad de Dios el Padre que a través de Ella nosotros debemos de ir a El, y a través de El, con El, y en El, en el Espíritu Santo, al Padre, Su Padre y nuestro Padre.

Que la riqueza de las bendiciones de Dios reposen sobre todos aquellos que están promoviendo esta causa tan valiosa y sagrada para dar honor a la siempre Bendita Virgen María y para el honor y gloria de la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo, un Dios por los siglos de los siglos.

Amen.

Muy Rev. Sydney A. Charles
Obispo de St. George’s-in-Granada, Antillas.

Continue Reading

0

El 25 de Enero de 1959, el ya beatificado Juan XXIII, el “Papa Bueno,” anunció su deseo de convocar a un concilio ecuménico. Poco después, comenzarían los preparativos para el Concilio Vaticano II. El 18 de Junio de ese mismo año, se enviaron desde Roma cartas circulares a todos los cardenales, arzobispos, obispos y superiores generales de las congregaciones religiosas, y el 18 de Julio, una carta a todas las universidades católicas y facultades de teología. Las cartas fueron enviadas con el propósito de solicitar las sugerencias de los futuros Padres del Concilio sobre los temas que eventualmente debían tratarse durante el Concilio mismo.

Para la primavera de 1960, tiempo en que terminó el período de preparación, ya se habían recibido los temas sugeridos, y todas las peticiones y propuestas de los obispos y prelados fueron compiladas por el secretario del consejo preparatorio. De entre estas peticiones, hubo aproximadamente cuatrocientas directamente de obispos para que se definiera dogmáticamente la mediación de Nuestra Señora, incluyendo su cooperación en la Redención y particularmente su rol como Mediadora de todas las gracias. Alrededor de cincuenta obispos solicitaron específicamente la definición dogmática de María como “Corredentora.”

Según los reportes, el Mayor número de peticiones recibidas de los Padres que asistirían al Concilio fue sobre un mismo tema, a saber: concordaban en que el asunto de la mediación de Nuestra Señora merecía tratamiento conciliar; en segundo lugar, el Mayor número de peticiones recibidas solicitaba condenar el comunismo; y el tercer tema de Mayor consenso fue la necesidad de una definición dogmática solemne sobre la función de la Madre en la mediación universal “con Jesús.”

La dirección que posteriormente se le daría al Concilio Vaticano II, anunciada por el Beato Juan XXIII el día de su inauguración el 11 de Octubre de 1962 (a la sazón fiesta de la Divina Maternidad de María), fue “de índole predominantemente pastoral” y no dogmática. No obstante, la gran cantidad de “votos” o peticiones por una definición dogmática de la corredención y mediación de la Madre son históricamente significativas, porque ponen de manifiesto el inmenso amor que los Padres del Concilio profesaban por la Madre universal, y por ello, buscaban profesar la verdad completa sobre su rol en la historia de la salvación.

El primer borrador o “esquema” sobre la Santísima Virgen María se presentó a los Padres del Concilio el 23 de Noviembre de 1962, preparado por una subcomisión de teólogos intitulado: “Sobre la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Hombres.” Poco conocido es el hecho de que la documentación contenida en este primer esquema del Concilio Vaticano II contenía una hermosa síntesis sobre la historia de la doctrina de María como “Corredentora,” partiendo de la doctrina de los primeros padres sobre la nueva Eva, las ricas enseñanzas del Magisterio pontificio de los siglos XIX y XX encaminadas al Concilio.

En la sección relativa a los diversos títulos con los que se expone la cooperación con Cristo de la Madre de Dios en la obra de la redención humana, la documentación ofrecía la argumentación que a continuación transcribimos, sobre la legitimidad del título de Corredentora y su doctrina (seguida de una extensa anotación sustentando la tradición de la nueva Eva):

Todas estas cosas fueron desarrolladas por los sumos pontífices y teólogos, creando una terminología por la que María fue rápidamente llamada “Madre espiritual de los hombres, Reina del cielo y la tierra”; en otras modalidades, “nueva Eva, Mediadora, Dispensadora de todas las gracias,” y por supuesto, “Corredentora”… Tocante al título de “Corredentora,” y “Asociada de Cristo el Redentor,” se deben añadir algunos comentarios.

Ya desde el siglo X se utilizaba el título de “Redentora”: “Santa Redentora del mundo, ruega por nosotros.” Cuando en los siglos XV y XVI este título tan familiar fue asimismo aplicado, de inmediato se reconoció la cooperación de la Santísima Virgen en la obra de nuestra Redención, y al nombre de “Redentora” se le añadió el sufijo “co,” por lo que la Madre de Dios fue llamada “Co-redentora,” en tanto que Cristo continuó siendo el “Redentor.” Desde entonces y hasta el siglo XVII, el título Corredentora se utilizó sólo en obras devocionales relacionadas con la piedad y santidad, pero también en un gran número de tratados teológicos, lo que también se puede decir de los romanos pontífices, como es el caso de algunos textos de Sn. Pío X y Pío XI…

Las notas del esquema mencionan además, cómo el Papa Pío XII se valió de fórmulas tales como “Asociada del Redentor,” “noble Asociada del Redentor,” “amada Asociada del Redentor” y “Asociada en la divina obra de la redención” sin que mencionara específicamente el término, pero también la forma en que los supremos pontífices frecuentemente glorificaban el auxilio de María “cum Iesu” en la economía de la salvación. Acto seguido, cita al Papa Pío XI quien, el 1 de Diciembre de 1933 se valió del título de Corredentora, citando luego más referencias en apoyo de la doctrina de la corredención por los Papas León XIII, Pío XI, y Pío XII. La documentación referida incluso mencionaba a Pío VI en el siglo XVIII, quien había condenado la tesis de que, a menos que un título de María no estuviera explícitamente contenido en las Escrituras, no debía tenerse por cierto, aunque hubiese sido aprobado por la Iglesia e incorporado a su oración pública (Auctorem fidei, 1794).

Con tan abundante documentación sobre la Corredentora y su doctrina en la historia de la Iglesia y en la doctrina pontificia, ¿por qué entonces no se usó el título en la versión final del esquema Mariano, que después aparecería como Capítulo VIII de Lumen Gentium?

Una razón cierta para que el título Corredentora no apareciera en la versión final del tratamiento conciliar sobre la Santísima Virgen, fue que se incluyó una “prohibición” para el uso del título, escrita por un subcomité teológico en forma de “Nota Aclaratoria” (Praenotanda), que venía inmediatamente después del texto original del esquema mariano, tal y como se distribuyó a los Padres del Concilio. La prohibición de la subcomisión decía así: “Se han omitido algunas expresiones y palabras utilizadas por los supremos pontífices, mismas que en sí, son absolutamente ciertas, pero que podrían ser entendidos con dificultad por los hermanos separados (en este caso protestantes). De entre estas palabras se puede enumerar la siguiente: ‘Corredentora del género humano’ (Pío X, Pío XI)…”

La prohibición de la comisión teológica de ninguna forma se basó en inquietudes por la legítima doctrina de la Corredentora, pues la nota inequívocamente afirma que títulos tales como “Corredentora del género humano” utilizados por los pontífices, son “en sí mismas absolutamente ciertas.” En cambio, el término fue prohibido en virtud de que hubo ciertas opiniones por parte de los miembros de la subcomisión, en cuanto a que el término Corredentora “podría ser entendido” por cristianos protestantes “con dificultad.”

¿No es justo examinar la prohibición del término Corredentora a la luz del vasto género de la terminología católica? Uno se siente obligado a considerar lo que habría pasado con toda la tradición teológica del catolicismo, si todos nuestros títulos teológicos de fe hubieran tenido que ser medidos bajo esta misma pauta; de cierto es que los términos católicos como “transubstanciación,” “infabilidad pontificia” o incluso “Madre de Dios,” habrían padecido, porque sin duda estos términos también habrían corrido el riesgo de ser “entendidos con dificultad” por nuestros hermanos y hermanas cristianos que no comulgan plenamente con la fe católica.

A pesar de todo, la prohibición de la subcomisión pasó, y tristemente, la cuestión de incluir el título de Corredentora en los temas sobre María en el Vaticano II, a pesar de la vasta documentación de la Tradición y autoridades católicas, y las numerosas peticiones para que se incluyera en la fase preparatoria, no se permite siquiera alcanzar el piso del Concilio para discusión por los propios Padres del Concilio, entre quienes soplan los vientos del Espíritu Santo.

Aún así, el Espíritu le reservaba a su Esposa Corredentora un testimonio verdadero y generoso. Como nunca antes en la historia de la Iglesia, la doctrina de los sufrimientos de María “con Jesús,” recibió su más grandiosa y explícita declaración por parte de la autoridad del Concilio ecuménico.

La Corredención Mariana en Lumen Gentium

Al principio del Capítulo VIII de Lumen Gentium, los Padres del Vaticano II introducen humildemente una aclaración y negativa de que este capítulo sobre la Santísima Virgen de ninguna manera constituye “una doctrina completa sobre María.” Muy por el contrario, los Padres alientan la “investigación de teólogos” para que mejor se aclaren las opiniones que pueden “conservar sus derechos” para que se sigan proponiendo libremente en las escuelas católicas, de aquella que:

Este [sagrado Concilio] no tiene la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos. Así, pues, siguen conservando sus derechos las opiniones que en las escuelas católicas se proponen libremente acerca de aquella que, después de Cristo, ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros (Lumen Gentium, 54).

Resulta evidente para cualquier persona que quisiera examinar más a fondo cualquier publicación mariológica internacional de los años cuarentas, cincuentas y principios de los sesentas, que uno de los dominantes, y probablemente el más dominante de los temas mariológicos que a la sazón era estudiado por teólogos y “propuesto en las escuelas católicas,” era precisamente la doctrina de la corredención Mariana y su mediación. Por eso es que cualquier concepto que se tenga de que el Concilio Vaticano II buscaba poner fin al desarrollo doctrinal de María Corredentora, es simple y sencillamente un error y sería una contradicción de las propias palabras y enseñanzas del Concilio.

Cuatro años antes de que comenzara el Concilio, el Congreso Internacional Mariológico llevado a cabo en Lourdes en 1958, se dedicó al tema de la “Cooperación de la Santísima Virgen María y la Iglesia en la Redención de Cristo.” En este Congreso, los teólogos presentes unánime y moralmente apoyaron la doctrina de la singular cooperación de la Madre en la redención de Cristo. Es un hecho que María Corredentora está siendo difundida en escuelas católicas, congresos mariológicos y seminarios, en donde se ha apreciado vivamente su integridad doctrinal.

El Concilio comienza su tratado teológico sobre la corredención de María en la sección II de Lumen Gentium intitulada “Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación” (L.G. 55-59). Esta parte se refiere a las profecías del Antiguo Testamento sobre la Madre del Redentor, que se cumple con la nueva economía de salvación, cuando el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado, toma de la Hija excelsa de Sión la naturaleza humana:

…Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en pecado (cf. Gén. 3,15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is 7,14; comp. con Mic 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad.

El documento continúa citando a los antiguos Padres que articularon la activa cooperación de la Madre en la economía de salvación, basándose en el modelo de la nueva Eva y el principio de recapitulación:

Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida…

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo Corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, <<obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano>>. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que <<el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe>>; y comparándola con Eva, llaman a María <<Madre de los vivientes>>, afirmando aún con Mayor frecuencia que <<la muerte vino por Eva, la vida por María>>.

Vemos cómo el Concilio enseña que la Madre “se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él”. Inequívoca y llanamente, esta es la Madre que “con Jesús” coopera en la obra de la redención. La enseñanza certera sobre la legitimidad de la corredención Mariana se encuentra en esta doctrina del Vaticano II. Pero éste es apenas el comienzo.

Los Padres del Concilio se refieren a la singular cooperación de la Madre que duró toda su vida sobre la tierra: “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” (LG,57). Luego sintetizan los primeros años de esta cooperación que van desde la visitación al milagroso nacimiento, a la profecía de su corredención en la presentación, al dolor de la Virgen cuando es separada de su hijo en el Templo (cf. LG, 57).

El testimonio más profundo del Concilio a la corredención, se encuentra en el número 58 de Lumen Gentium. Los Padres, basándose en la doctrina pontificia que llevaría al Concilio, sintetizan la previa enseñanza ordinaria del Magisterio en relación con el cosufrimiento de María con Jesús en el calvario:

En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn. 2,1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc. 3,35; Lc. 11,27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc. 2,29 y 51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn. 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo (cf. Jn. 19,26-27).

Manteniéndose con Jesús en su sufrimiento; asociándose a su sacrificio; consintiendo en la inmolación de la víctima. Cosufriendo, cosacrificando, cosatisfaciendo, corredimiendo. ¿Acaso el Concilio no va a la zaga de lo mejor que tiene la Tradición sobre la corredención?

Para ampliar su doctrina sobre la corredención Mariana, el Concilio vuelve a resumir la obra de María al compartir durante toda su vida los sufrimientos del Redentor y enseña que su participación en la restauración de la vida sobrenatural con Cristo, es el fundamento de su rol como madre espiritual de todos los pueblos. Llevada al cielo, María se convierte en maternal Mediadora de los “dones de salvación eterna,” pero sin que Jesús, el único Mediador, pierda su dignidad y eficacia:

La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la Divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.

No cabe duda que el testimonio del Concilio Vaticano II a la historia de la Corredentora es igualmente generoso en su doctrina como profundo en su teología. Sin necesidad de usar el título, enseña ampliamente la doctrina. La verdad sin el nombre.

Y sin embargo, la doctrina de la corredención Mariana y el título de María Corredentora están esencial, ontológica y revelatoriamente conectadas, y no pueden ser artificialmente separadas. Si uno acepta la doctrina, como de hecho lo hace el Concilio Vaticano II, uno debe también aceptar la verdad del título que tiene su fuente, su ser, su historia, en la doctrina. Afirmar, por lo tanto, que el Vaticano II no enseñó la doctrina de María Corredentora, es un error histórico y una violación a la verdad.

El Concilio Vaticano II no usó el título Corredentora “es una verdad absolutamente cierta,” sin embargo, profesó la doctrina que es la verdadera madre del título. La doctrina católica de María “con Jesús, desde la anunciación hasta el calvario” es la suprema doctrina del Concilio (ecuménico) Vaticano II. Su título, por el momento histórico, se descarta, pero este momento de silencio pronto pasará con el pontificado Maríano de Juan Pablo II.

El 4 de Junio del 2002, el teólogo de la Casa Papal, Padre Georges Cottier, O.P., publicó un artículo en el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, intitulado “La Corredención.” En este artículo, el teólogo papal defiende el uso legítimo del título de Corredentora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Asimismo, articula una auténtica interpretación de las enseñanzas doctrinales del Concilio sobre la corredención de María:

Los textos del Concilio que hemos citado enfatizan contundentemente esto:

Ante la cruz, María sufre profundamente con su Unigénito asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado: ¿qué podrían significar estas palabras sino que María juega un rol activo en el misterio de la pasión y en la obra de la redención? El mismo Concilio lo aclara…

¿Se podría añadir al título de Mediadora el de Corredentora? A la luz de lo anterior, la respuesta es afirmativa.

Notas

i Cf. G.M. Besutti, O.S.M., Lo Schema Maríano al Concilio Vaticano II, Edizioni Maríanum, 1966, p. 17.

ii Se recibieron 1998 respuestas que representan el 77% de aquellos a quienes se les pidió sugerencias, cf. Besutti, Ibid.

iii Besutti afirma que el número de obispos pidiendo la definición de la mediación de María eran más de 500, cf. Besutti, Ibid; Cf. también a A. Escudero Cabello, La cuestión de la mediación Mariana en la preparación del Vaticano II, Roma, 1997, pp. 86-92; O’Carroll, Theotokos, p. 352.
Relationes, Prensa Vaticana, 1963, según la cita de O’Carroll, Theotokos, p. 308; cf. también a Calkins, “The Mystery of Mary Coredemptrix in the Papal Magisterium,” p. 36.

iv Cf. O’Carroll, “Vatican II,” Theotokos, p. 352.

v Cf. Capítulo IV, nota 11.

vi Besutti, Lo Schema Maríano, p. 22; cf. también a C. Balić, O.F.M., “La Doctrine sur la Bienheureuse Vierge Marie Mère de l’Eglise, et la Constitution “Lumen Gentium” du Concile Vatican II,” Divinitas, vol. 9, 1965, p. 464.

vii “De Beata María Vergine Matre Dei et Matre Hominum,” Sección 3, nota 16, Acta Synodalia Concilii Oecumenici Vaticani Secundi, Typis Polyglottis Vaticanis, 1971, vol. 1. Pt. 4. Por la importancia que tiene la relevante sección, nota 16, para entender la firmeza del título y la enseñanza de la Corredentora al momento de escribir el primer esquema, transcribimos el original en latín:

Quae omnia evoluta sunt a Theologis et a Summis Pontificibus, et creata est nomenclatura, ubi María vocatur mox Mater spiritualis hominum, mox Regina caeli et terrae, alia vice Nova Heva, Mediatrix, Dispensatrix amnium gratiarum, immo et Corredemptrix. Quod attinet ad titulum “Regina” cf. notam (14); quoad titulum “Mater spiritualis,” “Mater hominum” cf. notam (12); quoad titulum “Correemptrix,” socia Christi Redemptoris” hic quaedam adiungenda sunt:

I am saeculo x ocurrit titulis Redemptrix: “Sancta redemptrix mundi, ora pro nobis.” Quando saeculo xv et xvi hic titulus usitatus evadit, et iam percipitur immediata cooperatio B. Virginis in opere nostrae redemptionis, vocabolo “Redemptrix” additur “con,” et ita Mater Dei nuncupatur “corredemptrix,” dum Christus “Redemptor” appellari pergit. Inde a saeculo xvii, titulus “Corredemptrix” communissime usurpatur non solum in operibus pietati ac devotioni inservientibus, verum etiam in quamplurimis tractatibus theologicis [cf. Carol, J., De corrredemptione Beatae Virginis Maríae, Romae, 1950, p. 482]

Quod vero attinet ad Romanos Pontifices, occurrit in quibusdam textibus S. Pii X et Pii XI, in contextibus minoris ponderis: cf. AAS 41 (1908) p. 409; AAS 6 (1914) pp. 108 s.; L’Osserv. Rom., 29-30 apr. 1935.

Pius XII consulto vitare voluit hanc expressionem adhibendo frequenter formulas “Socia Redemptoris,” “Generosa Redemptirs Socia,” “Alma Redemptoris Socia,” “Socia in Divini Redemptoris opere.”

Consortium Maríae cum Iesu in oeconomia nostrae salutis saepe saepius a Summis Pontificibus extollitur: “ad magnam Dei Matrem eamdemque reparandi humani generis consortem” [Leo XIII, Const. Apost. Ubi primum, 2 febr. 1898; Acta Leonis XIII, XVIII, p. 161];

Pius XI, Alloc peregrinantibus e diocesi Vicent.: L’Osser. Rom. 1 dec. 1933: “Il Redentore non poteva, per necessità di cose, non associare la Madre Sua alla Sua opera, e per questo noi la invochiamo col titolo Corredentrice...”;

Pius XII, Litt. Encycl. Ad caeli Reginam, 11 oct. 1954: AAS 46 (1954) p. 634: “Si María, in spirituali procuranda salute cum Iesu Christo, ipsius salutis principio, ex Dei placito sociata fuit…”

Praeter titulos allatos adsunt quamplurimi alii, quibus a christifidelibus María salutatur.

Leo XIII, Litt. Encycl. Supremi Apostolatus, 1 sept. 1883: Acta Leonis XIII,III, p. 282: “Veteris et recentioris aevi historiae, ac sanctiores Ecclesiae fasti publicas privatasque ad Deiparam obsecrationes vota commemorant, ac vicissum praebita per Ipsam auxilia partamque divinitus tranquillitatem et pacem. Hinc insignes illi tituli, quibus Eam catholicae gentes christianorum, Auxiliatricem, Opiferam, Solatricem, bellorum potentem Victricem, Paciferam consalutarunt.”

Cf. Pius VI, Const. Auctorem fidei, 28 aug. 1794 [Documentos Maríanos, n. 230]: “Item [doctrina] quae vetat, ne imagines, praesertim beatae Virginis, ullis titulis distinguantor, praeter denominationibus, quae sint analogae mysteriis, de quibus in sacra Scriptura expressa fit mentio; quasi nec adscribi possent imaginibus piae aliae denominationers, quas vel in ipsismet publicis precibus Ecclesia probat et commendat: teMaría, piarum aurium offensiva, venerationi beatae praesertim Virgini debitae iniuriosa.

ix La documentación se refiere aquí a “J. B. Carol, De correemptione Beatae Virginis Maríae, Romae, 1950, p. 482.”

x La nota cita luego: “cf. Sn. Pío X y Pío XI, en contexto de menor importancia, cf. ASS 41 (1908), p. 409; AAS 6 (1914) pp. 1098 s.; L’Osservatore Romano, 29-30, Abril, 1935.”

xi “De Beata María Vergine Matre Dei et Matre Hominum,” Sección 3, nota 16, Acta Synodalia, vol. 1. pt. 4.

xii Aunque esta documentación no está incluida en la versión final de Lumen Gentium, Capítulo XVIII, su presencia en el primer esquema mariano dado a los Padres del Concilio, es un fuerte testimonio del indudable fundamento en la Tradición Católica y la doctrina ordinaria del Magisterio pontificio.

xiii Acta Synodalia Concilii, vol. 1. Pt. 4; cf. Besutti, Lo Schema Mariano, p. 41. El original en latín de la Praenotanda dice: “Omissae sunt expressions et vocabula quaedam a Summis Pontificibus adhibita, quae licet in se verissima, possent difficilius intelligi a fratribus separatis (in casu protestantibus). Inter alia vocabula adnmumerari quent sequential: ‘Corredemptrix humani generis’ [S. Pius X, Pius XI]…”

xiv Por ejemplo, cf. a la gran cantidad de libros revisados y artículos publicados sobre la corredención y mediación marianas durante este período de tiempo según cita Editiones Academie Marianae Internationalis; Ephemerides Mariologicae; Études Maríales; Marían Studies; American Ecclesiastical Review, etc…

xv María et Ecclesia, Acta Congressus Mariologici-Maiíani in Civitate Lourdes Anno 1958 Celebrati, Romae, Academia Mariana Internationalis, Via Merulana, 24.

xvi Ibid.

xvii Lumen Gentium, 55.

xviii Ibid., 56.

xix Ibid., 61-62.

xx Cf. a nota explicatoria de la subcomisión teológica en Besutti, Lo Schema Maríano, p. 41.

xxi G. Cottier, O.P., L’Osservatore Romano, edición en italiano, 4 de Junio, 2002.

xxii Ibid. Nota: Durante la Teleconferencia Internacional para la Congregación de los Sacerdotes celebrada el 28 de Mayo, 2003 y presidida por su Prefecto, Cardenal Castrilón Hoyos, teólogo y colaborador de L’Osservatore Romano, el Padre Jean Galot, S.J. ofreció una defensa adicional del título Corredentora y sus fundamentos, en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que fue promulgada por todo el mundo por esta congregación vaticana: “La cooperación de María en la obra salvífica ya se vislumbraba en su aceptación de la encarnación, pero sólo lograría su plenitud cuando la doctrina del sacrificio redentor fuera clarificada. Por mucho tiempo la intervención real de María en este sacrificio no se tomó en consideración: María podía ser llamda Redentora, en el sentido de que como madre del Redentor había dado al mundo al Salvador.

Durante la Edad Media también se desarrolló una meditación doctrinal relativa al sacrificio y significado de la participación de María en el drama del calvario. Para explicar esta participación que enfatiza el sufrimiento experimentado por una madre unida con su Hijo, María ya no se describía como Redentora, sino como Corredentora [original en italiano, Corredentrice], porque al sufrir con el Salvador, se había asociado a su obra redentora. Corredención significa cooperar en la redención. No representa una semejanza entre María y Cristo, porque Cristo no es el co-Salvador sino el único Salvador. María no es la Redentora sino Corredentora [Corredentrice], porque se unió a Cristo en el ofrecimiento de su pasión. De este modo queda salvaguardado el principio de la unicidad del Mediador:

‘Hay un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos’ (1Tm 2,5).

El Concilio niega que la presencia mediadora de María oscurezca o disminuya la única mediación de Cristo. Al atribuir a la Santísima Virgen los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora, afirma que ‘la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente’ (62). Por lo tanto, el título de Corredentora [Corredentrice] no puede ser una amenaza para el poder soberano de Cristo, porque de éste emana y encuentra su energía. Las palabras del Concilio son claras: ‘La misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta.’ (60)…

El Concilio enfatiza especialmente que María participó en el sacrificio de la crucifixión: ‘Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf Jn. 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado…’ En esta tragedia, María reconoce el plan divino: la redención.

El Concilio Vaticano señaló que los orígenes del destino de María como Madre de Dios habían sido predestinados desde la eternidad y que como alma mater del divino Salvador, ella era ‘la compañera singularmente generosa’ y ‘humilde sierva del Señor’, cuya vida estuvo consagrada a la ‘corredencion’: ‘Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas’ (61). Los dones sobrenaturales de María, enteramente comprometidos a esta cooperación, debían ser cualidades transmitidas a la humanidad.”

Continue Reading

0

Los extraordinarios testimonios de María Corredentora ofrecidos anteriormente por personajes de la talla de Sn. Bernardo, Arnoldo de Chartres, Seudo-Alberto, Juan Tauler y Alfonso Salmerón, fueron de ordinario la “opinión común de los teólogos” en el siglo XVII, que legítimamente se le puede denominar como la “Epoca de Oro de la corredención mariana.”

Tan sólo en el 1600, hay alrededor de trescientas referencias sobre la singular y activa participación de la Madre inmaculada en la obra de redención “con Jesús,” dentro de las que se pueden encontrar numerosas explicaciones y defensas de los títulos Redentora y Corredentora asociadas a propugnaciones teológicamente fundamentadas sobre la sólida doctrina inferida por los títulos.

A lo largo de esta Epoca de Oro el trato teológico que se da a la Madre Corredentora resulta tan generoso y penetrante que su contribución pondría los fundamentos teológicos para desarrollar la doctrina de una manera sistemática en los siglos por venir. Las mentes y corazones teológicos de esta era hacen un tratado de la corredención de la Madre fundamentalmente bajo las clásicas categorías de la soteriología cristiana (teología de la salvación), en las que se divide la redención de Nuestro Señor, a saber: merecimiento, satisfacción vicaria, sacrificio y rescate redentor. Fueron tantos los que prodigaron su amor y alabanzas a María Corredentora, que sólo podemos ofrecer una muestra teológica fruto de esta Era.

De suma importancia resulta para la historia de María Corredentora, su avance orgánico a través de estas expresiones críticas surgidas en la historia teológica de la Iglesia, porque la doctrina de la corredención y sus “fundamentos teológicos” están firmemente entretejidos en la Tradición, y han de recibir en los próximos siglos, ratificación magisterial directamente de los papas.

Sn. Lorenzo de Brindisi (= 1619), franciscano y Doctor de la Iglesia, empleó el concepto del “sacerdocio espiritual” de María (en forma análoga al sacerdocio laical contenido en el Concilio Vaticano Segundo), para ilustrar la participación de María en la redención en la categoría de sacrificio. Sacrificio en sentido soteriológico se refiere a la libre inmolación de Cristo y el ofrecimiento que de sí mismo hace al Padre Eterno por los pecados del mundo, en un acto verdaderamente sacerdotal. María con su “sacerdocio espiritual,” como lo explica Sn. Lorenzo, participa en el calvario con Jesús, el “Supremo Sacerdote” ofreciendo el único sacrificio redentor.

¿No puso María su vida en peligro por nosotros cuando se mantuvo junto a la cruz de Cristo, realmente sacrificándolo en espíritu a Dios, tan llena, plenamente llena del espíritu de Abraham y ofreciéndolo con verdadera caridad por la salvación del mundo?…El espíritu de María era un espíritu sacerdotal, porque la cruz era el altar y Cristo el sacrificio; aunque el espíritu de Cristo constituía el sacerdote principal, el espíritu de María estaba allí junto con el espíritu de Cristo; ciertamente su espíritu era uno con Él, como un alma en dos cuerpos. Por lo tanto, el espíritu de María junto con el espíritu de Cristo ejercieron el oficio sacerdotal en el altar de la cruz y ofrecieron el sacrificio de la cruz al Padre Eterno por la salvación del mundo…Porque de ella realmente se puede decir, lo mismo que de Dios Padre a quien más se asemejaba en espíritu, que tanto amó al mundo que entregó a su Unigénito para que todos los que crean en Él no mueran sino que tengan vida eterna.

María no es “sacerdote” en el sentido estricto de la palabra por carecer de la ordenación sacerdotal y por ende no puede ofrecer formalmente un sacrificio. Pero posee el verdadero sacerdocio espiritual de todos los bautizados, aunque en el grado más alto posible por su singular dignidad y excelencia. En virtud de su plenitud de gracias y su misión corredentora con el Redentor, se hace claro que este sacrificio espiritual es una participación subordinada “con Jesús” el Sumo Sacerdote, pero que excede en fecundidad espiritual al sacrificio de cualquier sacerdote, exceptuando a su propio Hijo.

Otro venerado Doctor de la Iglesia, cardenal y teólogo antagonista a la Reforma, Sn. Roberto Belarmino (= 1621), plasmó en su metáfora espiritual sobre la creación, la cooperación exclusiva de la Madre:

Aunque María no estuvo presente en la creación material de los cielos, estuvo presente sin embargo, en la creación espiritual de los cielos — los Apóstoles; y aún cuando no presenció la fundación material de la tierra, presenció empero, la fundación espiritual de la tierra — la Iglesia. Porque solamente ella cooperó al misterio de la encarnación; sola ella participó del misterio de la pasión cuando permaneció junto a la cruz ofreciendo a su Hijo por la salvación del mundo.

El teólogo jesuita de Salazar (= 1646), expuso una defensa teológica en relación a la cooperación directa, inmediata y esencial de la inmaculada Virgen en la redención. De Salazar sale en defensa de los títulos Redentora, Reparadora y Mediadora, entre otros, y en una obra posterior se referirá a la Madre como la “Corredentora.”

El concepto teológico de “rescate” se refiere al “pago de un precio,” y el precio de la redención es precisamente los méritos y satisfacciones que el Redentor ofreció al Padre Eterno por nuestra salvación, liberándonos de la esclavitud de Satanás. ¿A qué grado se podría decir que participó la Madre en el rescate, en “volver a comprar” al género humano junto con Cristo?

El testimonio de esta Epoca de Oro presenta dos maneras en que la inmaculada participó del rescate logrado por su Hijo: la primera, porque María pagó el mismo precio (aunque de manera subordinada) que su Hijo, por haber ofrecido sus méritos y satisfacciones al Padre Eterno; la segunda, porque María ofreció sus propios méritos y satisfacciones en unión con su Hijo por la redención del hombre.

El Padre Rafael, autor francés de la Orden de los Agustinos Descalzos (= 1639), ilustra el subordinado rol de “sierva” de la Madre al rescatar a la humanidad como Corredentora:

Su Hijo comparte con ella y la hace partícipe de alguna manera de la gloria de nuestra redención, acto que ciertamente no desempeñó ella ni podía llevar a cabo en rigurosa justicia para satisfacer al Padre…Pero podemos decir que cooperó con nuestra redención en tanto que le dio al Redentor su carne y sangre que fueron la sustancia y el precio de nuestro rescate. Lo hizo como si un sirviente cooperara con el rescate de un esclavo al prestarle dinero al amo para su liberación. Así cooperó ella, porque voluntariamente consintió verlo morir y generosamente se condenó a la misma tortura…lo que correctamente le otorga la calidad de corredentora de los hombres, aunque su Hijo es la causa principal y formal de nuestra salvación.

El mariólogo franciscano Angelo Vulpes (= 1647), explicó que la Corredentora fue capaz de pagar la “deuda mortal” de los pecadores: “María murió igualmente que su Hijo para que, en su capacidad de Corredentora, pueda con plenitud de méritos pagar la deuda mortal de los demás.” Adicionalmente, Vulpes señaló que Dios decretó que el hombre fuera redimido por la “unión de los méritos” de Jesús y María: “Dios decretó redimir a todos los hombres de la esclavitud del pecado…por sus méritos [i.e. los méritos de Cristo y María]…decretó la pasibilidad de Cristo así como la de Su Madre, para que ella también se convirtiera en la Corredentora de todo el linaje humano.”

Los Méritos de Cristo y María

¿Cómo entendemos el concepto católico de mérito sobrenatural y bajo qué dimensión puede participar la humanidad del mismo? Cristo Jesús, por su pasión y muerte, mereció la “recompensa” para la humanidad, es decir, nuestra justificación. Pero las criaturas humanas también pueden “merecer,” es decir, Dios da ciertos valores sobrenaturales a algunos actos humanos, que si son llevados a cabo libremente por el hombre, Dios recompensa a sus hijos e hijas incrementando en ellos y en los demás su gracia y bondad divinas. Entonces, ¿cómo es que la Madre inmaculada participa de manera única de los méritos de Cristo para la redención del mundo?

Durante este período y por primera vez desde su introducción por Eadmer de Canterbury, se discutió teológicamente la naturaleza específica de los méritos de Nuestra Señora. El español P.M. Frangipane (= 1638), califica como iguales los méritos objetivos de la inmaculada Corredentora y los de Cristo, pero éstos a un nivel “de congruo” o “conveniencia,” substancialmente diferente al nivel “de condigno” o “justicia” merecido solamente por el divino Redentor: “…Lo que Cristo nos mereció de condigno, María lo mereció de congruo para nosotros…El título de Corredentora requiere inocencia de su parte, pues cómo habría de limpiar al mundo del pecado, si ella misma hubiera estado sujeta al pecado?”

La tesis de que María mereció para nosotros de congruo lo que Jesús nos mereció de condigno, se convirtió en la enseñanza común de la época y más tarde obtendría aprobación del Papa Sn. Pío X. En esencia, María mereció en el orden de conveniencia aquello que Jesús mereció en el orden de justicia e igualdad entre Él y el Padre.

Varios autores a lo largo del siglo volverían una y otra vez sobre la misma noción de los méritos de Nuestra Señora, como por ejemplo, el jesuita Jorge de Rhodes (= 1661):

En primer lugar debemos afirmar que en cierto sentido, María puede ser verdadera y propiamente llamada Redentora de la humanidad, aunque no de manera primordial y propia como a Cristo…María mereció de congruo por su copasión y oraciones, todo aquello que Cristo nos mereció de condigno por su muerte…Ante todo, ella mereció que fuéramos liberados del pecado, ambos original y personal, es decir, todas las gracias que preceden y causan nuestra justificación…

El franciscano Roderick de Portillo, O.F.M. (c. 1630), también confirmó que Jesús y María obtuvieron el mismo mérito objetivo para la humanidad, si bien en sus respectivos grados: “No cabe duda que la Santísima Virgen [en el calvario] mereció lo mismo que mereció su Hijo.” El autor contemplativo, Novati (= 1648), afirmó que Jesús y María unieron sus méritos y los ofrecieron por la redención humana: “Así como Cristo de condigno mereció suficientemente para redimir los pecados de los hombres, recibir la gracia santificante y todos los demás bienes que nos vienen por Él…lo mismo se ha de decir de la Santísima Virgen, quien mereció de congruo los mismos bienes para los hombres.” Además, Novati reafirma: “En primer lugar, digo que la Virgen, por su cosufrimiento con Cristo, realmente cooperó a la redención de los hombres. En segundo lugar, digo que cooperó grandemente en la redención de la linaje humano ofreciendo al Padre Eterno la vida y sangre de su Hijo para la salvación de los hombres… Cristo y María tenían una sola voluntad, por lo que hubo un solo holocausto.”

La acción salvífica del Redentor compensó de manera sobreabundante los pecados de la humanidad. La compensación constituye el concepto teológico de “satisfacción” o reparación debida a Dios por la ofensa de los pecados de la humanidad, con lo que su justicia queda satisfecha y se restaura la comunión entre Dios y los hombres. Como la Madre también había compartido en la compensación, los teólogos del siglo XVII unánimemente asintieron a la participación satisfactoria de la Corredentora. Son varios los autores que se refieren a la satisfacción de congruo de María en el calvario, de manera similar aunque distinta de su meritoria participación.

El misticismo cristiano sería nuevamente el que asistiría al desarrollo de la historia de la Corredentora, con las proféticas revelaciones de la Venerable María de Agreda (= 1665) contenidas en la Mística Ciudad de Dios. En esta obra, la mística española se refiere a Nuestra Señora la “Redentora” y su consecuente rol de distribuir los frutos de la redención, a la luz de su rol principal como colaborada de la redención:

Así como ella cooperó con la pasión dando a su Hijo para que formara parte del linaje humano, así el mismo Señor la hizo participar de la dignidad de Redentora, otorgándole los méritos y frutos de la redención para que pueda distribuirlos a manos llenas y comunicar todo esto a los que han sido redimidos.

A finales del siglo, el autor alemán, Adam Widenfeld realizó un escrito en oposición al título y doctrina de la Corredentora que se difundió ampliamente, pero al cabo de dos años unos cuarenta teólogos habían escrito en defensa de María “Corredentora” y en contra de los argumentos de Widenfeld. Excelente ejemplo resulta la respuesta del profesor de Praga, Maximillian Reichenberger (c. 1677), quien sale en la defensa del rol y los méritos de María Corredentora basándose en el contexto del modelo de la nueva Eva:

Admitimos abiertamente que Cristo no necesitaba el auxilio de Su Madre para redimir al linaje humano; pero negamos que los méritos y oraciones de Su Madre no se hayan unido per modum meriti de congruo, con los méritos de condigno de su Hijo. Es obvio que los padres podrían dar a la Santísima Virgen el término de Corredentora del linaje humano, con mucha más razón de la que se lo darían a Eva…causa de nuestra ruina…Dado que Eva cooperó a nuestra ruina sólo remota y accidentalmente…en tanto que María cooperó en la redención del linaje humano de manera íntima e inmediata, y no sólo con su propia sangre en comunión con Cristo, precio de nuestra redención, sino también ayudándolo, asistiéndolo y sufriendo con Él hasta que se consumara la obra redentora en la cruz.

El escrito de Widenfeld atacando a la Corredentora, formaría más tarde parte del Indice de Libros Prohibidos por la Santa Sede.

Incontrovertible en sus alabanzas teológicas y defensas de la inmaculada Corredentora, la Edad de Oro del siglo XVII avanzó allanando el camino con fundamentos dogmáticos con los que generaciones futuras habrían de ahondar con mayor precisión teológica y sincera piedad, el misterio de la Mujer en el calvario. La providencial consagración a la Madre Corredentora surgida en este siglo que combinó teología con devoción y “cabeza con corazón,” quizás tenga su mejor ilustración en la meditación teológica del Doctor de la Iglesia y gran Apóstol de los Corazones de Jesús y María, Sn. Juan Eudes (= 1680), quien citando a los padres y místicos, hace una alabanza teológica de la “Corredentora con Cristo”:

La salvación de las almas inmortales también es la gran obra de la Madre de Dios. ¿Por qué escogió Dios Todopoderoso a la Santísima Virgen María para ser la Madre de Dios? ¿Porqué la preservó del pecado original y la hizo santa desde el primer instante de su ser natural? ¿Por qué derramó en ella abundantísimos privilegios, adornándola de gracia y virtud? ¿Por qué le confirió tanta sabiduría, bondad, humildad y gran poder en el cielo, en el infierno y sobre la tierra? Fue simple y sencillamente para que pudiera dignamente cooperar con su Divino Hijo en la redención del hombre. Los padres de la Iglesia dicen claramente que ella es la Corredentora con Cristo en la obra de la salvación. Me parece escuchar a Nuestro Señor y su Santísima Madre cuando le dijeron a Sta. Brígida, cuyas revelaciones ya han sido aprobadas por la Iglesia, que el mundo se perdió porque Adán y Eva comieron una manzana, pero que ellos lo salvaron con un corazón: quasi uno Corde mundum salvavimus (Revel. Extravag. Cap. 3). Es decir, Nuestro Señor y su Madre compartían un solo corazón, un solo amor, un solo sentimiento, una mente y una voluntad. Así como el Corazón de Jesús era un horno ardiente de amor por los hombres, igualmente el corazón de su amadísima Madre estaba inflamado con la caridad y el celo por las almas. Cristo se inmoló a sí mismo en la cruz por la redención de la humanidad, María hizo un sacrificio semejante al padecer dolores y sufrimientos inexpresables.

Notas

i F. De Guerra, O.F.M., Majestas gratiarum ac virtutum omnium Deiparae Virginis Mariae, vol 2, Hispali 1659, lib. 3, disc. 4, fragm. 10, n. 36.

ii Cf. Carol, De Corredemptione, pp. 198-480. Según el valioso (aunque limitado) estudio de Laurentin, de los siglos XVII al XIX, el término de Redentora fue gradualmente sustituido por el de Corredentora. Antes del siglo XVII, el término Redentora lo aplicaron diez autores y el de Corredentora tres. Durante el siglo XVII, Redentora sigue siendo el título preferido que se empleó cincuenta y un veces en comparación con las veintisiete de Corredentora. Para el siglo XVIII, Corredentora es más usado que Redentora con un margen de veinticuatro a dieciséis, y para el siglo XIX, Redentora virtualmente desaparece con algunas excepciones. Cf. R. Laurentin, Le Titre de Corédemptrice, p. 19.

Nota: Junto con estas valiosas estadísticas, Laurentin ofrece algunas conclusiones personales muy enérgicas en cuanto a los títulos de Redentora y Corredentora, que al parecer no se fundamentan en fuentes propias o ninguna otra, por ejemplo, cuando el autor afirma: “Pero cuando en el siglo XII el tránsito de causa causae (María, causa del Redentor) se transformó en la expresión de causa causati (causa de redención),…el término de Redentora no podía traducir, sin serias ambigüedades, estas realidades.” Pero el concepto de la participación de María en la redención como una participación “causa causati” de la redención, fue intrínseco a la mayoría de los testimonios antiguos de la nueva Eva como la mujer que jugó un rol activo e instrumental en la salvación, y que gradualmente se desarrolló de forma natural en las enseñanzas explícitas de Sn. Bernardo, Arnoldo de Chartres, Sn. Alberto y Juan Tauler en cuanto al rol activo de María en la redención del calvario.

Además, el título Redentora se usó en la Iglesia de una manera ortodoxa y balanceada a lo largo de cinco siglos después del siglo XII sin que esto implicara ninguna “ambigüedad seria,” sino precisamente en la misma forma que hoy en día se emplea “Mediadora” en relación al “Mediador” —una participación subordinada, dependiente y confiada totalmente a la primacía del Divino Redentor. Que el título Corredentora haya eventualmente suplido al título de Redentora, se puede ver como un desarrollo positivo sin que esto implique dispersar la legitimidad que tiene el título de Redentora tan empleado en la Iglesia en una modalidad balanceada, por doctores, teólogos, místicos y santos por más de setecientos años.

El autor continúa diciendo que los títulos Redentora y Corredentora han sido “un tanto inquietantes” en este tiempo de desarrollo histórico, y concluye: “tenemos la impresión de que corredentora, y más aún, redentora, han disminuido el desarrollo de la tesis a seguir sobre la cooperación de María en la redención.” De hecho, la evidencia histórica parece apoyar una conclusión contraria, en el sentido de que los términos, de hecho, han coadyuvado en el proceso de desarrollo histórico de la doctrina. El uso continuo de ambos términos durante los siglos XII al XVIII, es similar al período en que se registró el mayor desarrollo teológico de la doctrina de la cooperación de María en la redención, y que es particularmente el caso de la Epoca de Oro del siglo XVII, durante la cual los términos se aplicaron en mayor cantidad y la teología del rol mariano recibió la consideración más significativa de su historia.

Por otra parte, los términos Corredentora y Redentora verdaderamente captan el significado real de la doctrina de la singular participación de María con el Redentor en la histórica victoria contra satanás y el pecado. Más que un concepto vago o reduccionista de la doctrina, el título Corredentora envuelve el dinamismo pleno del rol de ser la única socia de Cristo en la Redención, por lo que contribuyó a que se discutiera honestamente su significado intrínseco y desarrollo. Esta verdad se mantiene incólume tanto si estamos a “favor” o “en contra” de la doctrina de la Corredención, y por ello el título de Corredentora ha servido históricamente, y continúa haciéndolo, como auténtico componente del desarrollo doctrinal de la cooperación de María en la redención.

iii Para un estudio más profundo de la Corredención bajo las mismas cuatro categorías soteriológicas clásicas, cf. Gregory Alastruey, The Blessed Virgin Mary, traducción al inglés del original por Sr. M.J. La Giglia, O.P., Herder, 1964, cap. 2; Friethoff, O.P., A Complete Mariology, Blackfriars, 1958, Traducción al inglés del original en holandés, Part III, cap. I-V; específicamente durante el período del siglo XVII en sus cuatro categorías tradicionales; J.B. Carol, “Our Lady’s Corredeption,” Mariology vol 2, Bruce, 1957, pp. 400-409.

iv Para una más profunda explicación de las referencias del siglo XVII sobre la Corredención, cf. Carol, De Corredemptione, pp. 198-480.

v Cf. Lumen Gentium, 10; cf. 1. Pet. 2:9-10.

vi Sn. Lorenzo de Brindisi, Mariale; Opera Omnia, Patavii, 1928, vol. 1, pp. 183-184.

vii Cf. Carol, “Our Lady’s Coredemption,” vol. 2, p. 418; M. O’Carroll, Theotokos, pp. 293-296.

viii Sn. Roberto Belarmino, Cod. Vat. Lat. Ottob. 2424, f. 193, citado por C. Dillenschneider, Marie au service de notre Rédemption, p. 208. Suárez (= 1617) jesuita, hermano y contemporáneo de Belarmino, conocido como el padre de la mariología sistemática moderna, también contribuye a la discusión de la corredención en De Incarn., disp. 23.

ix F. Chirino de Salazar, S.J. In Proverbiis, VIII, 19, n. 222, Cologne ed., ap. J. Kinchium, 1621, t. I, 627; para ver otras aplicaciones de Redentora por Salazar, cf. Pro Immaculata conceptione defensio, Compluti, de J. Gratiani, 1618, CXXI, § I, pp. 132 b-133 a.

x Cf. de Salazar, In Cancticum, Lyon, Prost, 1643, t. 1, p. 128.

xi Padre Rafael, Les sacrifices de la Vierge et de la France, discurso dado en Aix, Febrero 2, 1639, 2ª. Ed. Avignon, I. Piot [s.d], pp. 32-34..

xii A. Vulpes, Sacrae Theologiae Summa Joannis D. Scoti, Doctoris Subtilissimus, et Commentaria, Neapoli, 1646, vol. 3, pars 4, pp. 498-499.

xiii Ibid., pp. 290-291.

xiv Cf. Concilio de Trento, D 799.

xv Cf. Concilio de Trento (1547): DS 1546; 1548; Catecismo de la Iglesia Católica, Part 3, cap. 3, art. 2, sec. 3, nn. 2006-2011.

xvi Es probable que de Salazar haya sido el primer autor en tratar el mérito de congruo de María, cf. Carol, “Our Lady’s Coredemption,” p. 401, nota 94.

xvii P.M. Frangipane, Blasones de la Virgen Madre de Dios y Señora nuestra, Zaragoza, 1635, pp. 65-66.

xviii Sn. Pío X, Ad Diem Illlum; ASS 36, p. 453; El pronunciamiento magisterial del Papa Sn. Pío X en relación con el mérito de congruo de María debería servir como aurea media in veritate (camino de oro en la verdad), por parte de una autoridad en los debates sobre la naturaleza y grado del mérito de María como Corredentora. Esta declaración de Sn. Pío X, que no dice la última palabra en cuanto a que si María también mereció de digno, de supercongruo o de condigno ex mera condignitate (así como el dogma de la Asunción no constituyó la última palabra en relación al debate sobre la “muerte” de María), debería servir como una confirmación de autoridad de que María a lo menos mereció de congruo como Cristo mereció de condigno, y como tal debería servir como una declaración doctrinal para la opinión general en relación al mérito corredentor de María.

xix Cf. Capítulo XI para una mayor profundización sobre la naturaleza y niveles del mérito sobrenatural y su relación con la Santísima Virgen.

xx G. de Rhodes, S.J., Disputationes Theologicae Scholasticae, Lugduni, 1676, vol. 2, tr. 8; De Deiprara Virgine Maria, disp. Unica, quaest. 5, sect. 3, p. 265.

xxi R. de Portillo, O.F.M., Libro de los tratados de Cristo Señor nuestro y de su santísima Madre, y de los beneficios y Mercedes que goza el mundo por su medio, Tauri, 1630, p. 41.

xxii J. Novati, De Eminentia Deiparae, Bononiae, 1639, vo. 2, p. 236.

xxiii Ibid., vol. 1, cap. 18, preg. 14, p. 379-380.

xxiv Cf. Carol, “Our Lady’s Coredemption,” p. 403; cf. D. González Matheo, O.F.M., Mystica Civitas Dei vindicata…, Matriti, 1747, p. 124, nn. 368-371; cf. A. Peralta, S.J., Dissertationes Scholasticae de Sacratissima Virgine Maria, Mexici, 1726, p. 264; cf. Th. De Almeyda, La compassion aux deouleurs de Marie, ed. Braine-le-Compete, 1902, pp. 161-163; cf. G. Federici, O.S.B., Tractatus polemicus de Matre Dei, vol. 1, Neapoli, 1777, p. 106; cf. G. A. Nasi, Le grandezze di Maria Vergine …., Venezia, 1717, p. 197.

xxv Ven. María de Agreda, Mística Ciudad de Dios, ed. Amberes, H. y C. Berdussen, 1696, P. I, L. I, c. 18, n. 274, p. 86b.

xxvi A. Von Widenfeld, Monita salutaria Beatae Virginis Mariae..., Ghent, 1673, moniyum 10.

xxvii Cf. Carol, De Corredemptione, pp. 302-318.

xxviii M. Reichenberger, Mariani cultus vindiciae, sive nonnullae animadversions in libellum cui titulus: Monita Salutaria B.V. Mariae ad cultures suos indiscretos, pro vindicanda contra auctorem anonymum Deiparae Gloria, secundum orthodoxae fidei dogmata, Sanctorum Patrum testimonia, rectae rationis dictamina et theologorum principia, Pragae, 1677, p. 120.

xxix El Papa Alejandro VIII condenó la frase: “la alabanza que se le da a María qua Maria es vana”; DH 2326; cf. A.M. Calero, La Vergine Maria nel mistero di Cristo e della Chiesa Saggio di mariologia, Turin, 1995, p. 284.

xxx Cf. Pío XI, Decreto de Canonización del Beato Juan Eudes, Mayo 31 1925.

xxxi Sn. Juan Eudes, The Priest, His Dignity and Obligations, P.J., Kendey & Sons, 1947, pp. 134-135. Este pasaje citado fue originalmente publicado en una obra intitulada, The Good Confessor en 1666.

Continue Reading

0

Por Dr. Mark I. Miravalle, S.T.D.

El Dr. Miravalle es Profesor de Teología y Mariología en la Universidad Franciscana de Steubenville y Presidente del movimiento Católico internacional, Vox Populi Mariae Mediatrici. Lo siguiente está tomado de su alocución dada en la Conferencia Internacional Vox Populi en Roma, Mayo de 1998.

Uno de los pasajes en la Sagrada Escritura más misteriosos, profundo y no obstante, fecundo mariológicamente, es el Capítulo 12 del Apocalipsis, Versos 1-6:

“Una gran señal apareció en el cielo, una Mujer vestida del sol con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está en cinta y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuando diera a luz. La Mujer dio a luz a un hijo varón, el que ha de regir todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser ahí alimentada mil doscientos sesenta días.”

Después de la victoria celestial de San Miguel Arcángel arrojando al dragón de la tierra, el drama continúa en el Verso 13:

“Y cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempo y medio tiempo. Entonces el dragón vomitó de sus de sus fauces como un río de agua, detrás de la mujer, para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la mujer: abrió la tierra su boca y se tragó el río vomitado de las fauces del dragón. Entonces despechado contra la mujer, se fue hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.”

Este pasaje de la Sagrada Escritura se refiere preminente e indudablemente a nuestra Madre María. Esta enseñanza es repetida por el gran teólogo del siglo diecinueve Matthius Scheeben (quien el Cardenal Ratzinger dice fue uno de los más grandes teólogos Alemanes de todos los tiempos), en el documento Mariano de 1967 Signum Magnum (“Un Gran Signo”) por el Papa Pablo VI, y en las enseñanzas magisteriales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II. Es una revelación de la mujer que ha sido preparada por el Abba Padre para dar la batalla al gran adversario. La Sagrada Escritura empieza y termina con la batalla entre la Mujer y la antigua serpiente (Gén. 3:15 y Apocalipsis 12). Nuestra Madre es la “Inmaculada,” como San Maximiliano Kolbe la llama. Ella es la mujer sine mácula, creada por el Padre “sin pecado,” precisamente para que fuese capaz de dar la batalla con el Dragón antiguo.

El Canto de Salomón 6:10 nos dice: ¿“Quién es esta que surge cual aurora, bella como la luna, refulgente como el sol, imponente como batallones”? Es precisamente Nuestra Señora, la Corredentora, por que en el libre y justo plan de Dios, la más grande de las criaturas lucha contra la criatura más nefanda. Verdaderamente es la pieza maestra del Padre.

Además, la Escritura dice que la Mujer del Apocalipsis está sufriendo los “dolores de parto”. Ella grita en tormento. Recordemos, como el santo Padre nos enseña, que la Santísima Virgen María no tuvo dolores de parto al dar a luz a Jesucristo a la luz de su Inmaculada Concepción. Pero ella tiene grandes dolores de parto en dar a luz mística y espiritualmente a cada uno de nosotros, en dar a luz a ti y a mí al pie de la Cruz. Por que ahí como la Nueva Eva, sufre y se ofrece a sí misma en completa conformidad con nuestro Señor Jesús para que así podamos ser sus hijos e hijas. Los eruditos en Escrituras nos dicen que la Mujer del Apocalipsis es la Mujer al pie de la Cruz. El Padre Stefano Minelli, el eminente erudito Italiano en Escrituras anota:

“Como ‘Madre de los redimidos.’ María es la ‘Mujer… que grita en sus dolores de parto, en tormento por dar a luz’ (Apo. 12:2). Este texto se refiere precisamente al Calvario, o a la Mujer ‘permaneciendo al pie de la Cruz de Jesús’ (Juan 19:25), para ella que en el Gólgota fue constituida ‘verdadera Madre de los miembros de Jesucristo,’ para usar la expresión de San Agustín también citado por la Lumen Gentium (53)… ‘Mujer, he ahí a tu hijo’ y ‘la Mujer que grita sus dolores de parto, en tormento de dar a luz’ están mutuamente relacionados los textos y cuando son leídos forman una unidad revelando el misterio de María Corredentora. ‘Juan 19 y Apocalipsis 12,’ escribe René Laurentin, ‘checan precisamente el uno con el otro. En los dos textos la maternidad de María en relación con los discípulos está penetrada por el contexto del sufrimiento’” (Fundamentos II, página 101).

La Mujer del Apocalipsis es la Corredentora. Es la Mujer vestida con traje de batalla por el Padre y el Hijo para dar la batalla por las almas. Esto nos llama a cada uno de nosotros a una pregunta critica y personal. ¿Estamos listos y dispuestos, en todas las esferas de la vida, a unirnos a la Mujer Corredentora en la gran batalla espiritual de estos días? Así como nos dicen San Ignacio de Antioquía, San Antonio del Desierto y San Ignacio de Loyola, estamos en medio de una batalla espiritual, ya sea que la reconozcamos o no. Y quizá el lugar más peligroso de todos es estar en medio de una batalla espiritual y no saberlo. En cualquier batalla hay la pérdida de vida, pero en esta batalla la pérdida es más que de la vida; es la pérdida de la gracia, la pérdida de almas.

Esta es la batalla que sostiene por nosotros Nuestra Señora Corredentora, no sólo históricamente en el Calvario, pero ahora. La pregunta permanece para cada uno de nosotros: ¿Estamos dispuestos a entrar en orden de batalla por Ella? Un “fiat” a esta invitación demandará sacrificio. Demandará la horadación de nuestros corazones como su Corazón Inmaculado fue horadado; en algunos casos demandará el ofrecimiento de nuestra reputación mientras permanecemos al pie de la Cruz con la Corredentora. ¿Estamos dispuestos a permanecer con Ella? Esta es una pregunta que cada uno de nosotros debe responder de manera individual.

Apocalipsis 12:15 continúa revelando: “El dragón vomitó de sus fauces como un río de agua detrás de la mujer, para arrastrarla con su corriente.” ¿Qué es esta agua? ¿Qué es el agua que amenaza ahogar el Corazón Inmaculado? ¿No será en gran medida, como Su Eminencia Alfonso Cardenal Stickler aludió, las nuevas teorías teológicas que buscan minimizar y socavar el rol de la Santísima Virgen María en la Redención? ¿Aquello de negarle el rol de Madre de la humanidad? ¿Aquello de llamarla solamente “discípulo” o “hermana”, pero no “Madre”? ¿Hay acaso un intento generalizado de reducir el rol de la Santísima Virgen María en la Redención a un lugar menor a aquel que la Santísima Trinidad le ha dado, poniéndola como un observador pasivo o físico y no un canal moral? Aún otros parecen negarle su rol corredentivo Inmaculado, con Jesús como nada más allá de lo que cualquiera de las experiencias del resto de la Iglesia, negándole la singularidad de su Inmaculada Concepción y cooperación en comparación a la nuestra; negando la legitimidad y primacía de una mariología Cristológica, como el fundamento esencial de una auténtica mariología eclesiológica.

Como la Corredentora, Mediadora y Abogada, está en el corazón de la acción Trinitaria de la Santificación, siempre y por siempre como criatura, pero aún así, en el corazón por que coopera, de una manera tan singular e íntimamente unida en la obra Trinitaria de la Redención y de la Santificación.

Es interesante anotar que en 1930 nuestra Santísima Madre reveló a la visionaria de Fátima, Hermana Lucía, las cinco más grandes ofensas contra su Corazón Inmaculado. Tres de las cinco ofensas versan sobre la negación de la verdad dogmática y doctrinal sobre Ella. El negar los dogmas y doctrinas de Nuestra Señora es negar su misma persona, su mismo Corazón.

La primera ofensa contra el Corazón Inmaculado es el negar su Concepción Inmaculada. La segunda, constituye blasfemias contra su virginidad perpetua. La tercera, es negar a Nuestra Señora como la Madre de Dios y Madre espiritual de toda la humanidad. Considerar las heridas que esto causa en el Corazón Inmaculado de esta mujer que sufre y continúa sufriendo místicamente, para mediar las gracias al corazón humano, mientras que muchos de sus hijos rechazan el don de su corazón maternal dado por Su Hijo en el Calvario. Y aún así en su amor maternal, Nuestra Madre medía las gracias por estos Cristianos que la rechazan, por que los ama sin condición. Este es el amor del Corazón de una madre.

La cuarta ofensa que una vez más quebranta el corazón maternal: aquellos que públicamente atentan inculcar en los corazones de los niños indiferencia, desprecio, o aún odio, a su Corazón Inmaculado. Siempre que le negamos a un niño su madre, causamos un gran detrimento al niño y horadamos el corazón de la madre. La quinta ofensa contra el Corazón Inmaculado, es la profanación de sus estatuas e imágenes, por que en un sentido estricto, especialmente en el Oriente, donde sus iconos santos son tan reverenciados, son una manifestación de su presencia real.

El extinto Arzobispo Fulton Sheen, quien fue un participante en el Concilio Vaticano II, recordaba lo que pasó en el Concilio cuando el Papa Pablo VI quiso otorgar a la Santísima Virgen María el título de “Madre de la Iglesia.” Inmediatamente surgieron objeciones de los teólogos.

Los teólogos objetaron por tres razones básicas. En primer lugar, objetaron, el título de María Madre de la Iglesia es contra la Tradición. Segundo, es contra la misión ecuménica de la Iglesia. Tercero, es una mala teología, por que Ella es solamente la hija de la Iglesia, no la Madre de la Iglesia.

Esencialmente el Papa Pablo VI respondió como sigue: primero, el título de Madre de la Iglesia está inmerso en la Tradición. Se encuentra en la imagen original de la Nueva Eva. Segundo, no es contra el movimiento ecuménico porque nada que estimule nuestro amor a Jesucristo puede ser contra el movimiento ecuménico, el amor a María fomenta el amor a Jesucristo. Por tanto, el amor a María solamente promueve el movimiento ecuménico. Tercero, Pablo VI dijo que el título, “Madre de la Iglesia” es buena teología, y para esto se refirió a la teología de San Agustín. San Agustín nos dice que puesto que María dio nacimiento físico a la cabeza del Cuerpo, Jesucristo, también dio nacimiento místico a los miembros del Cuerpo. Por tanto, Ella es ciertamente la Madre de la Iglesia. Con esta defensa, Pablo VI anunció y proclamó a Nuestra Señora como Madre de la Iglesia que llevó a los Padres del Concilio en palabras de Sheen, al aplauso más estruendoso durante casi diez minutos, que jamás se haya escuchado en la Basílica de San Pedro.

La historia siempre se repite a sí misma. Sabemos que ahora las mismas tres objeciones han sido levantadas por ciertos grupos teológicos, contra Nuestra Señora Corredentora y su definición.

Tratemos ahora brevemente con estas tres objeciones. Objeción número uno, que el rol de Corredentora no es una Tradición. Tal como Pablo VI respondió, podemos decir con absoluta confianza que el rol de Corredentora está inmerso en la Tradición. Se encuentra en la profunda imagen mariológica de la Nueva Eva, por que desde luego, la Nueva Eva es la Nueva Madre de los vivientes quien, con y bajo Cristo, el Nuevo Adán, participa en la adquisición de las gracias redentoras para la familia humana. Adicionalmente, el título “Corredentora” está registrado desde el siglo catorce. Ha sido defendido una y otra vez, no solamente por los teólogos, sino por las enseñanzas magisteriales de la Iglesia del siglo veinte. Nuestro actual Santo Padre ha usado el título seis veces, y también ha desarrollado una teología sobre la corredención Mariana más rica, más detallada y más profunda que ningún otro Vicario de Cristo.

Segundo, a la objeción teológica del dogma que no está en la línea de la misión ecuménica de la Iglesia. Vayamos otra vez a las palabras del Santo Padre. En su documento, Ut Unum Sint, claramente declara que la misión ecuménica de la Iglesia nunca lleva a la determinación de un desarrollo doctrinal propio. En esencia, nunca podemos diluir la plenitud de nuestra santa fe Católica en aras del ecumenismo.

De hecho, la vida misma del Papa, su propia misión como pontífice supremo, es un testimonio para nosotros por que es ambas cosas, enteramente Mariano y enteramente ecuménico. Estos no son términos contradictorios. En honestidad, debemos evitar la presunción que publica la opinión de que nosotros solos, basados en teología o dialogo podemos, sobre la base de nuestro poder y juicio, resolver aquello que constituye mil años de separación. Debemos ir a la Madre. Debemos, en humildad, darnos cuenta que sin la Madre que es el último instrumento de unidad, no tendremos unidad Cristiana. Con la advocación de la Madre los Cristianos tendremos unidad, porque una Madre une los corazones de sus hijos como ningún otro puede, y aún más de lo que los hijos se pueden unir a sí mismos.

Quiero anotar aquí un muy importante desarrollo mariológico y ecuménico, la reciente Encíclica Mariana de Su Santidad, el Patriarca Ortodoxo Ecuménico, Batolomeo I. En Marzo de 1998, el Patriarca Bartolomeo publicó una Encíclica Mariana intitulada “Sobre la Madre de Dios y Madre de Todos Nosotros en el Orden de la Gracia.” Irónicamente, esta carta responde de varias maneras muchas de las objeciones teológicas de Occidente que sugieren que no podemos tener un dogma sobre la base que sería “muy Mariano y por tanto anti-ecuménico.” En esta encíclica vemos a alguien que no está en total comunión con Roma hablando de la “verdad total sobre María.” ¿No es está una respuesta fuerte para aquellos que han dicho que Nuestra Señora no es la Madre del movimiento ecuménico?

Tercero, existe la objeción de que el rol doctrinal de Nuestra Señora Corredentora es mala teología. Una vez más debo anotar hacia el Santo Padre quien por si mismo ha respondido a esta objeción. Quiero leerles, tomado de la Audiencia del Miércoles del Santo Papa dado el 9 de Abril de 1997, cuando declaró específicamente que la Santísima Virgen María, participa singularmente en la Redención de Jesucristo:

“La colaboración de los Cristianos en la salvación se da después del evento del Calvario, cuyos frutos se esfuerzan por difundir con oración y sacrificio. María, por el contrario cooperó durante el evento mismo en el rol de Madre; por tanto, su cooperación cubre la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Sólo Ella fue asociada de esta manera con el sacrificio redentivo que mereció la salvación de toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a El, colaboró en la obtención de la gracia para la salvación para toda la humanidad… A pesar de que el llamado de Dios para cooperar en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la Redención de la humanidad es singular y un hecho irrepetible.”

Solamente la Santísima Virgen María participó en la adquisición de las gracias de la Redención, y es por eso que, singularmente, lleva el título de “Corredentora.” Creo que otra razón para la oposición al título Mariano, Corredentora, es debido a nuestra misma falta de apreciación y entendimiento de nuestro propio rol en la Iglesia, nuestros roles como “corredentores en Cristo.” Juan Pablo II en dos ocasiones ha usado el término “corredentor” para todos los cristianos. Cada uno de nosotros está llamado a ser un corredentor como un ejemplo viviente al llamado de

San Pablo que llama a “completar lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de Su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1:24).
Permítanme citar un famoso diálogo entre le gran y ahora venerable Cardenal Newman, y el Anglicano Pusey. En estos diálogos, Pusey rechazó el título Corredentora. Dijo que era ir demasiado lejos. El Cardenal Newman respondió: “¿Porqué usted protesta que nuestra Señora sea llamada Corredentora cuando Ud. está dispuesto aceptar el inmensurablemente más glorioso título adscrito a Ella por los Padres: Madre de Dios, Segunda Eva, Madre de todos los Vivientes, Madre de la Vida, Estrella de la Mañana, Nuevo Cielo Místico, el Centro de la Ortodoxia, la Toda Inmaculada Madre de la Santidad, y otros semejantes?” (cf. Carta Pusey, p. 78). Newman agregó, “Nestorio hubiese fácilmente llamado a la Santísima Virgen Corredentora, pero debido a que rechazó confesar que Ella es la Teotokos, falló en darle su gloria debida.”

Imaginen que una criatura da a luz a su propio Creador, que es lo que nosotros debemos atribuir a la Madre de Dios. ¿Entonces, el título de Corredentora realmente va más allá que eso? No, es simplemente decir que la más grande de todas las criaturas, también tiene el más grande llamado a participar con y al servicio del Redentor. Corredentora significa “con el Redentor,” no igual al Redentor, no en un nivel de mediación paralelo o rival con el Redentor. ¿Pudo nuestro Santo Padre usar un título que tuviese problemas intrínsecos doctrinales, como algunos críticos teológicos han acusado? Es nuestro Santo Padre quien salvaguarda y protege de depositum fidei, la plenitud de nuestra fe Católica.

En las apariciones Marianas en Fátima, nuestra Santísima Madre dijo “Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.” Esta es una misión Trinitaria la cual nuestra Madre se le ha pedido participar. Dios desea establecer la devoción a su Corazón. En Akita, la “Fátima del Este,” las apariciones aprobadas que acontecieron en los 70’s, nuestra Santísima Madre dijo, “Yo solo soy capaz de salvarlos de las calamidades que se acercan. Aquellos que pongan su confianza en mi serán salvados.” Esto muestra qué central es el rol de nuestra Santísima Madre en la salvación del mundo y en la mitigación de las cosas por venir.

Tal como lo mencionó Su Eminencia Cardenal Stickler en términos de Nuestra Señora de Todas las Naciones, otra devoción aprobada, el llamado de Nuestra Señora es un llamado a la mitigación, un llamado a la intercesión en esta hora crítica en la historia de la humanidad. Para entender la urgencia de este llamado, lo único que necesitamos es leer las narraciones de los periódicos sobre las pruebas nucleares, la caída de los mercados, la conquista de la pornografía de la mayor parte del mundo Occidental, el trastorno familiar, la trágica matanza de las imágenes de Dios, por el aborto, en las entrañas de la mujer. Por esto la Nueva Eva, la Corredentora, está pidiéndonos hoy continuar con los trabajos en favor de la definición papal solemne de sus roles salvíficos para la Iglesia y el mundo. Porque entre más la reconozcamos, más podrá Ella mediar la gracia de la redención, paz y mitigación para nuestro mundo emproblematizado.

Otra objeción potencial al dogma es, “¿Porqué debe el Santo Padre proclamarlo, si ya está en las enseñanzas doctrinales del Magisterio?” Aquí entramos en uno de los más profundos misterios de nuestra fe. Es la interacción misteriosa entre la divina providencia y el libre albedrío. Dios mismo ha querido que la libertad humana siempre sea respetada, aún hasta la muerte y trágicamente en algunos casos, aún hasta la condenación.

Aplicando este principio de la Providencia y el libre albedrío a nuestro deseo por la solemne declaración del Dogma, debemos entender que solamente cuando nuestro Santo Padre, en su libertad como Vicario de Cristo proclame esta verdad Mariana al más alto nivel de la verdad dogmática revelada, entonces nuestra Señora será liberada para mediar las gracias especiales necesarias para la situación humana presente. En esencia, sus manos están atadas por nuestra libertad. Ella no fuerza a sí misma sobre nuestros corazones. Debe ser libremente invitada. Y por esto, hasta que nuestro amado Santo Padre haga la proclamación que yace en su corazón, no podrá mediar completamente el poder que Dios desea que tenga y la gracia que desea para nosotros en esta etapa critica de la historia humana.

¿Qué entonces debe ser proclamado? Específicamente, ¿qué debe ser definido? Estas simples verdades: En primer lugar, que María la Madre de todos los pueblos es la Corredentora, la Nueva Eva quien con y supeditada a su Hijo, redime a todas las gentes. Segundo, que es Mediadora de todas las gracias. Ella es la compasión maternal personificada. Ella es el don del Abba Padre para la humanidad, y medía, como el Concilio Vaticano Segundo nos lo dice, los dones de la vida eterna (Lumen Gentium, n. 62). Esto fue hermosamente confirmado en la carta del Patriarca Bartolomeo, cuando dijo: “Ella [la Madre de Dios] deliberadamente siguió a su Hijo siendo el mismo Dios, desde Su Nacimiento hasta Su Pasión y Cruz. Y el hombre Dios desde lo alto de la Cruz envió a su más santa madre a todos nosotros como nuestra Madre en el orden de la gracia.” Tercero, ella es Abogada, es la dulce portadora de todas nuestra oraciones al corazón de su más precioso Hijo.

El Dogma será una realidad, como yo lo creo, es el primero y el más importante de los dones de la Trinidad a María, antes de que sea nuestro don a Ella. Y cuando esto suceda, se iniciará el Triunfo del Corazón Inmaculado de nuestra Madre como fue profetizado en Fátima. Será un medio de gracia más allá del entendimiento humano, conduciendo a “una nueva primavera para la Iglesia,” una primavera espiritual y global de paz, la cual todos deseamos.

El Capítulo 12 del Apocalipsis, revela además: “la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios… “ (v. 6), y “Pero la tierra vino en auxilio de la mujer…” (v. 16). ¿Dónde está el desierto preparado por el Padre para esta mujer? ¿Adónde va huir la mujer de las aguas vomitadas por la serpiente? ¿Dónde está su refugio? Irónica y paradójicamente su refugio está en nuestros corazones. Su lugar de seguridad está en los corazones de sus hijos e hijas que se han consagrado a sí mismos sin condición, a su Corazón Inmaculado. Y la puerta a este refugio es nuestra libertad, nuestro fiat. Debemos decir “si” abriéndole nuestros corazones. Si rechazamos, si no permitimos a nuestra Madre que entre a nuestros corazones, no somos mejores que los guardianes en el mesón en Belén, no teniendo lugar para el Niño y Su Madre en los más íntimos santuarios de nuestros corazones.

Quiero leerles, tomado de un manuscrito inédito, las palabras de San Maximiliano Kolbe dadas en Japón en principio de los 40’s:

“En la Iglesia Católica aún no han declarado oficialmente en público como cierto la creencia de que la Inmaculada es la Mediadora de Todas las Gracias. Pero es una verdad cierta. Ha sido muy bien conocida desde el tiempo de la venida de los Cristianos… Pero cuando los fieles expresan un deseo requiriendo que se admita como una creencia pública, la Iglesia debe verificar esta verdad y declararla… La fuente de todas las gracias es Dios. Todo empieza con Dios. Pero las gracias dadas a los seres humanos no son dadas directamente por Dios sino a través de María. Si usted tiene tiempo de discutir o debatir el tema, debería emplearlo más bien para rezar más. Santa María estaría muy complacida si rezáramos por la proclamación anticipada de que es la Mediadora de Todas las Gracias.”

Obedezcamos el llamado de San Maximiliano. Más que una excesiva discusión o debate con relación al Quinto Dogma Mariano “recemos más.” Recemos por los dones del Espíritu Santo, siempre a través de la Inmaculada, y por la gracia para cada uno de nosotros, nuestros propios caminos, para unirnos en el orden de batalla con la Corredentora, por la proclamación papal de sus títulos, sus acciones maternales de santificación, tan desesperadamente necesitadas por la Iglesia y el mundo de hoy. Hagamos de nuevo nuestra parte en lograr el cumplimiento de la gran profecía Mariana que “todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1:48), y la gran profecía de Fátima que, “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará.”

Continue Reading